martes, 21 de noviembre de 2017

ZANJA   LA CALLE HABANERA SIN TERMINAR

ZANJA LA CALLE HABANERA SIN TERMINAR


Zanja es la más descuidada de las calles habaneras de gran tráfico. Se extiende anónima, polvorienta y gris desde Águila hasta Infanta, y en ese punto cambia su vasto nombre y su precario trazado, por los de la augusta y vedadeña calle Zapata. 
Debe su denominación a que en sus orígenes, era la Zanja Real que obtenía parte del caudal del río Almendares para surtir a los habaneros de agua potable. Se llamó también, Línea del Ferrocarril de Güines, porque por ahí transitaba el tren en cuestión al salir de la Estación de Villanueva, que luego pasaba por la Quinta de Los Molinos de camino a La Ceiba y Puentes Grandes, hasta llegar a la Playa de Marianao. En 1916, a Zanja se le cambió el nombre por el de Calle Finlay en homenaje a nuestro galeno más ilustre, y en 1936 se le restituyó el nombre primitivo. Hoy se le conoce por ambos. 
En 1545, Juan de Rojas, el vecino más rico de la villa de La Habana, propone al Gobernador Don Juanes Dávila la construcción de un canal hidráulico para la ciudad, pagado con su propio dinero. Tras varios percances técnicos y económicos y el retiro inesperado del Gobernador Dávila por una enfermedad degenerativa, empezaron las obras en 1566, bajo el mandato del Capitán General Juan de Tejada, un señor soberbio y trepa que era “el dueño de los caballitos” en La Habana de la época, y soñaba con gobernar toda la Isla, por la gracia de Sus Majestades. 
Para hacerse notar en la corte española, y conseguir el agradecimiento de sus conciudadanos, Don Juan contrató los servicios del ingeniero Bautista Antonelli para mejorar el proyecto de Juan Rojas. 

Se trataba de una conductora por derrame libre desde el Callejón del Chorro, con más de 11 kilómetros de largo, que luego se dividía en tres ramales para suministrar agua a las tropas del Puerto, a las fortalezas de La Habana y al ganado que circundaba la ciudad. Para ello requirió de la pericia del maestro mayor Francisco de Caloma, que inició las obras en 1566 y las terminó en el 1592, a un coste de 35.000 pesos.

El ramal del Callejón del Chorro estuvo operativo desde entonces hasta 1835, fecha en que se construye el Acueducto Fernando VII, una solución que resultó ser sólo un parche eventual para la creciente demanda de agua de la ciudad en expansión. No obstante, la Zanja siguió suministrando el preciado líquido en el siglo XX a algunos distritos de La Habana extramuros. También se usó para el regadío y para eliminar los vertidos de las fábricas circundantes.
Eran cinco las fuentes que suministraban el agua de la Zanja a inicios del siglo XVII: la que está ubicada frente a las Casas del Cabildo, posterior Plaza de San Francisco; la que se hallaba en los alrededores de El Molinillo de San Pedro, desde donde se extiende la actual Calle Luz; y una tercera en el Callejón del Chorro, las tres terminadas en la década de 1590. La cuarta fue construida en el siglo XVII en la Plaza Nueva (actual Plaza Vieja), y en 1634 se construyó una quinta, junto a la Fundición de La Habana, donde después se levantó La Maestranza.
Esas cisternas estaban cerca de la bahía, a donde afluía el agua por caños de bronce para suministrar al puerto, y que se contaminaban con frecuencia, de modo que el agua que llegaba a los habaneros era turbia, sucia y tóxica.
El Conde de Santa Clara, gentilhombre de salud precaria, pero honestas intenciones, estaba entonces enfrascado en ayudar a la terminación del naciente Paseo de los Reales Aires del Prado, y en concreto, una de las fuentes del paseo que De las Casas dejó en inconclusa: La Fuente de Neptuno, ubicada en medio del trazado de la gran rambla habanera. Enfermo crónico de asma como era y obsesionado siempre por el agua, el Conde de Santa Clara estaba convencido de que tan largo recorrido fatigaría en extremo a los paseantes e hizo construir también la Fuente de los Leones al final de la conspicua alameda que fue llamada El Nuevo Prado.
Previsiblemente ambos surtidores se alimentarían de las aguas de la Zanja Real, que atravesaba entonces el Nuevo Prado a la altura de lo que es hoy la Terminal de Ferrocarriles y antes fue el Jardín Botánico. Anteriores gobiernos de la Isla intentaron mejorar la calidad del agua corriente en la ciudad, castigando con severas multas a los arrieros que abrevaban y hasta lavaban sus bestias en la Zanja y a quien fuera sorprendido bañándose dentro de ella. Pero todavía a principios del siglo XIX, las prestaciones de la Zanja Real ni por asomo se correspondían con la rimbombancia de tal nombre. Era apenas una acequia de lecho fangoso y márgenes irregulares, que conducía un agua turbia de potabilidad más que dudosa, creando a su alrededor un antihigiénico barrizal lleno de charcos de agua estancada, vivero de mosquitos y ratas que infectaban sus inmediaciones.
De modo que durante mucho tiempo, las hermosas fuentes del Nuevo Prado no pasaron de ser simples ornamentos urbanos para quienes temían morir de fiebre, pasmo, gastritis, ictericia u otra epidemia escondida en el líquido que manaba de sus espitas.
Gracias a la insistencia del enfermizo Marqués, el Capitán General de la Isla ordena el soterrado de la Zanja Real, para mejorar la calidad del agua y la salud de los habaneros que la consumían. El primer tramo en soterrarse fue el de la Calle Amargura, que se proveía de una cisterna en extramuros, detrás del Convento de San Agustín. En 1606 se ordenó soterrar el tramo de la Zanja a su paso por las calles San Ignacio y Teniente Rey, que se alimentaba de la cisterna ubicada en la Plaza Nueva, actual Plaza Vieja.
La primera fuente pública de La Habana se inauguró en 1708, siendo Capitán General de la Isla el Marqués de Casa Torres. La humilde fuente de la Plaza Nueva fue reemplazada por otra más monumental en 1836, que sirvió de inspiración a la actual, en la Plaza Vieja. La fuente de la Plaza de San Francisco se inauguró en 1714, y se erigió frente a las Casas del Cabildo. Entre 1746 y 1754 se construyó una fuente posterior más ostentosa.
En el siglo XVIII, además de los tramos descubiertos que desembocaban en las fuentes públicas, había cañerías de fábrica que conducían el agua por presión mediante surtidores, mejorando su calidad, aunque en extramuros los canales siguieron estando al aire libre.
Debido el deficiente servicio de agua con que contaba la Ciudad de La Habana hasta el siglo XIX, después de algunos intentos de construcción, se encomienda al Coronel de Ingenieros Francisco de Albear y Lara la tarea de llevar el agua a la ciudad, mediante la ejecución de un acueducto que después llevaría su nombre.
El proyecto de Albear se aprueba en 1858, y su principal objetivo era conducir las aguas de los manantiales de Vento hasta el centro de la ciudad. A tal efecto, se inicia su construcción en 1861 bajo la dirección del propio Albear. Fue una obra lenta debido a la situación política existente en la isla para esa fecha, y no es hasta 1893 que se termina, 45 años después de haber sido comenzada.
Desde entonces, e ininterrumpidamente hasta hoy, el acueducto de Albear abastece a una considerable parte de la Ciudad de La Habana, evidenciando la técnica y maestría del ilustre Don Paco. Fue considerada entonces la obra más importante de Cuba en el siglo XIX, y recibió la Medalla de Oro en la Exposición Universal de París en 1878, donde recibió el título de Obra Maestra de la Ingeniería. En la actualidad se le considera una de las siete maravillas de la ingeniería cubana. 
Pero volviendo a Zanja, en su época inicial existían tres puentes para cruzar la vía en los segmentos no soterrados por donde seguía corriendo el agua: el Puente de Sedano, en la esquina de la calle Lealtad; el Puente de Manrique, en la calle del mismo nombre, y el Puente de Galiano, también en la esquina de la calle homónima.

ZANJA, COLUMNA VERTEBRAL DEL BARRIO CHINO

Ya desde finales del siglo XIX y por la cercanía y utilidad de sus aguas para las lavanderías y las fondas, Zanja se convierte en el corazón del populoso Barrio Chino de La Habana, etnia que casi monopolizaba el negocio de los lavatines y la comida callejera barata de la urbe capitalina.
Aunque los chinos se asentaron en Cuba en casi todos los pueblos y ciudades, el núcleo duro estaba en el Barrio Chino de La Habana, que comprendía originalmente el cuadrante entre las calles Zanja y Salud, y Galiano y Lealtad. Su origen “oficial” como barrio se remonta a 1858, cuando se abrió una casa de comidas situada en la esquina de Zanja y Rayo, y un puesto de frutas y frituras cercano a ella, ambos regentados por familias de inmigrantes cantoneses.
Zanja era para los chinos habaneros como el Gran Río Amarillo, al cual tributaban, como afluentes naturales, las calles Dragones, Rayo, Cuchillo, San Nicolás, Manrique, Campanario, Salud y Lealtad. Con los años, los chinos ganaron algunos espacios acercándose a las calzadas de Reina y de Belascoaín.
Hoy el barrio chino que ha crecido alrededor de la calle Zanja es más folclórico que urbano y ha perdido la autenticidad natural de otras épocas. Nuestra "ciudad amarilla", como la bautizara Carpentier, pronto se convirtió en la mayor colonia china de América Latina, llegando a cobijar a 15.000 chinos en 1899, de los cuales solo 4.900 eran mujeres. En los años 20 ya en había unos 24.000 chinos en Cuba. Con los años la colonia se expandió, disminuyendo algo hacia 1953, donde el censo registró 16.657 chinos, pero volvió a aumentar hasta la llegada de la Revolución en 1959. Entonces la colonia china puso pies en polvorosa y se dispersó hacia otros países, principalmente hacia Estados Unidos. Escapaban del peligro de volver a vivir lo que ya les había sucedido en China en el año 1949 con la llegada de los comunistas al poder. Aun así, un reducto de chinos simpatizantes de Castro se quedó en el barrio y muchas veces manifestó masivamente su apoyo a la Revolución en concentraciones callejeras a lo largo de la calle Zanja.
UN PÓRTICO ASIÁTICO PARA UN BARRIO COLONIAL DEL CARIBE.
Al inicio del trazado de la calle Zanja, que se estrecha en este tramo hasta Galiano, en la esquina de Águila y Dragones, se encuentra el hermoso edificio de la Compañía Cubana de Teléfonos, proyectado en el año 1927 por el Arq. Leonardo Morales, con su impresionante torre, hoy perteneciente a la Empresa de Telecomunicaciones de Cuba S.A. (ETECSA).
Antes de Águila, en la calle Dragones, casi frente a donde vegeta en ruinas y abandonado a su suerte el antiguo hotel New York, hace algunos años se construyó un pórtico imitando la arquitectura china, para señalizar el comienzo del Barrio, partiendo tal vez de que en la calle Amistad número 420, entre Barcelona y Dragones se encuentra el Casino Cheng Wa, que más que un casino siempre fue una federación de sociedades, que facilitaba la unión de todas las organizaciones chinas de Cuba, y dirimir querellas y conflictos entre las sociedades y entre sus asociados.
El pórtico responde claramente a razones más turísticas que prácticas, y su construcción es casi gratuita arquitectónicamente, considerando que en el barrio no se construyeron edificios ni viviendas al estilo chino, sino que solo se incorporaron tímidos detalles ornamentales a algunas edificaciones que se levantaban con estilo occidental.
Caminando por Zanja en dirección a Galiano, se encontraba la farmacia La Americana, un laboratorio droguería, algunos comercios convertidos en viviendas humildes, y otras edificaciones que nunca fueron comercios de chinos. A partir de Galiano, en la calle Zanja estaba la Locería La Vajilla, dedicada a la venta de porcelana, cristalería y locería, hoy convertida en una casa comisionista que oferta muebles antiguos a precios exorbitantes.

A La Americana le seguía el comercio La Cantonesa, convertido en un mercado de víveres, algunas fondas, puestos de hortalizas, frutas, helados y frituras y otros negocios transformados o desparecidos para siempre. También la zona se ha llenado de “bicitaxis” apostados en la calle mal pavimentada junto a las estrechas aceras, también deterioradas y sucias.

La situación mejora en el triángulo formado, a partir de Rayo, por las calles Cuchillo, Zanja y San Nicolás, conocido como El Cuchillo de Zanja, donde han proliferado los restaurantes de comida china, casi uno al lado del otro, pertenecientes a sus sociedades o a particulares de esta nacionalidad, que ofrecen platos típicos de las diferentes regiones del enorme país, con diferentes precios y calidad. Estos establecimientos están decorados casi obsesivamente con motivos chinos, faroles de papel de China, tallas en madera de dragones y otros motivos, luces de neón y vajillas que en ciertos locales de más copete consiguen crear un ambiente oriental peculiar y agradable. Contra ellos conspira el depauperado entorno, la escasez de agua potable, toda una paradoja si se tiene en cuenta que el barrio se estableció allí justamente por la abundancia de ella. Los comercios se ven obligados a utilizar carros cisterna para su abastecimiento, con el consiguiente peligro para la salud de los clientes que esta manipulación presupone.

En la calle Zanja y en las cercanas a ella, en años anteriores existió un restaurante de lujo en la calle Dragones, y en Zanja y San Nicolás un teatro donde se presentaban óperas chinas y otras obras dramáticas por compañías que venían de Cantón, Shanghái y San Francisco (California), un símbolo claro de la riqueza y la cultura de muchos de los miembros de la colonia. 

Allí se alzaban los restaurantes Pacífico, catalogado como el mejor de los situados dentro de la calle Cuchillo, y La Muralla China, de precios módicos.

En Manrique entre Zanja y Dragones, existió un edificio de dos plantas devenido escuela de idiomas para chinos de todo el país, donde se enseñaba el cantonés, dialecto de la mayoría de los chinos residentes en Cuba, y el mandarín, que era el idioma nacional. El barrio sufrió tanto los altibajos de lo que sucedía en el mundo (Primera y Segunda Guerras Mundiales) como lo que ocurría en China (la Revolución). En Zanja número 306 se construyó el edificio del Kuomintang o Partido Nacionalista Chino, al cual pertenecían muchos chinos, convertido hoy en la Alianza Socialista China de Cuba, así como, cercanos a él, cines, farmacias, bancos y locales para sus diferentes sociedades.

EL TEATRO SHANGHAI


En Zanja entre Manrique y Campanario, nace el conocido teatro Shanghái, aunque no tenía nada que ver con los chinos ni con su dinero, como estoy harto de leer por ahí. Su planificación, construcción y gestión corrió a cargo de un consorcio de empresarios criollos de la noche, que encontraron en Zanja la calle apropiada para ubicar un teatro que ya preveían con una oferta lúdica subida de tono. Entre los actores que alcanzaron allí la fama puedo mencionar a Emilio Ruiz -que hizo famoso su alter ego de El Chino Wong- y Armando Bringuier (el Viejito Bringuier).


La actriz Yolanda Farr, nieta de José Orozco, (en la foto) que fuera dueño del Shanghai, cuenta en su blog que en los años 50, cuando el tercer piso, o “gallinero” del teatro estaba cerrado al público, su abuela, una señora alemana llamada Jenny Jeck de Orozco, que era sacerdotisa en la santería cubana, realizaba allí misas espirituales para comunicarse con los muertos. Cuenta Yolanda que otro salón del local se convertía por las noches en una guardería infantil donde cuidaban a los niños de las trabajadoras y actrices.


El Shanghái era un teatro para adultos, preferentemente hombres solos. En sus inicios ofrecía obras humorísticas de la picaresca cubana. 

Muchos autores brillantes del vernáculo pasaron por ese escenario del Shanghái: Federico Villoch, Gustavo Sánchez Galarraga, Antonio López Rafael de Arango, Enrique Arredondo, Pedro Castany, Cuca Montero, Fabiola Márquez y otros, algunos de los cuales utilizaron el Shanghái para curtirse en la escena y transitar después a otros escenarios de más boato, como el Teatro Alhambra, o a la radio, la televisión o el cine.
En su escenario vibró, quizá como en ningún otro sitio de Cuba, el glamour, la euforia y la alegría, condimentados con el atractivo extra de lo prohibido, lo no aconsejable por los patrones del buen gusto que exigía la alta sociedad cubana por delante, pero de la que disfrutaba por detrás.
Entre los años 30 y los 60 del siglo XX, el Shanghái pasó a ser la sala de espectáculos más visitada por los habaneros y los turistas. Su fama se hizo proverbial y se convirtió en leyenda maldita y tentadora. Por un peso y pocos centavos, era posible disfrutar de uno de aquellos delirantes espectáculos y luego, además, quedarse hasta la alta madrugada en el local mirando varias películas calificadas entonces como pornográficas. En el Shanghái se fusionaron los efluvios del Moulin Rouge de París, sus mujeres en topless y sus lentejuelas, con las perlas del teatro vernáculo cubano, gallegos, negritos y rumberas, protagonistas de picantes sketches, y bailarinas con desnudos tan fuertes para aquellos días como inocentones para los actuales.

Hubo en el Shanghái personajes inolvidables, como Superman, un actor que inspiró a Coppola, y aún más a Ava Gardner, de quien se cuenta, quedó impresionada con sus treinta centímetros de miembro viril, todo un torpedo para aguas profundas que terminaría enviando a la Gardner para la sala de emergencias de un hospital habanero con un desgarro vaginal, pero feliz y ahíta. O al menos así lo cuenta la historia callejera del lugar.
El Shanghái tuvo en su cartelera obras como El destino de un varón, Si me caso que susto paso, Un veterano que batea bien, El amante de mi mujer y El trovador de Broadway. Con el paso del tiempo, los dueños del Shanghái subieron la parada con las insinuaciones sexuales y las palabras y gestos obscenos, e incorporaron revistas musicales con desnudos femeninos y cortos cinematográficos pornográficos de producción mexicana o cubana.

Para su propaganda, en grandes anuncios a colores al frente del teatro, se utilizaban textos de mensajes publicitarios o políticos, que habían tenido buena aceptación en la población, aprovechando que se prestaran al doble sentido, título que ponían a las obras que presentaban. Así, podían aparecer: Una tonga de gusto, Esta que es fuerte, fuerte… sepárala, Ella tiene su meneíto, Este es el hombre, Josefina atiende a las señoras, ¿Tiene usted el gusto joven? y otros. En el mes de noviembre de cada año se representaba una parodia de la obra Don Juan Tenorio, donde Don Juan, Don Luis y Doña Inés eran maltratados “a la cubana”.

En los 50, el exotismo y el misterio del Barrio Chino, se hacía presentes en las noches habaneras como una “fruta prohibida”. Por el día, como cualquier otro espacio de la ciudad, era recorrido por hombres y mujeres en busca de porcelanas, miniaturas, figuras artísticas, muebles, sedería, medicamentos y productos y condimentos típicos de la gastronomía china, los cuales se ofertaban en sus diferentes establecimientos. Pero por las noches el sexo se adueñaba de calles y serrallos, y entonces el Barrio Chino adquiría su verdadera dimensión y mostraba su cara lasciva.
Durante decenios, ya en el período comunista, donde una vez estuvo el teatro, hubo un descampado solar yermo y baldío sin utilidad alguna. Hoy la gestión de este espacio ha pasado manos de una de las sociedades chinas del barrio, que lo limpió y cercó para convertirlo en una especie de plaza cerrada, dedicada a Confucio, y una estatua suya presidiendo el centro del área.
Allí se realizan actividades para la cultura china. También muy cerca conviven algunos bares y prostíbulos encubiertos, y el cine Pacífico recientemente remodelado de forma bastante pedestre. Llama la atención la tarja que preside el pedestal de Confucio, donde está grabada una frase del célebre filósofo chino: “Cada cosa tiene su belleza, aunque no todos pueden verla”. La de aquel sitio ya, en efecto, es invisible.

En las calles Zanja, Dragones, San Nicolás, Manrique y Campanario se encontraban los locales de la mayoría de las sociedades familiares chinas, unos más suntuosos que otros, con sus llamativos nombres: On Ten Tong, Kwong Wa Po, Li Lom Sai, Lung Kong, Chang Weng Chung Tong, Chi Tak Tong, Min Chin Tang, Yi Fung Tong, Sue Yueng Tong y otros. 
La mayoría de ellas aún existen, aunque con instalaciones muy deterioradas y escasa membresía, porque los chinos originales poco a poco han muerto, cediendo su sitio a sus descendientes chino-cubanos, producto de la mezclas étnica de casi 300 años de convivencia. También en Zanja, Dragones y Salud abren sus puertas todavía restaurantes de comidas chinas como Gran Dragón, Guang-Zhou, Tien-Tan, Los Dos Dragones, Viejo Amigo, La Flor de Loto y La Mimosa, entre los más conocidos. En los años de la República, muchos chinos ricos emigraron de California hacia Cuba y establecieron importantes negocios, como grandes almacenes de víveres y lujosos restaurantes, que se encontraban fuera del Barrio Chino, como El Mandarín de 23 y M, el Pekín en 23 entre 12 y 14, el Hong Kong, desde hace años denominado Yang Tsé, en 23 y 26, y Saigón, en Miramar. 

A ellos se añaden multitud de nuevas “paladares” particulares chinas o cubanas, de oferta y servicio cualitativamente variables.

 Aunque la calle Zanja no se limita al espacio que ocupa dentro del Barrio Chino, este es el más importante de los que escolta su trazado y el que le ha dado la celebridad que por sí misma jamás habría conseguido, porque en su camino hay pocas edificaciones arquitectónicamente interesantes, apenas tiene parques o sitios de sombra, y sus aceras estrechas son molestas para viandantes y vecinos de las plantas bajas.
Después de la Estación de Policía, situada frente al cuchillo que forman las calles Zanja y Dragones, se diluye, como otra calle cualquiera, con múltiples viviendas y comercios, muchos en estado de deterioro, terrenos baldíos donde antes existieron edificaciones, y locales readaptados para usos que no tienen nada que ver con su designación inicial.
Mantienen algún interés el local del viejo Café OK en Belascoaín, el edificio moderno donde se encontraba la sucursal de la dulcería Super Cake S.A., la vieja instalación de la primera fábrica de radiadores de Cuba de Max Brikman, construida en 1927 entre las calles Marqués González y Oquendo, la calle en la que nací yo, y el Centro de Inspección Técnica de Vehículos, conocido popularmente como el "Somatón", antes de llegar a la Calzada de Infanta.
Hace años, en las oficinas de Planificación territorial del Poder Popular de La Habana, duerme el proyecto urbanístico y social para reactivar la calle Zanja y rescatar definitivamente el Barrio Chino, ambos ligados históricamente.



En el espacio donde se levantó el pórtico, cada año se realizan las danzas del dragón y del león y se celebra el año lunar, se ofrecen demostraciones de artes marciales —aunque la mayoría de nuestros chinos no eran guerreros sino comerciantes— y espectáculos de música, cantos y bailes tradicionales. 

Además se venden comidas típicas, principalmente el popular arroz frito y las maripositas, que tienen más de San Francisco que de Cantón. Y existe en Zanja y Manrique la denominada Academia Wushu, donde ales se practican las artes marciales chinas wushu y taijiquian.

Desde aquella idea altruista de Juan de Rojas en 1545 hasta hoy, Zanja nunca ha lucido una estética acorde a su rango de arteria importante de la ciudad. 


No se han concebido áreas verdes ni árboles en su trazado, apenas un par de minúsculos parques resultantes de algún derrumbe, por lo que caminar por ella en verano a pleno sol es una tortura casi china. Tampoco posee ornamentos ni mobiliario, ni bancos ni pérgolas. Sus estrechas aceras conspiran contra la privacidad de los vecinos hacinados en las plantas bajas, y hace más dificultoso e incómodo el tránsito a los numerosos viandantes de la zona.

La calle Zanja actual y el Barrio Chino sufren la misma dolencia que afecta a casi todas las calles y barrios de la decadente Habana de hoy: edificios ruinosos, derrumbes, comercios desabastecidos y sucios, infraestructura insuficiente, aceras rotas, baches, aguas albañales, mala pavimentación, peligrosidad e indisciplina ciudadana, violencia callejera y falta de educación de sus habitantes. Reactivar la una y rescatar el otro, a pesar de las buenas intenciones de los descendientes chinos que sobreviven precariamente allí, son objetivos muy difíciles de conseguir en el estado actual de cosas. Para ello es necesario primero reactivar y rescatar la ciudad y el país. 

Y para rescatar el país hay que prescindir de Raúl, y de su combo comunista, incluidos lo que queda del comunismo chino en la Isla.
Entonces quizás, nuestra Zanja Real adquiera el valor urbanístico que nunca se le ha concedido por derecho propio.

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Bibliografía y consultas:

Antonio Arduengo García.- La Zanja Real (1592-1835) y el funcionamiento de las fuentes públicas en La Habana intramuros, Blog de Yolanda Farr, Blog Gabitos, El pelícano de la Bahía de La Habana, Año 6, Nº1, 2009
 ALGUNAS CONSIDERACIONES SOBRE EL ARTÍCULO "MÁRTIRES DE HUMBOLDT 7;  ¿UN CASO CRIMINAL DE CELOS POR DESPECHO?"

ALGUNAS CONSIDERACIONES SOBRE EL ARTÍCULO "MÁRTIRES DE HUMBOLDT 7; ¿UN CASO CRIMINAL DE CELOS POR DESPECHO?"



(ACLARACIÓN DE LA CASA)

El niño de la foto se llamaba Héctor Rodríguez González, y era el hijo del conserje que había entonces en el edificio de Humboldt número 7, el 20 de abril de 1957. Aún su padre no había limpiado la sangre de Juan Pedro Carbó Serviá, que corre por la escalera del inmueble ante sus ojos. 

Antes de continuar hacia la tercera parte de la serie "Mártires de Humboldt 7: ¿Un caso criminal de celos por despecho?", se me hace que debo una explicación a quienes de buena fe me han aconsejado no continuar publicando aquí esta historia rosa de anti héroes revolucionarios, y que me la reserve para un libro que seguramente, sería bastante más intere$ante. 

No lo dudo. Soy consciente del inmenso valor de esta investigación, porque he invertido en ella muchos años y una gran cantidad de tiempo y de recursos. 

Sé también que el tema es muy goloso. Ya lo han tocado -con éxito comercial- otros autores como Miguel Barroso, cuyo libro "Un asunto sensible", -aunque muy novelado y con grandes dosis de ficción-, es un excelente documento de referencia de este caso. También ha abordado el asunto la cineasta Rosario Alfonso Parodi, realizadora del documental "Los amagos de Saturno", un tibio acercamiento a los hechos de interesante valor testimonial, pero que adolece de lo que casi todo el arte que se hace la Isla; hay miedo en el relato e inevitable complacencia con el poder. 

Estoy seguro de que un eventual ensayo correctamente editorializado de esta historia, podría ser muy productivo en las librerías. Pero eso no me importa. 

No quiero ir de sobrado, no consigo serlo ni queriendo. Como la mayor parte de los artistas pobres, escribo para comer, como tantos free lance del planeta lo hacen. Tengo poquitos escrúpulos, soy bastante accesible si se me busca con fines comerciales y mis minutas no son caras, así que no le hago ascos a tirar pal fuego de Amazon, casi todo lo que sale de mis manos. Pero no todo. 

No puedo ni quiero especular con esta, ni con ninguna parte de la historia de Cuba sobre la que pueda arrojar algo de luz, ni cambiar esa información por dinero, porque estaría traicionando uno de los pocos principios que me quedan: la lealtad. 

La historia oficial que Fidel Castro escamoteó, deformó y dictó a sus escribientes serviles, esconde tantas partes de la verdad, que aún hoy nos asombramos de leer cosas como la que cuento en esta serie dedicada a los mártires de Humboldt 7. Es historia que nos pertenece, y que todos los cubanos tenemos derecho a que se nos cuente cómo fue, porque nos mintieron.

Así que esta serie, en gran medida, no la he escrito para mí, que ya tengo el ego gordo. Ni siquiera para la mayor parte de ustedes, que viven en libertad y podrían darse el lujo de comprarme el libro.

La escribo para los cubanos que viven en la Isla, y que mandan a sus hijos a una escuela cuyos libros de historia –como aquéllos que tuvimos nosotros–, no les cuentan la verdad sobre esta, ni sobre ninguna otra historia que humanice a sus héroes enseñando sus lados vulnerables.


No quiero que un paisano de la Isla necesite que un alma bondadosa del mundo libre le compre este libro, que no sería un libro barato, por cierto. Se trata de HISTORIA DE SU PAÍS, QUE ES SU HISTORIA. Como nación debemos saber la verdad sobre quiénes fuimos. Ni yo ni nadie puede comerciar con ese derecho.


Esta, queridos amigos, como otras crónicas que escribo, y que implican “contestar” a lo que Castro nos contó, ha de llegar libre y sin coste adicional para todos los cubanos, y quiero que sea siempre así. No seré yo, que abogo por el derecho a conocernos mejor a través de la lectura de nuestra Historia, quien pretenda que la gente de allí me pague por leer algo que he investigado sobre ella. No haría eso por ningún dinero del mundo.

Agradezco sin embargo, las ofertas de publicación que me han cursado, y que me hacen pensar que realmente, mi investigación tiene algún valor. Tengo mucho que aprender sobre cómo se vende un libro, pero éste no está en venta, a fecha de hoy. 


Viví en la barriada cercana a Humboldt 7 toda mi vida y visité el apartamento varias veces, así que no era un tema desconocido para mí desde la infancia. Hace una década volví a tocar el caso mientras buscaba información sobre otra cosa. 

No encontré lo que estaba buscando, pero hallé algo todavía mejor; una vibrante historia de amor entre combatientes del Directorio Revolucionario en medio de los tiros, un auténtico thriller político, una epopeya alucinante y peligrosa de contar. 

En ella han intervenido más de veinte relatores y fuentes a lo largo de diez años, pero dos de esos testimonios han sido la columna vertebral de mi relato. Han sido muchas horas de teléfono y largos intercambios de audios de whassap a lugares de muchas partes de Estados Unidos, España y Cuba.

Durante los últimos años he flaqueado muchas veces, y he estado a punto de olvidarme de todo esto, “por mi bien”. No han faltado amigos que me han aconsejado no hacerlo público, miedos fundados, posturas éticas distintas en mi entorno, y terceras personas muy mayores, aún vivas, implicadas. 
Osvaldo Fructuoso Rodríguez


También habrá algún hijo de mártir disgustado por la forma en que lo he dibujado aquí, porque era inevitable. Me he contenido mucho a la hora de decir lo que pienso sobre él. 


Hay un sinfín de “peros” que me alertan de que no abra más esta gaveta, porque el cucarachero será padre, pero he decidido no hacer caso a esos consejos. Asumo los riesgos.


Solo diré en mi defensa, que he hecho una valoración milimétrica de los daños indirectos que tendrá la publicación de esta crónica, para los familiares aún vivos de los cuatro mártires que me ocupan. Porque habrá daños, seguramente. Pero me compensan, y se justifican de sobra unas cuantas víctimas, que solo lo son por rubor, porque a nadie menoscabo la moral ni el honor en esta historia..

Gracias a muchas gestiones con periodistas relacionados con el caso,hace unos años accedí por fin a la grabación íntegra del juicio oral en que Marcos Rodríguez fue condenado a muerte. 

Yo la he escuchado decenas de veces, y me sigue poniendo los pelos de punta. Me impresionan, conmueven e indignan las voces de los protagonistas que pasan por el asiento de los testigos, el tono déspota del fiscal, la zorrería de Faure Choumont, o los dardos encendidos de Martha Jiménez acusando y denostando públicamente a Marquitos, que está drogado y es incapaz de defenderse sentado como un zombi en el banquillo de los acusados. 

Sus palabras me hicieron temblar.

Aquel juicio fue un ensayo perverso del posterior a Ochoa, y es por tanto un revulsivo que me empuja a escribir, una forma de protesta que nadie me puede coartar.

Mi crónica es un paso pequeño, pero seguro, hacia la verdad, y se la debo a todos los cubanos que murieron a manos del castrocomunismo. Creo, sin falsas modestias, que es más importante esta separata como documento de enmienda a nuestra historia falsa, que el hecho de que aparezca un señor molesto porque he sacado del armario a su abuelo comunista, 70 años después de muerto. Eso va a ocurrir ahora mismo en un lugar de Matanzas, mientras ustedes estén leyendo este post. No me importa. 

Para que la Historia sea verosímil al hombre del futuro, ha de desnudarse del todo al hombre del presente. “Hágase la historia, -dijo Platón-, pero que en ningún caso suplante a la verdad”.

Yo he preferido contar la verdad.

Realmente no pasa nada; ya estamos en el siglo XXI. Tendríamos un gran problema si hoy para nosotros “la noticia bomba” fuera que ha quedado acreditado que tres soldados de la revolución, perdían aceite. Eso no importa nada a ningún nivel, exceptuando la dosis de morbo subyacente inevitable.

Sí importa y mucho, a los cubanos de hoy, conocer realmente de qué estaban hechos aquellos hombres que murieron allí por sus ideas, y cuáles fueron las circunstancias reales de su martirologio. 

Eran hombres normales llenos de contradicciones, temores y obsesiones como todos los jóvenes de esa edad. Eran valientes, pero corrientes. Lo fueron durante sus cortas vidas, antes de ser deificados por la revolución, y protegidos por la coraza heroica de su falsa moral. La Cuba roja siempre presenta impolutos a sus mártires, aunque antes les extirpe el alma para conseguirlo.

Y así nos han llegado, mediante la literatura y la historia oficial, todos los retratos de nuestros paladines, carentes de mácula, todos castos, todos intachables, todos heterosexuales…

Mejor, pues, quedarnos con el hombre sin el lastre del mito. Encontraremos que es capaz de acometer hechos heroicos, y también de dar rienda suelta a sus bajas pasiones, inspirado por el amor, tentado por el placer o encendido por los celos y el rencor. 

La revolución no juega ningún rol en el proceso.

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VERONA LOVERS (RELOADED)



- Voy a salir.
-¡Julieta de la Caridad Capuleto Rodríguez, no me calientes! 
- ¡Mami que ese hombre lleva una hora allá abajo!
- Pues que se vaya a Mantua. Aquí no quiero machos, y menos un Montesco, que son todos comunistas.
- Déjalo que duerma hoy aquí chica...
- Ni muerta. Esto no es un hotel ni un carajo. 
- ¡Yo lo amo!
- Pues te vas a casar con Paris como que me llamo... ¡ya no sé ni cómo me llamo!
- Shakespeare no te puso nombre aquí...
- Eso me pone mal. 
- ¡Pues voy a salir! No quiero a Paris. La tiene pequeña y parece gay.
- Como pongas un pie en ese balcón se lo digo a tu padre. ¡No voy a permitir que manches su buen nombre!
- Papi tampoco tiene nombre aquí.
- Es verdad. Este Shakespeare nos ha tratado peor que a los personajes sin texto.
- A un sirviente nuestro le puso "Criado Analfabeto" 
- ¡Qué poca creatividad!
- ¿Entonces puedo salir?
- ¡Juli mi vida, que nadamás que tienes 14 años, eres menor de edad! ¿A dónde vas a ir con ese hijo de puta? Te meterá en un hotel de mala muerte. ¡Y en Verona los hoteles no tienen agua caliente!
- Somos medievales mami, no nos bañamos. Déjame salir chica. 
- Ay Julieta, haz lo que te salga de ahí. Después no me vengas con una barriga.
- Te prometo que si esto sale mal, me mato. Tengo una daga. No te voy a hacer pasar por esa vergüenza.
- ¿Me lo prometes mija? 
- Prometido. Somos medievales. Nos suicidamos por cualquier cosa.
- Me dejas más tranquila. Ponte algo, que hace fresco. Una rebequita. La de punto que te trajo Teobaldo de Roma.
- Qué bueno está Teobaldo. Qué pena que se muera en el tercer acto.
- ¡Juli, que es tu primo hermano!
- Mami coño, que somos…
- Ya ya, somos medievales.
- Podemos cometer todo tipo de depravaciones sexuales sin sentir remordimientos. 
- En eso tienes razón. ¿Quieres que llame a tu nodriza para que salga contigo? Sólo por precaver.
- No sé cómo vas a llamarla si tampoco tiene nombre.
- Ay, este Shakespeare. Qué vago ha sido con esta obra.
- Un desastre. Bueno, voy pa fuera.
- Dale. Pero no estés mucho rato que tengo que tender ropa en el balcón. En el patio no se seca.
- No no, si no tardo nada. Es para ponernos de acuerdo en lo de la fuga y eso. 
- Mira el horario del caballo que sale para Mantua. Ya sabes que se retrasa.
- Después tengo que ir a ver a Fray Lorenzo para comprarle de la droga esa nueva que te deja en coma.
- ¿Meth? Cuidao no te pases.
- Tranquila, sólo te deja semimuerta. Pero te despiertas divina. Ni dolor de cabeza ni nada.
- Qué lista eres hija. Qué pena que te mueras al final.
- ¡Este Shakespeare…! 
- Un desastre.
MÁRTIRES DE HUMBOLDT 7; ¿UN CASO CRIMINAL DE CELOS POR DESPECHO?   (II)

MÁRTIRES DE HUMBOLDT 7; ¿UN CASO CRIMINAL DE CELOS POR DESPECHO? (II)


Fructuoso, Juan Pedro, Machadito y Westbrook
Es bastante improbable que encuentren por ahí publicado algo parecido al segundo acto de la tragedia del caso Humboldt 7, que van a leer a continuación. 
Los detalles, hasta hoy inéditos que ahora voy a contar, proceden de dos fuentes sin conexión entre ellas. Una debe continuar anónima; la otra es el valioso testimonio que me ha proporcionado Eladio Rivas, sobrino político de Juan Pedro Carbó Serivá, una de las víctimas mortales de Humboldt 7.
Ambas me han permitido acercarme de modo más personal e íntimo a “mártires” y “traidores”, y humanizarlos lo suficiente como para poner en valor sus defectos y virtudes, sin contaminarlos con los juicios políticos a los que una y otra vez apelan quienes se han acercado al caso, de forma literaria o periodística, en ambas orillas, y hasta el día de hoy.
Antes de lanzarme a contar la extraña y trágica travesía en la que “embarcaron” a Marquitos Rodríguez después de los sucesos de Humboldt 7, y el papel que en ella jugaron las motivaciones sentimentales y/o sexuales de algunos actores de la tragedia, he de detenerme en cuatro personas que conocían -e intervinieron- en este idilio a tres bandas, aunque de formas diferentes y por razones distintas.
Sus personalidades y el papel que jugaron directa o indirectamente en lo ocurrido, son básicos para la comprensión correcta de lo que le sucedió a Marquitos, y de hecho, lo que le sucedió a la Historia de Cuba cuando él fue fusilado.
Empecemos con lo que hay detrás del retrato que nos hizo la historia oficial de Fructuoso Rodríguez, uno de los dos mártires heterosexuales de Humboldt 7.

FRUCTUOSO

Me cuenta Eladio Rivas que Fructuoso Rodríguez era un gran amigo de su tío Juan Pedro Carbó Serviá, y además de lo que supo de él a través de Carbó, Eladio lo conoció en persona siendo él un adolescente, de ahí que haya podido describírmelo sin el “corsé” político con que ha llegado hasta nosotros su impronta épica de mártir estudiantil.
Fructuoso Rodríguez
“Era callado como un pez, siempre con sus inseparables espejuelos calobares de pasta o con gafas de sol, aunque estuviera nublado. Tenía un leve tic nervioso en el ojo izquierdo, que casi nadie apreciaba porque lo disimulaba muy bien. Le gustaba aislarse de los demás. Mi tío me contó que en las reuniones de amigos estaba siempre en una esquina sentado en silencio. En el comedor universitario, también comía siempre a solas mientras leía varios periódicos del día a la vez, porque le gustaba estar muy informado. Leía con especial atención la sección de clasificados y anunciantes, que con frecuencia los miembros del Directorio de todo el país utilizaban para enviarse mensajes cifrados entre células. No puedo asegurarlo, pero creo recordar que Fructuoso inventó una especie de código para comunicarse por esa vía... era un tipo muy inteligente.
En su casa, Fructuoso Rodríguez fue un hijo ejemplar y luego un esposo entregado, amoroso y fiel a Martha Jiménez, su mujer, durante el poco tiempo que se lo permitía su agitada militancia estudiantil. Era bastante austero, casi tacaño en lo que concernía a su vida personal. Mi tío recordaba siempre que cuando volvió de México, no le trajo nada a Martha, que lo esperaba en estado en La Habana.
Boda de Fructuoso Rodríguez y Marta Jiménez
No era nada mujeriego, pero tampoco era un hombre sociable. Sí era de las personas que son capaces de guardar un secreto hasta bajo tortura, y también cargar sobre sus hombros a un compañero herido para ponerlo a salvo en medio de un combate. Alguien así es muy valioso en una guerra...”.
Probablemente eran esos los motivos por los que Fructuoso ocupaba una posición prominente en el Directorio Revolucionario, del que era vicepresidente, y consejero de su mejor amigo y líder de la organización; José Antonio Echeverría, “Manzanita”.
Eladio Rivas ha podido mostrarme muchas fotos familiares en las que aparece su tío Juan Pedro Carbó Serviá con Fructuoso Rodríguez, casi siempre junto a Joe Westbrook, que era el dueño de la camarita con que se tomaron algunas de esas instantáneas. 
“Mi tío Juan Pedro vino con Fructuoso solo tres veces a casa en diez años, -me dice Rivas-, y mi madre lo recordaba bien, porque fueron días muy señalados: cuando Manzanita lo nombró vicepresidente del Directorio, el día mataron a Blanco (el coronel batistiano “ajusticiado” por Carbó Serviá y Cubela) y dos días antes del asalto a Palacio. Esa fue la única vez que Fructuoso abrazó a mami antes de marcharse; un abrazo de despedida que ella “sintió” sincero por primera vez. Probablemente él sabía que esa podía ser la última vez que se verían...”.
Fructuoso Rodríguez era considerado "un buen tipo”. De hecho, esa era la opinión de él que tenían en el Directorio, entre los estudiantes rasos, e incluso en el claustro de profesores de la Colina, que admiraba su gran educación para dirigirse a ellos en las numerosas cartas que les escribió cuando fue necesario protestar contra alguna política educacional.
“Sin embargo en persona y en público, Fructuoso era un hombre de muy pocas palabras, -me cuenta Eladio- y se manejaba con monosílabos o frases cortas, pero tan graciosas, que todo el mundo se reía cuando abría la boca. Y era curioso porque, si se había relajado al punto de quitarse las gafas, cuando entraba alguien a la habitación, se las ponía rápidamente y soltaba un chiste en voz baja, como, “Llegó la basurera roja”, si por ejemplo, quien entraba era Marquitos Rodríguez...”.
Porque Fructuoso era también un homófobo implacable y un clasista redomado, aun proviniendo de una familia humilde. No eran grandes defectos para la época, también hay que decirlo. Pero con esa frase, Fructuoso aludía de forma cruel y mordaz al antiguo oficio de mozo de limpieza de Marcos Rodríguez, a su afiliación a la Juventudes Socialistas, -cantera del PSP y enemigos ideológicos del Directorio-, y por supuesto, también a su condición sexual. 
Fructuoso Rodríguez, como todos los personajes de esta tragedia, no estaba hecho de una sola pieza. Era capaz de salvar la vida de un compañero en combate arriesgando la suya, pero también de machacarlo si era homosexual, e incluso de pegarle si le creía ofensivo a su moral. 
Pero esto jamás lo habría reconocido su viuda eterna, Marta Jiménez, que hace apenas un par de años murió en La Habana. Marta fue el azote persecutorio de Marcos Rodríguez tras los sucesos de Humboldt 7, y quien avivó el proceso judicial contra él, y ayudó a capturarlo para llevarlo al juicio en que testimonió en su contra, y que finalmente lo condenó al paredón. Venganza conseguida.
No puedo juzgar a Marta Jiménez, y creo que nadie puede hacerlo. Fidel Castro le juró que a Fructuoso lo había delatado Marcos Rodríguez. Cualquier viuda embarazada persigue con saña al hombre que mandó a la muerte a su marido, y dejó sin padre a un hijo todavía nonato, si puede hacerlo.
Sin embargo, muchos de los que hoy viven aún, y conocieron a Fructuoso en persona, piensan que su homofobia fue castigada post mortem, si bien un poco tarde. Dos meses después de morir, su viuda trajo al mundo que él acababa de abandonar, a un hijo gay como una margarita en flor. 
Para suerte de su padre, Fructuoso no llegó a ver a Osvaldito en todo el esplendor de su plumaje. Osvaldo Fructuoso Rodríguez pasea hoy el martirologio del hombre que lo engendró, como una bata de cola, por una televisión regional en Miami, junto a su nombre y su apellido, como la hermana boba de Fantomas. Aporto aquí una pequeña muestra de sus incursiones televisivas, por cierto, ventilando su viaje a Cuba para ver a su madre enferma.
Qué sádico es el destino. El hijo del mártir vive en el monstruo, pero con frecuencia adopta del rol de vástago sufriente y doliente de un padre homófobo y comunista y una madre a punto de morir sola en La Habana. Osvaldito vende sus miserias siempre que haya dinero que ofrecerle. Sus discutibles conocimientos de periodismo televisivo tampoco lo convierten en el showman que las cámaras amen tanto como para reverenciarlo como celebrity. Así que ha encontrado su espacio en trashilandia; los programas amarillistas de contenido frívolo. En ellos ha puesto su vida bajo el microscopio, y gracias a él nos hemos enterado de todas sus miserias, y su incomprensible y sospechosa aceptación de la mentira que Fidel Castro dijo a su madre sobre la muerte de su padre: "Marquitos Rodríguez fue el que mató a Fructuoso con su delación". 
Con ese falso mantra ha crecido Osvaldito. Se ha hecho mayor guardando un absurdo rencor post mortem contra el supuesto delator de su padre. No ha creído -o no ha querido creer- que la culpabilidad de Marquitos fue fabricada "ad hoc" por Castro para quitar de en medio a los viejos comunistas del PSP. Osvaldo Fructuoso pone en venta su dolor por un precio módico, con ese talante frívolo e inconexo que desacredita su discurso.
Sepelio de Fructuoso Rodríguez
Su padre, en cambio, era un hombre callado, pero de carácter fuerte y resolutivo. Fructuoso Rodríguez era imponente a la vista; resultaba imposible no reparar en su presencia. Muy alto y de gran fortaleza física, su carácter reforzaba esa presencia rotunda. Vestía invariablemente de saco o chaqueta deportiva -incluso en las manifestaciones callejeras- sobre sus camisas escrupulosamente planchadas, que realzaban su elegancia natural y su masculinidad, sin afectación ni atildamientos. 
Fulgencio Oroz trata de levantar a Fructuoso Rodríguez, herido en otro en altercado callejero anterior al asalto a Palacio
Pero en Fructuoso había un oscuro lado “ultrasur”, outsider y violento, que se soltaba en los conflictos con contacto físico (en la foto en una trifulca callejera junto a Manzanita). 
Ya fuera para “mediar” en una bronca  entre estudiantes de distinto signo político, en una pelea con la policía, o para proteger su vida privada, Fructuoso no tenía ningún problema en emplear la potencia devastadora de sus puños.
Los conflictos  callejeros entre bandas rivales y contra la policía, se saldaban siempre con lesiones físicas, a veces graves, pero Fructuoso "ni se despeinaba".  
Miembros del Directorio lesionados tras una acción callejera. Están presentes los cuatro mártires de Humboldt 7 acompañando a Manzanita. En primera fila el tercero por la izquierda es Fructuoso.
Generalmente al día siguiente de los enfrentamientos, todos los implicados lucían secuelas del choque, menos él. Siempre estaba impoluto, planchado y peinado, como si no hubiera salido de casa, pero seguramente había liderado la protesta en la calle. Sin embargo fue herido varias veces (en la foto anterior, yace en el suelo y lo auxilia su compañero Fulgencio Oroz).
Se recuerda especialmente la anécdota referida a una nota que apareció publicada en la revista Gente y firmada por su director, sobre su boda con Martha Jiménez.
Marta Jiménez

Fructuoso había salido varias veces en esa revista antes de conocer a Martha Jiménez, y su noviazgo fue ampliamente comentado por esta y otras publicaciones de corte amarillista.

En ocasión de su matrimonio con Martha, el director de la revista publicó una nota cuyo tono no le gustó a Fructuoso, que reaccionó como un matón:
Reclutó a dos de sus amigos más conflictivos y bravucones, Miguel Ángel Domínguez y Jose “El Moro" Assef Yara, los tres se presentaron en la redacción de Gente y entraron por la fuerza en el despacho del director.
Jose “El Moro" Assef Yara
Fructuoso ofendió de palabra al periodista con epítetos gruesos, y le dio un piñazo que lo tiró al suelo. Cuando el guardia de seguridad de la revista sacó su pistola para proteger al director, El Moro lo agarró por el cuello y le arrebató el arma. Fructuoso y sus compinches se retiraron de la revista con la pistola, como “botín de guerra” para el Directorio. No había sido una “acción militar”, como desde entonces cuenta la prensa comunista cubana, sino un vulgar robo con violencia en una propiedad privada al más puro estilo de la mafia.
Marta en el cortejo fúnebre de su marido Fructuoso Rodríguez

“Tanto mi tío Juan Pedro como Fructuoso, conocían perfectamente la inclinación sexual de Marcos Rodríguez -me cuenta Eladio-. Mi tío también tenía ideas muy conservadoras sobre la homosexualidad y la consideraba una “desviación”. Pero en su descargo tengo que decir que casi todo el mundo creía eso en aquella época, incluidos los propios homosexuales, que por eso mismo no se exponían.
Marquitos no era bien visto por Fructuoso, que era el vicepresidente del Directorio, pero tenía la confianza de Joe Westbrook y por eso le encomendaban pequeñas misiones de apoyo: avituallamiento, preparación de pisos francos, mensajes entre miembros de células, etc. A él y a Eugenio Pérez se les encargó habilitar el apartamento de Humboldt 7, alquilado a nombre de este último en los días previos al ataque a Palacio y Radio Reloj. Ambos tenían llaves del inmueble.

MARQUITOS EXCLUIDO

“El día 10 de marzo de 1957, Joe Westbrook se reunió con Marcos Rodríguez en un aula de la facultad de Periodismo de la Colina, para comunicarle que quedaba excluido del ataque a Palacio, incluso como personal de apoyo, y que necesitaba que le devolviera las llaves del apartamento de Humboldt. Según Westbrook era una orden directa de Manzanita, a quien no le había gustado la alocución que hizo Marcos por altoparlante días antes, en una manifestación antimperialista en la escalinata de la Universidad de La Habana. Ese día -siempre según Westbrook-, a Marquitos se le notó demasiado su lado rojo en su discurso encendido. Y la masa católica de estudiantes del DR odiaba a los comunistas.
Marquitos sin embargo, se negó a creer que la decisión de dejarlo fuera, hubiera partido de José Antonio, y mucho menos que esos fueran los motivos de la misma. Estaba convencido de que lo que intentaba Westbrook, era sacárselo de encima para poder estar a solas con Machadito sin el peligro de que él apareciera por allí, y entrara con sus llaves. Esto se comentó en detalle al día siguiente en mi casa, entre Fructuoso y mi tío Juan Pedro, estando mi madre presente.
Marquitos se había negado a devolver las llaves, y Joe enfadado y receloso, quizás previendo que al final Marcos hiciera acto de presencia en el apartamento cuando ellos fueran a esconderse allí, confió a mi tío Juan Pedro sus “sospechas” de que Marcos “estaba medio metido con él” y que “tenía un ataque de celos, como las mujeres”, que fueron las palabras exactas que recuerdo”.
Y sigue Rivas:
“Mi tío Juan Pedro no le contó nada a Fructuoso, pero llegó a un acuerdo secreto con Joe: Seguirían usando a Marquitos para labores menores de apoyo durante los días posteriores al ataque. Pensaban que de este modo conseguirían calmarlo y no ponerlo nervioso, no fuera que se le pasara por la cabeza hacer algo que pudiera desestabilizar la operación, antes o después del ataque. Se cuidarían las espaldas poniendo junto a él a otro miembro de confianza del Directorio: García Olivera, que desde entonces lo acompañaría y vigilaría de cerca.
Mi tío le contó a mi madre que se tomó las palabras de Joe “como las de un hombre no homosexual que estaba siendo acosado por otro que sí lo era”.
Después del ataque a Palacio el 13 de marzo, Joe Westbrook consigue llegar a la casa de su novia en El Vedado. Allí se esconde hasta el 18, pero debe marcharse en la mañana de ese día, porque la madre de su novia no lo quiere más en su casa. Temía un registro de la policía de Ventura, así que lo echa.
“Westbrook se va entonces a otro piso franco del Directorio, -dice Eladio- el de Ayestarán y 20 de Mayo, donde ya lo esperaban Machado y mi tío Juan Pedro. Ambos habían sido heridos en Palacio, si bien la herida de Machadito en el muslo era bastante más grave. Ellos habían estado casi tres días sin recibir atención médica antes de poder refugiarse allí".
BRONCA EN LA CÉLULA DE APOYO A HUMBOLDT 7
Marquitos y García Olivera fueron encargados de coordinar el traslado en carro de Fructuoso, Juan Pedro y Joe, a Humboldt 7 desde el apartamento en Ayestarán y 20 de Mayo esa misma noche, pero lo que sucedió en ese carro y luego en la casa de Humboldt nunca nadie lo ha contado.
“Marquitos quiere quedarse en Humboldt 7 con Joe, pero Machado se niega; cree que es indispensable que García Olivera y él se queden fuera como apoyo para ayudar en el próximo traslado a otro apartamento en la calle Línea, como estaba previsto. 
Joe lo apoya, alegando que 5 hombres son demasiados para esconderse en ese apartamento. Machado añade que además Marquitos llamaría demasiado la atención “por su atuendo”. Recordemos que Marcos iba en sandalias como las de los frailes dominicos y acostumbraba a vestir un saco amarillo muy llamativo.
Ya en Humboldt 7, Marcos insiste en la idea de quedarse en el apartamento, y entonces mi tío Juan Pedro le dice que está incumpliendo sus responsabilidades con el Directorio. Machadito interviene para dar la razón a mi tío. Entonces Marquitos estalla y pronuncia "la frase": “Tú lo que quieres es quitarme a Joe” y añade resentido, “Se lo voy a contar todo a una persona que le interesará mucho saber lo que está pasando entre ustedes dos. A mí me engañaron, pero a ella no la van a engañar”. Marcos se refería a Dysis, la novia de Joe.
Entonces Westbrook, Machadito, Juan Pedro y Fructuoso se molestan y lo increpan con duras palabras, que van subiendo de tono hasta que Machado le pega un gaznatón a Marquitos y lo derriba en el suelo; “Yo nunca seré la clase de persona que eres tú, maricón”, le dice.
García Olivera los separa y pide que se calmen, no es conveniente que haya un escándalo estando escondidos en un apartamento, que encima no es de ellos, pero el grupo continúa ofendiendo a Marcos con palabras gruesas.
Estas son las ofensas sobre las que una y otra vez le preguntará el fiscal a Marcos en el juicio, y que él se negará a reproducir con claridad. Tampoco revelará nada a la novia de Joe, de la que se ha hecho muy amigo y a quien estima realmente; quiere demasiado a Joe para eso. Entonces los cinco hombres le piden que se marche, no sin antes hacerle jurar que aquella conversación nunca saldrá de esas cuatro paredes.
El único superviviente del grupo, García Olivera, tampoco contará nada de lo ocurrido a nadie a excepción de mi madre, con la que tenía muy buenas relaciones, ni revelará los detalles en el proceso judicial. Habría puesto la hombría de dos mártires de la revolución en entredicho y para entonces ya él ostentaba el cargo de comandante de las FAR. Mejor blanquear a un maricón traidor, que sacar del armario a dos combatientes "heterosexuales" de gran importancia en en el Directorio".
Toda la conversación se la contó García Olivera a la cuñada y madre de Eladio Rivas unos días más tarde, tras la muerte de su tío Juan Pedro Carbó Serviá. Me cuenta Eladio: 
"García Olivera vino a casa con un ejemplar del diario “El Tiempo” donde se dejaba entrever la posibilidad de que en el momento del ataque de los soldados de Ventura, hubiera un quinto miembro del Directorio que habría escapado ileso del apartamento de Humboldt 7 tirándose por el balcón: Marcos Rodríguez. No era cierto, pero alguien además del gobierno de Batista debía estar al tanto de la implicación de Marquitos en los hechos".
Sigo con el relato:
Finalmente Marcos y García Olivera se marchan para rendir cuentas de la situación y estado de los cuatro estudiantes al jefe de operaciones del Directorio: Faure Choumont.
Al día siguiente a las 6 de la tarde, la policía allana el apartamento de Humboldt 7 y mata a sus cuatro ocupantes. Ese mismo día unas horas más tarde, Marquitos se cita con Blanca, una estudiante que colaboraba con la izquierda estudiantil, en la cafetería del cine América, para pedirle que lo ayude a ocultarse: la policía lo busca. Blanca accede y lo esconde en casa de un familiar suyo.
La historia oficial cuenta que en ese ínterin, Marcos se habría citado con Ventura en un apartamento de seguridad de la policía batistiana en la calle Carlos III, para consumar la delación que acabaría con la muerte de sus compañeros. En el juicio posterior se entendió su reconocimiento de haberse escondido en casa de Blanca, como la aceptación tácita de la traición y muerte de sus compañeros.
Pero Marcos negó siempre y hasta la saciedad este extremo con gran vehemencia en el juicio oral, años más tarde, y el propio Ventura aseguraba en su biografía, que quien denunció a los prófugos aquella mañana, había sido Faure Choumont, número tres del Directorio, tras Fructuoso Rodríguez.
Poco días más tarde, Marcos pide asilo en la embajada de Brasil, cuya embajadora lo acogerá con cariño casi maternal. A los pocos días, conseguirá una visa para escapar a Costa Rica.
Se preguntarán por qué hemos terminado en el mismo punto temporal que en el capítulo anterior. Era fundamental que volviera a contar lo ocurrido desde otra perspectiva para entender mejor, cómo y por qué un barrendero homosexual ilustrado, anónimo y de izquierdas, sospechoso de una delación mortal, se transforma de pronto en agregado cultural de una embajada europea, en la Cuba de 1957, para terminar asesinado por Castro en un paredón de fusilamiento el 10 de abril de 1964.

¿Qué estaba pasando aquí?