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domingo, 14 de octubre de 2018

JOSÉ FRANCISCO MARTÍ ZAYAS-BAZÁN, EL HIJO INDIGNO DEL APÓSTOL (II)

JOSÉ FRANCISCO MARTÍ ZAYAS-BAZÁN, EL HIJO INDIGNO DEL APÓSTOL (II)



Por Carlos Ferrera


POR FIN, “ISMAELILLO”

«Hijo, espantado de todo me refugio en ti»
José Martí

En 1881, lejos de Carmen y de José Francisco, Martí escribe el libro en que sublima el amor que siente por su hijo. Lo titula con el apodo con que lo llamará desde entonces cariñosamente; “Ismaelillo”. 
Es un pequeño volumen que los emigrantes cubanos exiliados en Nueva York conocerán en 1882, impreso por los editores Thompson y Moreau; “Ya que nos quedamos por ahora con las ganas de ver a Pepito, es menester que venga Ismaelillo”, dice el Poeta.


A los cubanos nos resultan familiares y cercanas casi todas las frases de ese libro, y también dolorosamente tristes: «Hijo, espantado de todo me refugio en ti», «Hijo soy de mi hijo, él me rehace» «¡Tú flotas sobre todo, hijo del alma!». 
Y le llama “mi reyecillo”, “mi dueño", "mi despensero"... Martí bautiza a su vástago ausente con el nombre bíblico que quedará en el imaginario popular, casi como su verdadero nombre. Es un diminutivo poético y dulce que, poco a poco, le quedará demasiado grande al José Francisco adulto.

CARTAS Y REPROCHES

Mientras tanto, en Puerto Príncipe, sola y totalmente hundida, Carmen solicita a su padre la parte de la herencia de su madre que le corresponde desde tres años antes, "porque no tenía ni para zapatos del niño", le escribe a su marido. Pero Don Francisco se enfada ante ese requerimiento, que considera impertinente, y solo le da 40 pesos como única ayuda, para todo y para siempre. Entristecida e impotente ante la situación por la que está pasando, Carmen le cuenta lo ocurrido a Martí en otra carta:
“Viendo yo desde hacía tiempo por los insultos de mis hermanos que todo el motivo que tenían contra mí era que yo estaba en la casa sin deber, haciendo gastos, consulté a Azcárate sobre si podía pedir a papá, sin estar tú aquí, mi haber materno, pues no tenía ni para zapatos para el niño. (…) Fui a hablar con papá, que ha cedido en todo lo que Barrios ha querido en contra mía, me dijo que me viniera a vivir con mis tías porque yo no tenía derecho a estar en casa: entonces le dije si no lo tengo sí lo tengo al haber materno pues no tengo con qué vivir y hace ya tres años que usted debió dármelo y nunca lo he molestado. Gritó, dijo que no tenía un medio, que acabara con su fortuna, que lo quemara todo, que nunca debí hablarle de esto, que me cogiera una casa; acepté y entonces retrocedió y me dijo que solo podía darme 40 pesos papel ¡para vivir y todas mis necesidades como rédito de mi haber materno! Vivo en la calle Mayor 16 comiendo escasamente con tal de salvarle la leche a mi hijo (…) El pueblo está escandalizado (…) Aquí no se habla de otra cosa (…) los escándalos que se han dado en casa hoy son origen de todas las conversaciones”.
Casa familiar de los  Zayas-Bazán en Puerto Príncipe (Camagüey)
Resumiendo, la familia Zayas-Bazán, tanto su padre, como sus hermanos y ahora el cuñado español, no quieren más a Carmen en casa, por su enlace con Martí, ni a su hijo, por ser el fruto de ese amor. Para colmo, las relaciones de Carmen con sus suegros Doña Leonor y Don Mariano, los padres de Martí, que antes fluían con cordialidad, se han ido al traste después que ella lo ha abandonado y separado de su hijo. Quizás es ese el motivo que la impulsa a escribirle otra carta a Pepe cuando regresa de visitar a sus suegros en La Habana: "Me llevo la triste convicción de que tu familia no me querrá jamás; al niño sí lo quieren", y añade, "tengo sed de cariño, de ver solícitas a esas gentes que me quieren todavía viviendo y llorando conmigo... ¿Cuándo verás a tu hijo?".
Carmen, desesperada se ve obligada a huir de la casa familiar y pedir ayuda a sus tías Carmen e Isabel, que la acogen en su hogar. Pero ellas son también muy pobres y la situación económica de las tres mujeres y el niño se hace crítica. "Comía escasamente con tal de salvarle la leche a mi hijo", le dice a Martí en otra carta, y añade: "me han herido, me han injuriado, me han ofendido todos".
En otra carta que Manuela, hermana de Carmen, envía a Martí poco después, le cuenta que Carmen y el niño, que están viviendo con ella, “han llegado de La Habana muy delgados, y Carmen, de estar sin el calor del esposo, anda medio loca”.
Carmen, por su parte, le cuenta al padre de su hijo en sus siguientes cartas, que la aqueja un doloroso padecimiento de la cintura del que no quiere darle detalles, pero que “le resulta muy penoso e invalidante”. Los médicos le aconsejan que no viaje a reunirse con Martí, pues su estado de salud no le permitiría llegar muy lejos. También Leonor, la madre de Martí le dice en otra carta que su nuera, aunque joven, es ya una mujer muy enferma:
“(…) Creo que no debes precipitar su regreso hasta que estés enteramente tranquilo y tengas trabajo seguro, pues ella no es para penalidades. Aquí raro era el día que no necesitaba médico, y gracias a que lo tenía con facilidad, porque el de los fosos es buena persona y venía al momento que lo llamaba, esto no es echarte en cara su naturaleza débil, pero sí decirte que no es mujer para penalidades ni para vivir con pocos recursos y creo harás bien en dejarla descansar algunos meses…”
Carmen Zayas-Bazán e Hidalgo
En realidad, ya Martí no desea tanto la presencia de su esposa como la de su hijo. Tantas separaciones y tantas heridas han debilitado el amor que sentía por ella. La sigue queriendo como madre amantísima de su único vástago, pero alguien ya la ha sustituido en su corazón.

LA OTRA CARMEN

Cuando Martí se queda solo en Brooklyn, no puede asumir los gastos de una casa, porque ha perdido la mayor parte de sus empleos como traductor y articulista. Debe rehacer su vida personal y laboral, y recurre a la ayuda de un amigo que tiene una casa de huéspedes. Es su compañero de ideas políticas, y también el marido de la mujer que ha estado cortejando a espaldas de su esposa; el cubano Manuel Mantilla,  marido de Carmen Miyares.
Carmen Miyares de Mantilla
Manuel acoge a Martí en su casa, -no se sabe si en este momento, o desde antes-, ya enterado del idilio entre el poeta y su mujer. Pero en cualquier caso, decide echarle una mano al hombre que admira. Le permite incluso que no pague los primeros meses de alquiler, que no le cobrará nunca. Martí, sin embargo, no puede devolverle el favor con igual gratitud; se ha enamorado de su esposa.
La historia oficial ha sido tan pacata, tibia y mentirosa sobre este segmento de la vida del Apóstol, que apenas encontramos pasajes blancos y superficiales sobre este instante en los libros de texto. Para muestra, otra vez el libelo Ecured:
“Techo, comprensión, colaboración y abrigo encuentra en la casa de Manuel Mantilla y Carmen Miyares. El hogar de esta familia cubana identificada plenamente con las luchas de nuestra independencia resultará el ambiente propicio para desarrollar en silencio la obra redentora”.
Grandilocuencias patrióticas para esconder una verdad con tintes de tragedia. Ni una palabra sobre el intenso drama que se vivió entre aquellas cuatro paredes, mientras Carmen estaba en Cuba con su hijo: Un esposo cornudo que callaba y aceptaba el idilio de su inquilino y amigo con su mujer, ante sus propios ojos, y que hasta en ocasiones, llega a abandonar la casa “para dejarlos solos”. Un Martí confundido, pero apasionado, debatiéndose entre la lealtad a que obliga la amistad, y la pasión que sentía por la mujer de su benefactor. Una mujer loca de amor por el hombre que también admiraba como líder, y que no pudo reprimir una pasión amorosa y carnal por él, en presencia del padre de sus hijos. Un silencioso y silenciado melodrama, perversamente escamoteado por las moralinas del poder.
Martí con Manuel Mantilla Jr.,
hijo de Carmen Miyares
En el verano de 1881, Carmen Zayas-Bazán, envía otra carta durísima a Martí desde Puerto Príncipe, que muestra su tristeza y desesperación:
“He tenido a mi hijo atacado de una fiebre maligna que lo ha tenido privado de sentido días enteros (…) solo una cosa pedí a Dios, ¡que no solo él se fuera de esta vida, bastante falta le hace a mi alma el reposo de la eternidad” (…) Ojalá que allí halles lo que buscas, pero óyelo bien: nada estable conseguirás. Te estás matando por un ideal fantástico y estás descuidando sagrados deberes (…) Nunca se manchó ningún hombre por volver a su tierra esclava ante la necesidad urgentísima de vestir y dar de comer a su mujer y a su hijo, saber con qué curar sus enfermedades y enterrarlos si se mueren…”
Pero Martí está muy complicado en la preparación de la insurgencia. Son los días de sus contactos con Maceo y Gómez para elaborar las estrategias militares necesarias para la guerra que se avecina, y sus obligaciones le impiden escribir con frecuencia. También por eso disminuyen sus cartas a su familia en Cuba. Aun así, las pocas veces que empuña la pluma para comunicarse con Carmen, se le queja de no recibir noticias de Pepito.
Carmen muy enfadada le responde: “No tienes más noticias del niño porque no me parece natural que dejes meses enteros sin escribir”. Y no son solo Carmen y su hijo los únicos damnificados de las demoras postales del Apóstol. El 19 de agosto de 1881, su madre también le hace reproches muy duros por la falta de noticias. Doña Leonor escribe:
“Yo no sé qué pensar ya de ti ni de tu sano juicio, ya no sé qué palabras emplear para hacerte comprender cuanto me haces sufrir con tu abandono para escribirnos (…) no te cuidas de si vivimos o morimos en meses enteros, no contestas a ninguna carta por más que te lo suplique (…).La pluma se me cae de la mano, no sé ni lo que te escribo, ni si esta tendrá la misma suerte de las anteriores, así es que acabo aquí rogándote que si la lees no sea con la misma indiferencia como las demás (…) pues por trabajosa que sea tu vida no puede faltar un momento para evitar esta angustia en que haces vivir, o mejor dicho, morir a tu madre”.
En epístola a Martí del 21 de enero de 1882, Carmen le reprocha: “Solo te diré que una vez que acepté esta pobreza tuya y fui conforme con los riesgos que traía consigo, y Guatemala es testigo de lo que en ella sufrí, contenta de lo que después vino no lo he sido jamás, porque creo, sin duda equivocada a tu juicio, que no era hora de sacrificios ni frutos, ni justo ante ninguna conciencia prescindir de deberes que no podían cumplirse al mismo tiempo que ese otro ideal tuyo”.
Es imposible que, ante todas estas quejas, Martí no se sintiera culpable. Era un hombre honesto a pesar de sus taras de humano. Echa de menos a su hijo como nunca, y habla de él con todo el mundo, incluso cuando no se le pregunta. En 1882, en carta a su amigo americano Charles A. Dana le dice: “Mi hijo es mi sueño”, y aludiendo al libro que le ha dedicado, escribe orgulloso: “Es la novela de mis amores con mi hijo”. También a su amigo Agustín Aveledo ese mismo año le confiesa: “Yo no vendo este libro: es cosa del alma (…) pensando en mi hijo, se me llena el pecho de jazmines.”
Sin embargo, insisto, los historiadores siempre dibujan este amor paternal sin el más mínimo rastro de culpa. Esa cae siempre sobre los hombros de Carmen. Hasta el historiador y escritor Eduardo Zayas-Bazán, descendiente de la familia de Carmen, y a quien no profesé demasiadas simpatías, se sumó al carro de sus críticos más encarnizados, en pro de limpiar el honor del Poeta. En un artículo -a mi juicio muy parcial e injusto con su parienta lejana- titulado “Carmen Zayas-Bazán, una vida trágica”, escribe:
“En una carta fortísima (Carmen) lo acusa de cobarde: "Mucho más que tú tienen méritos esos hombres que lucharon y que hoy se rinden, no a un gobierno que combatieron sino a las necesidades de sus hijos no satisfechas… Sacrificar a todos y cantar purezas lejos del contagio, olvidando cuánto hay de más sagrado en la tierra, y más serio en la vida, ni es valor ni así se cumple con el deber". Martí le responde en una larga carta en la que le explica que no se puede exponer a perder su libertad en Cuba, que no hay garantías y sin ellas no debe emprender el viaje a la Isla. Y termina la carta abriendo su corazón herido: "Me dices que vaya; ¡si por morir al llegar, daría la vida! No tengo, pues, que violentarme para ir; sino para no ir. Si lo entiendes, está bien. Si no, ¿qué he de hacer yo? Que no lo estimas, ya lo sé. Pero no he de cometer la injusticia de pedirte que estimes una grandeza meramente espiritual, secreta e improductiva".
Sin embargo, aun entonces Carmen no renuncia al amor que sigue sintiendo por Pepe, ni a reunirse con él en el futuro. Permanece con sus tías y su hijo, malviviendo en Puerto Príncipe a la espera de tiempos mejores para su marido.
En tanto, Martí en Nueva York es incansable en su labor revolucionaria, pero es de justicia reconocer su esfuerzo por volver a traer a su hijo consigo. Por fin reúne dinero trabajando de vicecónsul de Uruguay, escribiendo artículos y haciendo traducciones para diferentes tabloides, donde por fin ha sido contratado. Finalmente, su situación económica mejora y puede alquilar una vivienda nueva en Brooklyn. Entonces pide a Carmen que vuelva a los Estados Unidos con Pepito.
En diciembre de 1882 Carmen y José Francisco regresan a Nueva York. La familia vuelve a estar unida. Pero tampoco esta segunda reunificación tendrá muy largo recorrido.
Vuelvo al texto de Eduardo Zayas-Bazán:
“Carmen era una mujer fuerte, exaltada, altiva y celosa que pretendía que Martí fuera no sólo un buen marido, sino que se dedicara a su hogar y al trabajo productivo. Ya antes de casarse, en una carta le había confesado a Martí: "Es cierto que desde que te vi te amé, pero también es cierto que desde que te conozco no he tenido un día de calma, pues los celos me matan…". Sin embargo, Martí era un hombre público que tenía deberes importantes que chocaban con las aspiraciones de Carmen. La falta de compenetración entre ellos continuó y Carmen decidió regresar a La Habana con Pepito en marzo de 1885”.
Eduardo Zayas-Bazán
Loret de Mola 

Siento un profundo desprecio por el tono machista y descaradamente chulesco del autor de estas líneas, que minimiza las infidelidades de Martí, naturalizará más tarde sus devaneos con Carmen Miyares, y presenta a Carmen Zayas-Bazán como una loca obnubilada por los celos que “exige” cosas que su marido no puede darle. Plantea la petición de la esposa del prócer como una “pretensión” exagerada, cuando era solo lo que cualquier mujer exigiría al hombre con quien se ha casado y tiene un hijo.

SEGUNDA SEPARACIÓN

A partir de entonces la comunicación postal entre Carmen y Pepe se endurece. El 13 de mayo de 1886 ya la grieta entre ambos es tan profunda que, a una petición de dinero para el niño que le hace Carmen desde Cuba, Martí responde dura y escuetamente que no puede cubrir sus carencias. Carlos Ripoll reproduce la respuesta de Carmen en su libro “La vida íntima y secreta de José Martí":
“Carmen, herida en lo más vivo de su dignidad, riposta:
Ante todo, deseo desde el mes que viene no recibir mesada ninguna. (…) cuando me casé con usted hasta de mis más pequeños gustos prescindí, y anulé de tal manera mi personalidad que cualquiera hubiera sospechado no era yo capaz de un pensamiento propio; lo que hice al principio con placer, llena del amor inmenso que le tenía, mi abnegación de madre me dio fuerzas para llevarlo a cabo después (yo solo busqué en el matrimonio la felicidad en un hogar modesto que según mi pensamiento debía haber bastado siempre a usted, como sin duda me bastó a mí, no es natural que cuando usted cambió tan presto y me abandonó a mis lágrimas y me dio una muerte civil espantosa dejándome sin posición fija en la sociedad, quisiera yo para consuelo en una desventura tan grande poder gastar unos cuantos pesos que recibirlos en esta extraña situación cuesta violencia suma. O usted nunca ha sabido quién soy u obra con mala fe manifiesta suponiéndome mezquindades que cuesta rubor hablar de ellas. No sé si es por mi padre o por mí que dice usted debía avergonzarnos admitir lo que usted envía con esfuerzo (…) ninguna ilusión me ha hecho lo que usted gane, pues, aunque fueran miles de pesos, yo no recibiría nunca dinero de un hombre que no es mi esposo sino por el lazo de mi hijo (…) sería mengua que yo aceptase su trabajo ofrecido a un lazo indisoluble por punto de honor y no por cariño: si he aceptado ha sido en nombre de mi hijo. Para nada necesito ese su horrendo sacrificio de vida que me ofrece ni que se juzgue usted esclavo mío: desde que supe que su alma no entendía la mía no me creo en el derecho de pedir nada y muy ofuscado debe andar su espíritu cuando me ha escrito esto. (…) quise venir, pues eran muchos los tormentos que en un país extraño sin amigos sin conocer el idioma y enferma sufría, a más de los que usted de diario me preparaba. (…) Puede usted siempre tenerme no respeto, pues de usted más que de nadie merezco admiración. De mi hijo esté tranquilo, en mi alma no caben miserias lo enseñaré a que lo ame siempre”.
Pero Martí sigue inmerso en su ardua labor revolucionaria, no tiene tiempo para responderle, apenas duerme ni come, lo absorbe la dura responsabilidad que ha aceptado al frente de la revolución. Entonces Carmen le envía otra carta el 30 de abril de 1887. Dice Ripoll:
“Carmen sigue viviendo expulsada de la casa paterna y sin abrigo financiero alguno, ella se le queja del olvido en que la tiene y le describe en términos verdaderamente desgarradores la miserable vida que lleva con Pepito en casa ajena, y el infierno en la Tierra que tales condiciones significaban para una mujer sola y enferma a cargo de un niño frágil”
Finalmente, el Poeta responde. La carta es larga y amorosa con su hijo, pero parca y escueta con la madre. Carmen le devuelve entonces, estas palabras:
“Al fin recibimos carta, fue tanto lo que padecí en espera de ella que cuando vino a mis manos no pudo quitarme las muchas tristezas que tenía en el alma. Solo te diré que en los últimos diez días perdí doce libras, de modo que todo lo que adelanto a fuerza de cuidados lo pierdo por un olvido que no tiene nombre tratándose de una situación como esta., pues desde enero no preguntas por el niño. (…) El retrato (del niño) irá pronto solo uno solo se sacará para ti porque no puedo más. (…) Cheché nos hace vivir tan afligidos que ni puertas ni ventanas se abren. Siempre imagina que la insultan y es tanta su desventura que a veces dice que son sus propias manos quienes le dicen cosas y se las quiere arrancar arrancándose la piel hasta que le corre sangre, y día y noche corre por la casa gritando espantosamente; es un espectáculo verdaderamente desgarrador; a veces los cuchillos, los palos, cualquier cosa coge y se la arroja a uno encima, a nuestro hijo le ha tirado mucho, aunque cuando se calma lo besa, pero desgraciadamente sus horas de calma van desapareciendo por completo. Los médicos me aconsejan que haga huir a mi hijo de este espectáculo (…) las niñas de Amalia no vienen por nada. Nada te puede pintar nuestra vida con este espectáculo que no tiene igual”.
Cheché era una de las hermanas de Carmen, tía de Pepito, que se volvió loca. Algunos biógrafos martianos, han llegado a describir escenas verdaderamente dantescas de este momento, como la de Cheché intentando degollar a su sobrino con un cuchillo de cocina, un hecho del que no he encontrado más descripción documentada que esta carta de Carmen, pero que menciona, por ejemplo, María Cristina Sánchez Herrera en el también azucarado artículo "José Francisco Martí Zayas Bazán, el hijo de José Martí, un hombre digno" (Contribuciones a las Ciencias Sociales, 2011).
Cuenta la historia oficial que “Ismaelillo” quedó marcado psíquicamente por este ambiente hostil en su familia materna, y yo suscribo esta idea, porque su comportamiento de adulto fue totalmente psicótico, vengativo y cruel. Pero aún tiene 10 años y es un niño sin padre y con una madre enferma y sola.

JOSÉ FRANCISCO MARTÍ

"Si desaparezco en el camino, recibirás con esta carta la leontina que usó en vida tu padre. Adiós. Sé justo”
José Martí

Mientras tanto, Pepito crece en Cuba. El niño deja atrás los dulces diminutivos de su primera infancia, para empezar a ser llamado José Francisco Martí en su etapa escolar.
Y he aquí otra página de su biografía velada por la historia republicana y después por la castrista. Ninguna de las dos explica claramente cómo y por qué, en medio de tanta pobreza, José Francisco consigue cursar sus primeros estudios en el prestigioso Colegio Escolapio San Calasancio, ubicado entonces en la Calle Luaces 2, hoy sede de Escuela Provincial de Deportes (ESPA) y de la Clínica Estomatológica Cerro Pelado de Camagüey. Y no lo explican, porque es Don Francisco, su abuelo, el “malvado oficial” de esta historia, quien invierte la herencia de su abuela que antes le negó a su hija, en los estudios de su nieto. Los mejores que podía tener un niño de provincias.
El 30 de septiembre de 1889, con 11 años de edad, José Francisco Martí Zayas-Bazán ingresa con el expediente N°1201 en el Instituto de Segunda Enseñanza en la Escuelas Pías de Puerto Príncipe, en la antigua Plaza de San Francisco de Asís, hoy Plaza de la Juventud de Camagüey. Sus notas se conservan aun en el Archivo Histórico Provincial, y hay constancia de sus prácticas deportivas como torpedero de béisbol en un terreno ubicado en el interior de la carrilera del antiguo Hipódromo, cercano a lo que es ahora la Plaza de la Revolución Mayor General Ignacio Agramonte y Loynaz.
En su libro “Memorias de la guerra”, Enrique Loynaz del Castillo escribió que para la Pascua de 1892, organizó un paseo por la Sierra de Cubitas y a las cuevas del mismo nombre y que dentro de las dos docenas de jóvenes que lo acompañaron estaba José Francisco, con 14 años. Carmen, la madre, se lo había confiado, según el autor, “creyendo que era yo el más juicioso de los concurrentes al paseo”
Loynaz cuenta la anécdota con el hijo de Martí:
“Era un muchacho impetuoso, dispuesto a la aventura revolucionaria. En el profundo lago existente bajo las cuevas se había lanzado al agua antes de que yo pudiera evitarlo y no me quedó más remedio que tirarme al agua en su busca. Con anterioridad, de paso por la ciudad, ataviados los jóvenes de uniformes de dril crudo y sombreros de yarey, revólver en el bolsillo y machete al cinto, se detuvieron en establecimientos e increíblemente al transitar frente al cuartel de caballería Hernán Cortés, uno de los muchachos sacó una corneta e hizo vibrar el mágico toque insurrecto de a degüello. Era la primera vez que en mis oídos resonaba la invocación metálica que enardeció las cargas fulminantes de Agramonte”.
En el colegio San Calasancio, José Francisco recibe una educación pro españolista y directamente enfrentada a los ideales de su padre. Pero durante todo este tiempo, su madre no ha dejado un segundo de hablarle de Martí y de sus luchas, lejos de ponerlo en su contra. Carmen en ese aspecto es un ejemplo de honestidad y amor, y pocas veces se le ha reconocido.

TERCERA SEPARACIÓN

El 30 de julio de 1891, Carmen viaja con Pepito, que ya es un espigado jovencito de 13 años, de nuevo a Nueva York. Es su último intento por recuperar el amor de su marido, y de que su hijo vuelva a ver a su padre. Pero al llegar, Carmen confirma lo que hace tantos años había llegado a sus oídos, y se resistía a creer. Dice su pariente Eduardo Zayas-Bazán:
“Habían pasado seis años separados y ya era demasiado tarde para el matrimonio. Martí entonces tenía una relación amorosa con Carmita Miyares. Y algo le habrán comentado sus amigas o quizás lo leyó en los Versos Sencillos…”
En efecto, Carmen se entera de que Pepe y la Miyares están juntos y conviviendo bajo el mismo techo. Y –como aventura Eduardo Zayas-Bazán–, había tenido que tragarse estos versos escritos por su todavía esposo:

Mi amor del aire se azora:
Eva es rubia, falsa es Eva:
viene una nube, y se lleva
mi amor que gime y que llora.

Se lleva mi amor que llora
esa nube que se va:
Eva me ha sido traidora:
¡Eva me consolará!

El poeta reconoce en el poema, por fin, haber encontrado a otra mujer que se llama igual que la suya, y que compensa las carencias de su matrimonio. Era finalmente cierto que había vivido -y continuaba- un turbio idilio con Carmen Miyares, una historia de larga data que había empezado en 1880, antes de que Carmen Zayas-Bazán pisara New York por primera vez.
Al asunto ya de por sí humillante para la esposa del prócer, se añadían los rumores de que su marido era el padre de María Mantilla, la hija de la Miyares. Entonces Carmen Zayas-Bazán llega al límite de sus fuerzas, y decide marcharse para siempre.
El regreso definitivo de Carmen a Cuba, que Eduardo Zayas-Bazán describe como un arrebato caprichoso de mujer despechada, es en realidad una tragedia lacerante de una esposa abandonada y engañada por el padre de su hijo. Desvalida, sin apoyos ni amigos, desamada y sola también de espíritu, en marzo de 1885 Carmen suplica a un amigo de Martí, el periodista Enrique Trujillo, propietario del diario “El Porvenir”, que la ayude a regresar a Cuba con Pepito.
Trujillo, al principio duda, por la amistad que lo une al Poeta, pero Carmen insiste con tanta vehemencia, y está tan triste y desesperada, que al fin Trujillo se compadece y la acompaña a solicitar amparo y protección al consulado español. Carmen consigue un pasaporte que le proporciona el cónsul “sin el consentimiento de su esposo”, apunta otra vez en tono muy machista, Eduardo Zayas-Bazán.
Debo apostillar aquí que, no solo Eduardo y muchos otros historiadores cubanos han minimizado –y continúan haciéndolo–, la responsabilidad de Martí en la separación y abandono de Carmen. La literatura castrista también culpa a la esposa del prócer, y cuenta este segmento de la historia menospreciando y culpando a Trujillo, e incluso suponiendo intereses políticos espurios en esta ayuda a la mujer de su amigo. Dice Ecured, haciendo gala de un reduccionismo descarado:
“En abril, arriban a Nueva York Carmen Zayas-Bazán junto a su hijo José Francisco. Cuatro meses más tarde, de manera sorpresiva e inusual y en estrecha relación con Enrique Trujillo, solicita, a través de este, al Consulado Español en esa ciudad, despacharan sus pasaportes con la mayor urgencia posible hacia La Habana. La noticia, la forma oculta de los hechos y el desleal servicio del periodista y propietario de El Porvenir, conmueven al Maestro, quien jamás los volverá a ver y le retira su amistad al indigno compañero.”
No hace falta perder tiempo en analizar esta descripción sesgada de los hechos, porque es a todas luces benévola con el Apóstol y condenatoria con Carmen y con Trujillo, al que por cierto, Martí pidió varias veces dinero prestado para sobrevivir en sus peores momentos en Nueva York. De hecho, es totalmente incierto que Martí “retirara” su amistad a Trujillo; otra vez ocurría lo contrario, según Mañach, fue el periodista quien nunca más dirigió la palabra al Poeta.
Carmen regresa con su hijo al martirio familiar de Puerto Príncipe, que sin embargo, prefiere, a la soledad marital y al engaño que ha sufrido en el frío Brooklyn.
Esta última separación será definitiva: los esposos no volverán a unirse más, dice Ripoll, “pues Martí se trasmuta en antorcha que intenta alimentar hasta sus últimas consecuencias el fuego de la guerra necesaria. Pero Carmen, ya desamada, sustituida por otra Carmen en el corazón de su esposo y olvidada para siempre, daría aún dos vivas muestras de que su amor por Martí seguía intacto, y que a pesar de todo ella continuaba considerándose su mujer legítima”.
María García Granados,
La Niña de Guatemala
Sin embargo, aun estando con Carmen Miyares, Martí admitió que ni esta Carmen, ni la otra, fueron los grandes amores de su vida, a pesar de que su adulador biógrafo Eduardo Zayas-Bazán, insistiera inútilmente en que su parienta lejana fue la mujer que más amó el Poeta. Otro biógrafo, más y mejor enterado del tema, Ciro Bianchi Ross, da las claves de quién fue la fémina que ocupó ese lugar:
Martí volverá a evocar a María (La Niña de Guatemala) en agosto de 1891, cuando Carmen lo abandona en Nueva York y regresa a Cuba con su hijo. Humillado y colérico, diría, y lamento no tener a mano la cita exacta: “Y pensar que por Carmen sacrifiqué a la pobrecita…”
Hay poco que agregar. Quizás, que Carmen, fiel a sí misma y a la palabra que le dio a su marido, se abstuvo siempre de hablar mal a José Francisco de su padre. Por el contrario, no dejó de alimentar en él, el cariño y el recuerdo del hombre que lo engendró. En lo adelante le enviará a Martí regularmente noticias sobre cómo va creciendo, sus aficiones, cualidades y gustos. Hará incluso grandes esfuerzos, -a pesar de su pobreza-, para pagar fotos de daguerrotipo, de las que apenas podía permitirse una única copia, que le mandaba a Martí para que viera cuán sano y hermoso crecía su hijo en Cuba.
En 1892, un Martí solo y entristecido escribe en el periódico Patria: “Un hijo es el mayor premio que un hombre puede recibir sobre la tierra… un hijo es el corazón”. Pero se guarda su último consejo de padre para la última carta que escribe a José Francisco el 1 de abril de 1895 desde Montecristi, República Dominicana, a punto de embarcarse para Cuba para incorporarse a la guerra. Es una desgarradora pero severa epístola que José Francisco no leerá hasta varios meses más tarde:
“Hijo: Esta noche salgo para Cuba: salgo sin ti, cuando debieras estar a mi lado. Al salir, pienso en ti. Si desaparezco en el camino, recibirás con esta carta la leontina que usó en vida tu padre. Adiós, sé justo. Tu José Martí”.
Carmen Zatas-Bazán y
José Francisco Martí a los 17 años
Un mes y unos días más tarde, el 19 de mayo de 1895, Martí muere en Dos Ríos bajo fuego español, sobre su caballo Baconao. Su hijo, con 17 años, recibirá en herencia la leontina y la bestia que su padre cabalgó, legado que, sin embargo, le resultará exiguo. 
Intentará emularlo como hombre de guerra, y de hecho, conseguirá superarlo como militar, pero se alejará poco a poco de su ejemplo humanista y de sus limpios ideales patrióticos, hasta convertirse en lo contrario de lo que fue el hombre que lo trajo al mundo.
E incumpliendo el último de sus consejos, no será un hombre justo jamás.



oOo

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JOSÉ FRANCISCO MARTÍ ZAYAS-BAZÁN, EL HIJO INDIGNO DEL APÓSTOL (III)

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Por Carlos Ferrera


UNA HERENCIA INSUFICIENTE

“Soy hijo y todo lo suyo me es sagrado…”
José Francisco Martí

En el verano de 1894, unos meses antes de su caída en Dos Ríos, José Martí dispuso desde su exilio en New York, el traspaso de su pequeño patrimonio monetario a su hijo, quizás previendo su posible muerte en la manigua cubana, a donde había previsto partir en la primavera del año entrante.
Con ese legado, Carmen y José Francisco –“Pepi” para su madre–, abandonan para siempre Puerto Príncipe, y el joven, recién recibido de Bachiller en Ciencias y Letras, puede costearse la matrícula en la Universidad de La Habana, donde comienza a cursar una licenciatura en Derecho Civil. En la capital, madre e hijo alquilan una pequeña vivienda en la calle Zulueta No. 3.
Unos días después del fallecimiento del Apóstol en combate, Carmen y su hijo se enteran de la triste noticia a través de comentarios callejeros de la soldadesca española.
Desolada y triste, Carmen comienza a hacer gestiones para recuperar el cadáver del padre de su hijo, con el objeto de enterrarlo en el panteón de la familia Zayas-Bazán del cementerio de esa ciudad. A tal efecto, solicita la entrega del cuerpo al General José Arderius, que fungía como Gobernador provisional de la Isla en sustitución de Emilio Calleja Isasi. Pero Arderius desestima su petición.
Sin otra instancia a la que acudir, Carmen decide enviar una carta abierta a las autoridades españolas utilizando el periódico “La Lucha” a cuyo director se dirige en estos términos:

“La Habana, el 23 de mayo de 1895:
Sr. Director de La Lucha. Muy señor mío:

Ya que aparece en ese periódico la solicitud de una conferencia que pretendí con el señor General Arderíus, acto que suponía esencialmente privado, ruego a usted publique también que lo que me proponía obtener de aquella autoridad, era que se nos facilitara, a mi hijo y a mí, el modo de conseguir el cadáver de mi marido, para hacerlo enterrar en el panteón de mi familia, y quedo a sus órdenes, s.s.q.b.s.m.,
Carmen Z. de Martí”

Pero el gobierno colonial sigue desoyendo su reclamo, y entonces, en septiembre de ese mismo año, y haciendo un gran esfuerzo económico, Carmen viaja con José Francisco a New York, para recoger las pertenencias de Martí, en poder de su amigo y albacea Gonzalo de Quesada y Aróstegui.
José Martí, Gonzalo de Quesada
y su esposa Angelina Miranda,
Nueva York, 1893
El patriota le entrega, cumpliendo la última voluntad de Martí, algunos cuadros, artículos personales y unos cuantos textos de la autoría del Poeta, que ha legado a su hijo. No así su obra literaria completa, que Martí ha dejado en custodia de Quesada, como legado póstumo a su patria. Esta decisión de Martí es aceptada por Carmen, pero muy mal recibida por su hijo.
Entre los biógrafos de José Francisco Martí, ha habido siempre un interés, a todas luces intencionado, de edulcorar con florituras patrióticas y sentimentales las motivaciones que tuvo Pepito para hacer este viaje. Era ya un espigado, inquieto e inteligente jovencito de 16 años, que la historia oficial presenta a partir de entonces como digno y constante seguidor de los ideales de su progenitor. Y en realidad, es cierto que siguió los pasos de su padre con gran constancia, pero no con iguales objetivos, como se ha dado a entender después.
Aunque Carmen no dejó nunca morir el recuerdo de Martí en la memoria de su hijo, sus loables intenciones fueron siempre enfrentadas –e intoxicadas– por la influencia de su propia familia, junto a la que José Francisco creció. Fue inevitable que, en su educación, ideología y pensamiento político, también quedaran huellas profundas de su abuelo Don Francisco Zayas-Bazán, un acérrimo enemigo de la lucha libertaria cubana. Pepito debía –y tenía– que escucharlo, aunque solo fuera por la gratitud debida, al haber costeado él sus estudios medios, y también a sus tíos maternos, algunos de ellos muy vinculados al gobierno colonial español. Y ya veremos cómo, finalmente, sus acciones de adulto concuerdan más con las ideas de su abuelo, que con las de su padre. 

Carmen pudo hacer más bien poco, a pesar de su esfuerzo; apenas retirarle a su Pepito un reloj que le obsequió su abuelo, grabado con los símbolos de España en la tapa posterior, por respeto a la memoria de su marido.
La lejanía física de la figura paterna fue un hándicap en la formación de José Francisco: juntando todos los pequeños segmentos de tiempo en que vivieron bajo el mismo techo, Martí solo disfrutó de la compañía de su hijo durante 4 años y 10 meses, de los 16 años que tenía el joven cuando él murió. Martí estuvo lejos de José Francisco durante más de 11 años, y en realidad nunca existió ese vínculo entre ellos, que la posteridad ha encumbrado como ejemplo máximo de amor filial. Lo fue realmente, pero en una sola dirección: Martí adoró a su hijo, casi siempre desde lejos, y José Francisco simplemente echó de menos a su padre, porque creció alejado de él y huérfano de sus enseñanzas. Él mismo reconoció después que leyó sus libros, ya en la madurez.
En la primera edición cubana de “Martí el Apóstol” de Jorge Mañach, hay un pasaje que ha sido eliminado en posteriores ediciones. Al rememorar el legado de Martí a su amado vástago, Mañach escribe: “(…) Pero José Francisco, quizás tenía un interés más de pecunio que de corazón, cuando viajó a New York a tomar posesión del legado de su padre…” una frase arrancada de cuajo en todas las ediciones posteriores, “revisadas” por otros escritores republicanos y castristas. Sin embargo, no todos los historiadores o biógrafo del hijo del Apóstol pasaron por alto las incómodas palabras de Mañach.
Tanto Sylvia Molloy como Domingo Sánchez-Eppler, analistas de solera de la vida y obra de José Martí y –tangencialmente–  de la de su hijo, coinciden en ver un móvil económico en el interés de Pepito por conocer los detalles de la herencia que había dejado su padre en los Estados Unidos. A ambos debe haberles intrigado una carta que el jovencito envió al amigo de su padre, Gonzalo de Quesada, después de su muerte en combate. En ella le pide con sospechosa sinceridad:
“Soy (su) hijo y todo lo suyo me es sagrado… dime qué disposiciones dejó por si acaso no volvía de una expedición que jamás debió haber hecho”.
En épocas más contemporáneas, la historiadora y periodista Tania Díaz Castro, reflexiona sobre este particular en su artículo “Los hijos anónimos de la historia de Cuba”:
“A la muerte del Apóstol, su hijo José Francisco, de 16 años, salió corriendo hacia Estados Unidos en compañía de su madre, argumentando que iba en busca del legado sentimental del padre. Pensaba, como pensaron otros, que Martí se había hecho rico por su excelente labor periodística, sus cargos diplomáticos y la publicación de sus libros. El héroe caído en combate sólo dejaba a su tan amado hijo, nombrado por todos Pepito, una vieja cadena de reloj de chaleco y no su obra completa, dedicada por entero a su Patria, ya en manos de su gran amigo y albacea, Gonzalo de Quesada Aróstegui (…) Aun así nos pudiéramos preguntar: ¿A lo largo de su vida, vivió Pepito acorde con los “misteriosos” ideales de su padre, o siempre se mantuvo firme en no querer compartir su patrimonio con quienes le habían robado la felicidad de su hogar —nada menos que los patriotas que luchaban por la libertad de Cuba—, como puso de razón para exigir toda la obra martiana, divulgada por el mundo gracias al cuidado del gran amigo?”
Curiosa reflexión. Pero a pesar de dejar claras las no tan nobles intenciones del joven Martí con respecto a la herencia de su progenitor, Tania peca de lo mismo que casi todos los que escribieron y escriben sobre el Poeta; prefiere guardar silencio antes de decir lo que sabe y piensa de su hijo. Confiesa:
“(…) Pero José Francisco o Pepito, vaya usted a saber por qué, tampoco tuvo suerte bajo el régimen castrista. Sigue siendo poco conocido. Las razones de Fidel y Raúl las desconozco. Las mías, como una simple periodista que soy, me las reservo por respeto y admiración al padre”.
Mal. Con decisiones literarias sesgadas como las de Tania –una periodista que sin embargo admiro profundamente–, solo se consigue escamotear la verdad para otra generación de lectores, por absurda conmiseración y pacata deferencia con el Poeta. No es esa la función de los que escriben sobre la historia, sino justamente lo contrario. No deben tenerse en cuenta las simpatías, la condescendencia y las moralinas, como sustitutas de la verdad, por incómoda que sea.

JOSÉ FRANCISCO, 
SOLDADO DE LA PATRIA

No puedo –creo que nadie puede– asegurar qué pasaba por la cabeza de José Francisco en New York en 1895, teniendo en cuenta lo poco honesto que hasta ahora se nos revela de su personalidad. Pero es muy sintomático que consiguiera convencer a su madre de no volver a la Isla y abandonar los estudios de Derecho que había comenzado allí, para –supuestamente– prepararse para ingresar en una universidad norteamericana. Con esa intención, se establecen en la localidad de Far Rockaway, estado de Nueva Jersey. Carmen pone a su hijo bajo la tutela del doctor espirituano Manuel de Jesús Coroalles Pina, para que guíe sus estudios preparatorios con vistas a que ingrese en la universidad de Troy.
Según la Historiadora de la Ciudad de Sancti Spititus, María Antonieta “Ñeñeca” Jiménez Margolles, el Dr. Coroalles había sido un gran colaborador y amigo del Apóstol. Nacido en Sancti Spiritus y titulado en Medicina y Cirugía en 1864, tuvo una larga trayectoria patriótica en la Isla y en varios países latinoamericanos. Terminó por radicarse en la ciudad portuaria de Colón, en Panamá, donde ayudó a muchos cubanos que llegaron allí como Maceo, Gómez y Martí, al que conoció en una reunión libertaria en la casa del también patriota Francisco Morales. 
Casa del dr Manuel Coroalles derribada en 1972
hoy Plaza de la Fundación de Sancti Spíritus.
A Coroalles le llamó la atención el anillo que tenía el Apóstol hecho con metal de los grilletes que le pusieron en presidio y grabado con la palabra “Cuba”. Pero sobre todo se interesó por su salud cuando, escuchando allí unas palabras que Martí pronunciaba de pie, reparó en que éste apretaba su bombín entre las manos y tuvo que sentarse adolorido por la herida inguinal que le causó el grillete carcelario. 
La historia de la amistad de Martí con Coroalles es larga y sorprendente, imposible de reproducir aquí por razones de espacio, así que la resumo en una frase de las tantas que dijo y escribió sobre el Poeta; “A este hombre no se le puede decir que no”.
Y años después, residiendo en New York, tampoco le dijo que no a su viuda, y aceptó servir de preceptor al hijo de su amigo. Pero su función fue corta y estéril, porque en 1897 y en contra de sus deseos y de los de Carmen, José Francisco Martí Zayas-Bazán cambia repentinamente de idea y decide unirse al Ejército Libertador. 
He leído por ahí en algún artículo que José Francisco “huyó cariñosamente de los cuidados de Coroalles”. Absurda y ridícula forma de describir el modo intempestivo en que Pepito “se la dejó en la mano” a su preceptor.
Imaginen a Carmen en ese instante, después de haber sufrido la pérdida del amor de su vida por causa de su pasión libertaria, otra vez abocada a pasar por el mismo dolor con su otro amor; su hijo, que aparentemente también priorizaba a la Patria antes que a ella. Y esta vez es peor, porque Carmen se queda totalmente sola.
Sin embargo, está en duda el motor que puso en marcha esta decisión de Pepito, por más que en todas partes se ha ponderado una y mil veces su sentimiento “patrio” al marcharse a la manigua para emular al hombre que lo trajo al mundo. 
Era un chico arrojado y valiente, eso está fuera de toda duda, pero también ambicioso y trepa, como veremos más tarde.
Si retrocedemos un par de meses atrás antes de su partida al campo de batalla, encontraremos otra misiva que escribió a Gonzalo de Quesada el 4 de junio de 1895 cuando supo que su padre había muerto:
“Querido amigo: es verdad que mi padre ha muerto (…) mi amor de hijo se resiste a creerlo (…) mi pensamiento no puede apartarse de ese dolor. Tengo 16 años, pero las energías todas de mi alma están despiertas para llorar a mi padre como hijo y como cubano”.
Esta carta, que suele presentarse como prueba de que los ideales de Pepito ya eran entonces seguir el camino de la gloria y la honra de su padre, y morir en la manigua junto a los hombres que lo conocieron, en realidad no prueba nada. Es solo un vanidoso intento de posicionarse en la alta jerarquía mambisa, utilizando su vínculo filial con el jefe de la revolución.
En carta a Manuel Mercado, el mejor amigo del Apóstol, el 12 de octubre de 1896, Carmen Zayas-Bazán le escribe al mexicano:
“Pepe hace un año que lucha entre los deseos de irse a la guerra y el dolor en que quedaré yo sumida (…) aquí pensé hacerlo un ingeniero (…) he querido con mis lágrimas que mi hijo olvidara su deseo (…) pero me he convencido que no ha olvidado su ideal…”
Pobre Carmen. Pero Pepito no hizo caso del llanto de su madre, ni de los consejos de los dirigentes del Partido Revolucionario Cubano, amigos de su padre, que lo conminaban a no moverse de los Estados Unidos, para que terminara su carrera y se labrara un porvenir. José Francisco escapa un día de la vigilancia de Coroalles, y se presenta en la vivienda del Dr. Raimundo Menocal, otro influyente patriota en el exilio. 
Cito aquí otra vez a María Cristina Sánchez Herrera, otra historiadora que aplaude a la revolución cubana, en su artículo “José Francisco Martí Zayas-Bazán, el hijo de Martí, un hombre digno”. Dice Sánchez:
“Raimundo Menocal, comprende su justa decisión y le facilita pueda embarcar en la primera expedición rumbo a Cuba. (…) La expedición llega hasta Oriente. Por circunstancias de la propia guerra no pudo encontrarse con el generalísimo Máximo Gómez a quien su madre lo había recomendado, se une a las tropas del lugarteniente General Calixto García Iñiguez, como simple soldado…”.
¿Justa decisión? Otra gratuita flor lanzada al hijo del Poeta, de las muchas que recibirá en lo adelante.
En efecto, el 27 de febrero de 1897 sale de una expedición del puerto de Brooklyn, comandada por Carlos Roloff y Enrique Núñez, oficiales del Ejército Libertador, y con José Francisco entre los expedicionarios.

LA GLORIA DESEADA

Pepito llega a Cuba y se incorpora al Ejército Libertador el 21 de marzo de 1897, en el Departamento Oriental, como el soldado número 35811, a las órdenes del general Calixto García Íñiguez, y allí estará hasta el final de la guerra. Ya en la manigua cubana, recibe el caballo Baconao que montaba su padre cuando encontró la muerte.
El brigadier Carlos García Vélez, hijo de Calixto, asegura que a su llegada, Pepito Martí traía una carta dirigida a su padre por Carmen Zayas Bazán: “(…) Le mando todo lo que tengo y que más amo, mi hijo. Hágamelo un hombre”. Calixto lo nombra su ayudante de campo y estará atento a él en lo adelante, como mismo hará con su propio hijo.
Calixto fue el maestro de José Francisco en cuestiones militares, y de él el joven aprendió todo lo necesario en cuanto a estrategias del combate. Entra a servir en el Cuerpo de Artillería como oficial dinamitero, aprendiendo a utilizar el peligroso cañón neumático conocido como Silver Du Dley, que lanzaba bombas cargadas de dinamita, pero exponía demasiado a sus operadores al requerir de una colocación a muy corta distancia del arma en la línea de fuego.
Sería deshonesto de mi parte negar los actos heroicos de José Francisco en la contienda armada de nuestra última guerra, y desmerecería la veracidad del resto de mi relato. Debo reconocer que el hijo de Martí fue un soldado arrojado y valiente, y lo demostró en el campo de batalla. Uno de sus superiores y compañero de armas, el coronel Horacio Ferrer, en su diario de guerra, narra en estos términos la toma de Las Tunas en agosto de 1897:
“Los tenientes José Martí, Juan Miguel Portuondo y Francisco Sedano, tres heroicos muchachos improvisados artilleros, les enfilaron [a los soldados españoles] el cañón de dinamita, colocándoles una bomba en el sitio preciso para desmontar la pieza enemiga y acabar prácticamente con sus servidores. Manuel Portuondo, jefe de esa pieza, resulta herido de muerte al cargar el cañón, y Pepe Martí ocupa su lugar, carga el arma y hace volar por el aire al polvorín español...”
Ese día, como resultado de esta acción bélica, José Francisco quedó sordo (de cañón) para el resto de su vida, pero su comportamiento le valió el ascenso al rango de teniente el 30 de agosto de 1897, con un nombramiento escrito de puño y letra por el general Calixto García, “por su heroico comportamiento sirviendo en el cañón, en la toma de la ciudad Tunas de Bayamo”.
En virtud de realzar su figura como “digno heredero de su padre” se han escrito ríos de tinta que describen con gran prolijidad las heroicas acciones militares de José Francisco durante su participación en la guerra. Fueron apenas dos años de los 67 que vivió, pero en los relatos oficiales parece que se hubiera pasado toda la vida en la manigua. En cualquier caso, considero este, como el único segmento realmente aplaudible de su vida. No es necesario, por tanto, que me prodigue en detalles sobre esta parte de su biografía; que se puede encontrar fácilmente en la red.
Lo que sí está claro es que José Francisco consiguió en cierta forma la relevancia que buscaba al incorporarse a la lucha armada. Se había propuesto y conseguido ser reconocido por sus propias obras y no por las de su padre, aunque en el futuro no pararía de utilizar su apellido. Además de la contienda de Las Tunas donde perdió la audición, había sido artillero en la batalla de Guisa; en el sitio de Santiago de Cuba; en la toma de El Guamo; en el combate de Las Auras y en muchos otros conflictos armados. Por sus méritos en el campo de batalla fue merecedor de los grados de alférez el 22 de abril de 1897, de teniente el 30 de agosto del mismo año, y finalmente fue ascendido a Capitán del Ejército Libertador, ya en tiempos de paz, el 10 de febrero de 1899, habiéndosele reconocido la antigüedad en el cargo, desde el 18 de agosto de 1898.

REGRESO A LA PATRIA LIBRE

Así se licenció el hijo del Apóstol, el 24 de agosto de 1898, con palmaditas en la espalda, a la semana siguiente de haber sido nombrado capitán. Y ese mismo año, su antiguo jefe le confía su última misión; Calixto García le ordena volver a New York, acompañado por el teniente Bernardo Figueredo, para transmitirle órdenes secretas a Don Tomás Estrada Palma, que estaba allí a la espera de instrucciones de los mandos del Ejército Mambí. Se diseñaba el gobierno de la primera República en libertad, y Estrada Palma era ya uno de los más fuertes candidatos a ocupar la presidencia de la nueva Cuba. El hijo de Martí sería el encargado de transmitirle sus últimas instrucciones.
Don Tomás Estrada Palma
De cierta forma, la casualidad hizo que el hijo del mejor patriota cubano y mayor exponente del pensamiento libertario, fuera el responsable de abrir el camino a la patria libre al que sería el primero de sus presidentes, una coincidencia de la que José Francisco se vanaglorió desde entonces.
Rebosante de orgullo desembarca en New York, con 20 años, el 8 de septiembre de 1898, para reencontrarse con la sufrida Carmen, que casi enloquece de alegría al verlo, “vivo, fuerte, ya hecho un hombre, hermosísimo como no he conocido a otro hombre jamás…”, le escribirá a su hermana Manuela ese mismo día.
A finales del año 1898, Carmen Zayas-Bazán baja orgullosa de un barco, del brazo de un hombre, en el habanero Muelle de La Machina. Su acompañante, de riguroso uniforme militar de gala, es su único hijo, el Capitán del Ejército Don José Francisco Martí Zayas-Bazán, e hijo del mártir líder de la Insurgencia Cubana, José Martí. La imagen de la pareja será desde entonces recurrente en los eventos sociales de La Habana.
No he podido documentarme sobre los detalles de su llegada, pero se sabe que, desde esos primeros días de libertad y hasta el 20 de mayo de 1902, -fecha en que se proclamó la Independencia de la Isla-, era usual recibir con honores, fastos y bandas de música, a los patriotas que regresaban del exilio. Imagino, pues, que José Francisco y su madre recibieron un agasajo institucional y popular, por lo menos notable.
Sin embargo, en principio, todo este esfuerzo por trascender como militar y figura distinguida de la futura primera república, al hijo del Apóstol le servirá de poco. Rápidamente será olvidado por los jefes de la revolución, molestos con su carácter autosuficiente, su vanidad exacerbada y sus manías de grandeza.
José Francisco tendrá que hacer más cosas para ser considerado un héroe distinguido. Y esta vez, le valdrán de poco sus méritos de guerra. Tendrá que protagonizar una de las más vergonzantes páginas de odio racista de nuestra historia. Y también encontrar a una mujer rica que le conceda un sitio en la burguesía cubana, por matrimonio. La millonaria oriental Teté Bances, aún no lo sabe, pero será ella. Y sufrirá por eso.
María Teresa "Teté" Bances

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