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domingo, 14 de octubre de 2018

JOSÉ FRANCISCO MARTÍ ZAYAS-BAZÁN, EL HIJO INDIGNO DEL APÓSTOL (I)

JOSÉ FRANCISCO MARTÍ ZAYAS-BAZÁN, EL HIJO INDIGNO DEL APÓSTOL (I)

Por Carlos Ferrera

“Nada hay más justo que dejar en punto de verdad las cosas de la Historia”
José Martí


Hace algunos años escribí una larga crónica que ponía en cuestión un artículo de la historiadora cubana Paula María Luzón Pi, habitual columnista de “cosas martianas” de los libelos isleños comunistas, y benévola biógrafa oficial en Cuba de José Francisco Martí Zayas-Bazán, pródigo hijo del Apóstol.
Perdí el texto original de aquella crónica, y lo cierto es que no tenía ganas de volver al tema, a tenor del nulo interés que me inspiran en lo personal, tanto la biógrafa como el biografiado. Pero recientemente, en una de mis travesías por el mundo cibernético martiano, me crucé en un fórum dedicado a la memoria del Poeta, con una claque entera de defensores de Paula María y de sus publicaciones serviles.
Aplaudían el relato falso y complaciente que escribió ella sobre José Francisco, en una biografía engañosa, trufada de medias verdades, clamorosas omisiones y flagrantes mentiras, y publicada -sin anestesia- en el diario oficialista Juventud Rebelde en 2015. Lo tituló “A siete décadas de la muerte del hijo de Martí”.
Los apuntes biográficos de la señora Luzón Pi sobre la vida del vástago de Pepe y Carmen, reproducen al carbón el relato mediatizado que de él hicieron casi siempre los historiadores de la Cuba republicana, así que eso no es noticia. Sí lo es, que la autora añada de forma temeraria otras consideraciones inventadas “ad hoc”, para justificar las inmerecidas alabanzas que –inexplicablemente–  ha seguido haciéndole la revolución, al más indigno, aprovechado y cruel de todos los hijos de próceres cubanos.
Creo firmemente que los investigadores serios de la obra del Apóstol –como también nosotros, los lectores de a pie que valoramos esta labor y a quienes la realizan–, estamos obligados a activar el radar de la réplica, y poner pronto el foco sobre estas cuestiones, para enmendar la plana al discurso partidista de la Isla, cada vez que éste intente distorsionar la realidad. Debe ponerse en valor la historia verdadera, siempre que la oficial pretenda emponzoñarla, falseándola para sus propios intereses.
El de José Francisco, es un capítulo más de los escritos por una larga lista de relatores complacientes -como Paula María- que han tejido a lo largo de 100 años, un manto piadoso tan grande sobre la naturaleza humana del padre, que les ha alcanzado para cubrir también con él, las más mezquinas herejías del hijo.
Intentaré pues, acercarme, -otra vez-, con todo el tacto que me permita mi irreverencia al personaje, al falso mito que el castrismo –y el republicanismo– construyeron en torno a la vida oculta del hijo indigno del más digno de los mártires cubanos.
Intentaré desvelar quién o qué fue realmente José Francisco, “El Ismaelillo”, además del nombre de un libro que no se merecía, y el de un campamento de pioneros de la dictadura, a cuyos usuarios, pobres infantes inocentes, se les obliga a rendir, sin saberlo, un tributo inmerecido a un hombre desalmado, asesino, racista y ventajero, indigno del hombre y la mujer que lo engendraron.

UN INVITADO, UNA FIESTA Y UN HOTEL DE LUJO

Cinco años después de declararse la independencia de Cuba, el 10 de marzo de 1907, Pilar Samoano, célebre personaje de la aristocracia habanera de la primera República, abrió las puertas del hotel Campoamor, para su fiesta de inauguración en el pueblo de pescadores de Cojímar.
La veraniega localidad costera de las afueras de La Habana era, por entonces un balneario floreciente, destino lúdico estival de los capitalinos de bien, que iban allí de picnic los fines de semana a disfrutar de las bondades del sol, el buen pescado y sus dos playas; El Cachón, que era de arena fina, y Nuestra Señora de la Asunción, una rocosa pero apacible ensenada escondida en el recodo de un pinar exuberante.

El Hotel Campoamor  de Cojímar en los 90s
Aquella tarde de 1907, las amistades distinguidas de Doña Pilar invitadas al ágape, encontraron en el recién estrenado Campoamor, un restaurante montado a todo trapo con deliciosas delicatessens importadas, un espacioso salón de baile donde tocaba la Orquesta Ensueño, un casino de lujo con jóvenes crupiers uniformados, y un elegantísimo “roof garden” en la azotea.
Junto a lo más selecto de la jet cubana, a la inauguración del Campoamor concurrieron también figuras influyentes de la política, el arte y el ejército. Estaba toda la “red carpet” de nuestra nobleza de cartón; los marqueses de Bejucal y los de Pinar del Río, la familia Loynaz del Castillo al completo, los Revilla de Camargo, los dos marqueses de Aguas Claras, los Céspedes, los Gómez, los Quesada y un largo etcétera de clanes de abolengo y rancios aristócratas.
Quizás por eso, a pocos asombró ver también por allí entre los invitados, a Doña María del Carmen de Zayas-Bazán e Hidalgo, la viuda del Apóstol, del brazo del único hijo de ambos; el Capitán del Ejército Libertador, José Francisco Martí Zayas-Bazán, por esos días a punto de cumplir los 30 años.
El vástago del mártir era –o quería ser– ya entonces, uno más entre los aristócratas, a pesar de no serlo ni por sangre, ni por fortuna, ni por estirpe. Tampoco debía serlo por ideología, si hacemos caso a sus biógrafos más benevolentes, que –como Paula María Luzón Pi–, aún lo consideran heredero del pensamiento de su padre.
He comenzado por esta anécdota pueril de la vida de José Francisco, porque es muy sintomática del lado más frívolo de sus aspiraciones sociales, un dato importante a tener en cuenta, si se quiere entender la verdadera esencia de su retorcida y vanidosa personalidad.
¿Qué hacía entonces José Francisco, supuesto defensor de los valores humildes del pueblo llano que defendió el Apóstol, en una recepción de la opulencia aristocrática cubana y blanca más granada? ¿Qué había ocurrido en su vida hasta ese día, para que fuera considerado y aceptado como un miembro más de la alcurnia habanera?
Comencemos por el principio, un poco antes de su llegada al mundo.

PEPITO

«Hijo soy de mi hijo. ¡Tú flotas sobre todo, hijo del alma!»
José Martí

José Francisco Martí Zayas-Bazán fue engendrado en México, pero viajó a Cuba en el vientre de Carmen en los días posteriores a la amnistía del Pacto del Zanjón. José Martí y su esposa embarazada arribaron a La Habana el 31 de agosto de 1878. 
Regresaban a su tierra natal tras haber contraído matrimonio en el país azteca y luego de una corta luna de miel en Guatemala. Ambos habían sufrido un largo exilio involuntario: él, víctima del destierro político por sus actividades contra la Corona, y ella, obligada a vivir fuera de Cuba con su familia españolista, venida a menos y perseguida por los mambises.
Martí había traído poco dinero a Cuba, apenas el que le regalaron sus amigos en su boda, y un donativo especial de Manuel Mercado. Ya la pareja había empezado a sufrir las consecuencias del rencor de la familia Zayas-Bazán, cuyos miembros les dieron la espalda, y ni un peso a Carmen como dote, por órdenes de Don Francisco. El patriarca se resistía a perdonar a su hija díscola.
Pero Carmen encontrará pronto el modo de romper la coraza de su padre resabiado; añadirá su nombre tras el de su marido, para dárselo a su hijo, “y que no olvide nunca de dónde ha venido”, escribirá a su hermana Isabel en su primera carta desde Cuba. El gesto ablandará el corazón del viejo, que regresará poco después con toda la familia, para ser el padrino de su nieto en su bautizo.
Nicolás Azcárate
Gracias a la ayuda de su amigo, el abogado Nicolás Azcárate y Escobedo, Martí encuentra y alquila una casita muy modesta de dos estancias y un cuarto de baño en un bajo de la calle Tulipán 32, en la barriada del Cerro, «Delicioso lugar, como una Tacubaya suiza, donde vivimos...» le escribe a su amigo Mercado en octubre del 78. 
Escoge esa vivienda porque está muy cerca la parada del tranvía, que le facilita trabajar en el centro de la ciudad y regresar a casa de forma expedita.
Y es allí donde nace el 22 de noviembre de 1878, José Francisco Martí y Zayas-Bazán, -al principio simplemente “Pepito” para sus padres-; en el corazón de El Cerro. Carmen tuvo un parto doloroso y difícil, porque José Francisco venía torcido, y sufrió una mala praxis médica, que le ocasionó padecimientos crónicos desde entonces. 
Pero Pepe recordó siempre ese instante como «uno de los diez momentos supremos» de su vida, y así lo reflejó en sus “Cuadernos de Apuntes”, donde relacionaba los títulos de los libros que tenía en proyecto escribir.
Aunque Martí vuelve a La Habana ilusionado, el regreso a Cuba es una decepción para Carmen. Las autoridades españolas tratan a la pareja con desprecio y hostilidad; no han olvidado las causas de la primera deportación de Pepe, y desde entonces lo mantendrán bajo estricta vigilancia.
La situación económica del matrimonio es precaria, pero el Apóstol tiene fe en el futuro, un optimismo que se desprende de sus palabras en su primera carta a Mercado tras volver a la patria: "Hoy mi pobre Carmen, que tanto lloró por volver, se lamenta de haber llorado tanto… Todo lo compensa mi mujer heroica y mi lindísimo hijo".
El pequeño José Francisco recibe las aguas bautismales cuatro meses después de su nacimiento, el 6 de abril de 1879 en la iglesia Nuestra Señora de Monserrate de La Habana. Sus padrinos son Doña Leonor Pérez Cabrera, abuela paterna, y Francisco Zayas-Bazán y Varona, abuelo materno.
La iglesia tenía un gran significado para la familia de Martí, porque allí se casaron sus padres Don Mariano y Doña Leonor, se bautizaron dos de sus hermanas y se casaron tres de ellas, y otros familiares. Allí también sería bautizada años después María Teresa Bances y Fernández Criado, destinada a convertirse en la futura –e infeliz– esposa de José Francisco.
Desde su llegada, Pepe reanuda las relaciones con sus amigos de la infancia, sobre todo con los hermanos Valdés Domínguez, que continuaban viviendo en la calle Industria 122. Incluso se cree que llega a trabajar por un corto período de tiempo con Eusebio, el hermano de Fermín, ya graduado de abogado.
Marti, Panchito y Fermín.
Es por esos días que conoce en los altos del café El Louvre, al periodista Adolfo Márquez y Sterling, director del periódico La Discusión, y al violinista Rafael Díaz-Albertini y Urioste, amistades que mantendrá el resto de su vida. También restablece vínculos con Carlos Sauvalle, editor de publicaciones independentistas, como El Laborante, del que Martí fue redactor cuando era adolescente.
Como se sabe, en España, Martí se había licenciado en Derecho Civil y Canónico, y en Filosofía y Letras, pero no había podido pagar las tasas de los certificados de sus dos carreras universitarias, algo que le ocasiona bastantes contratiempos para encontrar empleo como abogado o profesor.
Carente, pues, de autorización para ejercer la abogacía, debe emplearse como pasante en los bufetes de dos amigos: el de Nicolás Azcárate —donde conoce a Juan Gualberto Gómez— en San Ignacio no. 55, y el de Miguel Francisco Viondi y Vera, en Empedrado 2 esquina Mercaderes.
Juan Gualberto Gómez
Martí al fin consigue permisos temporales para trabajar como maestro, en espera de sus certificados, y comienza a impartir clases de Gramática Castellana, Retórica y Poética a los alumnos de primer año del Colegio Casa de Educación. 
Bufete Viondi
Ya tiene veintiséis años de edad, y empieza a hacerse notar en los círculos culturales habaneros; es nombrado secretario del Liceo Artístico y Literario de Guanabacoa, y sobresale como orador en diferentes actividades públicas.
Un discurso patriótico encendido que pronuncia por aquellos días en el Liceo de Guanabacoa, delante del entonces capitán general Ramón Blanco y Erenas, enfada al funcionario colonial, que declara: «Quiero no recordar lo que yo he oído y no concebí nunca que se dijera delante de mí, un representante del gobierno español. Voy a pensar que Martí es un loco, pero un loco peligroso». Martí no sabe que ha encendido una mecha que cambiará el curso de su vida y de la de su familia.
Aspecro actual del edificio donde estaba el BufeteViondi
Es 1879, y Martí ya es un hombre muy ocupado, al que apenas le alcanza el tiempo para estar en casa con la familia. Vive inmerso en sus actividades patrióticas clandestinas, tiene una vida social intensa y debe cumplir con múltiples compromisos laborales. No tiene mucho tiempo para entregarse a las bondades de esa vida hogareña que con frecuencia le atribuyen sus más amables biógrafos. Claro que le seduce estar en casa, pero no puede hacerlo y es consciente de que su actividad política lo obliga a abandonar a Carmen con frecuencia. Ya ha escrito a Mercado, convencido: “Afortunadamente, viviré poco, y tendré pocos hijos, no la haré sufrir.”
Gran parte de los relatores de la vida del prócer han insistido -e insisten- en decorar este segmento de su biografía, con falsas florituras del todo innecesarias. Dice, -más bien especula- por ejemplo, la escritora María Luisa García Moreno:
“Martí, quien disfrutaba de los placeres hogareños, comparte con Carmen los primeros días de José Francisco. Es posible que juntos pasearan por el parque Tulipán próximo a su residencia, donde llevaran al pequeño a tomar sol. Es probable también que su esposa e hijo lo acompañaran en sus viajes a Guanabacoa y a la Playa de Cojímar, atravesando un amplio terreno que se extendía de la villa al marino pueblo; así era esta zona, con una playa al este y un montículo al oeste, en el cual se podía observar la puesta de sol desde la arena. Pudo ser este detalle el que tuvo en cuenta al componer el escenario de Los zapaticos de rosa, dado el carácter autobiográfico de su obra”.
¿Por qué esa azucarada insistencia en adornar con tan tópicas “probabilidades”, las escenas familiares de la vida del Poeta? ¿Acaso para correr un velo piadoso sobre su escasa presencia en casa como padre? “Es probable”, “es posible”, “quizás”, “pudo ser”; todo un párrafo de fatuas especulaciones para enseñar un paisaje familiar idílico, que jamás existió en ningún momento durante el tiempo en que Carmen y Martí compartieron techo. 
Toda la biografía martiana está trufada de cábalas amables, que poco a poco nos han convertido al ser humano, en un ángel perfecto. Pepe no lo fue nunca, por suerte.
Martí sabe que Carmen se niega a que siga implicándose en la revolución, pero no vacila. Escoge el sacrificio personal como único camino “para que mi hijo tenga una patria libre”. Pero se equivoca; no es solo “su” sacrificio. Es también el de Carmen.

SEGUNDO DESTIERRO, 
PRIMERA SOLEDAD

Los empleos de Martí permiten que la pequeña familia Martí Zayas-Bazán mejore un poco su estatus económico y se mude a otra casa mejor en la calle Amistad 42, entre Neptuno y Concordia.
Amistad 42
Pero la felicidad conyugal dura poco tiempo; el 17 de septiembre de 1879, Martí es detenido en su nuevo domicilio, mientras se halla almorzando con su esposa y su amigo Juan Gualberto Gómez.
Lo arrestan –le dicen– por sus vínculos con los cabecillas de la conocida como Guerra Chiquita, pero realmente el motivo es aquel discurso anticolonialista que pronunció en El Liceo de Guanabacoa. Es la venganza del Capitán General Ramón Blanco y Erenas.
Liceo de Guanabacoa
Juan Gualberto consigue avisar al grupo de conspiradores de la célula habanera, para poner a salvo documentos comprometedores de la facción. Deja testimonio de lo ocurrido ese día en su trabajo, “Martí y yo: la última visita”.
Martí es conducido a la estación de policía de Empedrado y Monserrate, donde se le encierra solo e incomunicado varios días. Pero su amigo Nicolás Azcárate, con cierta influencia en los mandos de la policía española, interviene para que le levanten la incomunicación. A partir de ese momento, pasan a verlo por el recinto policial más de trescientos amigos, alumnos y maestros del colegio donde trabajaba. Pero de nada vale ahora la mano de Azcárate; sin juicio ni proceso penal alguno, Ramón Blanco dispone su segunda deportación a España.
El 25 de septiembre de 1878, el Apóstol parte en calidad de preso hacia su segundo destierro español, a bordo del vapor Alfonso XII con destino a Santander, para quedar allí a disposición del gobernador de la ciudad. Se reúnen una cincuentena de amigos para despedirlo y consolar a Carmen, que llora sin consuelo en el puerto con Juan Francisco en brazos.
Al siguiente día de llegar a España, el Ministro de Ultramar ordena el ingreso del Poeta en la prisión de Ceuta, que por suerte no se produce al concedérsele libertad bajo fianza, y luego anularse la pena de encarcelamiento por el propio gobierno español. Queda en libertad en territorio de España, pero no puede moverse a otro país ni regresar a su tierra. No volverá a pisarla hasta el 11 de abril de 1895, y ya será en la manigua.
La historiadora Perla Cartaya Cotta, otra solícita biógrafa de José Martí, escribe al respecto sobre este momento: “Quedan aquí (en Cuba) el niño, centro de su drama familiar, y Carmen, que enfrentará sola, porque así lo quiso, el cuidado del retoño”.
¿Cómo que “porque así lo quiso”? ¡Carmen no tenía otra opción! No podía seguir a su marido al destierro, si allí iba a estar completamente sola, en un país extraño con su marido preso y sin medios con qué mantenerse ni ella ni su hijo. Otra vez la historia –y los que la escriben– demonizan a Carmen para salvar al prócer.
Así que, con José Francisco de solo cinco meses de edad, Carmen enfrenta desamparada y sola su cuidado. Pasará al principio muchas estrecheces, porque su padre ha vuelto a rechazarla por su insistencia en no dejar a su marido subversivo y poco atento a su familia y a su hogar, según su parecer. Sus hermanas la ayudan enviándole desde Puerto Príncipe pequeñas sumas de dinero a escondidas y también lo hacen algunos amigos de Martí. Pero no basta. Por eso Carmen al fin baja la cabeza, acepta volver a la casa paterna y se marcha a Puerto Príncipe con José Francisco.
“Cuánto amor y dolor había en el pecho de José Martí al dejar a su esposa e hijo en Cuba”, leo en las palabras de los relatores que describen ese instante. Y es cierto, porque Martí amaba a su hijo sobre todas las cosas y lo amará hasta el día de su muerte. Pero se habla siempre de su dolor de padre, sin mencionar una palabra que parece que empañe su memoria: “remordimientos”; un sentimiento natural, humano, y en su caso apreciable, hermoso y sincero, que para los historiadores, parece proscrito en la sensibilidad del Poeta.
Martí sabía, en su fuero interno, que la separación de su hijo no era culpa de Carmen, ni de su matrimonio, ni siquiera de su vida modesta, sino una consecuencia de su decisión firme de poner siempre a la Patria antes que a la familia. Sin embargo, aun teniendo clara y asumida esa idea, era un hombre sensible y un amante padre que sufrirá hasta su muerte, cada segundo de ausencia de su hijo.

¿Qué nos impide entonces, asumir también que se sentía culpable de su abandono, y que es ese dolor el que se manifiesta en cada verso que escribió para él? ¿Por qué no aceptamos de una vez la diferencia entre ser un “padre amoroso” y un “buen padre”, haciendo una mezcla tendenciosa de ambas cosas, para que fuera Carmen la única responsable de que Martí viviera la mayor parte de su vida lejos del hijo de los dos?
En el exilio español, a Pepe todas las cosas le recuerdan al niño. Escribirá más tarde en sus Versos Sencillos:

«Oigo un suspiro, a través
De las tierras y la mar.
Y no es un suspiro, es
Que mi hijo va a despertar».

Martí está poco más de tres meses en Madrid. En carta a su amigo Miguel Viondi se lamenta: "¡Qué será de mí por estos yermos, sin noticias de mi mujer y de mi hijo!”. Poco después consigue finalmente burlar la vigilancia de las autoridades españolas, y escapa a Francia, desde donde viajará a los Estados Unidos, el centro de la insurgencia cubana en el exilio. Allí llega el 8 de enero de 1880 para continuar con su labor política, y enseguida es nombrado vocal del Comité Revolucionario Cubano.
También trabaja mucho para reunir el dinero suficiente que le permita traer a su familia a Nueva York, y escribe en esos días: «Es cosa de huir de mí mismo esta de no tener ni suelo propio en que vivir ni cabeza de hijo que besar». También le escribe a Viondi: "Desde el 3 de enero ando por las calles con las carnes sanas y los huesos fuertes, pero con el corazón herido por la mano más blanca que he calentado con la mía". Y con la carta, adjunta a Viondi un giro con la suma necesaria para el pasaje de Carmen y su Pepito, rogándole que los ayude a reunirse con él en Nueva York.

EL REENCUENTRO

Al fin, tras seis meses de separación, Martí logra traer a su esposa y a su hijo a los Estados Unidos el 3 de marzo de 1880. De aquel reencuentro y de la ternura que provocó Pepito en su padre, queda constancia escrita en otra misiva a Manuel Mercado: “No tiene esa prematurés portentosa que hacen las delicias de los padres vulgares…. Tiene ojos profundos y frente ancha. Pero es blando y sencillo como a sus meses toca…”

José Francisco Martí a los 3 años
Por su parte, Carmen llega a New York convencida de que tantos sinsabores han rebajado el patriotismo militante de su esposo, apartándolo por fin de las ideas políticas que habían causado su destierro. Por eso se entristece al encontrarlo inmerso en la misma batalla, quizás con más resolución y empeño, y casi desde el primer día comienza la tensión entre ambos. En carta del 6 de mayo, Martí le escribe a su amigo Mercado:

«Carmen no comparte, con estos juicios del presente que no siempre alcanzan a lo futuro, mi devoción a mis tareas de hoy. Pero compensa estas pequeñas injusticias con su cariño siempre tierno, y con una exquisita consagración a esta delicada criatura que nuestra buena fortuna nos dio por hijo... Regaño a Carmen porque ha dejado de ser mi mujer para ser su madre…»
Martí se queja de que Carmen no comprende su pasión por conseguir la libertad de Cuba, pero él tampoco asume el amor de madre de su esposa, que le reclama infructuosamente cada día, formar un hogar estable y tranquilo. Es un reclamo imposible a un hombre llamado a cumplir metas muchos más elevadas; Martí el patriota ganará la batalla a Martí el padre y a Martí el esposo, y en el proceso, tanto él como su mujer y su hijo perderán poco a poco el vínculo físico y filial. Pero eso Carmen todavía no lo sabe, o quizás no quiere saberlo; aun lo ama y por eso continúa a su lado. Pero por poco tiempo.

OTRA SEPARACIÓN

Martí trabaja en un periódico por muy poco dinero y mantiene con dificultad a su pequeña familia, pero, como en Cuba, cada vez se hacen más frecuentes sus ausencias del hogar por su intensa actividad política. En la despensa casi nunca hay lo suficiente para tres bocas, y José Francisco apenas ve a su padre. Además, Carmen comienza a tener evidencias de ciertas “aventuras” extramatrimoniales del Poeta a sus espaldas, le llega el nombre de otra mujer que se llama Carmen como ella. La ha visto alguna vez acompañada de su esposo, un amigo del suyo, así que no da crédito –o no quiere darlo–, y se exacerban sus celos, aumentan las disputas conyugales y son más prolongadas las ausencias de Pepe del hogar familiar. Pero Carmen aguanta el tirón.
Lo hace, porque unos meses antes, el 16 de junio de 1880, Martí había cesado su responsabilidad al frente del Comité Revolucionario Cubano, que había asumido el 26 de marzo cuando partió hacia Cuba la expedición del General Calixto García. Pero ahora había dejado el cargo en manos de José Francisco Lamadriz, y Carmen intuye que, una vez liberado de esa labor, por fin su marido tendrá más tiempo para estar en casa con ella y con su hijo. Pero eso está muy lejos de ocurrir.
El 21 de octubre de 1880, cuando José Francisco aún no ha cumplido los 2 años de edad, Martí se dispone a viajar a Venezuela. Allí le han ofrecido empleos más rentables, pero su familia debe quedarse otra vez sola en los Estados Unidos. Entonces Carmen decide que ya es suficiente: regresará a Cuba y se llevará a su hijo con ella.
Retrato de María Mantilla
que llevaba el Apóstol el día de su muerte
Vale recordar que el día 28 de noviembre de ese mismo año, ya en ausencia de Martí, nace María Mantilla, la hija de Carmen Miyares y supuestamente de Manuel Mantilla. La criatura será objeto de especulaciones y escándalos en el futuro, porque se atribuirá su paternidad verdadera al Poeta. 
Él llevará en su pecho una foto suya cuando parta a los campos de Cuba, como escudo protector contra las balas, que lamentablemente no funcionará.
Martí y María Mantilla
Aquí hay otro detalle tendencioso que compulsan casi todos sus biógrafos, aunque pasando de puntillas sobre él: se presenta el viaje de Martí a Caracas como consecuencia del abandono de Carmen, “que inicia el año 1881 con la decisión de probar suerte en Venezuela, al ser abandonado por su esposa”, dicen. Pero fue exactamente al revés; es Carmen quien vuelve a Cuba en respuesta a la decisión de Pepe.
Mientras tanto, el regreso de Carmen a Puerto Príncipe está lejos de ser un alivio para ella. El amplio historial de disgustos que le ha dado a su padre por causa de sus amores con el hombre que odia, y sobre todo, su decisión de reunirse con él otra vez en los Estados Unidos, han tenido consecuencias.
Casa de Don Francisco Zayas-Bazán, 
Puerto Príncipe
Carmen y Pepito se instalan en la augusta residencia del patriarca del clan, Don Francisco Zayas-Bazán, que poco a poco ha conseguido, si no recuperar su estatus de terrateniente rico de otros tiempos, al menos volver a ocupar una posición económica holgada, y un lugar social importante en la burguesía camagüeyana. Era una suntuosa casona ubicada en el número 9 de la calle San Francisco, hoy Antonio Luaces 109, cuya planta baja ocupa actualmente la escuela primaria “Renato Guitart”.
Pero Carmen no es bien recibida en su casa. La familia Zayas-Bazán ahora le es, incluso, más hostil que antes. María Amalia, una de sus hermanas menores, ha contraído matrimonio con el coronel español Leopoldo Barrios, y el resto de sus hermanos consideran que Pepito y ella son una incómoda carga familiar, en lo político y en lo económico, así que le dan techo de muy mala gana, pero no asumen su manutención. Carmen le escribe a su marido el 7 de enero de 1881:
“He sabido que escribiste una carta a papá en la que le decías yo había venido porque no quería pasar pobreza a tu lado; mi contestación a eso está dada, todos saben que ya solo la ropa teníamos que empeñar para vivir y que tú no tenías donde trabajar. Desde hoy espero tus órdenes para hacer cuanto me mandes. Créeme, Pepe, yo no quiero, sino que olvidemos el pasado, es necesario estar unidos por nuestro hijo, no se le da vida a un ser para sacrificarlo, sino para sacrificarse por él”.
Pero Martí no responde a esta carta. Ya está inmerso en su viaje a Venezuela, a donde llega el 21 de enero con la intención de trabajar en Caracas, que llamará desde entonces “La Jerusalén de los Americanos”. Quedará para la historia su arribo a la urbe sudamericana al anochecer, porque “sin sacudirse el polvo del camino, no preguntó dónde se comía ni se dormía, sino cómo se iba a dónde estaba la estatua de Bolívar”.
Enseguida se cumplen las promesas laborales que le hicieron; impartirá clases de Gramática Francesa y Literatura en el colegio de Santa María, que dirige su amigo Agustín Aveledo y será profesor de Literatura en el Colegio Villegas, donde sentará cátedra de oratoria. Escribirá también para el periódico “La Opinión Nacional de Caracas”, y en la “Revista Venezolana” en su primer y único número, con 35 páginas escritas por él.
Pero su amistad con el patriota venezolano Cecilio Acosta, y las duras palabras que pronunciará contra el gobierno venezolano el día de su muerte, provocan la ira del presidente de la república. El 27 de julio se le ordena abandonar la patria de Bolívar y regresar a Nueva York.
Allí llegará a bordo del vapor Claudius, el 10 de agosto de 1881, para organizar la llamada Guerra Necesaria, y es también cuando su figura política se encumbrará y alcanzará fama internacional. Publicará sus mejores semblanzas de la sociedad norteamericana y brillarán sus colaboraciones con “La Opinión Nacional”, de Caracas, “La Nación”, de Buenos Aires, “La República” de Honduras, “La América”, de Nueva York, y “El Partido Liberal” de México, sus más brillantes crónicas periodísticas. Resumiendo, Martí llegará en los próximos años al cenit de su prestigio como literato, poeta, diplomático, maestro y sociólogo.
Y también comenzará a extinguirse lo que le queda de amor por Carmen, y en consecuencia, se debilitará aún más el contacto filial con su hijo.


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Foto de estudio a los 63 años de edad de José Francisco Martí Zayas-Bazán

Por Carlos Ferrera Torres

“(…) Ya sabe usted, señor Vasconcelos, cómo siente Pepito Martí, pues uso el diminutivo con que me conocían y cariñosamente me llamaban mis compañeros de armas en la manigua, y el apellido que creo haber sabido llevar con el decoro y respeto que exige ese nombre que pesa tanto…”
José Francisco Martí Zayas-Bazán

Cuando a principios del siglo XX, el hijo del Apóstol era olvidado y ninguneado por el gobierno de Estrada Palma, y en lo personal, ignorado por el propio presidente, una familia rica de provincias, muy cercana al jefe del estado, se posicionaba en la capital de la Isla. Eran los Bances, un clan poderoso de la burguesía rural de Oriente.
Don Victoriano Bances era un próspero banquero, gran amigo de la familia del presidente de la primera República, y dueño de uno de los más ricos patrimonios de Oriente. Aunque Victoriano era santiaguero, su hija María Teresa Bances y Fernández-Criado, conocida como Teté Bances, nació en La Habana el 8 de febrero de 1890.
María Teresa fue criada entre oropeles, con institutrices francesas, era refinada, culta y políglota, y desde joven viajaba a Europa con frecuencia. También, como su padre, era muy cercana a la familia de Estrada Palma.
Foto de una postal escrita y firmada por el entonces presidente Estrada Palma, dirigida a la familia Bances
En París, Teté conoce a Pepito cuando éste se encontraba de viaje en misión de Gobierno, se enamora de él y ambos deciden contraer matrimonio. El padre de Teté manda entonces a construir para ella un hermoso palacete en Calle Calzada entre y 2 y 4, en El Vedado, que le regala como parte de la dote de bodas, y que Francisco convertirá en su hogar de casado. Hoy es el Centro de Estudios Martianos de Cuba. 

La boda de José Francisco Martí y Zayas-Bazán y María Teresa Bances se celebró con gran magnificencia el 21 de febrero de 1916, pero este idilio también será objeto de burdas mentiras y manipulaciones, porque ha sido etiquetado una y otra vez como “matrimonio perfecto” y ejemplo de amor y paz conyugal. Nada más lejos de la verdad.
El fallecimiento de Carmen Zayas-Bazán marcó el principio del viacrucis que vivió su nuera al lado de su hijo.

MUERTE DE CARMEN ZAYAS-BAZÁN 
E INFIERNO DE TETÉ BANCES

Carmen murió el 15 de enero de 1928 en su casona de la calle 8, entre 21 y 19, en El Vedado. En la fachada de esta vivienda se colocó una lápida el día 25 de marzo de ese mismo año, en recuerdo a la mejor compañera del Apóstol, por iniciativa de la institución Nacional de Patriotas, y de su presidente Néstor Nodarse de Armas.
Leonor Pérez, su hija Leonor Martí, su nieto Pepe Martí Zayas-Bazán y la madre de este, Carmen Zayas-Bazán
El único recuerdo de esa unión tan dolorosamente vivida por sus protagonistas y finalmente fracasada, fue el álbum de fotos de su boda en México, que la viuda del prócer guardó con cuidado y cariño, y que pasó a manos de su hijo José Francisco. Carmen se llevaba el álbum con ella en sus viajes, e incluso se lo dio a firmar a Enrique José Varona en Nueva York en 1898 y a Máximo Gómez el 21 de marzo de 1899 en La Habana.
No puedo afirmar con rotundidad que este documento, de valor histórico incalculable, hoy no forme parte del fondo documental del Centro de Estudios Martianos, pero tengo razones para sospechar que no está allí, que comentaré más adelante.
La relación tormentosa de José Martí con Carmen Zayas-Bazán, requiere un tratamiento meticuloso y monográfico para ser entendida –y tratada– con justicia, en toda su dimensión sentimental y humana. Y hasta fechas recientes, eso se había hecho poco y mal.
Por suerte, varias voces se han alzado después para reivindicar a Carmen y colocarla en el lugar que merecía, sin miedo a que Martí quedara mal parado en lo tocante a asuntos de amor y a historias familiares. No había tal “perfección” en su vida privada, y ha sido estúpido por parte de quienes le han dorado la píldora durante un siglo, que intentaran taparle esos lunares, denostando a la mujer que más lo amó en su vida. Sin embargo, de él no puede decirse lo mismo. “Es tan bella mi Carmen, es tan bella” es solo un verso, parte de un poema que nos hemos empeñado en ver como el paradigma del amor. No lo es, nunca lo fue.
El amor de Pepe por Carmen fue un “amor de poeta”, un arranque circunstancial de afecto, que muy pronto demostró ser equivocado y que estuvo obligado a consumar por muchas circunstancias, algunas de ellas ajenas a sus sentimientos.
No estoy diciendo con esto que Martí no amara a Carmen; lo hizo, pero solo por un tiempo, intermitentemente, y nunca con la pasión que sintió por otras mujeres que pasaron por su vida. Martí se tomaba con total entrega e interés todas sus obras públicas y privadas, y enfrentó el matrimonio con el mismo entusiasmo con que aceptó que su sino, era luchar por Cuba. Pero ni de lejos estaba igual de preparado para ambas encomiendas. 
No me he extendido mucho en la naturaleza de este amor con el detalle que merece. Ya lo ha hecho más y mejor, la brillante investigadora cienfueguera Mirtha Luisa Acevedo y Fonseca, en su libro “Bautismo en Soledad”, que reivindica a la mujer del líder como jamás nadie lo había hecho.
He intentado resumir aquí los elementos más importantes de este idilio, para que puedan entenderse mejor sus consecuencias en la vida del hijo de los dos. Lo merece un siglo de injustas injurias y crueles agravios hacia Carmen, y de excusas machistas y paños calientes a Martí.
Carmen murió en soledad, solo acompañada de su hermana Manuela y de los hijos de ésta. Manuela fue el único miembro de su familia paterna que la apoyó incondicionalmente hasta el fin de sus días.
Su hijo se encontraba realizando tareas del gobierno en los Estados Unidos y regresó para sus exequias, según se cuenta, muy triste y abatido. Su carácter desde entonces cambió. Desapareció su proverbial sociabilidad, su presencia casi constante en las fiestas de la jet y en el Club Militar, donde solía asistir los fines de semana a jugar dominó. También dejó de asistir a las tertulias políticas que se celebraban en casa de otras familias de ex combatientes de la guerra, su salud comenzó a empeorar, y se hicieron más frecuentes sus viajes al extranjero para visitar a sus médicos.
Paralelamente fue decayendo su prestigio social, y cada vez recibía más críticas de los miembros del ejército, el Gobierno y la aristocracia habanera. El vapuleo llegó a ser tan insoportable para su ego, que ya en mayo de 1927 escribió una carta abierta a Ramón Vasconcelos, redactor de El País, protestando por el artículo titulado “Valores actuales”, en que Vasconcelos lo enjuiciaba duramente por su actitud deshonesta, contrarias a las ideas de su padre. Pueden encontrar el contenido del documento en la red y valorar las palabras de José Francisco.
José Francisco y Teté Bances junto a Carlos Manuel de Céspedes y Quesada en la embajada cubana en Estados Unidos

En 1928, tras la muerte de su madre, junto con Juan Gualberto Gómez y un grupo de intelectuales, José Francisco se opuso a la prórroga de poderes del dictador Gerardo Machado. Cuando cayó el tirano, hizo un intento de volver a la política activa incorporándose al Partido del ABC, donde llegó a ser vicepresidente.
Dice la historia oficial que lo hizo “con la creencia de que esta organización haría culto a la dignidad del hombre y mejoraría la situación del pueblo, pero no identificado con el rumbo gansteril de la organización, José Francisco se retiró definitivamente de los asuntos públicos y se refugió en su vida familiar y privada”.
Por supuesto que pongo en duda esa afirmación, teniendo en cuenta que José Francisco se alejó del pueblo y de sus luchas de forma radical, y porque vivió y pensó como un burgués hasta el día de su muerte. Desde entonces se encerró en el palacete de su mujer en la calle Calzada, lleno de rencor y amargura.
Y la principal perjudicada de su ostracismo y su mal carácter, fue Teté.

LAS RAZONES DE RAFAELA

Casi todos los acontecimientos infaustos de mi vida, han venido siempre acompañados de una experiencia positiva; y en ese sentido, mi suerte siempre ha sido ambivalente.
En 1981, recién matriculado en la Facultad de Arquitectura del ISPJAE en La Habana, mi madre ingresó bastante enferma, durante un mes, en la clínica La Dependiente de esa ciudad. Y quiso el destino –felizmente para mí– que su compañera de habitación, aquejada de idéntica dolencia, fuera una mujer excepcional, a la que ya conocía sin haberlo visto nunca antes: la escritora y docente cubana Rafaela Chacón Nardi.
Rafaela Chacón Nardi
Con Rafaela tuve el gusto de disfrutar de una corta pero fructífera relación amistosa, y de entablar varias conversaciones interesantes a lo largo de las dos semanas que compartió habitación con la mujer que me dio la vida. Hablamos de muchísimas cosas –era también una gran filósofa y experta en el arte de vivir– y por supuesto de historia y de literatura; sus dos pasiones que, con el tiempo, también fueron las mías.  Y siendo ella una martiana irreductible, me contó muchas cosas que no sabía de la vida del Apóstol. Y también de la de su hijo.
Me ha sido relativamente fácil escribir esta crónica, porque la mayor parte de sus titulares me los dio Rafaela durante aquellas tardes de charla en los portales del pabellón de hospitalización de La Dependiente. Era un edificio neoclásico austero y hermoso, rodeado de vegetación, un entorno fantástico para escuchar pasajes añejos de la historia de Cuba, directamente de los labios de una de las más importantes escritoras cubanas contemporáneas.
Por Rafaela fue que comencé a desmitificar a José Francisco Zayas-Bazán, a poner en un lugar más justo a su madre, y a mirar con ojos más humano al Apóstol, al que hasta entonces consideraba un ser perfecto. Y gracias a su aplastante honestidad narrativa, pude conocer también detalles íntimos del matrimonio Martí Bances, hasta entonces desconocidos para mí.
Rafaela me contó que, como visitaba con frecuencia el Centro de Estudios Martianos, que había sido la antigua residencia de Pepito y Teté, una vez conoció en el barrio a una de sus ancianas vecinas, de nombre Marta González Ortiz de Zárate.
Marta había nacido allí cuando el barrio también recién nacía, y su casa natal colindaba al fondo con la casona de Teté Bances y José Francisco Martí. Los conoció prácticamente desde que abrió los ojos y esa cercanía le permitió enterarse de muchas cosas que ocurrían allí “de puertas para adentro” y que después le transmitió a la Chacón. Yo las escuché de labios de la propia Rafaela con los ojos como platos; la peor de ellas, los malos tratos que Pepito infligía casi diariamente a su mujer.
Otra vez debe enmendársele la plana al discurso oficial. Desde la muerte del hijo de Martí, sus biógrafos no han parado de pregonar la supuesta “felicidad” de su matrimonio con Teté Bances, cuando en realidad la pareja jamás fue feliz, sobre todo en lo que respecta a ella.
Rafaela me contó que Marta presenció desde su ventana decenas de veces, cómo Teté era víctima del mal carácter de su marido, que no vacilaba en usar cinturones y palos de escoba para pegarle a su mujer. “Gritaba mucho, porque era sordo y hablaba muy alto”, me dijo la Chacón.
No puedo recordar en detalle todas las confidencias de la escritora, pero sí que me las reveló visiblemente molesta con el hijo del Apóstol. Solo recuerdo que una de estas palizas ocurrió un 31 de diciembre en una cena organizada por el matrimonio para agasajar a invitados de ilustres, que al final tuvieron que llamar a la policía y requerir de una ambulancia para trasladar a Teté a un hospital. Así se las gastaba el Ismaelillo con la mujer con la que se casó.

MUERTE DEL HIJO DEL APÓSTOL

Aquejado de una enfermedad pulmonar incurable, José Francisco Martí Zayas-Bazán muere en su cama el 22 de octubre de 1945. Teté Bances le guardará luto riguroso y lo llorará aun durante un tiempo, pero también descansará por fin de él.
Los funerales de José Francisco Martí en su casa de Calzada y 4.
Foto tomada del libro Vida de Ismaelillo.
José Francisco fue enterrado con los honores militares que sus múltiples cargos y condecoraciones le otorgaban, y además condecorado post mortem con el grado de Mayor General.
Lo velaron en la casa, y sus restos se trasladaron después al Salón de los Pasos Perdidos, del Capitolio Nacional, para rendirle los tributos acordes a su jerarquía militar. Se proclamó duelo oficial en todo el país, y a sus exequias asistió una representación del Estado y los cuerpos militares. Sin embargo, no fue su amigo Carlos Manuel de Céspedes y Quesada, ni ningún miembro de la familia de Máximo Gómez. Los alumnos de la Escuela Normal de Maestros “José Martí” hicieron una guardia civil de honor toda la noche anterior al entierro, y al sepelio asistió el entonces presidente de la República, Doctor Ramón Grau San Martín. La despedida del duelo corrió a cargo del también político y amigo de la familia, Doctor Joaquín Martínez Sáenz.
El cortejo fúnebre, escoltado por una guardia de honor del Ejército, partió desde el Capitolio por las calles del Paseo de Martí (hoy Prado) rumbo al Malecón, y luego por la calle 23 hasta el cementerio de Colón en Zapata y 12. Lo acompañaron también representantes del Gobierno, funcionarios públicos, y una multitud popular.
Así fue despedido en su última morada el hijo del Poeta.

TETÉ BANCES, LA VIUDA INFELIZ

En la histórica casona de la calle Calzada, Teté Bances poseía una valiosa colección de centenares de objetos de gran valor artístico e histórico, y que Francisco amplió esquilmando viejas mansiones de familias de próceres, utilizando su apellido y su poder como militar de alto rango. 
Teté Bances, el General Enrique Loynaz del Castillo y Cosme de la Torriente
José Francisco Martí se llevó “prestados” recuerdos y documentos de Carlos Manuel de Céspedes, de la casa de Almendares que ocupaba su hijo Carlos Manuel de Céspedes Quesada, de la residencia de Máximo Gómez que habitaban sus herederos, y de las viviendas de otros descendientes de héroes de la guerra. A todos pidió en préstamo objetos y recuerdos personales de sus padres y familiares para supuestas exposiciones, que jamás devolvió. Céspedes Quesada le retiró su amistad por eso.
Al triunfo de la revolución, la casa de Tete Bances se convirtió en el refugio de damas de la aristocracia habanera, asiduas a sus sonadas tertulias. Y es que Teté renació y recuperó la sonrisa cuando murió Francisco, el marido celoso, déspota y agresivo que le proporcionó tantos años de sufrimiento.
A las reuniones de la casona de Calzada asistían Rosita Blanco Herrera, condesa de la Mortera, Natasha Mella, -la hija del líder comunista que siempre negó esa filiación de su padre-, María del Carmen González-Carvajal y Álvarez-Cabañas, primera Marquesa de Avilés y Marquesa de Pinar del Río, -su mejor amiga-, las hijas de Cisneros y de Gómez, las sobrinas de Carlos J. Finlay, las Revilla de Camargo, las jóvenes hermanas Loynaz del Castillo y muchas otras grandes damas. Retomaban así la relación amistosa con la mujer que se había retirado de los eventos de sociedad, por el deseo de su nefasto esposo.
La Marquesa de Pinar del Rio
 Giovanni Boldini (1926).
Se sabe que, en varias oportunidades, Fidel Castro insistió en tener un encuentro con Teté Bances, al que siempre ella se negó. Hasta su muerte se manifestó frontalmente opuesta a la revolución, aunque nunca se fue de Cuba. Quizás por eso, durante algún momento del “proceso”, él dejó de insistir. Se vengó ignorándola para siempre, pero le puso una posta de vigilancia disimulada en un apartamento en la esquina de Calzada y 4, por razones que enseguida explicaré.
Muy pocos cubanos de a pie sabían de la existencia de Teté en esa vivienda que conservaba parte de la historia de Cuba y de nuestro Apóstol. Con el tiempo, todas las amistades ricas de la Sra. Bances fueron muriendo o abandonando el país. Su casa devino en almacén de tesoros artísticos que le iban legando sus amigas, ya sea como donaciones o con la intención de que ella se los guardara, para cuando se produjera el futuro y anhelado cambio, que nunca llegó.
En la casa vivían junto a Teté varias personas, una servidumbre que la acompañaba desde que era joven, y Congo, un negro esclavo de cerca de 100 años, nacido en el seno de la familia y que se había convertido en un pariente más.
José Francisco había heredado en depósito muchos documentos de su padre, algunos vinculados al fusilamiento del general Roberto Bermúdez, jefe de la vanguardia del Ejército Invasor y héroe de las Taironas, poemas no publicados, cartas de su amigo Fermín Valdés, y su maestro Heredia y el nombramiento del General Gerardo Machado, el militar más joven de la guerra, de solo 24 años, a instancias de su padre, el Mayor Machado. Muchas historias inconclusas podían salir a la luz pública, si caían en otras manos que no fueran las de Castro. Por eso él vigilaba.
Carlos Manuel de Céspedes y Quesada,
El día que murió Tete Bances, Fidel Castro dio la orden de sellar la vivienda, y poner postas de vigilancia las 24 horas del día. Los únicos autorizados a entrar en el inmueble fueron Alfredo Guevara, Eusebio Leal y Armando Hart, este último sería el responsable de la casa, y de lo que había en su interior.
La vieja casona acababa de convertirse en el Centro de Estudios Martianos, previo saqueo de todo lo que no fuera “martiano” e incluso cosas que sí lo eran. Desaparecieron vajillas, obras de arte, cajones de documentos, mesas, lámparas, pianos, cuadros, y hasta manteles y cortinas. Nadie sabe con certeza a dónde fueron a parar. ¿O sí?
Ahora se sabe que Alfredo Guevara poseía la colección de arte cubano privada más completa de la Isla, solo superada por la de la difunta Vilma Espín, que aun Raúl conserva en su casa en el edificio de 26 y Zapata. También es de todos conocido que Eusebio Leal posee una galería de arte cubano con muchas piezas y documentos únicos.
Y es público y notorio entre historiadores y "segurosos" cubanos, el relato que corre hace décadas en los mentideros de La Habana, de que en Punto Cero, residencia de la familia Castro Soto, existe una caja fuerte en cuyo interior hay una urna de cristal blindado que contiene varios poemas inéditos del Apóstol, un tintero de su propiedad y un par de las estilográficas que utilizó en Tampa.
A Martí le habría parecido este, un final muy similar a "Los Zapaticos de Rosa", pero estaría muy disgustado.

CONCLUSIONES

Mi intención al escribir esta crónica, ha sido solo abundar en las múltiples mentiras tejidas en torno a la vida del hijo del más brillante de nuestros patriotas, y también de él. Martí era un hombre inteligente, íntegro y honesto, pero también pasional, enamoradizo e impulsivo. Y quizás también por eso, errático e irresponsable en cuestiones de amor. ¿Por qué no admitirlo, si eso lo humaniza?
Entiendo que no podré evitar que muchos de mis lectores pongan en duda mis palabras; ha sido esa hasta hoy la actitud de quienes ignoran la historia verdadera, o que, a sabiendas de ella, prefieren omitirla antes de reconocerla. Pesa mucho la pleitesía ciega que se le rinde a Martí, -que suele confundirse con respeto-, y el temor a admitir que su hijo no siguió su ejemplo.
Soy y seré un martiano militante, defensor sin fisuras del noble ideario del patriota y admirador ferviente del poeta.  Nada tiene que ver esto con su vida privada, ni con la de su hijo. Ambas merecen ser desempolvadas, en tanto han sido objeto de omisiones benévolas y de excusas innecesarias para justificar los errores de ambos. Tantas mentiras y paños calientes nos impidieron durante mucho tiempo, conocer al hombre irrepetible -aunque imperfecto-, que habitaba bajo la piel del mito, y al tipo despreciable y cínico que heredó su apellido.
No es culpable Martí de nada de lo que otros hombres no lo hayan sido antes. Ni siquiera su hijo lo fue, aunque sea difícil encontrar a alguien que haya matado a 3000 negros en un solo día; Hitler, Pol Pot o Atila el Huno, ya habían sentado precedentes.
Tampoco ninguno de los dos es responsable de que sus biografías fueran objeto de absurdas omisiones, y sus pequeñas y grandes miserias, presas de un paternalismo lastimoso. Era innecesario en el caso del padre, y es repugnante en lo que atañe al hijo.
No juzgo, culpo, ni demonizo al Poeta, simplemente cuento como realmente era. Asumo que lo hago con su hijo, porque es mi única forma de resarcirme de mi indignación por sus actos deleznables, y mi frustración porque ha conseguido ser honrado por ellos. Me limito a ser justo con la Historia, y también con sus propias memorias. Se me antoja más limpia en el Apóstol, mientras más claros nos queden sus defectos. En cuanto a su despreciable vástago, debe ser recordado como realmente fue, en toda su maldad.
Desde hace más de medio siglo, es imposible que un columnista de cualquier medio oficial de la Isla, salte el cerco de la censura con una reflexión política o histórica que se aleje del discurso permitido. El manual de estilo de la prensa castrista, desautoriza siempre a la verdad, si conspira contra ella. Ha de conservarse la imagen perfecta de los mártires que Fidel Castro secuestró de la Historia de todos los cubanos, para colocarlos en su altar comunista y prostituirlos para sus intereses.
Dar crédito a periodistas serviles como Luzón Pi, Iraida Calzadilla o Rolando Rodríguez, que mienten compulsivamente a sus lectores, es un síntoma de lastimosa ignorancia, más digna de la compasión, que de la crítica. No culpo a quienes se tragan el cebo envenenado, pero denuncio a quienes lo fabrican.
Asumamos pues, los pequeños y grandes fracasos de Martí como padre, como esposo y como cabeza de familia, y encontraremos por fin al hombre excelente, y no al santo que inventamos para nuestro ego nacional. Quizás así nos será más fácil valorar sus grandes sacrificios y admirarlo más como patriota y como hombre.
Saber dónde está la verdad, a veces no es difícil, pero acceder a ella cuesta tiempo, y con frecuencia, también dinero. Muchos de los datos que aquí expuse, proceden de documentos de colecciones privadas y archivos cerrados al público, cuyas licencias de acceso no son baratas. Tampoco lo son las publicaciones que ya no están en circulación. Soy consciente de que no muchos cubanos de la Isla tienen los medios para enfrentar una investigación tan condicionada por el dinero y complicada por la falta de libertad. Por eso la he hecho yo.
Asumo entonces la veracidad de los hechos que narro, e insto a quienes me leen a profundizar en ellos y a ponerlos en valor, leyendo la bibliografía de referencia a que tengan acceso. 

José Francisco Martí Zayas-Bazán no fue un digno seguidor del ideal de su padre, porque manchó su legado y traicionó su memoria.

Y en justicia, así debe recordarlo la historia.


BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA

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Mirtha Luisa Acevedo y Fonseca; Bautismo en Soledad.
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Tania Díaz Castro; Los hijos anónimos de la historia de Cuba, Cubanet.
Eduardo Zayas-Bazán Loret de Mola; Carmen Zayas-Bazán, una vida trágica.
Iraida Calzadilla; Otro Pepe protagoniza esta historia, Blog Isla del Sur.
Luis Álvarez Álvarez y Gustavo Sed Nieves; El Camagüey en Martí, Editorial José Martí, 1997.
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Horacio Ferrer; Con el rifle al hombro, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2002.
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Wikipedia
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