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miércoles, 14 de noviembre de 2018

UN ASALTO ARRUINADO POR FALTA DE ENSAYOS

UN ASALTO ARRUINADO POR FALTA DE ENSAYOS

LA MENTIRA MÁS GRANDE DE FIDEL 
El asalto al cuartel Moncada, es de todas, la mayor mentira inventada por Castro, y su más brillante ejemplo de cómo convertir un revés en victoria.
Su planificación y ejecución fue un desastre, salió mal todo lo que podía salir mal, y alguna cosa más, pero Fidel convirtió el incidente en todo lo contrario, dibujándolo como una ficción épica y heroica, la más grande de la Revolución, de la que él fue el líder y héroe mayor. Su conmemoración anual se convirtió 7 años después en la celebración por excelencia de la nueva Cuba comunista: el 26 de julio.
El asalto en sí, fue una absurda y disparatada sucesión de despropósitos y errores garrafales, que culminó en un clamoroso fracaso, más propio de una comedia de situación que de un evento bélico.
Da sobradas pruebas de ello, el Dr. Antonio de la Cova, catedrático y profesor de historia de la Universidad de Indiana, en su revelador ensayo "Ataque al Moncada", que aconsejo. También los asaltantes después exiliados, Jaime Costa "El Catalansito", Orlando Castro -que escribió otro libro interesante sobre el asunto-, el soldado batistiano Ariel Matos, y el historiador Enrique Ross han aportado importantes datos nunca revelados sobre la acción armada.
Para empezar, Fidel ni siquiera tuvo en cuenta que era Carnaval en Santiago de Cuba, subestimando la vigilancia del recinto, que había sido redoblada en esas fechas. Ignoraba que en fiestas se reforzaba el control del cuartel de 6 de la tarde a 6 de la mañana, y que se cerraban todos sus accesos a cal y canto, excepto el de la entrada principal. Lo sabía todo Santiago, menos ellos.
Solo Ramiro Valdés, Pepe Santos, José Ponce y Jesús Montané liderando dos tercios de los hombres, se enfrentaron a las balas con cierto sentido común; lo del resto fue solo un sainete. El tercio restante de los asaltantes se perdió por las calles adyacentes de la ciudad y nunca llegó a entrar en combate.
A Ñico López, ese pobre peón del mercado, “medio comemierdón”, se le olvidó el alicate para cortar la cerca de alambre de púas que rodeaba el cuartel de Bayamo, cuyo ataque simultáneo fue abortado por esta razón paupérrima: “Siete hombres mirando fijamente una cerca de alambre de púas, sin saber muy bien qué hacer con ella”, escribiría el historiador Rafael Cobos Vera al describir este momento.
Durante más de medio siglo la dictadura ha guardado silencio sobre la historia absurda de Ernesto Tizol, al mando de una camioneta con seis rebeldes a su cargo, que de pronto se pregunta qué rayos hace allí, y decide abandonar a la revolución en ese mismo instante, desertando en mitad del plan. Simplemente desaparece con sus compañeros.
Más tarde la historia revolucionaria diría que Tizol se equivocó de ruta, confundiendo la Avenida Las Américas con la avenida Victoriano Garzón, pero realmente el pobre, estaba desertando. Su decisión, demasiado tardía, hizo que le saliera todo mal, porque lo apresaron como a un asaltante más, y como tal lo condenaron. Desventajas que trae desertar a destiempo.
Es mentira que Raúl Castro liderara el grupo de asalto al Palacio de Justicia, como está escrito en todos los libros de historia de la revolución. Su presencia en Santiago, en vísperas del ataque, fue totalmente casual, y su participación, mínima y meramente accidental. Raúl estaba en la ciudad de visita privada en casa de José Luis Tassende y su familia, y como la mayoría de los asaltantes, no tenía ni idea del plan que se gestaba en la Granjita, y mucho menos estaba invitado a participar en él.
Raúl, simplemente, no sabía que su hermano atacaría el Moncada, por extraño que pueda parecer. No lo sabía él ni casi ninguno de los 160 asaltantes subordinados, a los que se les dio diferentes excusas para salir a la contienda. A algunos se les dijo que irían a buscar armas a casa de Aureliano Sánchez Arango, y a otros como a Carlos Franquis, le dijeron que irían a los carnavales como premio a sus desempeños en la última práctica de tiro. Solo un reducido grupo que venía de Artemisa, Guanajay y Candelaria, entre los que se encontraba El Catalansito, se les dijo que había "una acción militar" pero no le dijeron dónde.
Todo este apuro de Castro, se debía a que quería adelantarse a la inminente intervención del exterior que se rumoreaba por parte de otras células rebeldes. Fidel quería ser el primero en atacar militarmente al régimen de Batista, adelantándose a un grupo del Partido Ortodoxo que había avisado que planeaba actuar, y a otro liderado por Frank País, que también quería entrar en combate. Los adversarios de Batista por aquellos días estaban a años luz de ser una fuerza organizada única, y Fidel de ser su líder; el caudillismo y el protagonismo independiente campeaban libremente entonces.
LOS HECHOS
Antes del conflicto, desertaron 3 asaltantes del cuartel de Bayamo y otros 10 del cuartel Moncada. Lo hicieron al enterarse del precario armamento del que disponían, cuando se les dijo a última hora que atacarían las casernas de Santiago y Bayamo. Eran unos pocos rifles -que algunos no sabían aun disparar con pericia- algunas pistolas con muy poca munición para cada uno y una Thompson de disco.
Fidel reacciona con contrariedad al ver llegar a su hermano menor sin aviso previo a la granjita Siboney, el sitio desde donde debían partir los rebeldes. Él no había previsto que Raúl participara, así que lo coloca precipitadamente en el grupo de menor riesgo, a las órdenes de Léster Rodríguez. Es Léster y no Raúl, quien tiene la misión desde la retaguardia, de ocupar el edificio del Palacio de Justicia, al lado del cuartel Moncada. Raúl será solo uno de sus subordinados.
Pero nadie midió antes la altura del muro que rodeaba el Palacio de Justicia, y simplemente, el grupo de Léster con Raúl incluido, no pudo disparar ni un solo tiro, porque no veían el blanco. Cuando Raúl fue apresado, fue sometido a la prueba de parafina para comprobar si había disparado un arma. Resultó negativa; no dio ni un tiro al aire en el Moncada.
Desde el primer momento Fidel perdió el contacto con las otras células del grupo, que actuaron todo el tiempo por su cuenta. Los asaltantes confundieron las instalaciones del cuartel con el hospital militar aledaño y las viviendas de los soldados, que estaban pintadas del mismo color. Muchos de los soldados estaban de licencia y se habían ido a los carnavales, de modo que el primer muerto del ejército batistiano fue un soldado que estaba recién operado y desafortunadamente sacó la cabeza por la ventana de su habitación, siendo blanco fácil de los rebeldes. Los asaltantes atacaron el edificio sin saber que no era el Moncada, porque la mayor parte de ellos no era de Santiago y jamás habían visto el cuartel antes.
El rol de Fidel durante los hechos es de un patetismo aún mayor: Pese a empuñar todo el tiempo un arma durante el asalto (hay quien dice que una escopeta calibre 22, y otros que una pistola Luger), tampoco apretó el gatillo ni una vez. Iba en el segundo vehículo (no en el primero, donde iba Ramiro). En cambio, se tiró todo el asalto dando vueltas por las calles aledañas al cuartel, intentando reagrupar a los asaltantes dispersos y perdidos por los patios de las casas del reparto militar, a 10 cuadras del conflicto. En las últimas dos horas se acercó a la posta 3 del cuartel, pero el fuego cerrado batistiano lo hizo desistir de entrar. Por allí se quedó hasta casi el fin de la fiesta, y fue lo más cerca que estuvo del "asalto". Jamás puso un pie dentro del edificio.
Cuando la acción degenera en matanza, y los rebeldes se baten en retirada, Raúl Castro con el grupo de Léster Rodríguez consiguen subirse al último piso del Palacio de Justicia, pero el propio soldado Orlando Cobos -hoy residente en Miami- con una guarnición de diez hombres, los baja a tiros. Entonces escapan por la línea del tren Santiago - San Luis, pero desconocen la zona, se pierden y caen directamente en los brazos del teniente batistiano Vicente Camps Ruiz, que los lleva prisioneros al cuartel. Son las 6 de la tarde del 26 de julio.
Así que, Raúl no participa en el conato y Fidel no se expone, mientras Ramiro Valdés, junto a José Ponce y Jesús Montané, tienen una actuación heroica, y son los últimos en abandonar el cuartel bajo los tiros. Ramiro queda herido levemente.
Fidel regresa con 45 hombres a la granja Siboney con la idea de meterse en el monte, pero otros diez rebeldes desertan, y se debe ir con 35. Entonces ocurre algo que jamás se cuenta hoy en los colegios cubanos, y que Orlando Castro, Ariel Matos y Antonio de la Cova ya han explicado públicamente con gran detalle:
Durante esos días de persecución, las fuerzas vivas de Santiago, los políticos, el pueblo y algunos militares, habían echado en cara a Batista la matanza del Moncada, y le exigían la detención de los rebeldes vivos. Gran parte del pueblo tenía una imagen benévola y romántica de aquellos "muchachos valientes", y simpatizaban con su rebeldía.
El secretario de Batista fue presionado por varios sectores que lamentaban que la actitud beligerante de Fulgencio recordara la época sanguinaria de Machado. También la madre de Castro, Lina Ruz, pide clemencia a través de la Primera Dama, y la propia Mirtha Díaz-Balart, su mujer y madre de su hijo Fidelito, le ruega al Monseñor Pérez Serante que interceda ante el presidente.
De modo que Batista cede a las presiones y ordena a su jefe militar en Santiago de Cuba, el coronel Alberto del Río Chaviano, la captura del líder rebelde, pero con vida: "Con tu cabeza respondes por la vida de Fidel Castro", le dirá el presidente al militar.
Chaviano traslada esta orden al encargado de la misión, el Teniente Sarría. Sarría quedará para la historia como el hombre que le salvó la vida a Fidel, pero en realidad solo está cumpliendo un mandato presidencial ineludible; Fidel no puede morir.
FIDEL EL SUICIDA ENCUBIERTO
Lo capturan en el monte 4 días más tarde. Había pasado por la finca Las Delicias del guajiro Manuel Leisán, que no quiso darle cobijo, y debe refugiarse entre las ruinas de un viejo convento francés llamado "El Cristo". Allí los acorrala el teniente Sarría bajo un aguacero torrencial. Entonces El Comandante es presa de una crisis nerviosa, saca una 45, la rastrilla, se lo pone en la sien y se intenta suicidar. ¿Cuento? Dicen los que estaban presentes que estaba fuera de sí, y los sobrevivientes del asalto que le acompañaban y hoy viven en el exilio, concuerdan en la idea de que no estaba dramatizando: tenía pánico de caer en manos enemigas.
Mario Chanes se lía con Castro en un cuerpo a cuerpo para quitarle la pistola, al que se suman también Orlando Costa y Juan Almeida, consiguiendo reducirlo. Estalla una gran bronca entre los rebeldes con el ejército alrededor. Entonces sale del círculo de guardias batistianos el Monseñor Pérez Serante, y les garantiza inmunidad al grupo.
El teniente Pedro Sarría, solo tiene dos esposas, que les pone a Fidel y a Almeida, "recomendándole" a Fidel en privado, que no diga a nadie quién es. Cuando el convoy que transporta a los detenidos cruza un río crecido por la tormenta, El Catalansito y Gerardo Granados consiguen escapar tirándose al río. Serán detenidos días después.
Ya detenido y conducido de Siboney a Santiago de Cuba para conducirlo al vivac (la cárcel preventiva de Santiago) el convoy es interceptado en el puente de Sevilla por el comandante Andrés Pérez-Chuaumont Altuzarra. Pérez-Chuaumont , ajeno a la orden de Batista, y en calidad de superior de Sarría, le exige que le entregue a Fidel, pero Sarría se le planta y le dice que para quitarle a Fidel, antes tiene que pasar sobre su cadáver.
Sarría consigue llevarse a Fidel, al que montan esposado a un buick rumbo a la cárcel de Boniato. Fidel va sentado en el asiento delantero entre Pérez Chaumont y el Comandante Morales, y detrás escoltadas por dos guardias, Haydée Santamaría y Melba Hernández.
Saltan un sinnúmero de mitos aquí, que la revolución cubana ha convertido en verdades. De esas mentiras, la más flagrante es la falsa extracción de los ojos de Abel Santamaría.
La policía batistiana hizo autopsias y retrató todos los cadáveres de los militares y rebeldes implicados en el Moncada para identificarlos y esas fotos están hoy en poder de la dictadura comunista. Se han publicado muchas de ellas, como la de Boris Luis Santacoloma, pero jamás se han hecho públicas las supuestas fotos del de Abel sin ojos.
Fue un mito convenientemente echado a rodar por Fidel, con la ayuda de Haydée la hermana de Abel, que se prestó para confirmar la mentira. Sin embargo Haydée tuvo la mala suerte de "denunciar" el supuesto escarnio al capitán Orlando Costa, diciéndole que Eulalio Gonzáles "El Tigre", le había enseñado a ella en las manos los dos ojos de su hermano mientras estaba en el hospital a donde llevaron a los heridos. No sabía Haydée que aun Abel estaba vivo, y que Orlando hablaría con él a la mañana siguiente, cuando realmente fue asesinado. Pero sus ojos permanecieron en sus cuencas, y así fue enterrado.
Debe decirse aquí en honor a la verdad que el ejército batistiano asesinó a muchos de los rebeldes después de apresados, como a Abel, pero no hubo cortes de testículos, ahogamientos ni torturas violentas como después Castro se encargó de instalar en la memoria colectiva y en los libros de historia. Fueron asesinados de un tiro sin mediar tortura alguna, algo que certificó varias veces años después el funerario santiaguero encargado de recoger los cuerpos y meterlos en los féretros.
Ya en la cárcel provincial de Boniato, Fidel es el único de los prisioneros que se niega a que le sea practicada la prueba de la parafina, para saber si había disparado un arma de fuego. La parafina pondría en tela de juicio su “heroísmo”, evidenciando que no había disparado ni una bala. Negándose a ella, evitaba su desprestigio como líder y al mismo tiempo obligaba al tribunal a asumir que sí lo había hecho. Honor salvado.
Fidel y 25 de sus hombres serán juzgados días después junto a sus compañeros por el Tribunal de Urgencia de Santiago de Cuba, y condenados a prisión.
El 12 de octubre de 1953 el Ministro de Gobernación, Ramón Heredia, dispone que los condenados del Moncada sean trasladados al Reclusorio Nacional de la Isla de Pinos. La sentencia del Tribunal ordena además que los reclusos cumplan la pena en un recinto separado de los presos comunes.
El 14 de octubre, Fidel, Raúl, Ramiro, Almeida y el resto de los rebeldes condenados, son trasladados bajo fuerte custodia en aviones militares DC-3, desde Oriente hasta Isla de Pinos. Al llegar al presidio panóptico, -llamado así porque la disposición circular de sus módulos permite visuales panorámicas a las celdas-, los rebeldes son enviados a una sala separada de la zona de presos comunes por una pared de ladrillos, recién terminada de levantar para ese fin. Aún el cemento está fresco.
AMNISTÍA NO ES PERDÓN
A finales del 54 cobró fuerza en Cuba un movimiento nacional, transversal a todas las fuerzas vivas del país, que reclamaba una amnistía general para todos los presos políticos, que incluyese a los asaltantes del Moncada.
El 10 de marzo de 1955, en plenas fiestas conmemorativas del tercer aniversario del golpe de estado batistiano, se presentan dos proyectos de amnistía general en ambas cámaras del Congreso, y son aprobadas. El 6 de mayo Batista firma la Ley de amnistía que pone en libertad a todos los presos políticos, incluidos los asaltantes del Moncada.
La amnistía del 55 le abría pues, las puertas a la libertad a Fidel y el resto de los rebeldes. Se escapaba así también con ellos cualquier posibilidad de hacer verdadera justicia con la banda durante el próximo medio siglo.
Aquel ridículo y mal ensayado ataque al Moncada, se convertiría en la gesta heroica más brillante de la revolución cubana, por obra y gracia del pérfido talento para manipular la historia, de su autor intelectual; el peor de nuestros sátrapas.

domingo, 14 de octubre de 2018

JOSÉ FRANCISCO MARTÍ ZAYAS-BAZÁN, EL HIJO INDIGNO DEL APÓSTOL (II)

JOSÉ FRANCISCO MARTÍ ZAYAS-BAZÁN, EL HIJO INDIGNO DEL APÓSTOL (II)



Por Carlos Ferrera


POR FIN, “ISMAELILLO”

«Hijo, espantado de todo me refugio en ti»
José Martí

En 1881, lejos de Carmen y de José Francisco, Martí escribe el libro en que sublima el amor que siente por su hijo. Lo titula con el apodo con que lo llamará desde entonces cariñosamente; “Ismaelillo”. 
Es un pequeño volumen que los emigrantes cubanos exiliados en Nueva York conocerán en 1882, impreso por los editores Thompson y Moreau; “Ya que nos quedamos por ahora con las ganas de ver a Pepito, es menester que venga Ismaelillo”, dice el Poeta.


A los cubanos nos resultan familiares y cercanas casi todas las frases de ese libro, y también dolorosamente tristes: «Hijo, espantado de todo me refugio en ti», «Hijo soy de mi hijo, él me rehace» «¡Tú flotas sobre todo, hijo del alma!». 
Y le llama “mi reyecillo”, “mi dueño", "mi despensero"... Martí bautiza a su vástago ausente con el nombre bíblico que quedará en el imaginario popular, casi como su verdadero nombre. Es un diminutivo poético y dulce que, poco a poco, le quedará demasiado grande al José Francisco adulto.

CARTAS Y REPROCHES

Mientras tanto, en Puerto Príncipe, sola y totalmente hundida, Carmen solicita a su padre la parte de la herencia de su madre que le corresponde desde tres años antes, "porque no tenía ni para zapatos del niño", le escribe a su marido. Pero Don Francisco se enfada ante ese requerimiento, que considera impertinente, y solo le da 40 pesos como única ayuda, para todo y para siempre. Entristecida e impotente ante la situación por la que está pasando, Carmen le cuenta lo ocurrido a Martí en otra carta:
“Viendo yo desde hacía tiempo por los insultos de mis hermanos que todo el motivo que tenían contra mí era que yo estaba en la casa sin deber, haciendo gastos, consulté a Azcárate sobre si podía pedir a papá, sin estar tú aquí, mi haber materno, pues no tenía ni para zapatos para el niño. (…) Fui a hablar con papá, que ha cedido en todo lo que Barrios ha querido en contra mía, me dijo que me viniera a vivir con mis tías porque yo no tenía derecho a estar en casa: entonces le dije si no lo tengo sí lo tengo al haber materno pues no tengo con qué vivir y hace ya tres años que usted debió dármelo y nunca lo he molestado. Gritó, dijo que no tenía un medio, que acabara con su fortuna, que lo quemara todo, que nunca debí hablarle de esto, que me cogiera una casa; acepté y entonces retrocedió y me dijo que solo podía darme 40 pesos papel ¡para vivir y todas mis necesidades como rédito de mi haber materno! Vivo en la calle Mayor 16 comiendo escasamente con tal de salvarle la leche a mi hijo (…) El pueblo está escandalizado (…) Aquí no se habla de otra cosa (…) los escándalos que se han dado en casa hoy son origen de todas las conversaciones”.
Casa familiar de los  Zayas-Bazán en Puerto Príncipe (Camagüey)
Resumiendo, la familia Zayas-Bazán, tanto su padre, como sus hermanos y ahora el cuñado español, no quieren más a Carmen en casa, por su enlace con Martí, ni a su hijo, por ser el fruto de ese amor. Para colmo, las relaciones de Carmen con sus suegros Doña Leonor y Don Mariano, los padres de Martí, que antes fluían con cordialidad, se han ido al traste después que ella lo ha abandonado y separado de su hijo. Quizás es ese el motivo que la impulsa a escribirle otra carta a Pepe cuando regresa de visitar a sus suegros en La Habana: "Me llevo la triste convicción de que tu familia no me querrá jamás; al niño sí lo quieren", y añade, "tengo sed de cariño, de ver solícitas a esas gentes que me quieren todavía viviendo y llorando conmigo... ¿Cuándo verás a tu hijo?".
Carmen, desesperada se ve obligada a huir de la casa familiar y pedir ayuda a sus tías Carmen e Isabel, que la acogen en su hogar. Pero ellas son también muy pobres y la situación económica de las tres mujeres y el niño se hace crítica. "Comía escasamente con tal de salvarle la leche a mi hijo", le dice a Martí en otra carta, y añade: "me han herido, me han injuriado, me han ofendido todos".
En otra carta que Manuela, hermana de Carmen, envía a Martí poco después, le cuenta que Carmen y el niño, que están viviendo con ella, “han llegado de La Habana muy delgados, y Carmen, de estar sin el calor del esposo, anda medio loca”.
Carmen, por su parte, le cuenta al padre de su hijo en sus siguientes cartas, que la aqueja un doloroso padecimiento de la cintura del que no quiere darle detalles, pero que “le resulta muy penoso e invalidante”. Los médicos le aconsejan que no viaje a reunirse con Martí, pues su estado de salud no le permitiría llegar muy lejos. También Leonor, la madre de Martí le dice en otra carta que su nuera, aunque joven, es ya una mujer muy enferma:
“(…) Creo que no debes precipitar su regreso hasta que estés enteramente tranquilo y tengas trabajo seguro, pues ella no es para penalidades. Aquí raro era el día que no necesitaba médico, y gracias a que lo tenía con facilidad, porque el de los fosos es buena persona y venía al momento que lo llamaba, esto no es echarte en cara su naturaleza débil, pero sí decirte que no es mujer para penalidades ni para vivir con pocos recursos y creo harás bien en dejarla descansar algunos meses…”
Carmen Zayas-Bazán e Hidalgo
En realidad, ya Martí no desea tanto la presencia de su esposa como la de su hijo. Tantas separaciones y tantas heridas han debilitado el amor que sentía por ella. La sigue queriendo como madre amantísima de su único vástago, pero alguien ya la ha sustituido en su corazón.

LA OTRA CARMEN

Cuando Martí se queda solo en Brooklyn, no puede asumir los gastos de una casa, porque ha perdido la mayor parte de sus empleos como traductor y articulista. Debe rehacer su vida personal y laboral, y recurre a la ayuda de un amigo que tiene una casa de huéspedes. Es su compañero de ideas políticas, y también el marido de la mujer que ha estado cortejando a espaldas de su esposa; el cubano Manuel Mantilla,  marido de Carmen Miyares.
Carmen Miyares de Mantilla
Manuel acoge a Martí en su casa, -no se sabe si en este momento, o desde antes-, ya enterado del idilio entre el poeta y su mujer. Pero en cualquier caso, decide echarle una mano al hombre que admira. Le permite incluso que no pague los primeros meses de alquiler, que no le cobrará nunca. Martí, sin embargo, no puede devolverle el favor con igual gratitud; se ha enamorado de su esposa.
La historia oficial ha sido tan pacata, tibia y mentirosa sobre este segmento de la vida del Apóstol, que apenas encontramos pasajes blancos y superficiales sobre este instante en los libros de texto. Para muestra, otra vez el libelo Ecured:
“Techo, comprensión, colaboración y abrigo encuentra en la casa de Manuel Mantilla y Carmen Miyares. El hogar de esta familia cubana identificada plenamente con las luchas de nuestra independencia resultará el ambiente propicio para desarrollar en silencio la obra redentora”.
Grandilocuencias patrióticas para esconder una verdad con tintes de tragedia. Ni una palabra sobre el intenso drama que se vivió entre aquellas cuatro paredes, mientras Carmen estaba en Cuba con su hijo: Un esposo cornudo que callaba y aceptaba el idilio de su inquilino y amigo con su mujer, ante sus propios ojos, y que hasta en ocasiones, llega a abandonar la casa “para dejarlos solos”. Un Martí confundido, pero apasionado, debatiéndose entre la lealtad a que obliga la amistad, y la pasión que sentía por la mujer de su benefactor. Una mujer loca de amor por el hombre que también admiraba como líder, y que no pudo reprimir una pasión amorosa y carnal por él, en presencia del padre se sus hijos. Un silencioso y silenciado melodrama, perversamente escamoteado por las moralinas del poder.
Martí con Manuel Mantilla Jr.,
hijo de Carmen Miyares
En el verano de 1881, Carmen Zayas-Bazán, envía otra carta durísima a Martí desde Puerto Príncipe, que muestra su tristeza y desesperación:
“He tenido a mi hijo atacado de una fiebre maligna que lo ha tenido privado de sentido días enteros (…) solo una cosa pedí a Dios, ¡que no solo él se fuera de esta vida, bastante falta le hace a mi alma el reposo de la eternidad” (…) Ojalá que allí halles lo que buscas, pero óyelo bien: nada estable conseguirás. Te estás matando por un ideal fantástico y estás descuidando sagrados deberes (…) Nunca se manchó ningún hombre por volver a su tierra esclava ante la necesidad urgentísima de vestir y dar de comer a su mujer y a su hijo, saber con qué curar sus enfermedades y enterrarlos si se mueren…”
Pero Martí está muy complicado en la preparación de la insurgencia. Son los días de sus contactos con Maceo y Gómez para elaborar las estrategias militares necesarias para la guerra que se avecina, y sus obligaciones le impiden escribir con frecuencia. También por eso disminuyen sus cartas a su familia en Cuba. Aun así, las pocas veces que empuña la pluma para comunicarse con Carmen, se le queja de no recibir noticias de Pepito.
Carmen muy enfadada le responde: “No tienes más noticias del niño porque no me parece natural que dejes meses enteros sin escribir”. Y no son solo Carmen y su hijo los únicos damnificados de las demoras postales del Apóstol. El 19 de agosto de 1881, su madre también le hace reproches muy duros por la falta de noticias. Doña Leonor escribe:
“Yo no sé qué pensar ya de ti ni de tu sano juicio, ya no sé qué palabras emplear para hacerte comprender cuanto me haces sufrir con tu abandono para escribirnos (…) no te cuidas de si vivimos o morimos en meses enteros, no contestas a ninguna carta por más que te lo suplique (…).La pluma se me cae de la mano, no sé ni lo que te escribo, ni si esta tendrá la misma suerte de las anteriores, así es que acabo aquí rogándote que si la lees no sea con la misma indiferencia como las demás (…) pues por trabajosa que sea tu vida no puede faltar un momento para evitar esta angustia en que haces vivir, o mejor dicho, morir a tu madre”.
En epístola a Martí del 21 de enero de 1882, Carmen le reprocha: “Solo te diré que una vez que acepté esta pobreza tuya y fui conforme con los riesgos que traía consigo, y Guatemala es testigo de lo que en ella sufrí, contenta de lo que después vino no lo he sido jamás, porque creo, sin duda equivocada a tu juicio, que no era hora de sacrificios ni frutos, ni justo ante ninguna conciencia prescindir de deberes que no podían cumplirse al mismo tiempo que ese otro ideal tuyo”.
Es imposible que, ante todas estas quejas, Martí no se sintiera culpable. Era un hombre honesto a pesar de sus taras de humano. Echa de menos a su hijo como nunca, y habla de él con todo el mundo, incluso cuando no se le pregunta. En 1882, en carta a su amigo americano Charles A. Dana le dice: “Mi hijo es mi sueño”, y aludiendo al libro que le ha dedicado, escribe orgulloso: “Es la novela de mis amores con mi hijo”. También a su amigo Agustín Aveledo ese mismo año le confiesa: “Yo no vendo este libro: es cosa del alma (…) pensando en mi hijo, se me llena el pecho de jazmines.”
Sin embargo, insisto, los historiadores siempre dibujan este amor paternal sin el más mínimo rastro de culpa. Esa cae siempre sobre los hombros de Carmen. Hasta el historiador y escritor Eduardo Zayas-Bazán, descendiente de la familia de Carmen, y a quien no profesé demasiadas simpatías, se sumó al carro de sus críticos más encarnizados, en pro de limpiar el honor del Poeta. En un artículo -a mi juicio muy parcial e injusto con su parienta lejana- titulado “Carmen Zayas-Bazán, una vida trágica”, escribe:
“En una carta fortísima (Carmen) lo acusa de cobarde: "Mucho más que tú tienen méritos esos hombres que lucharon y que hoy se rinden, no a un gobierno que combatieron sino a las necesidades de sus hijos no satisfechas… Sacrificar a todos y cantar purezas lejos del contagio, olvidando cuánto hay de más sagrado en la tierra, y más serio en la vida, ni es valor ni así se cumple con el deber". Martí le responde en una larga carta en la que le explica que no se puede exponer a perder su libertad en Cuba, que no hay garantías y sin ellas no debe emprender el viaje a la Isla. Y termina la carta abriendo su corazón herido: "Me dices que vaya; ¡si por morir al llegar, daría la vida! No tengo, pues, que violentarme para ir; sino para no ir. Si lo entiendes, está bien. Si no, ¿qué he de hacer yo? Que no lo estimas, ya lo sé. Pero no he de cometer la injusticia de pedirte que estimes una grandeza meramente espiritual, secreta e improductiva".
Sin embargo, aun entonces Carmen no renuncia al amor que sigue sintiendo por Pepe, ni a reunirse con él en el futuro. Permanece con sus tías y su hijo, malviviendo en Puerto Príncipe a la espera de tiempos mejores para su marido.
En tanto, Martí en Nueva York es incansable en su labor revolucionaria, pero es de justicia reconocer su esfuerzo por volver a traer a su hijo consigo. Por fin reúne dinero trabajando de vicecónsul de Uruguay, escribiendo artículos y haciendo traducciones para diferentes tabloides, donde por fin ha sido contratado. Finalmente, su situación económica mejora y puede alquilar una vivienda nueva en Brooklyn. Entonces pide a Carmen que vuelva a los Estados Unidos con Pepito.
En diciembre de 1882 Carmen y José Francisco regresan a Nueva York. La familia vuelve a estar unida. Pero tampoco esta segunda reunificación tendrá muy largo recorrido.
Vuelvo al texto de Eduardo Zayas-Bazán:
“Carmen era una mujer fuerte, exaltada, altiva y celosa que pretendía que Martí fuera no sólo un buen marido, sino que se dedicara a su hogar y al trabajo productivo. Ya antes de casarse, en una carta le había confesado a Martí: "Es cierto que desde que te vi te amé, pero también es cierto que desde que te conozco no he tenido un día de calma, pues los celos me matan…". Sin embargo, Martí era un hombre público que tenía deberes importantes que chocaban con las aspiraciones de Carmen. La falta de compenetración entre ellos continuó y Carmen decidió regresar a La Habana con Pepito en marzo de 1885”.
Eduardo Zayas-Bazán
Loret de Mola 

Siento un profundo desprecio por el tono machista y descaradamente chulesco del autor de estas líneas, que minimiza las infidelidades de Martí, naturalizará más tarde sus devaneos con Carmen Miyares, y presenta a Carmen Zayas-Bazán como una loca obnubilada por los celos que “exige” cosas que su marido no puede darle. Plantea la petición de la esposa del prócer como una “pretensión” exagerada, cuando era solo lo que cualquier mujer exigiría al hombre con quien se ha casado y tiene un hijo.

SEGUNDA SEPARACIÓN

A partir de entonces la comunicación postal entre Carmen y Pepe se endurece. El 13 de mayo de 1886 ya la grieta entre ambos es tan profunda que, a una petición de dinero para el niño que le hace Carmen desde Cuba, Martí responde dura y escuetamente que no puede cubrir sus carencias. Carlos Ripoll reproduce la respuesta de Carmen en su libro “La vida íntima y secreta de José Martí":
“Carmen, herida en lo más vivo de su dignidad, riposta:
Ante todo, deseo desde el mes que viene no recibir mesada ninguna. (…) cuando me casé con usted hasta de mis más pequeños gustos prescindí, y anulé de tal manera mi personalidad que cualquiera hubiera sospechado no era yo capaz de un pensamiento propio; lo que hice al principio con placer, llena del amor inmenso que le tenía, mi abnegación de madre me dio fuerzas para llevarlo a cabo después (yo solo busqué en el matrimonio la felicidad en un hogar modesto que según mi pensamiento debía haber bastado siempre a usted, como sin duda me bastó a mí, no es natural que cuando usted cambió tan presto y me abandonó a mis lágrimas y me dio una muerte civil espantosa dejándome sin posición fija en la sociedad, quisiera yo para consuelo en una desventura tan grande poder gastar unos cuantos pesos que recibirlos en esta extraña situación cuesta violencia suma. O usted nunca ha sabido quién soy u obra con mala fe manifiesta suponiéndome mezquindades que cuesta rubor hablar de ellas. No sé si es por mi padre o por mí que dice usted debía avergonzarnos admitir lo que usted envía con esfuerzo (…) ninguna ilusión me ha hecho lo que usted gane, pues, aunque fueran miles de pesos, yo no recibiría nunca dinero de un hombre que no es mi esposo sino por el lazo de mi hijo (…) sería mengua que yo aceptase su trabajo ofrecido a un lazo indisoluble por punto de honor y no por cariño: si he aceptado ha sido en nombre de mi hijo. Para nada necesito ese su horrendo sacrificio de vida que me ofrece ni que se juzgue usted esclavo mío: desde que supe que su alma no entendía la mía no me creo en el derecho de pedir nada y muy ofuscado debe andar su espíritu cuando me ha escrito esto. (…) quise venir, pues eran muchos los tormentos que en un país extraño sin amigos sin conocer el idioma y enferma sufría, a más de los que usted de diario me preparaba. (…) Puede usted siempre tenerme no respeto, pues de usted más que de nadie merezco admiración. De mi hijo esté tranquilo, en mi alma no caben miserias lo enseñaré a que lo ame siempre”.
Pero Martí sigue inmerso en su ardua labor revolucionaria, no tiene tiempo para responderle, apenas duerme ni come, lo absorbe la dura responsabilidad que ha aceptado al frente de la revolución. Entonces Carmen le envía otra carta el 30 de abril de 1887. Dice Ripoll:
“Carmen sigue viviendo expulsada de la casa paterna y sin abrigo financiero alguno, ella se le queja del olvido en que la tiene y le describe en términos verdaderamente desgarradores la miserable vida que lleva con Pepito en casa ajena, y el infierno en la Tierra que tales condiciones significaban para una mujer sola y enferma a cargo de un niño frágil”
Finalmente, el Poeta responde. La carta es larga y amorosa con su hijo, pero parca y escueta con la madre. Carmen le devuelve entonces, estas palabras:
“Al fin recibimos carta, fue tanto lo que padecí en espera de ella que cuando vino a mis manos no pudo quitarme las muchas tristezas que tenía en el alma. Solo te diré que en los últimos diez días perdí doce libras, de modo que todo lo que adelanto a fuerza de cuidados lo pierdo por un olvido que no tiene nombre tratándose de una situación como esta., pues desde enero no preguntas por el niño. (…) El retrato (del niño) irá pronto solo uno solo se sacará para ti porque no puedo más. (…) Cheché nos hace vivir tan afligidos que ni puertas ni ventanas se abren. Siempre imagina que la insultan y es tanta su desventura que a veces dice que son sus propias manos quienes le dicen cosas y se las quiere arrancar arrancándose la piel hasta que le corre sangre, y día y noche corre por la casa gritando espantosamente; es un espectáculo verdaderamente desgarrador; a veces los cuchillos, los palos, cualquier cosa coge y se la arroja a uno encima, a nuestro hijo le ha tirado mucho, aunque cuando se calma lo besa, pero desgraciadamente sus horas de calma van desapareciendo por completo. Los médicos me aconsejan que haga huir a mi hijo de este espectáculo (…) las niñas de Amalia no vienen por nada. Nada te puede pintar nuestra vida con este espectáculo que no tiene igual”.
Cheché era una de las hermanas de Carmen, tía de Pepito, que se volvió loca. Algunos biógrafos martianos, han llegado a describir escenas verdaderamente dantescas de este momento, como la de Cheché intentando degollar a su sobrino con un cuchillo de cocina, un hecho del que no he encontrado más descripción documentada que esta carta de Carmen, pero que menciona, por ejemplo, María Cristina Sánchez Herrera en el también azucarado artículo "José Francisco Martí Zayas Bazán, el hijo de José Martí, un hombre digno" (Contribuciones a las Ciencias Sociales, 2011).
Cuenta la historia oficial que “Ismaelillo” quedó marcado psíquicamente por este ambiente hostil en su familia materna, y yo suscribo esta idea, porque su comportamiento de adulto fue totalmente psicótico, vengativo y cruel. Pero aún tiene 10 años y es un niño sin padre y con una madre enferma y sola.

JOSÉ FRANCISCO MARTÍ

"Si desaparezco en el camino, recibirás con esta carta la leontina que usó en vida tu padre. Adiós. Sé justo”
José Martí

Mientras tanto, Pepito crece en Cuba. El niño deja atrás los dulces diminutivos de su primera infancia, para empezar a ser llamado José Francisco Martí en su etapa escolar.
Y he aquí otra página de su biografía velada por la historia republicana y después por la castrista. Ninguna de las dos explica claramente cómo y por qué, en medio de tanta pobreza, José Francisco consigue cursar sus primeros estudios en el prestigioso Colegio Escolapio San Calasancio, ubicado entonces en la Calle Luaces 2, hoy sede de Escuela Provincial de Deportes (ESPA) y de la Clínica Estomatológica Cerro Pelado de Camagüey. Y no lo explican, porque es Don Francisco, su abuelo, el “malvado oficial” de esta historia, quien invierte la herencia de su abuela que antes le negó a su hija, en los estudios de su nieto. Los mejores que podía tener un niño de provincias.
El 30 de septiembre de 1889, con 11 años de edad, José Francisco Martí Zayas-Bazán ingresa con el expediente N°1201 en el Instituto de Segunda Enseñanza en la Escuelas Pías de Puerto Príncipe, en la antigua Plaza de San Francisco de Asís, hoy Plaza de la Juventud de Camagüey. Sus notas se conservan aun en el Archivo Histórico Provincial, y hay constancia de sus prácticas deportivas como torpedero de béisbol en un terreno ubicado en el interior de la carrilera del antiguo Hipódromo, cercano a lo que es ahora la Plaza de la Revolución Mayor General Ignacio Agramonte y Loynaz.
En su libro “Memorias de la guerra”, Enrique Loynaz del Castillo escribió que para la Pascua de 1892, organizó un paseo por la Sierra de Cubitas y a las cuevas del mismo nombre y que dentro de las dos docenas de jóvenes que lo acompañaron estaba José Francisco, con 14 años. Carmen, la madre, se lo había confiado, según el autor, “creyendo que era yo el más juicioso de los concurrentes al paseo”
Loynaz cuenta la anécdota con el hijo de Martí:
“Era un muchacho impetuoso, dispuesto a la aventura revolucionaria. En el profundo lago existente bajo las cuevas se había lanzado al agua antes de que yo pudiera evitarlo y no me quedó más remedio que tirarme al agua en su busca. Con anterioridad, de paso por la ciudad, ataviados los jóvenes de uniformes de dril crudo y sombreros de yarey, revólver en el bolsillo y machete al cinto, se detuvieron en establecimientos e increíblemente al transitar frente al cuartel de caballería Hernán Cortés, uno de los muchachos sacó una corneta e hizo vibrar el mágico toque insurrecto de a degüello. Era la primera vez que en mis oídos resonaba la invocación metálica que enardeció las cargas fulminantes de Agramonte”.
En el colegio San Calasancio, José Francisco recibe una educación pro españolista y directamente enfrentada a los ideales de su padre. Pero durante todo este tiempo, su madre no ha dejado un segundo de hablarle de Martí y de sus luchas, lejos de ponerlo en su contra. Carmen en ese aspecto es un ejemplo de honestidad y amor, y pocas veces se le ha reconocido.

TERCERA SEPARACIÓN

El 30 de julio de 1891, Carmen viaja con Pepito, que ya es un espigado jovencito de 13 años, de nuevo a Nueva York. Es su último intento por recuperar el amor de su marido, y de que su hijo vuelva a ver a su padre. Pero al llegar, Carmen confirma lo que hace tantos años había llegado a sus oídos, y se resistía a creer. Dice su pariente Eduardo Zayas-Bazán:
“Habían pasado seis años separados y ya era demasiado tarde para el matrimonio. Martí entonces tenía una relación amorosa con Carmita Miyares. Y algo le habrán comentado sus amigas o quizás lo leyó en los Versos Sencillos…”
En efecto, Carmen se entera de que Pepe y la Miyares están juntos y conviviendo bajo el mismo techo. Y –como aventura Eduardo Zayas-Bazán–, había tenido que tragarse estos versos escritos por su todavía esposo:

Mi amor del aire se azora:
Eva es rubia, falsa es Eva:
viene una nube, y se lleva
mi amor que gime y que llora.

Se lleva mi amor que llora
esa nube que se va:
Eva me ha sido traidora:
¡Eva me consolará!

El poeta reconoce en el poema, por fin, haber encontrado a otra mujer que se llama igual que la suya, y que compensa las carencias de su matrimonio. Era finalmente cierto que había vivido -y continuaba- un turbio idilio con Carmen Miyares, una historia de larga data que había empezado en 1880, antes de que Carmen Zayas-Bazán pisara New York por primera vez.
Al asunto ya de por sí humillante para la esposa del prócer, se añadían los rumores de que su marido era el padre de María Mantilla, la hija de la Miyares. Entonces Carmen Zayas-Bazán llega al límite de sus fuerzas, y decide marcharse para siempre.
El regreso definitivo de Carmen a Cuba, que Eduardo Zayas-Bazán describe como un arrebato caprichoso de mujer despechada, es en realidad una tragedia lacerante de una esposa abandonada y engañada por el padre de su hijo. Desvalida, sin apoyos ni amigos, desamada y sola también de espíritu, en marzo de 1885 Carmen suplica a un amigo de Martí, el periodista Enrique Trujillo, propietario del diario “El Porvenir”, que la ayude a regresar a Cuba con Pepito.
Trujillo, al principio duda, por la amistad que lo une al Poeta, pero Carmen insiste con tanta vehemencia, y está tan triste y desesperada, que al fin Trujillo se compadece y la acompaña a solicitar amparo y protección al consulado español. Carmen consigue un pasaporte que le proporciona el cónsul “sin el consentimiento de su esposo”, apunta otra vez en tono muy machista, Eduardo Zayas-Bazán.
Debo apostillar aquí que, no solo Eduardo y muchos otros historiadores cubanos han minimizado –y continúan haciéndolo–, la responsabilidad de Martí en la separación y abandono de Carmen. La literatura castrista también culpa a la esposa del prócer, y cuenta este segmento de la historia menospreciando y culpando a Trujillo, e incluso suponiendo intereses políticos espurios en esta ayuda a la mujer de su amigo. Dice Ecured, haciendo gala de un reduccionismo descarado:
“En abril, arriban a Nueva York Carmen Zayas-Bazán junto a su hijo José Francisco. Cuatro meses más tarde, de manera sorpresiva e inusual y en estrecha relación con Enrique Trujillo, solicita, a través de este, al Consulado Español en esa ciudad, despacharan sus pasaportes con la mayor urgencia posible hacia La Habana. La noticia, la forma oculta de los hechos y el desleal servicio del periodista y propietario de El Porvenir, conmueven al Maestro, quien jamás los volverá a ver y le retira su amistad al indigno compañero.”
No hace falta perder tiempo en analizar esta descripción sesgada de los hechos, porque es a todas luces benévola con el Apóstol y condenatoria con Carmen y con Trujillo, al que por cierto, Martí pidió varias veces dinero prestado para sobrevivir en sus peores momentos en Nueva York. De hecho, es totalmente incierto que Martí “retirara” su amistad a Trujillo; otra vez ocurría lo contrario, según Mañach, fue el periodista quien nunca más dirigió la palabra al Poeta.
Carmen regresa con su hijo al martirio familiar de Puerto Príncipe, que sin embargo, prefiere, a la soledad marital y al engaño que ha sufrido en el frío Brooklyn.
Esta última separación será definitiva: los esposos no volverán a unirse más, dice Ripoll, “pues Martí se trasmuta en antorcha que intenta alimentar hasta sus últimas consecuencias el fuego de la guerra necesaria. Pero Carmen, ya desamada, sustituida por otra Carmen en el corazón de su esposo y olvidada para siempre, daría aún dos vivas muestras de que su amor por Martí seguía intacto, y que a pesar de todo ella continuaba considerándose su mujer legítima”.
María García Granados,
La Niña de Guatemala
Sin embargo, aun estando con Carmen Miyares, Martí admitió que ni esta Carmen, ni la otra, fueron los grandes amores de su vida, a pesar de que su adulador biógrafo Eduardo Zayas-Bazán, insistiera inútilmente en que su parienta lejana fue la mujer que más amó el Poeta. Otro biógrafo, más y mejor enterado del tema, Ciro Bianchi Ross, da las claves de quién fue la fémina que ocupó ese lugar:
Martí volverá a evocar a María (La Niña de Guatemala) en agosto de 1891, cuando Carmen lo abandona en Nueva York y regresa a Cuba con su hijo. Humillado y colérico, diría, y lamento no tener a mano la cita exacta: “Y pensar que por Carmen sacrifiqué a la pobrecita…”
Hay poco que agregar. Quizás, que Carmen, fiel a sí misma y a la palabra que le dio a su marido, se abstuvo siempre de hablar mal a José Francisco de su padre. Por el contrario, no dejó de alimentar en él, el cariño y el recuerdo del hombre que lo engendró. En lo adelante le enviará a Martí regularmente noticias sobre cómo va creciendo, sus aficiones, cualidades y gustos. Hará incluso grandes esfuerzos, -a pesar de su pobreza-, para pagar fotos de daguerrotipo, de las que apenas podía permitirse una única copia, que le mandaba a Martí para que viera cuán sano y hermoso crecía su hijo en Cuba.
En 1892, un Martí solo y entristecido escribe en el periódico Patria: “Un hijo es el mayor premio que un hombre puede recibir sobre la tierra… un hijo es el corazón”. Pero se guarda su último consejo de padre para la última carta que escribe a José Francisco el 1 de abril de 1895 desde Montecristi, República Dominicana, a punto de embarcarse para Cuba para incorporarse a la guerra. Es una desgarradora pero severa epístola que José Francisco no leerá hasta varios meses más tarde:
“Hijo: Esta noche salgo para Cuba: salgo sin ti, cuando debieras estar a mi lado. Al salir, pienso en ti. Si desaparezco en el camino, recibirás con esta carta la leontina que usó en vida tu padre. Adiós, sé justo. Tu José Martí”.
Carmen Zatas-Bazán y
José Francisco Martí a los 17 años
Un mes y unos días más tarde, el 19 de mayo de 1895, Martí muere en Dos Ríos bajo fuego español, sobre su caballo Baconao. Su hijo, con 17 años, recibirá en herencia la leontina y la bestia que su padre cabalgó, legado que, sin embargo, le resultará exiguo. 
Intentará emularlo como hombre de guerra, y de hecho, conseguirá superarlo como militar, pero se alejará poco a poco de su ejemplo humanista y de sus limpios ideales patrióticos, hasta convertirse en lo contrario de lo que fue el hombre que lo trajo al mundo.
E incumpliendo el último de sus consejos, no será un hombre justo jamás.



oOo

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JOSÉ FRANCISCO MARTÍ ZAYAS-BAZÁN, EL HIJO INDIGNO DEL APÓSTOL (I)

JOSÉ FRANCISCO MARTÍ ZAYAS-BAZÁN, EL HIJO INDIGNO DEL APÓSTOL (I)

Por Carlos Ferrera

“Nada hay más justo que dejar en punto de verdad las cosas de la Historia”
José Martí


Hace algunos años escribí una larga crónica que ponía en cuestión un artículo de la historiadora cubana Paula María Luzón Pi, habitual columnista de “cosas martianas” de los libelos isleños comunistas, y benévola biógrafa oficial en Cuba de José Francisco Martí Zayas-Bazán, pródigo hijo del Apóstol.
Perdí el texto original de aquella crónica, y lo cierto es que no tenía ganas de volver al tema, a tenor del nulo interés que me inspiran en lo personal, tanto la biógrafa como el biografiado. Pero recientemente, en una de mis travesías por el mundo cibernético martiano, me crucé en un fórum dedicado a la memoria del Poeta, con una claque entera de defensores de Paula María y de sus publicaciones serviles.
Aplaudían el relato falso y complaciente que escribió ella sobre José Francisco, en una biografía engañosa, trufada de medias verdades, clamorosas omisiones y flagrantes mentiras, y publicada -sin anestesia- en el diario oficialista Juventud Rebelde en 2015. Lo tituló “A siete décadas de la muerte del hijo de Martí”.
Los apuntes biográficos de la señora Luzón Pi sobre la vida del vástago de Pepe y Carmen, reproducen al carbón el relato mediatizado que de él hicieron casi siempre los historiadores de la Cuba republicana, así que eso no es noticia. Sí lo es, que la autora añada de forma temeraria otras consideraciones inventadas “ad hoc”, para justificar las inmerecidas alabanzas que –inexplicablemente–  ha seguido haciéndole la revolución, al más indigno, aprovechado y cruel de todos los hijos de próceres cubanos.
Creo firmemente que los investigadores serios de la obra del Apóstol –como también nosotros, los lectores de a pie que valoramos esta labor y a quienes la realizan–, estamos obligados a activar el radar de la réplica, y poner pronto el foco sobre estas cuestiones, para enmendar la plana al discurso partidista de la Isla, cada vez que éste intente distorsionar la realidad. Debe ponerse en valor la historia verdadera, siempre que la oficial pretenda emponzoñarla, falseándola para sus propios intereses.
El de José Francisco, es un capítulo más de los escritos por una larga lista de relatores complacientes -como Paula María- que han tejido a lo largo de 100 años, un manto piadoso tan grande sobre la naturaleza humana del padre, que les ha alcanzado para cubrir también con él, las más mezquinas herejías del hijo.
Intentaré pues, acercarme, -otra vez-, con todo el tacto que me permita mi irreverencia al personaje, al falso mito que el castrismo –y el republicanismo– construyeron en torno a la vida oculta del hijo indigno del más digno de los mártires cubanos.
Intentaré desvelar quién o qué fue realmente José Francisco, “El Ismaelillo”, además del nombre de un libro que no se merecía, y el de un campamento de pioneros de la dictadura, a cuyos usuarios, pobres infantes inocentes, se les obliga a rendir, sin saberlo, un tributo inmerecido a un hombre desalmado, asesino, racista y ventajero, indigno del hombre y la mujer que lo engendraron.

UN INVITADO, UNA FIESTA Y UN HOTEL DE LUJO

Cinco años después de declararse la independencia de Cuba, el 10 de marzo de 1907, Pilar Samoano, célebre personaje de la aristocracia habanera de la primera República, abrió las puertas del hotel Campoamor, para su fiesta de inauguración en el pueblo de pescadores de Cojímar.
La veraniega localidad costera de las afueras de La Habana era, por entonces un balneario floreciente, destino lúdico estival de los capitalinos de bien, que iban allí de picnic los fines de semana a disfrutar de las bondades del sol, el buen pescado y sus dos playas; El Cachón, que era de arena fina, y Nuestra Señora de la Asunción, una rocosa pero apacible ensenada escondida en el recodo de un pinar exuberante.

El Hotel Campoamor  de Cojímar en los 90s
Aquella tarde de 1907, las amistades distinguidas de Doña Pilar invitadas al ágape, encontraron en el recién estrenado Campoamor, un restaurante montado a todo trapo con deliciosas delicatessens importadas, un espacioso salón de baile donde tocaba la Orquesta Ensueño, un casino de lujo con jóvenes crupiers uniformados, y un elegantísimo “roof garden” en la azotea.
Junto a lo más selecto de la jet cubana, a la inauguración del Campoamor concurrieron también figuras influyentes de la política, el arte y el ejército. Estaba toda la “red carpet” de nuestra nobleza de cartón; los marqueses de Bejucal y los de Pinar del Río, la familia Loynaz del Castillo al completo, los Revilla de Camargo, los dos marqueses de Aguas Claras, los Céspedes, los Gómez, los Quesada y un largo etcétera de clanes de abolengo y rancios aristócratas.
Quizás por eso, a pocos asombró ver también por allí entre los invitados, a Doña María del Carmen de Zayas-Bazán e Hidalgo, la viuda del Apóstol, del brazo del único hijo de ambos; el Capitán del Ejército Libertador, José Francisco Martí Zayas-Bazán, por esos días a punto de cumplir los 30 años.
El vástago del mártir era –o quería ser– ya entonces, uno más entre los aristócratas, a pesar de no serlo ni por sangre, ni por fortuna, ni por estirpe. Tampoco debía serlo por ideología, si hacemos caso a sus biógrafos más benevolentes, que –como Paula María Luzón Pi–, aún lo consideran heredero del pensamiento de su padre.
He comenzado por esta anécdota pueril de la vida de José Francisco, porque es muy sintomática del lado más frívolo de sus aspiraciones sociales, un dato importante a tener en cuenta, si se quiere entender la verdadera esencia de su retorcida y vanidosa personalidad.
¿Qué hacía entonces José Francisco, supuesto defensor de los valores humildes del pueblo llano que defendió el Apóstol, en una recepción de la opulencia aristocrática cubana y blanca más granada? ¿Qué había ocurrido en su vida hasta ese día, para que fuera considerado y aceptado como un miembro más de la alcurnia habanera?
Comencemos por el principio, un poco antes de su llegada al mundo.

PEPITO

«Hijo soy de mi hijo. ¡Tú flotas sobre todo, hijo del alma!»
José Martí

José Francisco Martí Zayas-Bazán fue engendrado en México, pero viajó a Cuba en el vientre de Carmen en los días posteriores a la amnistía del Pacto del Zanjón. José Martí y su esposa embarazada arribaron a La Habana el 31 de agosto de 1878. 
Regresaban a su tierra natal tras haber contraído matrimonio en el país azteca y luego de una corta luna de miel en Guatemala. Ambos habían sufrido un largo exilio involuntario: él, víctima del destierro político por sus actividades contra la Corona, y ella, obligada a vivir fuera de Cuba con su familia españolista, venida a menos y perseguida por los mambises.
Martí había traído poco dinero a Cuba, apenas el que le regalaron sus amigos en su boda, y un donativo especial de Manuel Mercado. Ya la pareja había empezado a sufrir las consecuencias del rencor de la familia Zayas-Bazán, cuyos miembros les dieron la espalda, y ni un peso a Carmen como dote, por órdenes de Don Francisco. El patriarca se resistía a perdonar a su hija díscola.
Pero Carmen encontrará pronto el modo de romper la coraza de su padre resabiado; añadirá su nombre tras el de su marido, para dárselo a su hijo, “y que no olvide nunca de dónde ha venido”, escribirá a su hermana Isabel en su primera carta desde Cuba. El gesto ablandará el corazón del viejo, que regresará poco después con toda la familia, para ser el padrino de su nieto en su bautizo.
Nicolás Azcárate
Gracias a la ayuda de su amigo, el abogado Nicolás Azcárate y Escobedo, Martí encuentra y alquila una casita muy modesta de dos estancias y un cuarto de baño en un bajo de la calle Tulipán 32, en la barriada del Cerro, «Delicioso lugar, como una Tacubaya suiza, donde vivimos...» le escribe a su amigo Mercado en octubre del 78. 
Escoge esa vivienda porque está muy cerca la parada del tranvía, que le facilita trabajar en el centro de la ciudad y regresar a casa de forma expedita.
Y es allí donde nace el 22 de noviembre de 1878, José Francisco Martí y Zayas-Bazán, -al principio simplemente “Pepito” para sus padres-; en el corazón de El Cerro. Carmen tuvo un parto doloroso y difícil, porque José Francisco venía torcido, y sufrió una mala praxis médica, que le ocasionó padecimientos crónicos desde entonces. 
Pero Pepe recordó siempre ese instante como «uno de los diez momentos supremos» de su vida, y así lo reflejó en sus “Cuadernos de Apuntes”, donde relacionaba los títulos de los libros que tenía en proyecto escribir.
Aunque Martí vuelve a La Habana ilusionado, el regreso a Cuba es una decepción para Carmen. Las autoridades españolas tratan a la pareja con desprecio y hostilidad; no han olvidado las causas de la primera deportación de Pepe, y desde entonces lo mantendrán bajo estricta vigilancia.
La situación económica del matrimonio es precaria, pero el Apóstol tiene fe en el futuro, un optimismo que se desprende de sus palabras en su primera carta a Mercado tras volver a la patria: "Hoy mi pobre Carmen, que tanto lloró por volver, se lamenta de haber llorado tanto… Todo lo compensa mi mujer heroica y mi lindísimo hijo".
El pequeño José Francisco recibe las aguas bautismales cuatro meses después de su nacimiento, el 6 de abril de 1879 en la iglesia Nuestra Señora de Monserrate de La Habana. Sus padrinos son Doña Leonor Pérez Cabrera, abuela paterna, y Francisco Zayas-Bazán y Varona, abuelo materno.
La iglesia tenía un gran significado para la familia de Martí, porque allí se casaron sus padres Don Mariano y Doña Leonor, se bautizaron dos de sus hermanas y se casaron tres de ellas, y otros familiares. Allí también sería bautizada años después María Teresa Bances y Fernández Criado, destinada a convertirse en la futura –e infeliz– esposa de José Francisco.
Desde su llegada, Pepe reanuda las relaciones con sus amigos de la infancia, sobre todo con los hermanos Valdés Domínguez, que continuaban viviendo en la calle Industria 122. Incluso se cree que llega a trabajar por un corto período de tiempo con Eusebio, el hermano de Fermín, ya graduado de abogado.
Marti, Panchito y Fermín.
Es por esos días que conoce en los altos del café El Louvre, al periodista Adolfo Márquez y Sterling, director del periódico La Discusión, y al violinista Rafael Díaz-Albertini y Urioste, amistades que mantendrá el resto de su vida. También restablece vínculos con Carlos Sauvalle, editor de publicaciones independentistas, como El Laborante, del que Martí fue redactor cuando era adolescente.
Como se sabe, en España, Martí se había licenciado en Derecho Civil y Canónico, y en Filosofía y Letras, pero no había podido pagar las tasas de los certificados de sus dos carreras universitarias, algo que le ocasiona bastantes contratiempos para encontrar empleo como abogado o profesor.
Carente, pues, de autorización para ejercer la abogacía, debe emplearse como pasante en los bufetes de dos amigos: el de Nicolás Azcárate —donde conoce a Juan Gualberto Gómez— en San Ignacio no. 55, y el de Miguel Francisco Viondi y Vera, en Empedrado 2 esquina Mercaderes.
Juan Gualberto Gómez
Martí al fin consigue permisos temporales para trabajar como maestro, en espera de sus certificados, y comienza a impartir clases de Gramática Castellana, Retórica y Poética a los alumnos de primer año del Colegio Casa de Educación. 
Bufete Viondi
Ya tiene veintiséis años de edad, y empieza a hacerse notar en los círculos culturales habaneros; es nombrado secretario del Liceo Artístico y Literario de Guanabacoa, y sobresale como orador en diferentes actividades públicas.
Un discurso patriótico encendido que pronuncia por aquellos días en el Liceo de Guanabacoa, delante del entonces capitán general Ramón Blanco y Erenas, enfada al funcionario colonial, que declara: «Quiero no recordar lo que yo he oído y no concebí nunca que se dijera delante de mí, un representante del gobierno español. Voy a pensar que Martí es un loco, pero un loco peligroso». Martí no sabe que ha encendido una mecha que cambiará el curso de su vida y de la de su familia.
Aspecro actual del edificio donde estaba el BufeteViondi
Es 1879, y Martí ya es un hombre muy ocupado, al que apenas le alcanza el tiempo para estar en casa con la familia. Vive inmerso en sus actividades patrióticas clandestinas, tiene una vida social intensa y debe cumplir con múltiples compromisos laborales. No tiene mucho tiempo para entregarse a las bondades de esa vida hogareña que con frecuencia le atribuyen sus más amables biógrafos. Claro que le seduce estar en casa, pero no puede hacerlo y es consciente de que su actividad política lo obliga a abandonar a Carmen con frecuencia. Ya ha escrito a Mercado, convencido: “Afortunadamente, viviré poco, y tendré pocos hijos, no la haré sufrir.”
Gran parte de los relatores de la vida del prócer han insistido -e insisten- en decorar este segmento de su biografía, con falsas florituras del todo innecesarias. Dice, -más bien especula- por ejemplo, la escritora María Luisa García Moreno:
“Martí, quien disfrutaba de los placeres hogareños, comparte con Carmen los primeros días de José Francisco. Es posible que juntos pasearan por el parque Tulipán próximo a su residencia, donde llevaran al pequeño a tomar sol. Es probable también que su esposa e hijo lo acompañaran en sus viajes a Guanabacoa y a la Playa de Cojímar, atravesando un amplio terreno que se extendía de la villa al marino pueblo; así era esta zona, con una playa al este y un montículo al oeste, en el cual se podía observar la puesta de sol desde la arena. Pudo ser este detalle el que tuvo en cuenta al componer el escenario de Los zapaticos de rosa, dado el carácter autobiográfico de su obra”.
¿Por qué esa azucarada insistencia en adornar con tan tópicas “probabilidades”, las escenas familiares de la vida del Poeta? ¿Acaso para correr un velo piadoso sobre su escasa presencia en casa como padre? “Es probable”, “es posible”, “quizás”, “pudo ser”; todo un párrafo de fatuas especulaciones para enseñar un paisaje familiar idílico, que jamás existió en ningún momento durante el tiempo en que Carmen y Martí compartieron techo. 
Toda la biografía martiana está trufada de cábalas amables, que poco a poco nos han convertido al ser humano, en un ángel perfecto. Pepe no lo fue nunca, por suerte.
Martí sabe que Carmen se niega a que siga implicándose en la revolución, pero no vacila. Escoge el sacrificio personal como único camino “para que mi hijo tenga una patria libre”. Pero se equivoca; no es solo “su” sacrificio. Es también el de Carmen.

SEGUNDO DESTIERRO, 
PRIMERA SOLEDAD

Los empleos de Martí permiten que la pequeña familia Martí Zayas-Bazán mejore un poco su estatus económico y se mude a otra casa mejor en la calle Amistad 42, entre Neptuno y Concordia.
Amistad 42
Pero la felicidad conyugal dura poco tiempo; el 17 de septiembre de 1879, Martí es detenido en su nuevo domicilio, mientras se halla almorzando con su esposa y su amigo Juan Gualberto Gómez.
Lo arrestan –le dicen– por sus vínculos con los cabecillas de la conocida como Guerra Chiquita, pero realmente el motivo es aquel discurso anticolonialista que pronunció en El Liceo de Guanabacoa. Es la venganza del Capitán General Ramón Blanco y Erenas.
Liceo de Guanabacoa
Juan Gualberto consigue avisar al grupo de conspiradores de la célula habanera, para poner a salvo documentos comprometedores de la facción. Deja testimonio de lo ocurrido ese día en su trabajo, “Martí y yo: la última visita”.
Martí es conducido a la estación de policía de Empedrado y Monserrate, donde se le encierra solo e incomunicado varios días. Pero su amigo Nicolás Azcárate, con cierta influencia en los mandos de la policía española, interviene para que le levanten la incomunicación. A partir de ese momento, pasan a verlo por el recinto policial más de trescientos amigos, alumnos y maestros del colegio donde trabajaba. Pero de nada vale ahora la mano de Azcárate; sin juicio ni proceso penal alguno, Ramón Blanco dispone su segunda deportación a España.
El 25 de septiembre de 1878, el Apóstol parte en calidad de preso hacia su segundo destierro español, a bordo del vapor Alfonso XII con destino a Santander, para quedar allí a disposición del gobernador de la ciudad. Se reúnen una cincuentena de amigos para despedirlo y consolar a Carmen, que llora sin consuelo en el puerto con Juan Francisco en brazos.
Al siguiente día de llegar a España, el Ministro de Ultramar ordena el ingreso del Poeta en la prisión de Ceuta, que por suerte no se produce al concedérsele libertad bajo fianza, y luego anularse la pena de encarcelamiento por el propio gobierno español. Queda en libertad en territorio de España, pero no puede moverse a otro país ni regresar a su tierra. No volverá a pisarla hasta el 11 de abril de 1895, y ya será en la manigua.
La historiadora Perla Cartaya Cotta, otra solícita biógrafa de José Martí, escribe al respecto sobre este momento: “Quedan aquí (en Cuba) el niño, centro de su drama familiar, y Carmen, que enfrentará sola, porque así lo quiso, el cuidado del retoño”.
¿Cómo que “porque así lo quiso”? ¡Carmen no tenía otra opción! No podía seguir a su marido al destierro, si allí iba a estar completamente sola, en un país extraño con su marido preso y sin medios con qué mantenerse ni ella ni su hijo. Otra vez la historia –y los que la escriben– demonizan a Carmen para salvar al prócer.
Así que, con José Francisco de solo cinco meses de edad, Carmen enfrenta desamparada y sola su cuidado. Pasará al principio muchas estrecheces, porque su padre ha vuelto a rechazarla por su insistencia en no dejar a su marido subversivo y poco atento a su familia y a su hogar, según su parecer. Sus hermanas la ayudan enviándole desde Puerto Príncipe pequeñas sumas de dinero a escondidas y también lo hacen algunos amigos de Martí. Pero no basta. Por eso Carmen al fin baja la cabeza, acepta volver a la casa paterna y se marcha a Puerto Príncipe con José Francisco.
“Cuánto amor y dolor había en el pecho de José Martí al dejar a su esposa e hijo en Cuba”, leo en las palabras de los relatores que describen ese instante. Y es cierto, porque Martí amaba a su hijo sobre todas las cosas y lo amará hasta el día de su muerte. Pero se habla siempre de su dolor de padre, sin mencionar una palabra que parece que empañe su memoria: “remordimientos”; un sentimiento natural, humano, y en su caso apreciable, hermoso y sincero, que para los historiadores, parece proscrito en la sensibilidad del Poeta.
Martí sabía, en su fuero interno, que la separación de su hijo no era culpa de Carmen, ni de su matrimonio, ni siquiera de su vida modesta, sino una consecuencia de su decisión firme de poner siempre a la Patria antes que a la familia. Sin embargo, aun teniendo clara y asumida esa idea, era un hombre sensible y un amante padre que sufrirá hasta su muerte, cada segundo de ausencia de su hijo.

¿Qué nos impide entonces, asumir también que se sentía culpable de su abandono, y que es ese dolor el que se manifiesta en cada verso que escribió para él? ¿Por qué no aceptamos de una vez la diferencia entre ser un “padre amoroso” y un “buen padre”, haciendo una mezcla tendenciosa de ambas cosas, para que fuera Carmen la única responsable de que Martí viviera la mayor parte de su vida lejos del hijo de los dos?
En el exilio español, a Pepe todas las cosas le recuerdan al niño. Escribirá más tarde en sus Versos Sencillos:

«Oigo un suspiro, a través
De las tierras y la mar.
Y no es un suspiro, es
Que mi hijo va a despertar».

Martí está poco más de tres meses en Madrid. En carta a su amigo Miguel Viondi se lamenta: "¡Qué será de mí por estos yermos, sin noticias de mi mujer y de mi hijo!”. Poco después consigue finalmente burlar la vigilancia de las autoridades españolas, y escapa a Francia, desde donde viajará a los Estados Unidos, el centro de la insurgencia cubana en el exilio. Allí llega el 8 de enero de 1880 para continuar con su labor política, y enseguida es nombrado vocal del Comité Revolucionario Cubano.
También trabaja mucho para reunir el dinero suficiente que le permita traer a su familia a Nueva York, y escribe en esos días: «Es cosa de huir de mí mismo esta de no tener ni suelo propio en que vivir ni cabeza de hijo que besar». También le escribe a Viondi: "Desde el 3 de enero ando por las calles con las carnes sanas y los huesos fuertes, pero con el corazón herido por la mano más blanca que he calentado con la mía". Y con la carta, adjunta a Viondi un giro con la suma necesaria para el pasaje de Carmen y su Pepito, rogándole que los ayude a reunirse con él en Nueva York.

EL REENCUENTRO

Al fin, tras seis meses de separación, Martí logra traer a su esposa y a su hijo a los Estados Unidos el 3 de marzo de 1880. De aquel reencuentro y de la ternura que provocó Pepito en su padre, queda constancia escrita en otra misiva a Manuel Mercado: “No tiene esa prematurés portentosa que hacen las delicias de los padres vulgares…. Tiene ojos profundos y frente ancha. Pero es blando y sencillo como a sus meses toca…”

José Francisco Martí a los 3 años
Por su parte, Carmen llega a New York convencida de que tantos sinsabores han rebajado el patriotismo militante de su esposo, apartándolo por fin de las ideas políticas que habían causado su destierro. Por eso se entristece al encontrarlo inmerso en la misma batalla, quizás con más resolución y empeño, y casi desde el primer día comienza la tensión entre ambos. En carta del 6 de mayo, Martí le escribe a su amigo Mercado:

«Carmen no comparte, con estos juicios del presente que no siempre alcanzan a lo futuro, mi devoción a mis tareas de hoy. Pero compensa estas pequeñas injusticias con su cariño siempre tierno, y con una exquisita consagración a esta delicada criatura que nuestra buena fortuna nos dio por hijo... Regaño a Carmen porque ha dejado de ser mi mujer para ser su madre…»
Martí se queja de que Carmen no comprende su pasión por conseguir la libertad de Cuba, pero él tampoco asume el amor de madre de su esposa, que le reclama infructuosamente cada día, formar un hogar estable y tranquilo. Es un reclamo imposible a un hombre llamado a cumplir metas muchos más elevadas; Martí el patriota ganará la batalla a Martí el padre y a Martí el esposo, y en el proceso, tanto él como su mujer y su hijo perderán poco a poco el vínculo físico y filial. Pero eso Carmen todavía no lo sabe, o quizás no quiere saberlo; aun lo ama y por eso continúa a su lado. Pero por poco tiempo.

OTRA SEPARACIÓN

Martí trabaja en un periódico por muy poco dinero y mantiene con dificultad a su pequeña familia, pero, como en Cuba, cada vez se hacen más frecuentes sus ausencias del hogar por su intensa actividad política. En la despensa casi nunca hay lo suficiente para tres bocas, y José Francisco apenas ve a su padre. Además, Carmen comienza a tener evidencias de ciertas “aventuras” extramatrimoniales del Poeta a sus espaldas, le llega el nombre de otra mujer que se llama Carmen como ella. La ha visto alguna vez acompañada de su esposo, un amigo del suyo, así que no da crédito –o no quiere darlo–, y se exacerban sus celos, aumentan las disputas conyugales y son más prolongadas las ausencias de Pepe del hogar familiar. Pero Carmen aguanta el tirón.
Lo hace, porque unos meses antes, el 16 de junio de 1880, Martí había cesado su responsabilidad al frente del Comité Revolucionario Cubano, que había asumido el 26 de marzo cuando partió hacia Cuba la expedición del General Calixto García. Pero ahora había dejado el cargo en manos de José Francisco Lamadriz, y Carmen intuye que, una vez liberado de esa labor, por fin su marido tendrá más tiempo para estar en casa con ella y con su hijo. Pero eso está muy lejos de ocurrir.
El 21 de octubre de 1880, cuando José Francisco aún no ha cumplido los 2 años de edad, Martí se dispone a viajar a Venezuela. Allí le han ofrecido empleos más rentables, pero su familia debe quedarse otra vez sola en los Estados Unidos. Entonces Carmen decide que ya es suficiente: regresará a Cuba y se llevará a su hijo con ella.
Retrato de María Mantilla
que llevaba el Apóstol el día de su muerte
Vale recordar que el día 28 de noviembre de ese mismo año, ya en ausencia de Martí, nace María Mantilla, la hija de Carmen Miyares y supuestamente de Manuel Mantilla. La criatura será objeto de especulaciones y escándalos en el futuro, porque se atribuirá su paternidad verdadera al Poeta. 
Él llevará en su pecho una foto suya cuando parta a los campos de Cuba, como escudo protector contra las balas, que lamentablemente no funcionará.
Martí y María Mantilla
Aquí hay otro detalle tendencioso que compulsan casi todos sus biógrafos, aunque pasando de puntillas sobre él: se presenta el viaje de Martí a Caracas como consecuencia del abandono de Carmen, “que inicia el año 1881 con la decisión de probar suerte en Venezuela, al ser abandonado por su esposa”, dicen. Pero fue exactamente al revés; es Carmen quien vuelve a Cuba en respuesta a la decisión de Pepe.
Mientras tanto, el regreso de Carmen a Puerto Príncipe está lejos de ser un alivio para ella. El amplio historial de disgustos que le ha dado a su padre por causa de sus amores con el hombre que odia, y sobre todo, su decisión de reunirse con él otra vez en los Estados Unidos, han tenido consecuencias.
Casa de Don Francisco Zayas-Bazán, 
Puerto Príncipe
Carmen y Pepito se instalan en la augusta residencia del patriarca del clan, Don Francisco Zayas-Bazán, que poco a poco ha conseguido, si no recuperar su estatus de terrateniente rico de otros tiempos, al menos volver a ocupar una posición económica holgada, y un lugar social importante en la burguesía camagüeyana. Era una suntuosa casona ubicada en el número 9 de la calle San Francisco, hoy Antonio Luaces 109, cuya planta baja ocupa actualmente la escuela primaria “Renato Guitart”.
Pero Carmen no es bien recibida en su casa. La familia Zayas-Bazán ahora le es, incluso, más hostil que antes. María Amalia, una de sus hermanas menores, ha contraído matrimonio con el coronel español Leopoldo Barrios, y el resto de sus hermanos consideran que Pepito y ella son una incómoda carga familiar, en lo político y en lo económico, así que le dan techo de muy mala gana, pero no asumen su manutención. Carmen le escribe a su marido el 7 de enero de 1881:
“He sabido que escribiste una carta a papá en la que le decías yo había venido porque no quería pasar pobreza a tu lado; mi contestación a eso está dada, todos saben que ya solo la ropa teníamos que empeñar para vivir y que tú no tenías donde trabajar. Desde hoy espero tus órdenes para hacer cuanto me mandes. Créeme, Pepe, yo no quiero, sino que olvidemos el pasado, es necesario estar unidos por nuestro hijo, no se le da vida a un ser para sacrificarlo, sino para sacrificarse por él”.
Pero Martí no responde a esta carta. Ya está inmerso en su viaje a Venezuela, a donde llega el 21 de enero con la intención de trabajar en Caracas, que llamará desde entonces “La Jerusalén de los Americanos”. Quedará para la historia su arribo a la urbe sudamericana al anochecer, porque “sin sacudirse el polvo del camino, no preguntó dónde se comía ni se dormía, sino cómo se iba a dónde estaba la estatua de Bolívar”.
Enseguida se cumplen las promesas laborales que le hicieron; impartirá clases de Gramática Francesa y Literatura en el colegio de Santa María, que dirige su amigo Agustín Aveledo y será profesor de Literatura en el Colegio Villegas, donde sentará cátedra de oratoria. Escribirá también para el periódico “La Opinión Nacional de Caracas”, y en la “Revista Venezolana” en su primer y único número, con 35 páginas escritas por él.
Pero su amistad con el patriota venezolano Cecilio Acosta, y las duras palabras que pronunciará contra el gobierno venezolano el día de su muerte, provocan la ira del presidente de la república. El 27 de julio se le ordena abandonar la patria de Bolívar y regresar a Nueva York.
Allí llegará a bordo del vapor Claudius, el 10 de agosto de 1881, para organizar la llamada Guerra Necesaria, y es también cuando su figura política se encumbrará y alcanzará fama internacional. Publicará sus mejores semblanzas de la sociedad norteamericana y brillarán sus colaboraciones con “La Opinión Nacional”, de Caracas, “La Nación”, de Buenos Aires, “La República” de Honduras, “La América”, de Nueva York, y “El Partido Liberal” de México, sus más brillantes crónicas periodísticas. Resumiendo, Martí llegará en los próximos años al cenit de su prestigio como literato, poeta, diplomático, maestro y sociólogo.
Y también comenzará a extinguirse lo que le queda de amor por Carmen, y en consecuencia, se debilitará aún más el contacto filial con su hijo.


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