martes, 14 de agosto de 2018

JOSÉ GÓMEZ SICRE, EL CURADOR QUE PUSO EN EL MAPA A LOS PINTORES MODERNOS CUBANOS

JOSÉ GÓMEZ SICRE, EL CURADOR QUE PUSO EN EL MAPA A LOS PINTORES MODERNOS CUBANOS



Leo en una noticia reciente que el Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba, ha cancelado de forma indefinida y sin dar explicaciones, la exposición de homenaje al crítico cubano de arte José Gómez Sicre. Estaba también prevista la edición de un catálogo a cargo de la Fundación Arte Cubano, cuya impresión también ha sido suspendida por las autoridades cubanas.
No se ha dicho por qué, pero probablemente la razón de ese paso atrás esté relacionada con el hecho de que Gómez Sicre fue jefe de la sección de Artes Visuales de la Unión Panamericana adscrita a la OEA entre 1946 y 1981. Cuba fue expulsada de ese organismo en 1962, y aunque en 2009 se derogó esa suspensión, Raúl Castro rechazó la posibilidad de regresar a ese cónclave regional.
La exposición sobre Gómez Sicre en La Habana habría estado precedida por un simposio, auspiciado por la OEA, que se celebró el 15 de septiembre en Washington para conmemorar el centenario del nacimiento del crítico. Alejandro Anreus, catedrático de historia de arte y estudios Latinoamericanos en la William Paterson University de Nueva Jersey, había elaborado un texto sobre la figura de Gómez Sicre que iba a publicarse como parte del catálogo de la exposición.
Juan Jose Sicre, J. Almengor y Antonio Gattorno en Florencia, 1924
Según el propio Anreus “la cancelación de la muestra quizás tenga que ver con el hecho de que Gómez Sicre era un funcionario de la OEA y que esta organización tiene una posición bastante agresiva respecto a los gobiernos de Cuba y Venezuela".
Pero Gómez Sicre no tuvo una actitud especialmente enfrentada contra el régimen de La Habana. "aunque fue apenas un guerrero de Guerra fría", dijo Anreus.
Y gracias a Alejandro Anreus, se han sabido detalles desconocidos hasta ahora, relacionados con la sonada exposición de pintura cubana que hizo el MoMA en Nueva York, intitulada ”Modern Cuban Artists” en 1944, que fue la gran puerta por la que entró nuestra pintura a los Estados Unidos.
Y la llave de esa puerta la tenía un joven e inquieto abogado que quería ser curador de arte, llamado José Gómez Sicre.

JOSÉ GÓMEZ SICRE, EL ABOGADO CURADOR DE ARTE

El 17 de marzo de 1944, el prestigioso museo neoyorkino inauguró la exposición “Pintores Modernos Cubanos”, a cargo del experto comisario de arte moderno Alfred H. Barr, Jr. Y Barr buscó ayuda “cubana” en el novel e inexperto, pero despierto curador matancero José Gómez Sicre.
José Gómez Sicre (Matanzas, 1916-Washington D.C., 1991) se graduó de Derecho Consular y Política en la Universidad de La Habana en 1941, pero su atracción por la pintura lo llevó a a tomar cursos de Historia del Arte en las Universidades de Nueva York y Columbia. Nunca ejerció como abogado, pero dedicó su carrera profesional a trabajar la promoción de artistas de América Latina durante 50 años
Gómez Sicre era un artista incompleto. Desconocía la historia del arte cubano de forma casi profana, tenía enormes lagunas intelectuales sobre la historiografía del arte occidental y muy poco que decir sobre arte moderno. A diferencia de Guy Pérez Cisneros u otras lumbreras de la crítica artística de la época republicana, a José Gómez Sicre le quedaba grande el título de intelectual. Pero tenía un ojo clínico envidiable para catalogar y clasificar cualquier pintura que cayera en sus manos.
Homenaje a Juan Jose Sicre en Paris 1926
Sería en ocasión de esta exposición del MoMA, -cuando pudo asistir a un par de conferencias teóricas de arte impartidas por las vacas sagradas Erwin Panofsky y Meyer Shapiro-, que Gómez Sicre comenzaría a andar su propio camino en la formación de una visión crítica personal del arte moderno.
Sicre carecía de un estilo analítico, es decir, era incapaz de ubicar los estilos de los pintores con las ideas del momento. Su fuerte eran las fechas, las cifras y su prodigioso “pálpito natural” para detectar las bondades de un pintor, siempre y cuando su criterio no se empañara con la ideología del artista que estaba bajo su lupa.
El otro “defecto” de Sicre era su militancia en la derecha republicana y su odio por una estética de “lo social”, algo que lo llevó a repudiar a grandes pintores como Marcelo Pogolotti, a los muralistas mexicanos, y hasta al propio Wilfredo Lam, con quien tuvo enfrentamientos fuertes en varios momentos de su vida pública.
Si Jorge Mañach fue la contraparte de Juan Marinello en términos ideológicos; Gómez Sicre lo fue de Guy Pérez Cisneros, el brillante crítico liberal cubano, promotor junto a Lezama de la primera revista “Espuela de Plata”.
Aunque su militancia derechista no era absoluta, -dado que las primeras exposiciones que curó en el Liceo de La Habana fueron junto a Alejo Carpentier y Juan Marinello, y en la Guerra Civil Española frecuentó a otros ilustres miembros de la izquierda como Paul Eluard, Guillen, Carpentier, y Marinello-, su fervor anti-socialista fue asentándose con el paso del tiempo, y alcanzó su cenit con el triunfo de la Revolución cubana de 1959, donde llegó a distanciarse de su cubanía, cambiándola por una “resentida” identidad latinoamericana.
Pero hay que reconocer que Gómez Sicre promovió a muchos pintores extranjeros y cubanos desconocidos fuera de Cuba a través de la agencia cultural de la OEA en Washington: Toda la vanguardia cubana, varios pintores isleños exiliados y otros artistas como Rufino Tamayo, José Luis Cuevas, Jacobo Borges, o Fernando De Szyszlo, le deben sus carreras a él. Fue el primer comisario cubano viajero en el continente americano, que entendió la importancia de la pintura Latinoamericana, y el primero en introducir el arte regional en el mercado norteamericano, porque antes de Sicre solo existía pintura argentina, colombiana, venezolana y mexicana. Él fue el primero en hablar de una pintura Latinoamericana.
Pero volviendo a aquella gran exposición en Nueva York que le sirvió de baño iniciático como curador de arte de altos vuelos. Con todo y que ésta fue aclamada por todas las instituciones crítica de arte, desde la conservadora Royal Cortizos hasta la más liberal Edward Alden Jewell, y que la catalogaron como “una exhibición de color y entusiasmo y de sensibilidad barroca cosechada en casa”, el acontecimiento puso al descubierto las pésimas relaciones que habían entre los autores de las obras expuestas.
El arte cubano no era del todo ajeno para el público de Nueva York, donde se había expuesto ya una muestra tradicional de pintura cubana en el Museo Riverside. También en 1943 el Museo de Arte Moderno había exhibido sus recientes adquisiciones de arte latinoamericano, que incluían varias pinturas cubanas y una escultura, un reflejo complaciente de la política del Buen Vecino.
Sin embargo, Modern Cuban Painters se centró exclusivamente en 13 pintores cubanos que vivieron y trabajaron en la isla en los años 40s.

MARÍA LUISA Y CARREÑO: 
EL ARTE NECESITA DEL DINERO.

Todos los gastos del proyecto fueron cubiertos por la heredera y mecenas cubana de arte María Luisa Gómez Mena. Se incluyeron en la exposición pinturas como “Bandolero Criollo” de Carlos Enríquez, “San Ignacio de Loyola” de Fidelio Ponce, “Marpacifico” de Amelia Peláez, “El corte de caña” de Mario Carreño, o “La Barbería” de Cundo Bermúdez.
Lo que no cuentan las fotos que incluyo de ese, en apariencia, bien avenido grupo de maestros del pincel, es la turbulenta génesis de la exposición y sus implicaciones posteriores al proponer una nueva definición de la pintura cubana moderna.
En el verano de 1942, Alfred H. Barr, Jr. y Edgar Kauffman, Jr. (entonces un joven asistente en el departamento de Diseño del MoMA) fueron en un viaje de compras de seis semanas a México y Cuba con 26.000 dólares que se sacó del bolsillo el mismísimo Nelson Rockefeller para la adquisición de obras mexicanas y cubanas. Las primeras cuatro semanas y media estuvieron en México y la última semana y media, en Cuba.
Y en el centro de esta historia estaba la heredera María Luisa Gómez Mena. La riqueza de su familia podría rastrear todo el camino de vuelta al período colonial de la isla. María Luisa era la oveja negra de su clan: militó en el Liceo, se opuso al gobierno de Batista, apoyó a la República española contra los fascistas, y fue una mujer abiertamente desprejuiciada y liberal.
1943 María Luisa sentada junto al retrato de Carreño
El pintor Mario Carreño fue su segundo marido y el primer gran beneficiario de su cuenta bancaria, porque ella promocionó toda su carrera. La pareja y su círculo de amistades, incluyendo algunos comunistas, eran ”liberales del frente popular”,- completamente seculares, y enemigos del esnobismo.
Todo esto separaba a Carreño y a su millonaria esposa de otros dos vertientes culturales que había en La Habana en aquel momento.

LOS DOS GRUPOS DE LA VANGUARDIA CUBANA

Dos grupos formaban la vanguardia de artistas cubanos de los años 40. El primero lo lideraban la antropóloga Lydia Cabrera y el pintor Wifredo Lam, que abanderaban junto a otros artistas la rama más “contestataria” del arte contemporáneo.
Al frente del otro grupo, más academicista, estaba el poeta José Lezama Lima, el crítico de arte Guy Pérez Cisneros, los pintores Mariano Rodríguez, el pintor René Portocarrero y el escultor Alfredo Lozano.
En términos generales los grupos de Cabrera y Lezama se llevaban bien porque ambos apoyaban a Batista (Lam recibió una subvención dispensada por el presidente cubano), compartían el desprecio elitista por las políticas nacionales, y tenían una visión exclusivista del papel de la cultura. A estos grupos también les disgustaba la personalidad altanera de María Luisa y lo que Lydia Cabrera llamaba ”la arrogancia del joven Gómez Sicre que nunca había estado en Europa.”
Gómez Sicre sin embargo, sería el hombre que dotaría de una nueva escala de valores a la pintura cubana moderna, a diferencia de Lydia Cabrera y “los origenistas piadosos.”
La clave de esta nueva definición –a la que rápidamente se unieron otros pintores modernos-–, se definía por el rechazo a la poca originalidad y a la ponderación de la mediocridad como forma expresiva de la pintura que desdeñaba lo ilustrativo.
Y Gómez Sicre enseguida señaló a los exponentes de su “nueva pintura cubana”: Carlos Enríquez, Fidelio Ponce, y Amelia Peláez, para él, los verdaderos originales e innovadores en la primera generación de modernistas cubanos.
Enríquez era la imaginería futurista y onírica de la cubanía. Peláez era el Matisse del cubismo sintético tropical, y Ponce había inventado un ”expresionismo casero” que desdeñó con gran atrevimiento los colores locales, por un mundo monocromático, alucinante, lleno de santos, muerte, y pacientes tuberculosos, todo ello sin haber salido jamás de la Isla.
Ponce había inventado un ”expresionismo casero” que desdeñó con gran atrevimiento los colores locales, por un mundo monocromático, alucinante, lleno de santos, muerte, y pacientes tuberculosos
Pero este paradigma pictórico se cae como un castillo de naipes cuando surge la segunda generación de modernistas cubanos, todos afectados por el neoclasicismo de Picasso, y el arte mexicano de la “pintura de caballete”; Mariano, Carreño, Portocarrero, Bermúdez, Martínez Pedro y Orlando, pintores de obra abiertamente descriptiva. Pero Gómez Sicre prefiere a Carreño y Bermúdez más que a Mariano y Portocarrero. Admite una similitud entre los seis, pero consideraba a Carreño el más innovador técnicamente, y el único que había comprendido y asimilado las innovaciones de Siqueiros.
Para Gómez Sicre, en cambio, Bermúdez atraía por el encanto casi ingenuo de sus cuadros, su solidez, intensa coloración, y reprimida sensibilidad homoerótica. Sin embargo para él, Mariano y Portocarrero encajaban dentro de lo que llamó el ”templo Orígenes”, y tachaba de “forzado” el barroquismo que ambos plasmaban en sus obras.

LAM: RECHAZADO

A estas alturas, entre los 13 pintores en la exposición del MoMA, es obvio que faltaba Wifredo Lam. Para Sicre, por su edad, formación, y visión, Lam pertenecía al grupo de Carlos Enríquez, Peláez y Ponce. Pero Lam, que regresó a Cuba a principios de agosto 1941 tras 18 años viviendo y trabajando en Europa, se veía a sí mismo como exponente de un Surrealismo de vanguardia internacional, y no como un miembro más de la vanguardia cubana. Su personalidad rebelde, la opinión de Gómez Sicre, y el apoyo de Lydia Cabrera, fueron detrminantes para que Lam no participara en la exposición del MoMA del 1944, a pesar de que fue invitado por el propio Barr.
Años más tarde, tras el triunfo de la revolución en 1959, Lam diría: ”Veo que mi relación con el arte cubano es similar al de Rivera con el arte mexicano; ambos experimentamos la vanguardia europea directamente, él era un cubista, yo un surrealista. Regresamos a casa, pero somos de hecho superiores a nuestros compañeros.”
Gómez Sicre reconocería más tarde a regañadientes la importancia de Lam, pero después de la revolución de 1959, su posición dentro de la división ideológica de la guerra fría haría de Gómez Sicre un crítico constante de Lam y de Mariano debido a lo que él llamó su ”comunismo oportunista”.
Encuentro una diferencia abismal entre las obras de la exposición del MoMA y las que aparecen en el libro de Gómez Sicre del mismo año “Pintura Cubana de Hoy”, publicado por María Luisa Gómez Mena, que he podido manosear.
El libro de Sicre contiene obras de 21 pintores, entre ellos de Domingo Ravanet, Abela, Arche, Gattorno y Ravenet de una generación ya consolidada, y de artistas prometedores jóvenes como Roberto Diago y Daniel Serra Badue. En la exposición del MoMA, Victor Manuel estuvo representado por una sola obra, un paisaje que se ha perdido, pero Enríquez, Peláez y Ponce tenían un protagonismo absoluto con un número de obras considerable.
Barr y Gómez Sicre llegaron a un acuerdo para añadir a Carreño a la muestra, que tenía más trabajos que cualquier otro artista, porque María Luisa lo puso como condición para avalar monetariamente el proyecto.
Sicre incluyó en la exposición a Mariano, Bermúdez, Portocarrero, Pedro Martínez y Felipe Orlando, y (más por consejo de Barr que por su propia voluntad) incluyó a los pintores populares Rafael Moreno y Felisindo Acevedo.

DIAGO, EL NEGRO.

Otra movida en la exposición del MoMA de 1944 fue la inclusión de una sola obra (también perdida) del pintor negro Roberto Diago. Hay que decir que todos los artistas participantes, a excepción de Carreño, Enríquez, Peláez y Ponce, se opusieron a que Diago expusiera junto a ellos.
Juan Roberto Diago Durruthy
Años más tarde Cundo Bermúdez, confesó sobre eso: ”Diago era demasiado joven. Se había graduado de San Alejandro en 1941, no había estado en Europa, y su primera exposición individual sólo había tenido lugar en el Liceo a principios de 1944. Pepe [Gómez Sicre] y Barr pensaban diferente. Pepe creía que se debía incluir un artista negro en la muestra debido a la importancia de África en la cultura cubana. La mayoría de nosotros no estábamos de acuerdo”. ¿Sería aquel el germen primero del racismo histórico que distinguiría a nuestra plástica ya en la época revolucionaria? Diago fue la gran promesa malograda de la pintura cubana, y murió en Madrid en extrañas circunstancias en 1955 sin haber ocupado el lugar que merecía en nuestras galerías.
La exposición Modern Cuban Painters estableció un paradigma diferente dentro de la narrativa de la pintura moderna en Cuba, que por primera vez utilizó deliberadamente la retórica de la modernidad del modo en que la entendía el MoMA como institución.
Gracias a la nueva visión de Gómez Sicre como curador, que ayudó a definir el arte latinoamericano en los años 50 y 60, nuestra pintura se desprendió del lastre de la política, la mimética figurativa del muralismo mexicano, y del realismo social y el Indigenismo. Pero solo momentáneamente, porque ya sabemos lo que ocurrió después.
La visita de Barr y Kauffman a Cuba en 1942 tuvo un impacto positivo en el pequeño mundo del arte cubano de la época. María Luisa Gómez Mena abrió la primera galería de arte comercial en La Habana, y como consecuencia inmediata, muchos jóvenes pintores cubanos después de Lam, empezaron a exponer obra en galerías de gran prestigio en Nueva York, como Perls y Julien Levy.
Se hizo una versión itinerante de Modern Cuban Painters circuló en los EE.UU. entre 1944 y 1946, bajo el título de Cuban Painting Today. Se exhibió en 12 lugares, desde el Instituto de Arte Munson -Williams - Proctor en Utica, Nueva York hasta el Rollins College en Winter Park, Florida.
Mientras tanto, la pintura moderna cubana se presentaba a nuevos públicos en la National Gallery of Art de Washington, D.C., el Museo de Arte de Portland, en Oregón, el Museo de Arte de San Francisco y el Museo de Arte J.B. Speed en Louisville, Kentucky. En menos de una década, la pintura moderna de Cuba se presentó a nuevos públicos en varias regiones de los Estados Unidos.
Modern Cuban Painters y José Gómez Sicre habían colocado al arte cubano en el escenario central de la futura capital del mundo del arte, y le dio al Museo de Arte Moderno la oportunidad de ampliar su definición de lo moderno no sólo en Europa, sino en el hemisferio occidental.
Por razonees obvias, hoy a Sicre no se le reconoce su labor de difusor de nuestro arte moderno en los Estados Unidos, pero para el crítico Alejandro Anreus, Gómez Sicre fue el Gerardo Mosquera de hoy, “porque fue el primero en recorrer el continente buscando las diferencias y similitudes en la plástica de sus pintores”.
“Si el crítico es solo un peregrino andante que crea exposiciones desde posiciones de intereses abstractos, -dice Anreus-, entonces Gómez Sicre ha sido uno de los críticos mas grandes nuestra plástica”.
Sin embargo, dado que hoy se define como crítico de arte a un intelectual que sopesa y valora el arte desde otros puntos que traspasan lo estrictamente artístico, Sicre en nuestros días no sería considerado un crítico, sino apenas un “entendido” en arte. Pero ya nadie puede negarle el mérito eterno de haber abierto el camino a la pintura cubana moderna en los Estados Unidos.
Ni aunque el Museo Nacional de Bellas Artes cierre los ojos ante su larga sombra.


miércoles, 8 de agosto de 2018

EL CAFÉ VISTA ALEGRE

EL CAFÉ VISTA ALEGRE

El Café Vista Alegre aun sin haberse construido enfrente el Parque Maceo, y cuando todavía existía el portón de la Beneficencia.
Por Carlos Ferrera

Nunca llegué a verlo, porque nací cuando ya esa esquina era tierra arrasada por Agapito Rey, pero vivía a apenas 400 metros, y estudié tres años mirando de frente el solar yermo que antes ocupaba, en la escuela Secundaria Básica José Martí, que años más tarde se levantó frente a esa manzana.
El Café Vista Alegre estaba ahí, en la intersección de las calzadas de San Lázaro y Belascoaín, y fue muy frecuentado por bardos, borrachos, poetas pobres, políticos y rumberas célebres.
La Casa de Beneficencia y Maternidad estaba donde hoy se encuentra el Hospital Hermanos Ameijeiras; el pequeño parque Colón con su carrusel, su montaña rusa, su noria y sus columpios, ocupando el sitio donde hoy se encuentra la parada de ómnibus hacia El Vedado. Frente y en diagonal, hoy está la Iglesia de La Inmaculada.
El Vista Alegre era lugar de trovadores de casta como Sindo Garay, Manuel Corona y María Teresa Vera. Iban allí cuando el Parque Maceo aun tenía cocoteros y una pérgola frente al Café, que Carlos Prío arrancó de allí para ponerla en su finca La Chata.
Frente al Café, por la calle San Lázaro, donde hoy se ubica la escuela secundaria, se encontraba el Hotel Manhattan rematando la esquina de los números impares, con su famosa farmacia en los bajos. Su dueña le regaló al presidente José Miguel Gómez, en ocasión de su toma de posesión, una hermosa silla de caoba labrada con el escudo de la República.
Al lado del Café, a finales de los 40s, hubo dos edificios hoy desaparecidos, en cuyas plantas bajas estaban la tienda de artículos religiosos católicos Liban y una sucursal de la dulcería La Gran Vía. En su interior estaba colgada una curiosa pintura mural que representaba, flotando sobre una línea de tren, un cake de bodas rematada con la clásica pareja de novios.
El Café Vista Alegre a la izquierda y el Hotel Manhattan a la derecha
Era la intersección de las calles San Lázaro y Belascoaín, una esquina bulliciosa en la primera mitad del siglo XX, y era también ruta de tranvías. Llegué a ver en esa esquina, cuando el sol y el transporte rodado derretían el asfalto de la calle, y entonces afloraban en el pavimento pequeños trozos de rieles enterrados de la vieja línea del tranvía.
El Vista Alegre era un enclave frente al mar ideal para la conversación, los negocios y las citas amorosas. Sus anaqueles de maderas preciosas, exponían bebidas espirituosas de todas partes del mundo, además de la popular cerveza Hatuey y todos los rones del país. Pero quienes lo conocieron, lo recordaban más que nada por su popular y fabuloso café con leche.
El café con leche del Vista Alegre se servía en jarras de vidrio grueso con asa. Lo llevaba a las mesas un camarero equipado con dos lecheras: una con leche muy caliente y otra con el café que le daba color y sabor, según la cantidad expendida, y a gusto del consumidor. Como complemento insustituible, el pan de flauta crujiente, cortado en seis largas tiras y untado con mantequilla que se ablandaba con el calor del pan.
También El Vista Alegre ofrecía a sus clientes un amplio surtido de otros comestibles, platos variados, carnes, sopas, pescado y mariscos, aunque los artistas pobres tenían que recalar en el café con leche. El humor criollo bautizó como “intelectuales de café con leche” a los "pensadores" diletantes que fardaban de sapiencia en sus tertulias.
Todos los que alguna vez visitaron el Vista Alegre, recuerdan a su empleomanía de gran gentileza y los servicios sanitarios siempre pulcros, todo lo contrario de su feroz competidor, el Café La Diana de la calle Águila, blanco de las chacotas del vulgo por su suciedad, y donde era habitual la presencia del concertista Don Antonio María Romeu, su pianista de plantilla.
El Vista Alegre poseía un mostrador de maderas preciosas impecablemente pulido y muy largo, atendido por un coctelero fino. Estaba todo muy bien iluminado y la estantería tenía luces propias, cuando ningún bar de La Habana las tenía. Frente al mostrador y en los portales de columnas, se ordenaban 12 elegantes mesas de mármol y hierro fundido en filigranas, y hermosas sillas estilo Thonet.
En la esquina que daba a la calle San Lázaro, el Café tenia una vidriera, propiedad de dos españoles que se turnaban en su atención, y que vendían todo tipo de cigarrillos, tabacos y picadura del país, e importada. También tenía teléfono público y un próspero negocio de "bolita”. Un viejo número de la revista Bohemia de finales de los 50s, anunciaba “el limpiabotas del Café Vista Alegre”, con foto incluida, al lado de su sillón.
La clientela era variada y conspicua. Iban allí el Dr. Cornide, catedrático de Anatomía Descriptiva de la Universidad de La Habana y una de las grandes memorias de Cuba, que recitaba de corrido la ruta de los tranvías de La Habana; el doctor Alberto Venero, forense del necrocomio habanero y que tenía su consulta en medicina general por la misma cuadra de San Lázaro y el doctor Suárez, famoso ginecólogo de la mujer de Batista y otras damas de alcurnia.
Iban también médicos y abogados famosos; el doctor Castillo, que pertenecía a un antiguo y prestigioso bufete, y el procurador Antonio Pereyra, furibundo fanático de la trova tradicional. Algunos políticos de turno también visitaban el Vista Alegre para recrearse, y de paso, publicitar sus campañas políticas soterradas.
Iban también profesionales de la pelota vasca (pelotaris), por la cercanía del frontón Jai Alai, ubicado en Concordia y Marqués González, y también porque muchos se alojaban en el Hotel San Luis, en la calle Belascoaín entre Ánimas y Lagunas.
Y no faltaba algún que otro romántico, las más veces clandestino, que allí citaba a su dama. Las parejas caminaban por la acera del muro del Malecón, cruzaban la calzada y entraban al Café hacia los discretos “reservados”, cuyas puertas daban a los portales. El caballero era discretamente avisado por un solícito camarero en la barra, todo con discreción máxima. Estos reservados, herméticamente cerrados, eran habitaciones pequeñas con espejos, chaise-longues, una mesa, dos sillas y un lavamanos.
Pero lo que distinguía definitivamente al Vista Alegre era la bohemia nocturna, amenizada por los mejores trovadores de la época.
Allí Sindo Garay estrenaba sus últimas composiciones, cantadas a dúo con su hijo Guarionex. El gran bardo aprovechaba para mostrar también a todos el virtuosismo de su otro hijo, Hatuey, que sabía arrancarle a su serrucho las sonoridades de ujn violín. Y también allí Sindo conoció a Yarini, y le dedicó otra de sus canciones.
También cantaban allí casi todas las semanas Graciano Gómez, Barbarito Diez, e Isaac Oviedo con su impecable vestir y su brillante ejecución del “tres”. Iban con él Manuel Corona y María Teresa Vera, que allí estrenó su eterna “Longina” (de Corona), porque vivía en el solar cercano, “Las Maravillas” en la calle San Lázaro entre Escobar y Lealtad, a escasas dos cuadras del Café.
Fue la trova tradicional lo que tanta fama dio al Vista Alegre, de forma no oficial pero “oficiosa”. El trovador que allí fuera aplaudido, se consagraba en el género. Basta para corroborarlo, con leer un fragmento de la letra de una de las canciones más aplaudidas en la época, una de las más bellas de nuestro pentagrama. la "Santa Cecilia" de Manuel Corona, que el autor cantó allí por vez primera:
Corona murió en la más espantosa miseria, y como muchos de aquellos trovadores, que ejercían oficios muy modestos para comer, estaba desempleado y se mataba el hambre del día con el café con leche del Vista Alegre.
Cuando se demolió la Casa de Beneficencia y Maternidad hacia finales de los 50s, para edificar el también malogrado Banco Nacional, se adquirió el inmueble del Café para edificar la Agencia principal, pero fue derribado junto a los dos edificios vecinos que tenían en la planta baja la tienda religiosa y la dulcería.
Gracias a la exquisita historiadora Lourdes Prieto, a quien debo gran parte de los datos que aquí cuento, tengo también la letra evocadora de una canción compuesta a la sazón por el trovador Pablo García, dedicada al Café Vista Alegre, que cantó la agrupación Voces del Caney.

CAFÉ VISTA ALEGRE

Café Vista Alegre, rincón habanero,

peña de bohemios, que no existe ya.
Como te recuerdo, como te venero,
te evoco y me alivio en mi soledad.

Tiempos de Corona, Delfín y Ballagas,

Rosendo, Bandera, Luna y Villalón.
Y de Oscar Hernández, Sánchez Galarraga,
Romero, Saballa, Sirique y León.

De María Teresa, de Cruz y de Floro,

de Majagua, Tata, Justa y Guarionex.
De los dos Enriso, de los Matamoros,
Oviedo, Graciano y Barbarito Diez.

Café Vista Alegre, si el pesar es mucho,

me llego a tu esquina donde ya nada hay.
Y cierro los ojos y en el alma escucho
la música eterna de Sindo Garay.



MORIR COMO CAFUNGA

MORIR COMO CAFUNGA



Tenía medio hecho este cotilleo histórico en mi portapapeles, pero en vista de los últimos acontecimientos -y para relajar tensiones sin dejar de hacer un guiño al tema-, he decidido concluirlo y publicarlo para ustedes.
La cosa viene por ese aforismo tan nuestro que hacía furor cuando apenas yo era un jovencito, aunque que ya venía andando desde el siglo pasado; “MURIÓ COMO CAFUNGA”.
Curioso, porque sobre su génesis hay dos versiones, ambas aportadas por Don Fernando Ortiz, autoridad incontestable de nuestro historicismo vernáculo y costumbrista, y antropólogo eximio al que siempre acudo en casos como este.
Los aforismos son breves sentencias doctrinales, casi siempre de raigambre popular, que se proponen como regla en una ciencia o arte; frases concisas que expresan una idea de modo concluyente. El que nos ocupa, se utiliza en Cuba cuando una persona fracasa o falla en una acción arriesgada o temeraria. Según Ortiz, se debe a una de dos razones que ni él mismo pudo concretar.

UN GIRO DE LA LENGUA LUCUMÍ

La primera probable razón de su existencia es lingüística y semántica: la palabra CAFUNGA proviene de un vocablo africano traído a la Isla por los traficantes de esclavos a mediados del XIX. En lengua lucumí, dialecto que abundaba entre los esclavos importados del continente negro -especialmente de Guinea-, CAFFUNYO significa “compañero”, CAFFO “convocar una asamblea” y CAFFU, “muchedumbre”. Con frecuencia se dice erróneamente que estas son voces mandingas, pero no, son de origen lucumí.
Ortiz cree que la expresión fue modificada a lo largo del tiempo, porque en las prolongadas travesías de las naves que se dedicaban a la trata negrera, era común la expresión: “CAFFUNYO”, que quería decir “murió un compañero”.
Está documentado que los africanos usaban un vocabulario de voces “cortas” para expresar las ideas más precisas entre ellos, y no poner sobreaviso a sus mayorales. La frase lucumí se transmitía como mensaje encriptado entre los negros, primero en los barcos y luego en las plantaciones de café y caña, donde a veces se vetaba la comunicación entre ellos, so pena de castigos corporales terribles. Así que CAFUNGA no llegó a nosotros como un nombre propio, como casi todos los cubanos creemos, sino como una expresión.
Fernando Ortiz, sin embargo, pone su propia especulación en duda, porque según sus investigaciones, también CAFUNGA podía venir de alterar la palabra KAKANFÓ, una “figura de rango” asociada al título de aquel héroe o guerrero lucumí que demostrara un valor excepcional en la guerra o en la cacería.
En el folclor afrocubano KAKANFÓ quedó para designar a un jefe o guardián del reino lucumí. El KAKANFÓ no podía volver la espalda y huir en las batallas, debía vencer o morir con heroicidad y valor. CACANFÚ debió ser la forma original del afronegrismo que, por deformación fonética, según Ortiz, pudo llegar a convertirse en CAFUNGA, lo que cuadra con la leyenda del valor de un KAKANFÓ, y el hecho de morir cumpliendo.
En El Congo actual se utiliza la palabra KAFUHA, para “pegar” o “golpear” y NKAFUNGA para “taciturno”, “terco” o “malhumorado”. De modo que puede suponerse que cuando en Cuba se comenzó a usar la frase “Murió como Cafunga”, era una forma de afirmar que alguien se había enfrentado a su fin de forma valiente, terca y obstinada.
Sin embargo, a pesar de las indagaciones de Fernando Ortiz –rigurosas y lógicas sin dudas– su segunda teoría es la que caló más fuerte en el imaginario popular de los cubanos.

CAFUNGA EL OBRERO DEL PALMICHE

Dice Ortiz que fue alrededor de 1850, cuando un mal día, frente a la finca El Espino, en Alicante, término municipal de Sancti Spiritus, estaba un negro despalmichador de palmas de nombre Cafunga ejerciendo su profesión, cuando encontró la muerte.
El dato se lo pasó a Ortiz su amigo y vecino don Manuel Bernal y Jiménez, que tenía 84 años de edad, cuando le contó la historia en 1922. Cito a Ortiz textual, de su “Glosario de Afronegrismos”:
“Me dijo Don Manuel que Cafunga era un moreno criollo, de treinta y tantos años o cuarentón, desmochador de palmas, y un día por la mañana, siendo dicho Don Manuel de 12 a 13 años de edad, lo mandó su padre Don Antonio Abad Bernal y Ramos, para que fuera con Cafunga, a ayudarlo desmochar palmiche en la finca de Don Francisco Cancio y Oropesa, frente a la finca El Espino, del mismo Don Antonio, en Alicante, del término municipal de Sancti Spíritus, para los dos, Don Francisco y Don Antonio, según estos convinieran, y él (Manuel niño) iba a servir para atar abajo la soga por donde corrieran los racimos de palmiche, con el objeto de que no se desgranaran”.
“Cafunga desmochó el palmiche de varias palmas, y habiendo dos palmas reales, casi unidas por el pie, Cafunga, desmochó el de una de ellas, y cuando subía a la otra, estando el niño Manuel limpiando un tronco donde iba amarrar la soga, oyó un ruido grande, miró por la palma y viendo las trepaderas solas a mucha altura de la palma, le dio miedo y corrió para las casas, donde avisó a Don Francisco lo que había oído y visto. Corrió también de parte de éste a dar aviso a su padre Don Antonio que era entonces cabo de ronda, el cual dio parte al capitán pedáneo de Iguará, que era Don Camilo Padrón y Veloso, que se hallaba donde residía en su finca, mucho menos de un cuarto de legua de las dos fincas antes expresadas”.
“Acudieron todos al lugar del hecho, yendo también el escribiente de dicho capitán, de apellido Cagida, y encontraron en el suelo cerca de la palma el cadáver de Cafunga, con la cabeza y cuello hundidos en el tronco del cuerpo y las trepaderas atadas en la palma a mucha altura del suelo, algo antes de llegar a los racimos, con el anillo derecho donde se mete la pierna hasta el muslo, zafado o reventado; por lo cual Cafunga cayó de cabeza al suelo y murió como queda dicho”.
“Un viejo de apellido Bombino subió a la palma, con las trepaderas de él, y desató las trepaderas de Cafunga, por orden del Juez del Partido que instruyó el sumario, siendo trasladado el cadáver a la ciudad de Sancti Spíritus, donde primero se ubicó en una casona en construcción, La Quinta Santa Elena, propiedad del acaudalado arquitecto andaluz Joaquín Jiménez Delgado, entonces Contador de Rentas de Sancti Spiritus. 
Después el cuerpo de Cafunga se trasladó al hospital de la ciudad para practicarle la autopsia. Fue velado en la Logia Masónica "Obreros de Yayabo" de Sancti Spiritus y enterrado en el cementerio de la ciudad”.
Así termina Ortiz con la anécdota trágica, a partir de la cual se sospecha que los cienfuegueros y después todos los cubanos, acuñaron la frase en tono admonitorio, "vas a morir como Cafunga", cuando alguien corría el riesgo de perecer aplastado física o moralmente. En los años 60 y 70 en Cuba, el dicho adoptó una variante más populachera: “explotar como Cafunga”.

CAFUNGA PARA COMER

Ya al margen de este hecho histórico en Cuba, la palabra CAFUNGA se utiliza hoy en Venezuela para designar un plato que allí se considera suculento, un dulce que también hace honor a sus raíces africanas, la CAFUNGA BARLOVENTEÑA, que nada tiene que ver con el palmiche ni con el Cafunga cienfueguero.
La cafunga barloventeña son unos bollitos dulces típicos de Barlovento, hechos a base de cambur (manzano y/o titiaro no muy maduro), harina de trigo, pulpa rallada de coco y clavo de especia, envueltos en hoja de plátanos y luego horneados. También se le puede agregar canela, anís dulce y a veces mantequilla y queso; el manjar en su versión más gourmet.
Así que quien quiera comer cafunga, que atienda a Gregoria Madrid, una campesina, venezolana y bertovelteña de raza, que explica todo el proceso culinario de su preparación en el video que dejo en el primer comentario de este post.
Y si lo hacen (cuchen) cómanselo en honor a otro de mis “negros” de hoy, uno que se cayó del árbol azul de Facebook y se descojonó contra el suelo rojo del Partido Comunista de Miami.
Para mí, hoy el falso Brian Martínez, un oscuro troll de las redes, explotó como Cafunga en mi muro de Facebook.
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Fuente: Glosario de Afronegrismos / Fernando Ortiz. — La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1991.

martes, 7 de agosto de 2018

EL MAMBÍ NO TAN DESCONOCIDO

EL MAMBÍ NO TAN DESCONOCIDO


Cuchen esta, que es de goma:
Resulta que hace poco abrieron al público la misteriosa Tumba del Mambí Desconocido en el Capitolio habanero. La inscripción que la acompaña reza:
“Aquí descansa, simbólicamente, el fundamento moral, político e histórico de la nación: los restos mortales de un soldado cubano desconocido, a cuyos esfuerzos y sacrificios sin nombre, se debe el nacimiento de Cuba como República”. No olviden esas palabras.
El asunto merece que traiga a colación ahora una conversación muy interesante que tuve con el nieto de la antigua secretaria de Celia Sánchez, asiduo a este muro. La señora sabía muchas cosas del mundo oculto de la realeza comunista cubana, y le aseguró a su nieto que esta tumba era un bluf. Estuvo junto a Celia hasta que murió y fue obligada a retirarse cuando Celia se fue del aire. Pero habló con su nieto abiertamente sobre este tema y sobre muchos otros, a los que nos acercaremos en el futuro.
Ocupémonos ahora de la dichosa tumba, “inaugurada” por el sacrosanto Historiador de La Habana, el Doctor Eusebio Leal Spengler. Es ahora el espacio más importante y vigilado del Capitolio Nacional, con la excusa de que “representa el fundamento de los esfuerzos por crear una nación libre y soberana”. La abren desde las 8:00 a.m. hasta las 12 del mediodía, y de 1:00 a 4:30 p.m.
Tras el salón funerario, en otra sala escondida, hay un complejo y sofisticado dispositivo de cámaras ocultas (fotográficas y de video), que barren minuto a minuto todo lo que ocurre allí, haya público o no. También es vigilada in situ las 24 horas del día por celosos guardias de seguridad distribuidos en tres turnos.
El recinto es una bóveda ubicada debajo del Salón de Los Pasos Perdidos. Frente a una sofisticada lámpara votiva, está la llevada y traída Tumba del Mambí Desconocido, bajo una losa de mármol de Carrara, que coincide verticalmente con el centro de la cúpula del Capitolio, el diamante y la llama eterna de bronce y mármol que corona la sala.
El cenotafio está rodeado de las banderas de todos los países de Latinoamérica (y me hace notar mi amigo Ismael, que también la de España, contraproducente tratándose de un mambí que se supone que luchó contra ella) y lo decoran unas hermosas esculturas de bronce que reproducen el Escudo de Armas de Cuba, las notas del Himno de Bayamo, y las palabras de Carlos Manuel de Céspedes cuando fue nombrado presidente en la Asamblea de Guáimaro. Es pues, un resumen de nuestra historia concentrado en un solo monumento, algo inédito en el resto de los sitios funerarios en honor a cualquier otro mártir cubano, Fidel incluido. Como colofón, una réplica de la escultura de La República, obra del escultor italiano Angelo Zanelli, también de mármol de Carrara, completa el nicho principal del salón. La estatuilla reproduce la imagen de Palas Atenea que se encuentra en la sala principal del edificio.
El visitante, al acceder al panteón, escucha la “Paráfrasis sobre el Himno Bayamés”, del compositor Hubert de Blanck, interpretada por la Camerata Romeu. Dicen los que la han visitado, que el espectáculo impresiona por lo que se ve y lo que se escucha.
La Tumba al Mambí Desconocido es, resumiendo, EL LUGAR MÁS IMPORTANTE DEL CAPITOLIO, y presuntamente está dedicado a alguien de cuya existencia se ignora todo. ¿Por qué ese despliegue de fastuoso culto a una persona que no se sabe quién es, y que supera ampliamente a todo trapo, en lujo y magnificencia a cualquier otro monumento funerario histórico de la Isla?
Volvamos 55 años atrás, a 1962. Por entonces Celia estaba en la cúspide de la confianza de Fidel. Está más que comprobado -dicho y confirmado mil veces por testigos vivos y muertos- que René Vallejo y ella, además de sus tareas en el PCC y en el naciente gobierno comunista de entonces, se encargaban de “las cosas espirituales” de Agapito Rey, que simplemente “se dejaba hacer”.
La secretaria de Celia le contaba a su nieto que Fidel muchas veces dijo, ya desde aquella época, que quería ser sepultado en el Capitolio, porque él era el fundamento de la República, y la representación de ella estaba en aquel lugar. Por esa razón nunca quiso que se utilizara para nada ese recinto, que solía visitar para dar instrucciones sobre su decoración, porque sería su sepultura, y que ha permanecido cerrado al público desde tiempo inmemorial.
Recordemos que el Capitolio se comenzó a restaurar justo después de que Agapito enfermó de gravedad. Actualmente, entre las ofrendas florales que eventualmente dedican al “mambí” las organizaciones de masas de Cuba, hay una todas las semanas (TODAS LAS SEMANAS) a nombre de Raúl Castro. Ni siquiera Martí ha tenido el honor de recibir una corona semanal en Santa Ifigenia, no digamos ya Fidel en su pedrusco, que solo está escoltado durante 12 horas del día. Raro para unas cenizas que valen millones en el mercado espiritual. Si pensamos solo un poquito, llegaremos a la conclusión de que la Tumba del Mambí desconocido es el mejor y más elegante y conspicuo sitio de Cuba donde podría enterrarse a un líder de la talla de Fidel. No existe otro que lo supere en lujo y boato..
La abuela de mi informante se cansó de escuchar a Celia y a René Vallejo hablando de eso en su presencia. Vallejo era un experto espiritista, y muchas veces se le veía acompañando a Celia en viajes al interior de la Isla para buscar animales de sacrificio en fincas, cuyos guajiros casi “producían” para ella. En el acceso principal al Palacio de la Revolución, hay una gran piedra consagrada a Elegguá por Celia durante la Crisis de los Misiles, y en la primera casa de Fidel en el Laguito, había una habitación destinada a esos menesteres. Pasemos de puntillas por otros eventos espirituales, como el viaje de Fidel a Guinea, o sus sospechosas pulseras de cuentas rojinegras, que lucía en eventos privados, y que muchos inocentemente asociaban a guiños al M-26-J.
El proyecto final de la Tumba del Mambí Desconocido –acometido por la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana, encargada de la restauración total del Capitolio– refleja una solemnidad propia del santuario de un faraón, lujosa, bajo techo y vigilada como un banco. La propia prensa cubana se refiere a ella con estas palabras:
“La sensación que se percibe, incluso desde el acceso principal, ubicado debajo de la escalinata del monumental edificio, nos hace tragar en seco. La intervención respetó los elementos originales del recinto, desde el color de las paredes, la decoración de las molduras, los suelos de granito, y los detalles ornamentales”, dice Granma.
Detesto las teorías conspirativas, muy propias del pueblo cubano, que, a fuerza de ser engañado sistemáticamente por sus líderes, ha hecho de ellas casi un “modus vivendi”; nos encanta imaginar lo que no nos han contado. Pero convendrán conmigo en que esta, tiene muchas papeletas para no ser solo una leyenda urbana.
¿Realmente alguien le encontró sentido a que el líder por excelencia de Cuba y más importante revolucionario comunista vivo del mundo, descansara en su final y para siempre, dentro de un pedrusco horrible, en una región rural lejos de la capital al aire libre y sin vigilancia? Costaba mucho creerlo entonces, y también ahora.
Recuerdo, en esta hora aciaga, cuando murió la bestia y montaron el circo del entierro-caravana, que sospeché que, dentro de aquella urna, como mucho había un cuarto de libra de azúcar prieta.
Lo confirmé cuando mi tocayo y sin embargo amigo Carlos Cabrera, me hizo llegar un video muy ilustrativo -que publiqué- del día después de los fastos mortuorios: Tres cortejos fúnebres idénticos al “oficial” transitaban de regreso a La Habana por la Carretera Central. WTF?
Saldrá mucha mierda debajo de la alfombra cuando todo esto acabe. 

Y me temo que el mojón principal lo encontraremos en la Tumba del Mambí Desconocido, en el Capitolio.