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jueves, 9 de mayo de 2019

martes, 16 de abril de 2019

UN VELOCÍPEDO AÉREO PARA JOSÉ MARTÍ

UN VELOCÍPEDO AÉREO PARA JOSÉ MARTÍ



Revisitando el caso Comas

Por Carlos Ferrera

«Tenemos que elegir un punto solitario para las pruebas, que deberán hacerse sin testigos…»
Arturo Comas Pons a José Martí


Desempolvo una curiosidad que publiqué hace ya una década, y espero que sepan perdonarme mis lectores de la vieja guardia.
Viene al hilo de una de las leyendas mambisas menos manoseadas de nuestro guerreo en la manigua, y es la anécdota que escogería, si me pidieran una sobre nuestras luchas libertarias, para hacer una película hermosa. No es exactamente una “leyenda”; es un hecho real con algunos detalles no aclarados que, de acreditarse, cambiarían algunas cosas en la Historia de Cuba. 
En 2010, hice un poco de Google y otro de biblioteca, y publiqué un resumen de lo que se conocía hasta entonces sobre el tema. Pero tengo nuevos lectores que quizás no estén al tanto, y también algunos datos que añadir a aquel suceso extraño. 
Los pongo en antecedentes.

LAS RAREZAS POSTALES DEL POETA

El epistolario martiano es extenso y diverso en contenido e interlocutores. Martí mantenía correspondencia con mucha gente distinta, y no siempre sobre asuntos políticos, estratégicos, o familiares. Él mismo se arrancaba a escribirle a un amigo, solo para contarle sus emociones durante la visita que había hecho esa mañana al Museo de Historia Natural de New York. Igual intercambiaba pareceres por carta con su amiga Blanca Baralt, sobre las prendas del ajuar de su boda, o hacía largas consultas sobre cuestiones editoriales a su gran amigo el escritor y asistente personal de Céspedes, Fernando Figueredo Socarrás. Martí había sido su huésped cuando llegó a Tampa, y Figueredo sería el editor de sus notas biográficas de guerra, tras su muerte.
En sus últimos años de exilio, Pepe ya era una figura pública reconocida, no solo en Cuba y entre los exiliados, sino para muchos anónimos fanáticos de sus letras y de su pensamiento en todo el continente. De ellos también solía recibir con frecuencia elogios por vía postal, que eventualmente contestaba.
Pero mi interés no estaba puesto en la correspondencia amable del Poeta, sino en las cartas que intercambió con sus enemigos, dentro del Partido Revolucionario Cubano en el exilio, y luego en la manigua, durante el poco tiempo que pudo estar allí.
Martí era objeto de ataques despiadados de la Corona española en los periódicos, pero de vez en cuando recibía también algún dardo de figuras de la revolución, mediante el correo. Era un blanco fácil para los que envidiaban su talento o cuestionaban su liderazgo, que a veces no podían escapar a la tentación soberbia de escribirle personalmente, con manifiesta agresividad, como hicieron Enrique Collazo o Antonio Zambrana. Martí entonces, casi siempre respondía, y de forma excepcionalmente brillante.

Pero como ocurre a menudo, buscando una cosa, suele encontrarse otra, y entre los interlocutores postales de Martí, uno llamó especialmente mi atención. 



Gonzalode Quesada y Miranda
Su nombre apareció publicado en Cuba por primera vez en la Revista Orbe. Era una reseña de Gonzalo de Quesada y Miranda, hijo de Gonzalo de Quesada y Aróstegui, amigo y albacea de José Martí, y periodista prestigioso. 
De Quesada recordaba a sus lectores, quién había sido Don Arturo Comas Pons.

UNA CARTA EXTRAÑA

Hasta donde se sabe, Arturo Comas le mandó una sola carta a Martí, pero tan rara que es imposible pasarla por alto. Le proponía crear una fuerza aérea mambisa, con velocípedos voladores.
La carta en cuestión, fue enviada desde Bejucal, al Jefe de la Revolución en New York, el 25 de marzo de 1893. La transcribo:

“Señor José Martí, New York:
 Muy señor mío:
     Con motivo de haber inventado un aparato que bien pudiera llamarse un velocípedo aéreo, y que en miniatura me ha dado los más brillantes resultados, creo mi deber dedicarlo antes que a nadie, a mi Patria, por lo que me dirijo a usted para que si tiene a bien ayudarme en las pruebas que en mayor escala necesito hacer, para hacerlo aplicable a los usos de la guerra. El aparatico hecho por mí es movido por la cuerda de un reloj, funciona admirablemente, a pesar de su construcción defectuosa; se mueve en todas direcciones y vence cualquier corriente de aire.
     Mi objeto es hacerlo en condiciones en que pueda moverse por la fuerza del hombre o por la electricidad. Su costo, incluyendo mi viaje y el de mi esposa a quien no puedo abandonar aquí, y nuestros gastos particulares que serán reducidos, lo calculo en diez mil pesos, dado que tenemos que hacer todas las piezas nuevas y algunas repetidas veces, si no el aparato entero, que puede quedar defectuoso por cualquier incidente, y dado también que tenemos que elegir un punto solitario para las pruebas que deberán hacerse sin testigos, cualquiera que estos sean. Puede asaltar a usted la desconfianza y en este caso usted y yo trataremos.
     Las ventajas que puede reportarnos el velocípedo aéreo no creo que se oculten a su perspicacia, toda vez que con media docena de ellos se pueden arrojar en medio de la noche una lluvia de bombas sobre una agrupación militar o campamento, sin ser vistos y sobre todo con el pánico que ocasionaría una cosa oculta y desconocida.
     No enviaré plano alguno, por no tener patente y dejo a mi sola dirección la construcción de todas las piezas. En caso de aceptar esta oferta, que tanto nos elevaría, espero guardará la más absoluta reserva sobre este asunto.
     Y sin más,
B.S.M. (besa su mano)
Arturo Comas,
S/C Armas 41, Bejucal, mayo 25/93 


Carta de Arturo Comas a José Martí
¿“Besa su mano”? Dejo para el debate –y la opinión docta de mi amigo Mike, especialista en Protocolo y Ceremonial–, el uso de este cumplido entre caballeros cubanos de finales del siglo XIX.

Lo importante de la carta, –además de lo sorprendente de su contenido– es que prueba que diez años antes de que los hermanos Orville y Wilbur Wright, diseñaran un prototipo de artefacto aéreo y consiguieran realizar el primer vuelo humano en aeroplano, ya lo habían hecho en Bejucal.
En la villa pionera del ferrocarril cubano, un señor había ideado un aparato similar con fines bélicos en 1893. Además, había construido un modelo en miniatura, y lo había puesto en consideración del hombre más importante de Cuba.
Al leer la misiva de Comas por primera vez, me parecieron las palabras de un científico loco, buscando a un memo que le financiara una invención disparatada. Pero Comas estaba lejos de estar loco, y su idea no era exactamente un disparate. El hecho ocurrió, sin dudas; la carta se conserva intacta, y se tiene total certeza de su autenticidad, igual que de los croquis que Comas hizo de su invento.
Seis meses más tarde, el inventor recibe contestación de los Estados Unidos. 
Le responde Félix Iznaga, secretario de José Martí en Nueva York y miembro de la Junta Revolucionaria Cubana. Félix pertenecía al acaudalado clan de los Iznaga de Trinidad, y al morir el Apóstol se incorporó a la guerra en 1896 desembarcando con una expedición por Varadero, pero murió poco después de paludismo en la Ciénaga de Zapata.
En su respuesta a Comas, Iznaga agradecía la oferta del bejucaleño en nombre de la Junta, -no de José Martí, curioso-, pero la declinaba, aduciendo que los limitados fondos de que disponía la revolución, estaban destinados a la compra de rifles y municiones. Además, el de Comas era un proyecto costoso, porque solo era efectivo si se construían varias máquinas, y eso multiplicaba el gasto en acero y aluminio. Iznaga concluía su carta:
“No será posible desviar los escasos recursos de la Revolución para costear una investigación a largo plazo y sin la certeza de poder aplicar el invento en la cercana Guerra de Independencia”.
No se tiene ninguna referencia de que Martí llegara a leer la carta de Comas, ni de que le respondiera personalmente, lo que no significa que esto no ocurriera. En mi opinión, creo que de haberla recibido y tenido tiempo, probablemente le habría contestado, porque le apasionaba el tema.
El Apóstol era un seguidor casi fanático de las “nuevas tecnologías” del siglo XIX, admiraba a Julio Verne, que entonces medraba con sus historias futuristas, y tenía en gran estima lo que llamaban “literatura fantástica”. Martí seguía con atención los avances científicos y los nuevos inventos que se ponían en práctica en Europa después de la Revolución Industrial, a los que incluso llegó a dedicar crónicas periodísticas. Hasta en sus pocos minutos de ocio, el Poeta garabateaba bocetos de “máquinas extrañas”, que se conservan entre sus dibujos a plumilla.
En cualquier caso, Iznaga no se estaba haciendo el loco con la plata. La Junta andaba realmente muy escasa de fondos en 1893 y ni siquiera tendría los suficientes para relanzar la guerra en Cuba hasta dos años después. Una empresa aérea tan arriesgada, era imposible de llevar a cabo, sin la certeza de poder ponerla en práctica en situación de combate, y que además, funcionara.
Sobre el supuesto silencio de Martí, -caso de haber estado al corriente-, cabe una hipótesis. Pepe había doblado sus tareas en el Partido Revolucionario Cubano con respecto al año anterior. Viajaba mucho fuera de Brooklyn, pronunciaba discursos y recaudaba fondos para la contienda. Entre el 93 y el 94, recorrió varios países de América y ciudades de los Estados Unidos coordinando a los principales jefes de la guerra, y al mismo tiempo escribía para dos o tres publicaciones norteamericanas y extranjeras.
Carmen Zayas-Bazán, Carmen Miyares y José Martí
En lo sentimental, su vida era un caos, aunque debe reconocerse que era responsable de gran parte de él. Mantenía una crispada relación postal con la madre de su hijo, Carmen Zayas-Bazán, -aunque ya no la amaba-, y continuaba su idilio peligroso con Carmen Miyares, mujer de su casero, correligionario y amigo. 
María Mantilla y José Martí
A finales de 1892 corren incómodos rumores capciosos sobre él, entre sus enemigos de exilio en New York, reviviendo viejas suspicacias que le achacaban la paternidad de la ya crecida María Mantilla. Pero sobre todo el Poeta sufría la larga ausencia de su hijo, ya adolescente, sabiéndolo infeliz en la lejana Puerto Príncipe con su madre, porque sabía que ambos padecían la humillación y el maltrato de la familia de Carmen. 
En 1893, Martí tenía motivos suficientes como para cortarse las venas. 
Parecía muy poco probable que encontrara tiempo para responderle a un loco fantasioso, que le pedía 10.000 cañas adelantadas por construirle un velocípedo volador. Pero yo quedé fascinado con este personaje tan extraño y pintoresco, que imaginé lunático, como los inventores ingleses victorianos, y tan naif como los locos pioneros franceses del aire.
¿Quién era este Julio Verne de Mayabeque, que se atrevió a proponerle al cubano más grande, que le financiara esta fantasía voladora?
Con la pregunta en mente, dejé la red y me fui a la Biblioteca de Barcelona, a rastrear en la literatura de papel. Tienen allí una colección microfilmada muy completa de la prensa cubana de todas las épocas.

ARTURO COMAS, 
PIONERO DEL AIRE


Para cualquier ciudadano de Bejucal que se precie, el nombre de Arturo Comas no tiene misterio; nació sabiendo quién fue. Pero para el resto de nosotros, depende de la información o interés que se haya tenido en las cosas triviales de la Patria, por eso vale la pena, hacernos un tráiler de su vida intensa.
Arturo Comas Pons
Arturo Norberto Amancio Comas Pons, nació en Bejucal el 5 de junio de 1865, pero no siendo “hijo de una familia de clase media”, como desinforma el libelo digital comunista Ecured. 
Cuando Comas llegó al mundo, su madre todavía era una guajira analfabeta de un caserío de Artemisa, y su padre un inmigrante español, labriego de oficio y sin estudios, que se los dio después a él trabajando en el campo.
En su edad adulta, y gracias a la constancia de su progenitor, Arturo Comas y su familia se mudaron a una casona muy cerca del Liceo de Bejucal, en la calle Armas No. 43, “lo que evidencia que tenía una situación desahogada económicamente por el lugar del inmueble”, dice el articulista Jorge Wejebe Cobo en su trabajo “Un avión para los mambises”.
Arturo creció con el don de la curiosidad y la inquietud de la investigación, fue un niño despierto y un excelente estudiante. Aunque de mayor se hizo ingeniero agrónomo, desde joven ya fantaseaba con una idea que era entonces también la obsesión de la ciencia: conseguir que el hombre pudiera volar.
Comas también sintió desde muy pronto el dolor de la Patria, y en cuanto tuvo edad, se integró a los grupos independentistas de la zona que luchaban contra España. Convirtió su casa de la calle Armas en reducto de conspiradores, y pasó a apoyar activamente a los rebeldes del monte de todas las formas que le fue posible, junto a sus amigos, los patriotas y hermanos tabaqueros Hidalgo-Gato de Santiago de las Vegas.
Eduardo Hidalgo-Gato 
Pero el ideal de Comas era contribuir a la causa independentista, creando un artefacto aéreo tripulado para uso de los mambises en la guerra. Y aunque lo parezca, no era ocioso ni frívolo el hombre, dando cabida a ideas tan extrañas.
Mientras rumiaba su invento y antes de cumplir los 30, Arturo Comas ya había fundado el diario local “El Bejucaleño”, la primera publicación insurgente de la región. Por el camino inventó  nuevos modelos de armamento, introdujo mejoras mecánicas en rifles, cañones y pistolas, y asesoró a los rebeldes en cuestiones pirotécnicas. También hizo importantes aportes a su profesión, –la agronomía–, investigando por vez primera en Cuba los campos magnéticos de los árboles, e inventando varios tipos de fertilizantes líquidos. Comas ideó, fabricó y puso en funcionamiento un novedoso pluviómetro, y fundó un observatorio astronómico en Matanzas, sobre el techo de la Escuela de Agronomía de Colón. Fue el más respetado de los directores de esa institución.
Arturo Comas no estaba loco, solo era un genio.
Dicen que además de un independentista irreductible, fue un correcto poeta de elegantes rimas, -no “dominguero” como dice Reinaldo Alonso-, y que escribió un libro de romanzas que llegó a publicar. Era también un gran conversador, contumaz periodista, y humorista fino, “un hombre de inteligencia iluminada y voluntad de acero”, según Quesada. 
Arturo Comas era un artista de las ciencias y un científico de las artes, era un idealista romántico como llaman los incrédulos a los  visionarios; un audaz e inquieto Da Vinci criollo, aplatanado en el Trópico de Cáncer.
A finales de 1894, un año después de haber enviado la carta al Poeta, y uno antes de la muerte de éste, Comas huye a los Estados Unidos, señalado de sospechoso de sedición. Con toda seguridad, en su pensamiento está entonces, localizar y presentarse al prócer.
También lo más seguro es que las urgencias de la guerra, –o quizás, simplemente el destino–, impidieron que ambos patriotas se encontraran en los Estados Unidos. Entonces Martí solo pensaba en su plan de La Fernandina –después fallido–, y embarcaría hacia Cuba pocos meses más tarde, el 11 de abril de 1895.
¿Llegarían a encontrarse los dos hombres en territorio norteamericano? ¿Habrían hablado,  finalmente, del invento de Comas, alguna noche de las últimas que pasó allí el Apóstol? Puede que no se sepa nunca, pero me gusta imaginar ese momento grande entre estos dos soñadores de verbo tan prolijo y de tan elevada condición humana. 
Arturo siguió trabajando en el exilio por la libertad de Cuba, hasta que terminó la guerra. Entonces regresó, pero no a Bejucal. Se fue a vivir al pueblo matancero de Colón, para ejercer de profesor de Agronomía en la granja docente Álvaro Reynoso, que terminó dirigiendo.
Murió allí a los 83 años, el 22 de agosto de 1948, dejando a medias varias investigaciones de avanzada sobre Física, Agronomía y Astronáutica, y a los cubanos, sin uno de sus paisanos más ilustres.

UN VELOCÍPEDO AÉREO, BOMBARDERO Y MAMBÍ

La maltrecha empresa naval “Mambisa” de navegación mercante cubana, debió llamarse de otra forma. Ese debió ser el nombre de la Fuerza Aérea de la Isla, en honor a Comas y a su velocípedo volante. Arturo fue el primero en imaginar a uno, diez, cincuenta, quinientos mambises surcando el cielo de la manigua sobre las copas de las palmas reales. Centenares de pilotos pedaleando en sus velocípedos aéreos, aniquilando con fuego desde el aire a las tropas de ralladillos, paralizados de terror...
Era solo una ingenua fantasía bélica; los osados  mambises pilotos habrían caído como moscas, abatidos por la artillería española. Los gaitos se lo habrían pasado en grande bajando mambises del cielo a tiros, como dianas de feria. 
Pero ¿qué importa eso, si te lo enseña Netflix con palomitas y truca de Pixar, dirigido por Juan Carlos Cremata y con César Evora en el papel de Arturo Comas?
Comas no estaba loco; defendió su invento muy en serio. Su aparato era un velocípedo volador imposible, ok, pero puestos a ver, fue más construible que los diseños freaks de muchos aspirantes a aeronautas de su época. Solo había que ver el ave recubierta de plumas de oca del francés Clément Ader, -que parecía el carro de la compra de una drag del XIX- o el murciélago motorizado de 300 kilos, también de su autoría. Se pasaban con el opio en París.
Arturo Comas disponía de muy poca literatura científica o técnica a la que acudir para construir su invento. Apenas partía de las primeras investigaciones de un señor inglés de nombre Sir George Cayley, que había establecido los principios básicos de la aeronáutica en 1809.
El bejucaleño se enfrentaba al eterno problema de los constructores de máquinas aéreas tripuladas: reducir al mínimo el peso a levantar del suelo junto a una persona, y conseguir un método de propulsión liviano que la desplazara por el aire. La fórmula ideal estaba clara; carga y propulsión debían ser una misma cosa. El hombre impulsaría a la máquina con la energía de sus propios pies.
Con eso, y los escasos conocimientos que tenía, en 1890, Comas por fin diseña un monoplano a pequeña escala de solo 28 onzas de peso, con una armazón de papel y varillas de güin sujetas con hilaza, a la que añadió un par de aspas de cedro, que consiguió hacer girar mediante un ingenioso motor “reforzado” con la maquinaria de un reloj de pared.
Parecería un juguete rústico y antiguo, pero era ese el prototipo al que se refería Comas en su carta a Martí en 1893. 
Sin embargo, en ella Comas no consigna que hubiera construido un modelo a escala real, y tampoco que lo hubiera hecho volar con éxito, al menos, hasta esa fecha. ¿Por qué entonces en el siglo XX, tras su muerte, surgió la teoría de que habría conseguido volar en uno de sus velocípedos? ¿Y por qué retomo yo, después de tantos años un asunto que Internet ha reproducido más tarde tantas veces?
Quizás, justo por eso.

EL VELOCÍPEDO DE COMAS LEVANTA EL VUELO

Las versiones posteriores que hoy se divulgan en la red, sobre la aventura de Arturo Comas, se han ido deformando con el tiempo y la imaginación de los cronistas. El relato sufrió amputaciones  y añadidos a lo largo de un siglo, hasta desvirtuar los hechos, al punto de afirmarse que fue el propio Martí, -y no Iznaga-, quien respondió la carta del inventor de Bejucal.
También se confunde con frecuencia la miniatura a escala de su velocípedo aéreo, con un prototipo de planeador de tamaño real, y hay autores que ubican el lugar de las pruebas del artefacto en la propia vivienda de Comas, mientras otros aseguran que fue en una vieja cantera de las afueras de Bejucal.
Algunas publicaciones, como el editorial de Radio Ariguanabo, la falsaria Ecured, y hasta la engañosa Wiki, que me habían servido de fuentes en 2010, en 2019 habían cambiado sus versiones sobre el acontecimiento, añadiendo un par de detalles, no menores.
Hasta hoy, el invento en miniatura de Arturo Comas tiene la relevancia de ser el primer intento documentado de diseñar una máquina voladora en Cuba, que además, implicó indirectamente a Martí. La importancia histórica de la anécdota, empezaba y terminaba ahí. Pero las cosas han cambiado. 
Según investigaciones recientes de un exiliado historiador de Bejucal, nuevas pruebas documentales demostrarían que Comas, sí que llegó a construir un modelo de su velocípedo volador mambí a tamaño real, y que incluso lo probó con éxito en un precipicio que aún hoy se divisa desde la entrada del pueblo.
Las fuentes que lo reconocen, parecen tener más clara la secuencia de los hechos, cuando diferencian los dos experimentos y los dos aparatos. Lo hace el escritor Reinaldo Alonso en su nota “El velocípedo aéreo que por poco bombardea a los españoles”: 

«El artefacto de 1890 era una especie de monoplano de 28 onzas parecido a un papalote. (…) El resto es asunto de los vientos: el aparatico toma repentina altura y se impacta ruidosamente contra el techo ante las miradas atónitas y los aplausos de los familiares y amigos (…) Tres años más tarde, Comas concluye la que será su gran obra: un «velocípedo aéreo» que resulta imperdible para sus contemporáneos, a pesar de tener un dudoso valor práctico. En propiedad, el invento es un monoplano de acero y aluminio que debía mantenerse en las alturas gracias a la fuerza motora de su propio ocupante. Concluido el artefacto solo falta probarlo. El farallón de una cantera situada en las afueras de Bejucal es el lugar escogido para ello. Hacia allí se dirige Comas con su velocípedo aéreo. Pretende hacerlo en silencio, como debía ser; no lo consigue. La curiosidad atrajo la atención. Monta el aparato, toma impulso, el vacío y “¡Vuelaaa!” “¡Vuelaaa!”, exclaman los curiosos, principalmente los niños. La sorpresa es enorme. Aquel hecho inaudito atrapa la atención. Comas pedalea con fuerza, hace un esfuerzo enorme para estar en el aire el mayor tiempo posible. Los ojos del gentío están fijos hacia arriba. Siguen la trayectoria del raro armatoste, que vuela en círculo unos cien metros y finalmente impacta contra la pared de la cantera».
Sobre el lugar exacto en que el inventor voló con su invento, comenta Jorge Wejebe Cobo:
“La loma de piedra caliza estaba cortada a la mitad, por la fuerza de las barretas manejadas por generaciones de esclavos negros sacrificados para abastecer de cantos con que erigir las edificaciones del cercano pueblo, desde la iglesia hasta el palacio de verano del Marqués de San Felipe y Bejucal, amo y señor de la zona y quien dio su nombre a la localidad. De las canteras originales, después de 200 años de explotación de piedras y hombres, solo quedaba un blanco farallón de más de 50 metros de altura por donde empezaron como siempre a iluminar los primeros rayos del sol, aquel día indeterminado de 1893. (…) Arturo Comas Pons era el único inventor que en Cuba podía diseñar un avión, y escogió esa mañana perfecta con poca brisa y sin nubes, para lanzar desde esa altura un planeador hecho a escala de un proyecto mayor con el que soñaba volar sobre los techos de su pueblo natal, situado a 30 kilómetros al sur de La Habana. Parecía que la villa de Bejucal le era pequeña al joven de 28 años con sus sueños de conquistar el aire…”. 
Entrada de Bejucal, y al fondo, la loma de la antigua cantera escenario del vuelo de Arturo Comas
El desorden entre los cronistas, se debe a que se refieren a diferentes pruebas, en distintas fechas y con distintos aparatos. De este arroz con mango les ha salido una foto de un Don Arturo futurista, con monóculo y bombín, volando en círculos sobre un precipicio en un extraño artefacto alado, que funciona con la cuerda de un reloj. Una ilustración bucólica cautivadora de un cuento de hadas criollo del XIX. Dickens a pulso.

El especialista retirado del Museo de Bejucal, me asegura además, que hay datos fiables muy recientes de lo que antes considerábamos apenas una sospecha. Lo entrecomillaba en cursivas en mi artículo de 2010: 

“Arturo Comas llegó a proponerle al gobierno norteamericano su velocípedo aéreo”. 

Se cita como fuente, un artículo sobre historia de la aeronáutica cubana en “Cuban Built Aircraft”, y al especialista Rubén Urribarres en su “Cronología de la aviación”. Pero Urribarres hierra afirmando que fue Martí quien dio respuesta a Comas. También lo hacen otros autores que trataron la cuestión, como mi colega y admirado paisano Derubín Jácome, que resumió muy bien los hechos hace años en su serie “Cuba en la Memoria”. Pero Jácome también atribuye a Martí la decisión de no comprar el invento de Comas. Dice Derubín: 

“En 1896 Comas propuso su máquina al Gobierno de Washington. Martí no confió en el proyecto, una especie de “velocípedo” aéreo de difícil realización, y no quiso arriesgar los escasos recursos económicos de que disponían”.

El periodista Joaquín M. Moreno en una nota publicada en Juventud Rebelde en 1990, «Aviones para los mambises» asegura, sobre el momento en que Comas se marcha de Cuba:

“Ante esta falta de crédito, Comas viaja a la tierra del Tío Sam en busca de financiamiento entre los exiliados antillanos y, algún tiempo más tarde le presenta el proyecto al gobierno de este país, que lo lanza al cesto por falta de un «análisis descriptivo». Sólo cuando la aviación bombardea de manera despiadada las principales ciudades de Europa durante la Primera Guerra Mundial, ve cumplida su profecía. En esos años, deja de ser un caricato y es reconocido como un precursor”.

La experiencia me dice que no debe comprarse un texto que mezcle datos reales con información incorrecta. Alonso se equivoca al deducir que Comas viaja a USA a conseguir dinero para su invento. No fue a buscar financiación, sino porque los españoles le habían puesto precio a su cabeza en Cuba. Sus gestiones en Norteamérica para fabricar el velocípedo –si es que se produjeron–, fueron solo una consecuencia de su exilio forzoso.
En Estados Unidos estaba entonces quien había sido su compañero de luchas y amigo, el espabilado Eduardo Hidalgo-Gato. El de Santiago de las Vegas se lo había pensado mejor, y redujo el ritmo de su lucha por la Patria, para ponerse a hacer negocios a lo grande en la industria tabaquera americana. En 1894, Hidalgo-Gato ya se había forrado; ¿pudo acaso contribuir a hacer realidad el invento de Comas? De él diría Martí, después de recibir una de sus generosas donaciones a la revolución en el exilio: “Gato, la Patria no tendrá con qué pagarte...”. 
Pero, ¿qué quiso decir Moreno con que Comas, “vio cumplida su profecía”? ¿La de construir su velocípedo, o la de probar su eficacia con éxito?
Manuel Morales, un periodista de Radio Ariguanabo, también confirma los contactos de Comas con el gobierno de los Estados Unidos, aunque no parece estar enterado de que realizara un test a escala real:
“En los Estados Unidos, Comas acudió a varios compatriotas en busca de la ayuda financiera necesaria para concretar el invento, pero sin éxito. Entonces propuso el proyecto al Gobierno de aquel país, aguardó un tiempo prudencial hasta que la respuesta le llegó del Departamento de Guerra. En ella le notificaban que su carta no contenía un análisis lo suficientemente descriptivo, por lo cual consideraban que el aparato no funcionaría en la práctica. Arturo Comas se unió a otros científicos que trataban de apoyar a los revolucionarios durante la preparación de la Guerra de 1895, con modelos de cañones, rifles, balas, chalecos protectores y metrallas de diferentes géneros. Curiosamente, estas propuestas incluyen bocetos tan disparatados como el de un submarino provisto de ruedas o un cañón electromagnético capaz, en teoría, de bombardear La Habana desde los Estados Unidos… (…) Los bejucaleños veían a su paisano como un lunático, espía o provocador de los peninsulares, empeñados a toda costa en frustrar el reinicio de nuestra gesta emancipadora”.

A pesar de que el relato de Morales no se ajusta a la realidad en algunos puntos, parece coincidir en lo fundamental con un manuscrito recién descubierto del reportero del diario “El Fígaro” Víctor Muñoz. Muñoz asistió a aquel primer vuelo del francés André Bellot, el 7 de mayo de 1910, en el hipódromo de Marianao. El de Bellot se considera el primer vuelo tripulado por un hombre en Cuba.

André Bellot
El manuscrito en cuestión no se ha hecho público, me temo que porque “ha aparecido” fuera de la Isla. Pero se dice que en él, Muñoz asegura que en 1894, Arturo Comas llevó a cabo una segunda prueba de su invento, con un artefacto a escala real pilotado por él mismo, en los alrededores de su domicilio. De confirmase, Comas no solo habría desbancado al vanidoso Bellot, y bajado del trono a Agustín Parla Orduña, hasta hoy, el primer cubano en volar en aeroplano sobre Cuba, en 1912.
Agustín Parla Orduña
También se habría adelantado una década a los hermanos Wright en hacer volar un planeador propulsado mecánicamente, sin el auxilio de un gas. Eso lo convertiría en el primer piloto de su tipo en la Historia de la Aeronáutica.
 Wilbur y Orville Wright 
"ANTES QUE NADIE, 
A MI PATRIA”

La frase está en la carta de Comas a Martí, que originó esta crónica, y titula el único homenaje audiovisual que se le ha dispensado al inventor bejucaleño, desde su muerte en 1948. Pero La Patria no parece haber tenido tan en cuenta a Comas, como él la tuvo a ella.
Sobre su vida sabía mucho su paisano, el investigador e historiador bejucaleño Diego Torrientes, que por desgracia falleció hace unos años. Pero antes de marcharse, Torrientes tuvo tiempo de dejar constancia sobre lo que sabía de Comas y su invento, para las nuevas generaciones de cubanos. 
En 1980, un grupo de artistas y cineasta de Bejucal presentaron el documental «Antes que a nadie, a mi Patria», con guión de Omar Felipe Mauri y la asesoría histórica de Diego Torrientes. El documento rememoraba con bastante verosimilitud, la vida del eximio agrónomo que nació en el pueblo, e inventó un velocípedo volador para José Martí.
Dicen que en el Museo del Aire aún hay en exhibición, una de las dos avionetas de fumigación que llevan su apellido: “Comas 1” y “Comas 2”. Alguien debió volver a recordar a Arturo en 1992, porque así nombraron a un prototipo de avión ligero de “producción nacional”, que como todo en Cuba, se quedó en prototipo. Pero no sería hasta 21 años después, que por fin se le rindiera un homenaje menos perecedero que las palabras.
Es marzo de 2013, bajo una lluvia pertinaz, con la presencia de unos pocos lugareños curiosos y las omnipresentes organizaciones de masas, y el Partido, se develó finalmente en Bejucal un busto de Arturo Comas, en el extremo noreste del antiguo Parque Central, hoy Maceo-Gómez.
Al modesto acto, que iniciaba la Jornada por los 300 años de la fundación de la Villa de San Felipe y Santiago de Bejucal, asistían además, el escritor Omar Felipe Mauri, el director teatral Carlos Díaz, y el autor de la pieza, el artista bejucaleño Dayron David Valdés Castro.
Junto a la carta que Comas envió a Martí y los dibujos de su invento, el busto de Valdés es la única evidencia palpable que lo recuerda en toda Cuba.
El documental de Mauri ganó el primer premio en un festival fílmico auspiciado por la DAAFAR, en Villa Clara, y allí se le dio a Comas el título de “Precursor de la Aviación en Cuba”, pero Comas sigue esperando un reconocimiento que vuele más allá de las fronteras de su pueblo.
Realmente, no importa mucho que Comas no hubiera conseguido su sueño futurista de volar. Una escuadra de artilleros mambises en velocípedos aéreos, atacando en picado desde el cielo un campamento español al grito de “¡Viva Cuba Libre!”, no la habrían podido imaginar, ni los hermanos Grimm, puestos de LSD. Es un lujo para los cubanos, que alguien haya escrito esta página hermosa en la Historia de Cuba. Es como un bálsamo de poesía en medio de la prosa dolorosa y sangrienta de nuestra gesta libertaria. Me basta con que a Comas se le haya ocurrido esta fábula voladora,  artillera y delirante, que ya querría JK Rowling para Hogwarts. 
De todas las leyendas mambisas imposibles, la del velocípedo volante de Arturo Comas, es la que sueño ver alguna vez contada en cine. La imagino pintada en sepia viejo, como los daguerrotipos que hacían entonces los estudios Corominas de San Rafael. Se me ocurre que allí pudo haber acudido el inventor con su  miniatura, para hacerse una emulsión en plata juntos, y dejar constancia fotográfica del artefacto para sus paisanos del futuro.
La de Arturo Comas Pons, no es solo la historia de nuestra ingeniería aeronáutica más vintage, contada desde el aireHabla también de un poeta que entendía el idioma magnético de los árboles, y los alimentaba con pócimas secretas que los hacían crecer.
Es la historia de un druida sabio y valiente del verde Mayabeque, que cabalgó sobre un velocípedo volante, surcando el cielo azul de Bejucal, una mañana clara del siglo XIX. Quería demostrarle al Apóstol, que él también sabía que la libertad solo podía ser, levantando el vuelo... 

Ya les dije que es Netflix con Pixar, by Cremata, señores. Déjenme volar.

oOo

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA

Gonzalo de Quesada y Miranda – “Un precursor de la aviación fue habanero”. Revista Orbe. La Habana 1932.
Jorge Wejebe Cobo – “Sueños de un científico cubano”. Revista Bohemia. 28 de enero 1977.
Derubín Jácome – "Pioneros de la aviación cubana... y pioneras", Cuba en la Memoria.
Fondos del Archivo Nacional de Cuba – “Carta de Arturo Comas a José Martí 25/5/1893”
Omar Felipe Mauri – “Antes que a nadie a mi patria" (Documental).
Víctor Muñoz – “Sensacional vuelo y caída del aviador Bellot”, El Mundo, La Habana, 7 de mayo de 1910.
Otras fuentes: Museo de Historia de Bejucal, Miami Heritage Collection y Archivo Nacional de Cuba, Ecured y Wikipedia.

martes, 9 de abril de 2019

“EL ENCANTO”; KARMA DE FUEGO

“EL ENCANTO”; KARMA DE FUEGO


Por Carlos Ferrera

“Patricio desembarca en el puerto de La Habana una mañana de principios de los años 50s. Es joven y ambicioso, pero solo lleva consigo lo que cabe en su vieja maleta de cartón. Tiene ganas de comerse el mundo y de olvidar su lejana aldea asturiana, aún envuelta en las sombras de una posguerra interminable.
A su encuentro sale una ciudad hospitalaria y luminosa, bendecida por el sol y arrullada por el mar Caribe. Patricio pronto hace amigos y encuentra trabajo; lo han aceptado de peón en “El Encanto”, los grandes almacenes, orgullo de los habaneros. Conocerá el negocio desde abajo, ascenderá en la empresa a puestos de poder y accederá a un mundo nuevo y exclusivo, pero peligroso.
 En “El Encanto” conocerá y se enamorará de Gloria, mujer hermosas y prohibida de La Habana, porque su marido es el gánster más notable y temido de los bajos fondos de la ciudad. Como escenografía, los grandes cabarets, la Mafia y el glamour de las estrellas de Hollywood que entonces visitaban la capital de Cuba…”

Es la sinopsis de “El Encanto” (2017), la primera novela de la escritora y guionista madrileña de series de época para la televisión, Susana López Rubio. Susana ya tocó el cielo con la impecable adaptación televisiva de la novela de María Dueñas, "El tiempo entre Costuras", y se anotó otro gol con su libreto original de la excelente "Acacias 38", una gran historia de criadas y señoras del Madrid de 1906.
Con “El Encanto”, López Rubio se nos adelanta a todos los guionistas cubanos, hincándole el diente a uno de los más glamurosos y fascinantes episodios de nuestra historia vernácula. Llegó a ella a través de una amiga cubana de sus padres, que le contaba de niña, cómo era la vida en La Habana cosmopolita, exótica y lejana de los años 50s. Susana ya ha vendido a siete países los derechos de traducción de su novela, negocia su adaptación a una serie televisiva, y prepara un guion cinematográfico, mirando a Netflix. Envidio la constancia de algunos.
Da un poco de rabia reconocerle el don de la oportunidad a Susana, porque “El Encanto” es un pasaje fascinante de nuestro pasado autóctono, que ella ha sabido aprovechar para hacerlo grande, pero a la española. Siento una mezcla de orgullo patrio y resentimiento patrio; rencor patrio de que no haya sido un colega del Caimán, el primero en convertir en imágenes, la historia del más épico de nuestros Grandes Almacenes. Nos han arrebatado un tesoro que ha estado en nuestra casa desde el siglo XIX.
Pero en buena lid, la historia de "El Encanto" comenzó en la tierra de Susana.

DE ASTURIAS LLEGÓ EL ENCANTO

En 1888, José y Bernardo Solís, dos hermanos asturianos que habían emigrado pocos meses antes a La Habana, abren una sedería en la ya concurrida esquina de Galiano y San Rafael.
El Encanto en los años 30s
La idea resulta ser un éxito, porque los Solís importaban textiles exclusivos de Europa, que rápidamente llamaron la atención de la gente. Antes de que acabara el siglo, ya “El Encanto” era la más popular y concurrida tienda de telas de La Habana.


Con el tiempo, los hermanos Solís ampliaron el establecimiento a las parcelas colindantes, añadieron tres pisos y aumentaron la variedad del género. Pero ambicionaban más. Estaban decididos a implantar en Cuba un concepto moderno de tiendas por departamentos, como ya eran “Harrods” en Londres o “Lafayette” en París; los Grandes Almacenes al estilo europeo. Pero el plan requería más espacio, y una fuerte inversión. 
Con ese fin, los Solís se asociaron con Aquilino Entrialgo, uno de sus dependientes, también asturiano, dueño de terrenos en Asturias que vendió para financiar su parte del negocio. Finalmente, los tres registran la sociedad mercantil “Solís, Entrialgo y Cía. S.A.” en 1900. Puede decirse que la verdadera tienda “El Encanto”, nació ese día.
Tras la Segunda Guerra Mundial, “El Encanto” ya era la mejor tienda de Cuba, y una de las mejores de Latinoamérica. El negocio de los tres asturianos continuó creciendo en valor y en tamaño. El edificio alcanzó los 7 pisos y por primera vez se organizaron los productos por plantas y por departamentos. A partir de entonces se introdujeron avances tecnológicos de última generación, como el aire acondicionado centralizado, las escaleras mecánicas y, con la llegada de la TV, el control de vigilancia e inteligencia por circuito cerrado.
"El Encanto" fue la primera tienda en Cuba en poner en práctica, técnicas comerciales novedosas para la época, como las rebajas del mes y la rebaja especial de julio. Fue también líder en pagar comisiones a sus vendedores, e implementar un sistema de tarjetas de crédito y certificados de regalos para sus clientes. Además, ofrecía un servicio exclusivo de entregas a domicilio. 
“El Encanto” puso de moda la iluminación con luces de neón, y revolucionó el arte del escaparatismo, el naciente oficio de la decoración de escaparates, que los cubanos bautizamos como “vidrieras”. Las de “El Encanto” se cambiaban cada semana, lo que obligó al resto de los grandes almacenes a hacer lo mismo. La tienda mítica dio pie, sin proponérselo, a la ociosa costumbre habanera de “salir a ver vidrieras” al menos una tarde a la semana, porque el circuito comercial de la ciudad cambiaba su decoración cada 7 días.
Las fantasías decorativas navideñas de “El Encanto” se esperaban como un clásico, e incentivaron la creatividad y la competencia entre otras tiendas. De cierta forma, el esplendor de las grandes calles comerciales; San Rafael, Neptuno, Reina, Monte y Belascoaín, con la pujante Galiano a la cabeza, paulatinamente fueron modernizando sus comercios a remolque de “El Encanto”. 
La cadena Woolworth -después Ten Cent-, La Época, Ciars, Ultra, Almacenes Inclán, Flogar, Indochina, Fin de Siglo y otras grandes tiendas de la ciudad, fueron estilizando también sus decoraciones exteriores, mostrando escaparates de excelente diseño y factura. No había lugar para el mal gusto ni la chambonería, porque “El Encanto” había puesto muy alto el listón de calidad. Y eso era bueno para todo el comercio habanero.
En los años 50s, el establecimiento ya había hecho historia. Un extenso editorial aparecido en las páginas centrales de un número de Bohemia por aquellos años, concluye: 
“Aquilino Entrialgo y los hermanos Pepe y Bernardo Solís, los fundadores de “El Encanto”, bajaron a la tumba, seguros de que su negocio, proyectado al futuro, enlazaría sus nombres perpetuamente a la obra que ellos iniciaron y engrandecieron”.
En realidad, con la perspectiva del tiempo, la tienda llegó a ser mucho más de lo que sus fundadores habrían podido soñar. El columnista del diario “Sur” Antonio Corbillón, describe las imágenes de un telefilme del Nodo español de enero de 1940. En ellas, el noticiero muestra la avalancha de público entrando a "Galerías Preciados" de Madrid, el día de la primera campaña de rebajas:
"La entrada en tropel de los posibles compradores tiene características de invasión», (…) pero aquella España posbélica vivía de espaldas al mundo. ¿Cómo estaba tan al día en marketing comercial? La respuesta llegó desde La Habana…”.
Y en efecto, desde ahí les llegó.

DON CESÁREO 
“EL CONSEGUIDOR”

El éxito de “El Encanto” se debió en gran parte, además de a la pericia mercantil de sus fundadores, a la constante innovación de sus posteriores propietarios y gerentes, casi siempre asturianos. Puede decirse que ingenio mercantil de Asturias, hizo grande a la tienda habanera.

César Rodríguez, en una foto de 1927
Su primer gerente, el pulcro y eficaz “conseguidor” Don César Rodríguez González, dirigió la tienda hasta 1929. César Rodríguez se hizo famoso en la Habana de los años 30s y 40s, por encontrar cualquier cosa que se les antojara a sus clientes, por extraña o escasa que fuera, y aunque no la tuviera en stock. Y era éste un supuesto muy poco frecuente, porque César lo tenía casi todo.
Solía viajar varias veces al año a los Estados Unidos llevándose a sus directivos consigo, para entrenarlos en las últimas tendencias en la gestión del comercio allí. “Don Cesáreo”, como le llamaban sus empleados, se hizo famoso por su frase, “Tenemos todo lo que usted quiera que tengamos para usted”.
César Rodríguez fue nombrado gerente de “El Encanto” en 1906 por los hermanos Solís, y desempeñó ese cargo de forma brillante durante 23 años. Fue, sin discusión, el mejor que tuvo el negocio, considerando el tiempo y la eficiencia de su gestión, tan provechosa para él, como para la empresa.
Era ya una práctica habitual en las grandes empresas cubanas de principios del siglo XX, mimar a los empleados valiosos que consideraban “activos humanos” del negocio, premiando sus pericias o talentos, para evitar que fueran seducidos por la competencia. Lo conseguían otorgándoles un status de “interesados” dentro del organigrama comercial, que incluía una paga anual proporcional a los beneficios de la empresa. Era un bono que no recibía directamente el empleado, sino que se le guardaba en fondo, y se le liquidaba cuando dejaba de trabajar en plantilla. Durante ese tiempo, el dinero se reinvertía para mejorar el negocio, que ofrecía además un interés sustancioso al empleado, y al mismo tiempo le permitía a la empresa autofinanciarse.
Peletería "El Encanto"
Así se hizo millonario Don César Rodríguez González. Con sus ganancias en “El Encanto”, volvió a invertir en la compra de varios inmuebles en La Habana, y le sobró plata para fundar en 1938 otra joya de nuestro comercio republicano: Los Almacenes Ultra. 

Don Cesáreo ya tenía una participación del Banco de Comercio en Cuba, y en el Banco Hispano Americano en España, pero quería más. Por eso en 1934 aportó más capital para la fundación en Madrid del almacén textil “Sederías Carretas” con su primo Pepín Fernández –ex empleado de “El Encanto”–, al que nueve años más tarde llamarían “Galerías Preciados”. 
Pepín Fernández con Richard Nixon 
En 1935 Don Cesáreo haría la otra gran jugada empresarial que lo encumbraría definitivamente como comerciante de éxito: Utilizando sus beneficios de “Galerías Preciados” se asocia por su cuenta con su sobrino Ramón Areces, -también formado en “El Encanto” habanero-, y en 1940, ambos consiguen el traspaso de una pequeña tienda llamada “El Corte Inglés”, que andando el tiempo transformaron en la primera cadena de grandes almacenes de España. 
Ramón Areces
Dice Corbillón, refiriéndose a la modernidad de “Galerías Preciados” en Madrid en los 40s:
“La ascensión imparable de “Galería Preciados” la promovió la segunda generación de asturianos al mando de los almacenes “El Encanto” de Cuba. Allí estaban César Rodríguez, su primer gerente, y su primo Pepín Fernández, que había sido encargado de la contabilidad y luego del departamento de publicidad de “El Encanto” hasta 1931. El modelo iniciático parisino y la efectividad neoyorquina fueron completadas con el guante de seda de aquellos indianos”.
Las modelos de "El Encanto" Irma Sánchez y Julie Arias (por la izquierda, primera y cuarta respectivamente) con otras modelos norteamericanas
El 1 de enero del 1959 ya Don Cesáreo había liquidado sus propiedades en Cuba y convertido en dinero todos sus bienes inmuebles, así que, por su parte, se la dejó en la mano a Agapito.
Se estableció definitivamente en Madrid desde 1960, dedicándose desde entonces a inyectar capital a su nueva empresa. Vivió para ver el nacimiento de una tienda nueva en Barcelona, y murió en 1966 en Madrid, sin haber tenido hijos, pero dejando una fortuna millonaria que incluía su participación mayoritaria en “El Corte Inglés”. Su legado se repartió entre sus sobrino-nietos y su sobrino y socio fundador, Ramón Areces, que abrió las casas de Sevilla y Bilbao, y falleció en 1989.
César, Areces y Pepín, parientes y rivales comerciales, y ejemplos de competencia fraternal de la empresa española durante décadas, sofisticaron sus oficios en la mejor tienda de La Habana. 
España nos había enviado en el XIX a los hermanos Solís para que crearan la escuela cubana del gran comercio, y Cuba le devolvió en el siglo XX a otros tres asturianos, excelentemente formados, para que fundaran la escuela española. Los cubanos podemos, pues, presumir de que “El Encanto”, fue el Alma Mater de “Galerías Preciados” y de “El Corte Inglés”.

LOS ENCANTOS DE UNA TIENDA


En 1950 la publicidad de la tienda rezaba “El Encanto, templo del refinamiento y el buen gusto”. Ya era la joya de la corona de la calle Galiano, un moderno edificio de siete plantas y 65 departamentos, con cómodas escaleras mecánicas de reluciente acero inoxidable, amplios vestíbulos con ascensores y escaparates de europea sofisticación. 

Todo en “El Encanto” era moderno a rabiar. Cuenta Corbillón: 
“Era característica la fragancia de su aire acondicionado perfumado, el sistema de control y reposición de mercancía, la venta a crédito, su gran mecenazgo cultural y, sobre todo, su política de personal. La filosofía del negocio era implicar al millar de empleados, que recibían los mejores salarios del gremio, contaban con servicio médico y club social y podían seguir cursos de ortografía, contabilidad e inglés”. 
Empleados de El Encanto desfilando en La Habana, el 1ro. de Mayo de 1945
“El Encanto” puso en práctica revolucionarios métodos de marketing para atraer al público, como los famosos “Martes de 5 Pesos” donde se ponía a la venta una amplia variedad de productos con precios por debajo de esa cifra. Toda la ropa de la marca se confeccionaba en talleres propios con un altísimo control de calidad.
Los empleados debían observar una rigurosa etiqueta de vestuario: en invierno vestían de negro y en verano de blanco, costumbre que se extendió más tarde a otros establecimientos comerciales del país. A las empleadas se les exigía una presencia impecable; siempre debían usar medias y la falda del largo “adecuado”, llevar el cabello arreglado, y estar correctamente maquilladas. 
Empleada del Departamento de perfumería de "El Encanto"
La Compañía Cubana de Electricidad hizo varios anuncios donde se ponía a “El Encanto” como ejemplo de modernidad y progreso. 

Con el batistato, “El Encanto” continuó en acenso aupado por una floreciente economía que la convirtió en la tienda de lujo por excelencia de la clase alta, consolidándose como modelo de Gran Almacén. Surgieron sucursales en Santa Clara, Holguín, Varadero, Camagüey, Cienfuegos y Santiago de Cuba. Estas dos últimas llegaron a ser tiendas muy dignas competidoras de la casa habanera.  
Empleados de "El Encanto" de Camagüey
Su fama traspasó las fronteras de la Isla, y la marca “El Encanto” comenzó a crear tendencia en las clases altas de otros países, atraídas por el sofisticado lujo exótico del Caribe. Muchos norteamericanos de la jet del sur de la Florida, iban expresamente a Cuba a comprar género exclusivo europeo a “El Encanto” y también la moda cubana de gran vestir, porque la tienda hizo marca con diseñadores propios.
Y eso llamó la atención del mejor diseñador de modas del mundo.
ENCANTAR A DIOR, 
ES ENCANTAR A HOLLYWOOD
Christian Dior en "El Encanto"
Los “encantos” de la tienda no pasaron inadvertidos para Christian Dior, que en 1952 encontró en ella un inmenso escaparate de lujo en la exótica escena del Caribe. 
Modelo de Dior para "El Encanto"
Por eso el diseñador francés, venciendo su terror a los aviones, se montó en uno y viajó de París a La Habana. Desde meses antes, ya sus creaciones se mostraban en las vidrieras de “El Encanto”. 
Dior creó más prendas exclusivas para la tienda, organizó un selecto pase de moda para mostrar su colección a las grandes damas capitalinas, y concedió a los almacenes en exclusiva la representación de sus productos.


En los años 50s, apareció por allí una pléyade de estrellas de Hollywood. Eran tiempos de glamour intenso, y los cubanos apreciaban y seguían con atención el cine norteamericano, así que agradecían con ferviente fanatismo las visitas sorpresivas de las divas y divos de la gran pantalla. Y todas visitaban “El Encanto”. 
Ava Gardner y Frank Sinatra vivieron su amor en La Habana, cuando aun el cantante estaba casado con Nancy Sinatra
Accedían al edificio por la entrada principal de San Rafael, entre flashes y periodistas, y eran recibidas y atendidas personalmente por el entonces gerente, el afable Don Bernaveau (¿o Bernabéu?), toda una institución en el comercio de la ciudad. La tienda contaba con un gran salón decorado con la imaginería barroca del Palacio de Versalles, conocido como el “Salón Francés”, y allí Bernaveau solía agasajar a sus clientes VIP. 
Tyrone Power y César Romero en el Sloopy Joe de La Habana
En cualquier momento del año los vendedores de “El Encanto” podían encontrarse de pronto del otro lado del mostrador a César Romero, a Ava Gardner, Sinatra o Nat King Cole, que estuvo muchas veces en la tienda, porque hizo tres temporadas en Tropicana. 


Salón "Arcos de Cristal" del cabaret Tropicana. De izquierda a derecha: la entonces diva de la TV cubana, la actriz Lilia Lazo (famosa por su personaje de "Popa"), María Félix, Olga Guillót, Carmen Miranda, Rosa Lowinger y Ñica Fox, hermana de Ofelia Fox, esposa del propietario del cabaret Martín Fox, de pie en el centro de la fotografía detrás de Carmen.
María Félix visitó La Habana en dos oportunidades, y en ambas fue a la tienda y se tiró horas probándose prendas en el Salón Francés. “La Doña” no regresó, pero desde entonces encargaba allí muchos de sus vestidos a medida. La actriz checa nacionalizada mexicana Miroslava, exigía en sus contratos cinematográficos que sus vestidos se compraran en “El Encanto”.
     
 Miroslava


John Wayne

Einstein en la puerta del consistorio habanero con su sombrero de "El Encanto"












  

                                
A “El Encanto” le cupo el honor de colocar uno de sus sombreros “panamá”, sobre la testa del científico más brillante del siglo XX; Albert Einstein se dio una vuelta por allí en 1931 durante su visita a La Habana para comprarse uno, que después lució en la recepción oficial que le dio Ayuntamiento de la ciudad. Los almacenes fueron durante mucho tiempo los proveedores de camisas de John Wayne y Ray Milland, el infravalorado, pero versátil “niño lindo” de Hitchcock, al que una tarde un cliente confundió con un dependiente. 
Ray Milland
Tyrone Power usaba corbatas de los grandes almacenes habaneros y llegó a protagonizar un anuncio comercial para la tienda, quizás porque también le gustaba pasear por la playa de Santa Mónica luciendo su extensa colección de trajes de baño de “El Encanto”, que seguramente, realzaban el suyo.
Tyrone Power
Mientras esto ocurría, la marca comercial cubana abría sus primeras oficinas de compra en París, Londres, Madrid, Barcelona y New York. Por eso ya era conocida en 1958 por su divisa comercial: “Más que una tienda, una institución nacional”. Al negocio le esperaba un espléndido futuro, pero...  


STOP: LLEGÓ EL MINCIN

El 1 de enero de 1959, triunfa la revolución, y durante unos meses la empresa privada cubana y extranjera en la Isla, viven un estado de preocupante indefinición.
Hasta el momento, Castro no había expresado claramente sus intenciones de instaurar una dictadura comunista; por el contrario, perjuraba que no era una opción para la revolución. De hecho, montó un gobierno “moderado” y pronunciadamente anticomunista, poniendo al frente a Manuel Urrutia Lleó, y como primer ministro a José Miró Cardona. Pero se reservó para sí la dirección de las Fuerzas Armadas. No era una buena señal, pero pocos la vieron. 
En febrero de 1960, “El Encanto” recibe la visita del Ché Guevara en su planta de caballeros. Era el más popular de los barbudos después de Fidel, pero ya ejercía de asesino en La Cabaña, y simultáneamente de director de Industrialización del INRA, de la Junta Central de Planificación (JUCEPLAN), y presidía el Banco Nacional de Cuba. 
Guevara era el “superministro” de la Dictadura, e iba siempre de uniforme verde olivo. Pero ese día venía a "El Encanto" de civil, a comprarse ropa de calle nueva. Al Ché le gustaban las tiendas, y en sus viajes al extranjero siempre pasaba por algún gran almacén; en Madrid también compró algunas cosas en "Galerías Preciados".
El mundo entero vio después lo que se compró el Ché en "El Encanto" aquel día: una moderna cazadora de piel de cuello alto con cremallera. Aparece con ella en la mítica foto que le hizo Korda pocos días más tarde, el 5 de marzo de 1960, durante el acto de despedida a los mártires de La Coubre. La foto se convirtió en icono mundial, y con ella, la cazadora de la tienda.
Sorpresivamente, el 13 de octubre de 1960, Fidel pone en marcha –sin anestesia–, su mayor acto de vandalismo; la Ley 890 de Expropiación Forzosa de todas la empresas industriales y comerciales de Cuba. Fue, técnicamente, el día Castro nos robó la Isla.
En pocos meses los comercios se desabastecieron, y las vidrieras solo mostraban uniformes, banderas y bustos de José Martí.
“El Encanto” fue también “confiscado” por el nuevo régimen, y como en el resto de los grandes inmuebles robados a sus dueños, enseguida se prostituyó su función original. Por unos meses dejó de ser una tienda y se eliminó la venta al público para servir de almacén de suministros.
Las milicias castristas tomaron el control del edificio, una imagen que devino símbolo de “triunfo del pueblo sobre la oligarquía, ejemplo de la lucha de clases que en esos años se apreciaba en toda la sociedad”, escribe inspirado un cronista de Bohemia. 
Se difunden en la prensa oficialista, instantáneas de los milicianos custodiando el departamento de joyería de la tienda, un falso mensaje ideológico a las masas: “La revolución ha recuperado para el pueblo, lo que al pueblo pertenece”. Y "el pueblo" había vencido a "la oligarquía", pero aun debía ayudar a Castro en otra empresa: acabar con la gusanera.
Mientras tanto, “El Encanto” corre un poco de mejor suerte que otros grandes inmuebles, que ya desde entonces se transformaron en almacenes, cuartearías o solares yermos. Después de consolidada la dictadura, la tienda reabre sus puertas como nueva “gran tienda socialista”, y sus vidrieras se llenan de maniquíes ataviados con uniformes verde olivo. 
Fidel necesitaba uniformar al pueblo entero de milicianos, que había convertido en ejército; ¿qué lugar mejor para formar la molotera verde olivo, que la mejor y más lujosa tienda de toda Cuba?
La dictadura concentró desde entonces el control de la gestión comercial de la venta de artículos e insumos, en el nuevo Ministerio del Comercio Interior. Al nefasto MINCIN le cupo el triste orgullo de imponer un paupérrimo régimen de estrechez y miseria al pueblo, con las celebérrimas libretas de racionamiento, “de la comida” y “de la ropa”.
El MINCIN redujo nuestras hermosas tiendas a un montón de sucias ruinas, llenas de estanterías vacías, vitrinas rotas, olores aberrantes y angustiosos mensajes de vulgar desesperanza en improvisadas cartelerías: 
“SE ACABARON LAS CHANCLETAS METEDEO”.  
Era la lenta muerte por asfixia de un otrora próspero circuito comercial, cuya larga agonía dura hasta hoy. Revolución es destruir. 

FUEGO

A Castro no le duró demasiado la recholata con la tienda robada, pero los cubanos no íbamos tampoco a conservarla mucho más.
A las 7 de la tarde del 13 de abril de 1961, cerrado ya el establecimiento, de las ventanas del segundo piso comenzó a salir un humo denso y oscuro, seguido de inmensas llamaradas. 
El incendio se propagó rápidamente a los siete pisos por los conductos del aire acondicionado y en 48 horas “El Encanto” fue íntegramente devorado por el fuego y reducido a un montón de cascotes y hierros retorcidos. Horas más tarde, los bomberos encontraron entre las cenizas, el cuerpo carbonizado de Fe del Valle Ramos, una empleada del establecimiento que esa noche hacía guardia miliciana en la tienda.
Las pérdidas materiales ascendieron a 20 millones de dólares, ¿un duro golpe al castrismo? No, UNA ESTUPIDEZ. 
El sabotaje no atentó contra nada que perteneciera o afectara la economía, la salud, o el sueño de Castro. Ni siquiera se gastó allí lo que costó el desescombro, que para eso tuvo siempre millones de operarios gratis a su disposición. Y poca sería también la minuta del parque levantado en la parcela años después, para honrar a Fe. Con el incendio solo perdieron La Habana y los habaneros.
Destruyendo “El Encanto”, se destruía también parte de nuestro mejor pasado arquitectónico, histórico y empresarial. No hubo nada de provechoso ni útil en esa acción terrorista ignorante e innecesaria. No fue nada heroico ni aplaudible destruir algo que nos pertenecía, -también al autor material del incendio- y que había que arrebatarle a Castro de las manos, no hacerlo cenizas. Para él, por supuesto, el sabotaje fue música celestial compuesta por la casualidad –y los gusanos–, para su eterna sinfonía de “acoso yanki al pueblo cubano”.
Cuando se apagaron los últimos rescoldos ardientes de “El Encanto”, desaparecía la mejor tienda que tuvimos jamás, y se convertían en humo 70 años de esfuerzos de los hermanos Solís, de Don Cesáreo, Don Bernaveau y todos los dueños, gerentes y empleados que hicieron de “El Encanto”, la mejor tienda de Cuba. 
Dicen que Don Cesáreo lloró de rabia en Madrid al leer la noticia en la prensa.
"Memorias del Subdesarrollo"

Siete años después, en 1968, Tomás Gutiérrez Alea en su película “Memorias del subdesarrollo”, definiría de un plumazo la tragedia que significó para La Habana la pérdida de “El Encanto”. En su primera escena, Sergio Carmona, el personaje interpretado por el actor Sergio Corrieri, hace un paneo sobre La Habana desde su ventana con unos prismáticos, mientras piensa; “Desde que se quemó “El Encanto”, La Habana parece una ciudad de provincias…”.

ATRAPAR AL CRIMINAL

Castro responsabilizó a la CIA del sabotaje y del apoyo logístico a los autores materiales e intelectuales del incendio. Eran “elementos contrarrevolucionarios” que se prestaron a destruir una “propiedad del pueblo”, asesinando a una ciudadana inocente y revolucionaria ejemplar. La figura de Fe del Valle pasó automáticamente al altar de los “mártires de la revolución”, y la tragedia desde entonces sería utilizada por Castro contra los Estados Unidos y su Agencia Central de Inteligencia.
Con los entrecomillados, no pretendo cuestionar el hecho, ni minimizar sus efectos; fue realmente un sabotaje, y en él perdió la vida una persona inocente, eso es incuestionable.
Pero también es sintomática la manipulación sibilina que hizo Castro de la desgracia, más aun, cuando él mismo avaló y bendijo los sabotajes como método de guerrilla urbana para debilitar el gobierno de Fulgencio Batista.
Los sabotajes “revolucionarios” causaron decenas de muertes inocentes en nombre de la Patria, y un inmenso dolor en muchas familias. Tanto el M-26-7 como, el Directorio Estudiantil, después Directorio Revolucionario, se aburrieron de cometer atentados que afectaron al pueblo. Quemaron cañaverales, averiaron el fluido eléctrico y el abastecimiento de agua, pusieron bombas en tiendas, fábricas, clubs sociales, comercios y edificios públicos de las principales ciudades del país y mataron a personas inocentes. Buscaban siempre causar el mayor daño posible, aunque ello significara también la pérdida de vidas humanas que nada tenían que ver con el conflicto.
Fidel criticaba los actos terroristas contra la revolución, ignorando a los cientos de víctimas de su propia violencia, que ejerció hasta con sus compañeros de lucha. Prueba de ello fue el atentado y asesinato por la espalda, a tiros y en plena calle, del presidente de la FEU Manolo Castro frente a El Cinecito, que planificó y ejecutó personalmente.
Desempolvar la historia reciente de la Isla, pasa por reconocer todos los hechos que la conforman, incluso las acciones contra la dictadura castrista, si violaron principios como el respeto a la vida de gente inocente. En ese sentido, los atentados de Castro antes del 59 y muchos de los perpetrados por la resistencia anticastrista después de la revolución contra bienes del pueblo, fueron igual de miserables.
Hecha esta salvedad, toca contar las cosas como fueron, y desmitificar el discurso maniqueo que hizo Castro de una tragedia que lamentó casi todo el mundo, menos él.

LOS CULPABLES

“La CIA utilizó elementos desafectos al régimen para incendiar “El Encanto”, que provocó 18 heridos y la muerte heroica de la empleada Fe del Valle, que murió carbonizada cuando quedó atrapada en una escalera, mientras intentaba salvar el dinero de los fondos de la FMC”
Los contemporáneos del castrismo nos quedamos para siempre con este titular, que ha trascendido a la memoria colectiva de los cubanos de hoy. No es falso en rigor, pero sí una verdad a medias, desprovista de algunos detalles importantes que Castro guardó bajo llave, y que nunca llegaron a la bibliografía escolar, pero igualmente se hicieron de dominio público.
Hago aquí un inciso trivial, para resumir la bola de teorías conspirativas que surgieron desde aquella noche triste. Fueron solo más páginas añadidas a la enciclopedia de leyendas urbanas cubanas, relacionadas con la revolución y sus líderes, pero algunas, que parecían descabelladas, encontraron respuesta después. ¡Y qué respuestas!
Tras la detención e identificación de los culpables, saltaron millones de interrogantes en la chanchullera opinión pública: ¿Quién era realmente Fe del Valle? ¿Se produjo en realidad la conversación en la que dijo que regresaba a salvar el dinero de la FMC, o fue una fábula inventada, “ad hoc”? ¿Era el dinero de la Federación o el de la caja del Departamento de Niños, del que era jefa? La prensa revolucionaria ofreció ambas teorías. ¿En qué dirección iba cuando la encontraron en la escalera? ¿Subía o bajaba? ¿Llevaba o no, el dinero con ella? ¿Es cierto que el carro de bomberos había salido media hora antes del cuartel, y esperaba avituallado y con toda la tripulación encima a las 6:30 de la tarde en la calle Dragones? ¿Por qué no se tomaron medidas de seguridad extra, habiéndose producido durante los días anteriores, varios avisos de bomba? ¿Qué papel jugó el agente del G2 infiltrado en la tienda? ¿Por qué, tanto el miliciano que detuvo al autor material, como el agente que lo reconoció en la delegación de la DI, eran o habían sido empleados de “El Encanto”? ¿Había acaso una reunión de antiguos empleados de la tienda en Baracoa? ¿Quién fue realmente la cabeza de todo esto?
A las 48 horas de comenzado el incendio, cuando todavía en La Habana quedaban pequeños focos aun en llamas, los guardacostas de la playa de Baracoa detectaron señales luminosas en medio de la noche, hechas con una linterna desde una casa en la costa.
Carlos González Vidal, de 23 años, empleado del departamento de discos de "El Encanto"
Allí el miliciano Pena, al mando de una cuadrilla, detiene a Carlos González Vidal, empleado y vendedor de la sección de discos de “El Encanto”. Pena lo reconoce, porque él también había sido empleado de la tienda, y lo envía detenido a una dependencia de la DI de la Seguridad del Estado, ubicada en 5ta. y 14, en Miramar.
Casualmente allí también lo identifica Oscar Gámez, otro ex empleado de la tienda que era agente del G2 infiltrado en los grandes almacenes y hoy es coronel del Ministerio del Interior.
Carlos González Vidal, terminó confesando haber provocado el fuego con dos petacas incendiarias cargadas con explosivo plástico C-4, camufladas dentro de cajetillas de cigarros Edén, que había traído de Miami Cawy Comellas, un agente de la CIA infiltrado en la Isla. 
Había aceptado ejecutar la acción de sabotaje, con la condición de que una lancha lo sacara de Cuba inmediatamente después por Baracoa.
Me salto la espesa trama de inteligencia policiaca en torno al suceso, porque está llena de chivatazos, agentes dobles, un alijo de armas en el club Tikoa y hasta una novelesca persecución por mar.
Solo recordaré que, además de los culpables “oficiales”, como el ejecutor directo Carlos González, su tío Reynold González, Dalia Jorge, la responsable de acción y sabotaje del Movimiento Revolucionario del Pueblo (MRP) y Mario Pombo Matamoros, jefe del Sector del comercio del MRP, instructor de González y presunto autor intelectual, la acción también involucraba a alguien que había sido muy cercano a Fidel. El “planificador” de la acción terrorista, había ayudado a Castro a gobernar durante el primer año de la revolución. Era el primer ministro de Obras Públicas del gobierno revolucionario, Manuel Ray Rivero, que había renunciado a su cartera pocos antes, en octubre de 1959, cuando Castro le pidió que apoyara el fusilamiento de Hubert Matos. 

Manuel Ray Rivero, ex ministro de Obras Públicas de Castro
Ray Rivero pudo escapar de Cuba en 1960, y en Puerto Rico fundó la Junta Revolucionaria Cubana (JURE) y el Movimiento Revolucionario del Pueblo (MRP), bajo cuyas órdenes actuaron González y Pombo. 
La Dictadura denunciaría más tarde, tras las pesquisas del G2, que el atentado era solo uno más de una lista, diseñada por la CIA para crear un ambiente de crisis que facilitara la posterior invasión por Bahía de Cochinos. La lista incluía la Papelera de Puentes Grandes, los Ten Cents de la cadena norteamericana Woolworth, y otros establecimientos comerciales en las calles Obispo, Monte, y en la esquina de 23 y 10.
En los días posteriores, además de Mario Pombo, fueron detenidos Arturo Martínez Pagalday, y Telesforo Heriberto Fernández, después condenados a prisión. Carlos González Vidal fue fusilado el 20 de septiembre de 1961 en La Cabaña. Dicen que sus últimas palabras ante el pelotón de fusilamiento fueron “¡Viva Cuba Libre! ¡Viva Cristo Rey!”. 
Qué muerte tan inútil.
Pombo fue liberado como parte de los acuerdos de diálogo entre exiliados cubanos y Fidel Castro en los años 70s. Años más tarde publicó el libro “Conversando con un mártir cubano: Carlos González Vidal”; sus propias memorias de prisión, escritas a su amigo ejecutado.

NOS FALTA FE

El 13 de abril de 1961, a Fe del Valle Ramos –“Lula” para sus compañeros–, le correspondía realizar la guardia de milicias, primero en el quinto piso de la tienda y después en el exterior. 
El relato oficialista cuenta a partir de aquí que Fe “se entregó con denuedo a salvar los bienes del pueblo, y fue a rescatar el dinero en cash de la FMC”. No volvió a ser vista hasta que sus restos calcinados aparecieron entre las ruinas.
La muerte de Fe del Valle fue manipulada de forma perversa por Fidel, y su martirologio utilizado como excusa para sembrar en el pueblo el odio eterno al enemigo del Norte. 
Fe del Valle Ramos
Fe no era un guardia nocturno, ni policía, ni CVP; era una simple tendera, que había dejado esa noche a sus dos hijos pequeños en casa, para hacer guardia de noche donde trabajaba de día. Estaba allí, porque así lo quiso la revolución, y en última instancia, porque así también lo quiso ella. No me interesa su implicación ideológica con la Dictadura; no era más ni menos “comunistona” que los millones de cubanos que apoyaban a Castro en 1961. 
Exceptuando los que olieron el tsunami desde el minuto 1, -y partieron-, el resto de nosotros nos comimos la compota, y muy a gusto. Eran días de euforia libertaria, -o eso creíamos-, y entrábamos por todos los aros que nos ponía Castro, por nuestra propia voluntad. No hace falta explicar lo que han tardado muchos como Fe en reconocer el fraude, y hay quien aun no lo ha reconocido. Todos los cubanos de entonces tuvimos a una Fe del Valle en la familia.
Es tan indecente aplaudir la destrucción de “El Encanto”, como bajarle el precio a la muerte de Fe del Valle, por considerarla comunista. No murió por comunista; murió por crédula, manipulable e ilusa. Le creyó ciegamente al hombre que le dijo que había venido a salvarles la vida a ella y a sus hijos. Millones de madres y mujeres cubanas eran entonces como Fe, sin saber siquiera de la existencia de Carlos Marx.
Fe del Valle con sus hijos
Fe del Valle no tenía que estar haciendo guardia en "El Encanto" aquella trágica noche de abril. Naturalizamos rápidamente que “era nuestro deber” cuidar la propiedad del pueblo, porque era "nuestra propiedad". Pero hacer de custodios no era nuestra obligación, ni nos pertenecía lo que cuidábamos.
Castro se aprovechó del pueblo para delegar en él, funciones que, en el resto de los países democráticos solo corresponden a las fuerzas de seguridad. No fue un momento fugaz de “entrega ciudadana para proteger la propiedad colectiva”, sino la regla durante los 60 años de dictadura: El dictador puso al pueblo a cuidar lo robado, y al G2, al MINFAR y al MININT a vigilar al pueblo.  
Hace siglos en el planeta dejó de estar de moda que los trabajadores custodiaran de noches sus centros de trabajos, y los estudiantes, sus escuelas. No ha habido empresa privada en Cuba a la que pueda responsabilizarse de la vigilancia de sus inmuebles, así que, era y es el Estado el responsable de hacerlo, no “el pueblo”. Pero 12 millones de cubanos han estado 60 años "en pie de guerra" vigilando gratis para Castro un país donde no se ha vuelto a producir una balacera desde Girón.
Fe fue solo una más del ejército de estudiantes y trabajadores que ejercimos gratuitamente de guardianes para Castro. Ni siquiera se le pudo armar una biografía heroica, por más palabras revolucionarias y gloriosas que se agregaran a su currículum. Era una humilde aprendiz de sombrerería, ex dependienta en la tienda “Fin de Siglo” y después jefa del departamento de niños en “El Encanto”. Era miliciana y miembro de la FMC, como millones de mujeres de entonces; su acto más heroico antes de morir, había sido “apoyar” la creación de un círculo infantil para las trabajadoras de la tienda. Fe era una mujer insignificante y anónima que murió haciendo algo que no tenía por qué hacer.
Parece que Fe del Valle le deba mucho a Castro, solo porque la fundió en bronce y le dio su nombre a un parque; triste y recurrente sustituto urbanístico de cualquier edificio que se caía en La Habana.
Hace muchos años ni siquiera se construyen parques en los derrumbes de Cuba, pero Fe tiene el suyo, que le asegura la compañía masiva de los habaneros a cualquier hora del día y de la noche. El parque de Fe tiene Wifi; es el templo de la fe en ETECSA.
No sé por cuánto tiempo estará conectada la abnegada Fe. Hay señales claras de que se cargarán el parque, dicen, para hacer un hotel. Ya se han podado sus árboles de fronda. Peligro de parque. Peligro de Wifi. Peligro de Fe. 
La muerte de Fe del Valle, fue también el principio de la muerte de la fe de un pueblo entero en los valores de la democracia y la libertad. Los cubanos del exilio hemos ido perdiendo gran parte de la fe en recuperar a una Cuba libre y democrática, y los de la Isla ya nacieron sin saber lo que significan esas dos palabras, emputecidas por la revolución. 

EL KARMA DE FUEGO DE 
“EL ENCANTO”

El incendio de “El Encanto” hoy solo se recuerda en Cuba como una putada imperialista en la que murió Fe del Valle, no por la constancia y el trabajo de sus fundadores, la pericia de sus empleados y lo que dignificó al comercio habanero y a la ciudad. La tendera mártir ha terminado siendo más importante en la memoria de los habaneros, que la tienda misma.  
Los Castro prefirieron no darle mucho bombo al mejor de nuestros grandes almacenes, para evitar comparaciones incómodas. Por suerte existe una Asociación de Antiguos Empleados de "El Encanto", hoy exiliados, que mantienen viva con mucha dignidad la memoria del que fue su centro de trabajo.
En abril de 2008 la tienda “El Encanto” de Camagüey, fue presa de otro incendio de grandes proporciones, el mayor en tres décadas en la ciudad. Allí murió por asfixia el joven bombero Alejandro Clivillé Sariol. Tenía 18 años. 
Alejandro Clivillé Sariol, bombero muerto en el incendio de  "El Encanto" de Camagüey en 2008
Alejandro no tiene parque, nadie lo conoce, y excepto su familia, nadie lo recordará. Pero cinco años después de su muerte, la tienda camagüeyana volvió a arder el 12 de julio de 2013.
Parece que “El Encanto” se resiste a pertenecer a sus captores. El incendio de la tienda habanera se me antoja un suicidio asistido, como si hubiera preferido morir entre las llamas, antes de ser el botín del ladrón. Se ahorraba así también el medio siglo de agonía que le esperaba a otras tiendas, hoy infectos cajones de basura como “El Ten Cent”, “Ultra” o “La Época”. Como ellos, "El Encanto" sería una mole de cemento en ruinas.

“El Encanto” murió entre las llamas, siendo la más hermosa de nuestras tiendas, como se fue Marilyn, que también murió bella y así se le recuerda para siempre. Ella nunca estuvo allí, pero le habría encantado visitar el Salón Francés...

FIN 


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BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA

Carlos Ferrera Torres - "Nos falta Fe; una historia de desencantos" (Libro en preparación).
Javier Cuartas - “Biografía de El Corte Inglés”, Espasa-Calpe, Pozuelo de Alarcón, 1991.
Mario Pombo Matamoros - “Sobre el incendio y la destrucción del edificio” y “Conversando con un mártir cubano: Carlos González Vidal”. Miami, FL: Ediciones Universal, 1997.
Pilar Toboso - “Pepín Fernández 1891-1982: Galerías Preciados, El Pionero De Los Grandes Almacenes,” Madrid, 2000.
Juan Carlos Rodríguez - “Girón, la batalla inevitable”. Editorial Capitán San Luis. La Habana.
Asociación de Antiguos Empleados de “El Encanto” - “Sobre la historiade El Encanto”