jueves, 28 de junio de 2018

PLUMAS OCULTAS DE JOSE MARTÍ (I)

PLUMAS OCULTAS DE JOSE MARTÍ (I)




"Hay afectos de tan delicada honestidad…”
José Martí

Se ha escrito mucho del pensamiento martiano asociado a la homosexualidad, y también sobre la propia moral del prócer sobre esa tendencia. 

Abordaron la cuestión, con mayor o menor éxito, figuras literarias de solera como Sylvia Molloy, Arnaldo Cruz-Malavé, Ana Peluffo, Francisco Morán o Benigno Sánchez-Eppler, entre otros. Y también lo han hecho, de manera festiva, muchos martianos “lights” del montón -entre los que me incluyo-, muy lejos de las doctas excelencias de esos especialistas.

Me considero un simple admirador del legado martiano, y apenas un intruso curioso de su estudio, y eso me libera de presiones éticas y me blinda ante las críticas rancias. 

No es de recibo, pues, que nadie se tome mis palabras profanas con el rigor con que leemos a sus biógrafos notables, incluso al peor de sus más críticos ensayistas. Con la reflexión que sigue, solo pretendo dar mi punto de vista -como lector de Pepe-, sobre un tema espinoso de su pensamiento, pasado por alto intencionadamente por toda la literatura martiana oficialista.

Soy consciente de que, pese a esta salvedad, no podré evitar que alguien considere irrespetuosas mis palabras. Pero me sale a cuenta el riesgo que asumo; no escribo para pieles sensibles, así que me resbala la opinión de los que siguen viendo en Martí una reliquia intocable y pura; él era solo un hombre repleto de virtudes y también de defectos. Pobre opinión merece quien lo adora como a un apóstol bíblico verdadero, ignorando que su mayor grandeza estaba justamente en su humana condición, y que su excelencia inmortal comienza donde termina el último de sus pecados más inconfesables.

Prefiero mil veces a un Martí descocado de amor por la mujer de su amigo, o incluso al legendario y denostado “Pepe Ginebrita” -un mote que es un mito clamoroso, porque no hay prueba alguna de adicción alcohólica en su biografía-, que a la testa de yeso sin mácula ni humanidad en que han intentado convertirlo. Por eso reivindico al Martí de carne y hueso, y me resisto a venerar al busto pétreo sin mirada y sin alma que existe en Cuba en todas las escuelas.

Aunque la escueta herencia que nos dejó en papel el hijo de Leonor sobre la homosexualidad, permite aventurar alguna reflexión, e incluso fantasear alrededor de su propia tendencia en tal sentido -si la hubo-, ni de lejos llegaremos nunca a tener la certeza de que, en su fuero interno, tuvo alguna inquietud “non sancta” hacia personas de su propio sexo. Pero cualquiera de nosotros está en el derecho legítimo de hacerse todas las preguntas que desee sobre lo poco que se sabe al respecto, por él y por sus biógrafos. Y también, a falta de evidencias, somos libres de aventurar respuestas.

Si ahora, en pleno siglo XXI, es imposible sacar del closet a quien no quiere hacerlo por sus pies, porque consigue engañarnos ocultando su tendencia sexual con éxito, es absurdo poner las manos en el fuego por un hombre inteligente del siglo XIX, honesto y sincero en casi todos sus actos y pensamientos, pero atado a convencionalismos familiares, sociales, morales y éticos, mucho más rígidos que los que hoy seguimos. Lo digo, porque estoy harto de leer la estúpida frase, “si lo era, lo hubiéramos sabido”.

Quizás sea este uno de los tantos motivos por los que existen aún martianos radicales, en su gran mayoría desconocedores de su inmensa herencia humanista, que convulsionan ante cualquier palabra que interpreten como irrespetuosa hacia su ídolo. Son solo pataletas frívolas de fans, llantinas de groupies e histerias absurdas de “followers” martianos de pacotilla que me aburren, y por los que no siento ningún respeto. Martí seguramente hoy también prescindiría de sus encorsetadas reverencias.

Y atención, porque era José también un hombre muy atento a no ser mancillado en su dignidad o en su honor, aunque para ello a veces renunciara a usar su nombre y firmara algunas piezas con seudónimo, casi siempre portadoras de un mensaje políticamente incorrecto para la sociedad de entonces. 

Martí era valiente, pero no suicida, y no era tampoco, salvando abismos obvios, Reinaldo Arenas, gracias a Dios, en ningún sentido.

SEXO Y SENSIBILIDAD

Un elemento que suele aflorar en la deconstrucción de la masculinidad de Martí, es su sensibilidad femenina; la ternura, la delicadeza, e incluso la angustia con que expresaba sus emociones, tanto en su lírica como en su epistolario íntimo a familiares y amigos, y también en el lenguaje coloquial de su vida cotidiana.

Martí era un hombre atento, gentil e inusualmente delicado, y verbalizar esos sentimientos durante su juventud, le granjeó muchas simpatías entre las féminas, pero también molestas burlas entre sus contemporáneos masculinos.
Martí en 1872
Para colmo, en su primera etapa literaria recurrió a una retórica exaltada y lacrimógena como recurso para conmover a sus lectores. Mimetizaba una tendencia de los autores que leía, influenciado por la literatura romántica, convencido de que era un modo eficaz de demostrar los sufrimientos que padecían los cubanos bajo el yugo español.

Por eso a su llegada a España en 1872, es motivo de chanzas y lo apodan “Cuba llora”, un mote que le molesta profundamente. Cae en la cuenta de que el sentimentalismo, en efecto, era una forma de motivar a la rebelión, pero también una muestra de debilidad. Por eso se propone “frenar” en lo adelante esa proyección en su obra.

Martí llega a los 30 años convencido de que quejarse al hablar o escribir (en vez de “actuar”) “desvirilizaba” a la poesía y al poeta, y que expresar angustia y dolor se entendía como una castración; los escritores que mostraban esa debilidad, eran como mujeres. Sin embargo, también reparó en que el fenómeno tenía consecuencias distintas en la vida pública y en la privada, por eso empieza a utilizar seudónimos cuando publica poesías comprometedoras.

Es sabido que Pepe dejó sin publicar buena parte de su obra poética. Según Julio Camacho, uno de sus más prolijos estudiosos “esta reticencia a hacer públicas sus angustias, debe leerse como un intento de controlar su propia imagen y mostrar su flaqueza (que en Martí es siempre un mecanismo retórico de convencer a quienes lo escuchan, de ahí que sea un “performance”) solamente a sus amigos más íntimos. Por eso, a partir de la década del 1880 comienza a preocuparse más por no quejarse en público, ni mostrarse demasiado sensible en sus poemas y hay una despersonificación en su obra publicada. Las angustias quedan para sus Versos libres. Antes aceptaba esta exteriorización del dolor, y por eso es lógico que apareciera de esta forma en sus primeros escritos e incluso en su alegato contra el presidio político español. Después de esta fecha, este tipo de sentimientos desaparecerán en función de crear una figura modélica, fuerte y viril capaz de enfrentar los grandes retos de la guerra”.

Está claro que con eso, Pepe intentaba mostrar a sus lectores a un hombre diferente del que era, exactamente igual que hace un homosexual actual para evitar el escarnio, cuando se manifiesta socialmente como heterosexual.
Se nota el afán del poeta por “aparentar hombría”,  cuando recurre a un lenguaje claramente homofóbico en el texto de “Nuestra América”, -que ya había utilizado en algunos ensayos que escribió sobre poesía francesa contemporánea-, y también en otro poema que firma en 1877 titulado “Carmen” (dedicado a su esposa Carmen Zayas-Bazán) que publica mucho después en La Habana, el 12 de abril de 1888, siete años antes de morir.

En los versos de “Carmen”, Pepe se refiere a “la veste indigna del amor del griego” (OC XVIII 134), y celebra el amor a su pareja ponderando la función reproductiva del sexo, un dogma que usaba la iglesia de su tiempo para criticar la sodomía. Dice también que “desdeña el torpe amor de Tíbulo y de Ovidio”, refiriéndose al poeta de la antigua Roma que le escribió versos de amor a un joven del que se enamoró.
Carmen Zayas-Bazán
Pero esta imagen tan prejuiciada de la homosexualidad es solo una pose. Martí la adopta para obtener el crédito y la confianza de sus lectores, y sobre todo de sus editores. Paralelamente durante toda su vida, su verdadera esencia moral sobre el sexo, y el grueso de su obra poética, fueron en otra dirección. Sus poemas bordearon las fronteras de lo prohibido, y a veces transgredieron sus límites, pero al mismo tiempo Martí tuvo siempre un miedo atroz de parecer homosexual, algo perfectamente lógico en la Cuba del siglo XIX.

Es absurdo entonces, atribuirle con total certeza una heterosexualidad incontestable, una bisexualidad velada, y menos, una supuesta homosexualidad. 
Tanto quienes buscan y pretenden encontrarle plumas distintas a las que usaba para escribir, como quienes defienden la creencia dogmática de que jamás pensó de forma insana en otros hombres, solo patinan en el hielo de las suposiciones.
Su tendencia sexual verdadera quedará tan inaccesible para sus lectores actuales, como lo ha sido durante siglo y medio para el resto, a falta de que aparezca de pronto una constancia escrita de su puño y letra sobre ella, hecho que dudo que se produzca en el futuro.
Vamos pues, a entrar en una de las más controversiales harinas martianas: sus coqueteos con el lado rosa de la sexualidad; las plumas escondidas del poeta.

MARTÍ Y MANUEL: 
LA FRONTERA INTANGIBLE ENTRE LA AMISTAD Y EL AMOR

He comenzado esta reseña con la última frase que José Martí escribió en su vida: "Hay afectos de tan delicada honestidad…” Son seis palabras de una oración inconclusa, escritas por él en mangas de camisa, seguramente con una de sus estilográficas americanas, en el campamento de Dos Ríos, apenas unas horas antes de morir de forma prematura en el bautizo de fuego de su primer y último combate.
José Martí y Manuel Mercado
Es la frase final sin terminar de una carta a su amigo del alma, el mexicano Manuel Mercado, encontrada por los españoles cuando secuestraron su cadáver, en un bolsillo interior de su chaqueta. Nunca llegó a Mercado porque permaneció en manos enemigas; el oficial peninsular Enrique Ubieta de origen cubano, se quedó con ella durante casi tres lustros, hasta que se decidió a publicarla en la Revista El Fígaro en 1909.
Es su último testimonio epistolar, y también para algunos, lo que pudo ser su último devaneo sentimental, si hablamos de sentimientos en el más noble sentido del concepto. La carta -o su fragmento-, a falta de lo que pudo ser, de haberla podido terminar, suele entenderse como una síntesis del ideario patriótico martiano, así que los cubanos de la posteridad no tardaron ni un segundo en engancharle el título de “Testamento Político del Apóstol”.
Lo más seguro es que hoy Martí rechazara esta etiqueta, igual que pienso que habría hecho con la denominación de “Apóstol”, epíteto rimbombante que lo sacraliza y lo convierte en el santo que nunca quiso ser. De haber sabido que iba a morir al día siguiente, seguramente habría dejado escrito en limpio algo bastante más profundo y brillante como testamento. El epitafio de su vida heroica es imposible de resumir en un corto pasaje epistolar privado. 
Pero solo tenemos esa carta, fechada el 18 de mayo de 1895, que Pepe interrumpe y se mete doblada en el bolsillo, por la llegada del general Bartolomé Masó al campamento, a quien  va a recibir. 
Para nadie es un secreto que José amó a Manuel como pocos hombres aman a un amigo, sin que existieran (o quizás existiendo) aditivos sexuales o sentimentales de por medio, eso nadie lo sabe. Hay otras cartas que demuestran el malestar provocado por el político mexicano en su otro amigo, Fermín Valdés Domínguez. Rivalidad de camaradas para unos, celos sentimentales para otros, ¿quién sabe?
La carta ha sido interpretada de muchas formas distintas a lo largo de más de un siglo, especulada en sus entrelíneas, distorsionada en su mensaje y enrarecida en su esencia y en su contenido. Quizás a la mayor parte de los cubanos que me leen, esas seis últimas palabras les sean desconocidas, y de hecho, posiblemente muchos ignoren el resto del contexto. Pero casi ninguno, el fragmento con el que comienza: 
“Mi hermano queridísimo: Ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber (…) de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso. En silencio ha tenido que ser (…), porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas, y de proclamarse en lo que son, levantarían dificultades demasiados recias para alcanzar sobre ellas el fin.”
¿A cuántos cubanos de a pie sin pretensiones martianas, pero que vivieron la Cuba de los 80s, les es ajeno este párrafo? Y si bien todos sabían que eran palabras de Martí, ¿cuántos de ellos crecieron con el convencimiento de que la locución en off de la cabecera de aquella serie mítica, era una carta de amor postrera a su mejor amigo, entendiendo “amor” en su acepción más casta y fraternal?
Hay un ensayo del prestigioso historiador cubano exiliado en México, Francisco Morán, -el más serio de todos los que han estudiado la homosexualidad en la vida y la obra de Martí-, donde el autor se cuestiona la naturaleza problemática y “transgresora” de la amistad que lo unió a Manuel Mercado.
Para Morán, la relación epistolar entre Martí y el mexicano es un claro ejemplo de “homosociabilidad”, donde la mujer (la de Martí, Carmen, y la de Mercado, Lola) es un subterfugio que ambos hombres toman como excusa para estar juntos. Morán dice que “de lo que se trata en el fondo es de suplantar como pareja –al menos psicológicamente–, a la mujer por el amigo, y al amor heterosexual, por el amor de hombres”. Está diciendo que Martí tuvo, por fuerza, que hacer más cosas en silencio, además de luchar por la Patria, y que para lograrlas, también tuvo que ocultarlas. ¿Son solo cábalas?
La amistad estrecha entre Pepe y Manuel es paradigmática; radiografía el lado prohibido de la dialéctica martiana sobre amores que entonces eran censurables. Después de cinco largos párrafos de un vibrante alegato libertario, -del que más adelante hablaremos-, Martí le escribe a Mercado:
“Y ahora, puesto delante lo de interés público, le hablaré de mí, ya que sólo la emoción de este deber pudo alzar de la muerte apetecida al hombre que, ahora que Nájera no vive donde se le vea, y acaricia como un tesoro en su corazón la amistad con que Vd. lo enorgullece. Ya sé sus regaños, callados, después de mi viaje. ¡Y tanto que le dimos, de toda nuestra alma, y callado él! ¡Qué engaño es este y qué alma tan encallecida la suya, que el tributo y la honra de nuestro afecto, no ha podido hacerle escribir una carta más sobre el papel de carta y de periódico que llena al día! […]”
Martí escribía sin complejos a los hombres que ocupaban su corazón, con la misma ternura que a las mujeres que ocuparon su cama. 
Hay aun caminos insondables en la amistosa pasión que profesó a Manuel, y a la que éste correspondió en igual medida. La emoción se palpa en las palabras de los dos en más de un centenar de cartas que se intercambiaron durante 30 años. Pero hay mucha prosa martiana todavía muy difícil de decodificar en ellas, incluso para quienes han consagrado su vida entera a esa tarea.
Admitámoslo: a Martí suele recitársele y leérsele sin apenas entenderle, porque al vulgo no le importa mucho “qué quiso decir” con un verso, si le basta con que “rime bonito”. También, por la obligación arbitraria de su estudio; “los horribles niños memorizadores de pensamientos y versos sencillos”, -decía Severo Sarduy-, y sobre estas palabras, la reflexión atinada de Jacobo Machover en su libro, La Memoria frente al Poder: “La mención constante de su nombre y de su obra provoca un rechazo en la juventud, para la que Martí es una imposición escolar incómoda”.
Suscribo a Machover en su llamada de atención; Martí puede aburrir por sobredosis, sobre todo a los jóvenes, así que debe administrarse con mesura. Pero no existe el tedio en su lectura si se saben leer las entrelíneas de sus bellas metáforas. 
Su lírica es, en apariencia, de sencilla factura, pero su esencia y contendido son complejos, tridimensionales en su significado, y ricos en información oculta. No hay nada de sencillo en sus Versos Sencillos, solo hay la singular destreza de plasmar ideas complejas en palabras simples.
Martí era grandilocuente y barroco en sus primeros discursos, pronunciados con apenas 20 años, pero ejerció un encomiable ejercicio de autocrítica para perfeccionar su retórica. Después, nadie como él ha conseguido escribir con igual simpleza semántica, pensamientos de esencias tan profundas. Sus cartas a Mercado son quizás el ejemplo perfecto de esta economía literaria; en ellas el poeta describe más y mejor sus sentimientos, con menos y más simples palabras.
Pero la importancia de este documento, trasciende a la intimidad sentimental de Martí, y es también mucho más que su testamento político.  Este asunto tiene que ver solo tangencialmente con el tema que me ocupa, pero es lo suficientemente importante como para analizarlo monográficamente. Yo me permitiré un breve spoiler, aunque me aleje un poco del hilo de esta crónica.

LA CARTA A MERCADO: 
¿LLAMADA DE AUXILIO A PORFIRIO O RECONCILIACIÓN CON MANUEL?

Retrato de Martí en México, 1875. 
El 8 de febrero de 1875, Martí llega a Veracruz, después de haber estado un mes en Nueva York. Allí se reúne con su familia ya establecida en México, y su padre Don Mariano, le presenta a Manuel Mercado, que vivía en la casa contigua a la de la familia. Comienza así una amistad que duraría hasta el día de la muerte del poeta cubano.
Una de las hermanas de Martí, María Salustiana (1856-1875), a quien él llamaba Ana, falleció en México con solo 19 años y Mercado le regaló a la familia Martí Pérez -pobre in extremis-, una pequeña parcela en un cementerio para que pudieran enterrarla allí. Desde entonces Martí consideró a Mercado sangre de su sangre, su confesor, su amigo y el hermano que sus padres no le dieron, a pesar de Fermín Valdés Domínguez.
María Salustiana Martí y Pérez (Ana)
(1856-1875)
Es gracias a la influencia política y social de Mercado, que Martí publica sus primeros artículos periodísticos en la Revista Universal, firmando a veces con su nombre y otras bajo el seudónimo de Orestes, entre ellos el poema “Alfredo”, -su mejor ejemplo de literatura homoerótica, que después retomaremos-, un poema dedicado a su hermana muerta, y la traducción del texto “Mis hijos” de Víctor Hugo.
Fue Mercado quien movió los hilos que lo integraron a lo más granado del mundo artístico e intelectual mexicano, y el promotor de su éxito en el Teatro Principal con el drama de amor de su autoría, “Amor con amor se paga”, que escribió para su amante Concha Padilla.
Para Martí, Mercado era “el único hombre que sabe cosas sobre mí que ni a usted confiaría”, le escribiría años después a su madre.
Y esa admiración se redoblaba con el respeto casi reverente, que el joven poeta profesó al político maduro, -que le sacaba 15 años- solo comparable con el que sintió alguna vez por su maestro Rafael María de Mendive. Su propio padre, Don Mariano Martí, llegó a ver con suspicacias la relación estrecha entre su hijo y su maestro, aunque aceptó de buen grado el noble ofrecimiento de Mendive de pagarle los estudios. 
Don Mariano Martí
Don Mariano era un hombre con la mentalidad esclavista, machista y patriarcal del siglo XIX, y obviamente esperaba que su primogénito y único varón, se pusiera a trabajar cuanto antes para ayudar al sustento de sus siete hermanas, su madre, y él mismo. Pero Martí quería seguir estudiando, animado por Mendive, y esa actitud le generó un conflicto delicado con su padre. Una carta a Mendive, fechada en La Habana el 4 de octubre de 1869, manifiesta la tensión entre ellos:
«Trabajo ahora de seis de la mañana a 8 de la noche y gano 4 onzas y media que entrego a mi padre. Este me hace sufrir cada día más, y me ha llegado a lastimar tanto que confieso a Vd. con toda la franqueza ruda que Vd. me conoce que sólo la esperanza de volver a verle, me ha impedido matarme. La carta de Vd. de ayer me ha salvado. Algún día verá Vd. mi Diario, y en él, que no era un arrebato de chiquillo, sino una resolución pesada y medida».
Rafael María de Mendive
“Solo la esperanza de volver a verle me ha impedido matarme”; una frase apasionada y trágica donde las haya, que bien podía ser parte de la declaración de amor de un adolescente. Pero en la prosa del Apóstol, se desdibujan las fronteras del amor, la admiración y la amistad, y utiliza las mismas palabras para expresar esos sentimientos. Por eso Martí revive pocos años más tarde la admiración por su maestro, en la relación íntima con su amigo Manuel Mercado. Y Mercado lo es todo para él, hasta que deja de serlo.

Cuidado aquí, porque este fragmento epistolar se atribuye equivocada (e indistintamente) a otras cartas que Martí escribió después a Mercado y a Valdés Domínguez. Es totalmente falso, se la escribió a su maestro muchos años antes. El error (¿intencionado?) viene de los editores de la segunda edición de sus Obras Completas, no corregido hasta la cuarta edición, muchos años más tarde.

Siete años después de haber conocido a Martí, Manuel Mercado es nombrado Subsecretario de Gobernación por el presidente de la República Porfirio Díaz, cargo que ocupará durante muchos años junto al de vicepresidente de la Academia Mexicana de Jurisprudencia, entre otras responsabilidades de Estado. Para entendernos, Mercado se convirtió en el equivalente contemporáneo de un viceministro poderoso, y en consecuencia, uno de los hombres de mayor confianza de la brutal represión porfirista, que Martí rechazaba.
Porfirio Díaz
Ya era evidente la pérdida de sintonía política entre ellos; Mercado ahora ocupaba un lugar importante en el porfirismo, ante cuyo avance Martí protesta y termina abandonando México. Y también lo abandonan las ganas de seguir escribiéndole a Manuel.
Así que suele mencionarse poco -o nada-, que este ascenso de Manuel en un gobierno del que Martí se declaró enemigo, enfrió casi completamente las relaciones entre ambos. Estuvieron muchos años sin verse personalmente, ni escribirse, desde 1878 hasta el fin de su vida en el 95, con la excepción de unos pocos días en el verano de 1894.
A partir de 1890 se detiene el antes abundante intercambio epistolar que ambos mantenían desde 1877. Es muy sintomático que de pronto, en mayo de 1895, el poeta rompa su silencio postal con esta carta, tan extensa y prolija, solo comparable a las que había enviado a sus colaboradores en el extranjero, Benjamín Guerra y Gonzalo de Quesada.
¿Qué contenía esa carta de tanta importancia como para hacer sombra a las veleidades sentimentales del Apóstol con su mejor amigo?
Era un importantísimo documento táctico de negociación del prócer, cuyo verdadero destinatario no era Manuel Mercado, sino el presidente mexicano Porfirio Díaz. Una negociación para la que Martí se proponía utilizar como intermediario a su amigo Manuel, persona de gran confianza del autócrata. Hay mucho ruido aquí.
No me extenderé en los pormenores del documento, -aunque recomiendo su lectura para poner en valor mis palabras- pero refleja en toda su extensión una idea clara: la llamada de auxilio de Martí, en calidad de jefe máximo de la revolución, al dictador mexicano Porfirio Díaz, para que lo ayude a ganar una guerra que él considera perdida.
Esta carta, como aquellas que mandó a Gonzalo y Benjamín, era una “carta de estado” y no una misiva privada. Al escribirla, Martí perseguía claros e importantes objetivos de política exterior: creía que la guerra contra España se haría eterna, y quizás fallida, sin el apoyo de una nación “amiga”, que de ningún modo debía ser Estados Unidos. 
De modo que Pepe recurría a Manuel, para que éste intercediera por él ante Porfirio, su antigua bestia negra. Pero antes, debía plantear esta misiva como una reconciliación amistosa con Mercado. No se pide un favor tan grande a un amigo, después de tantos años de ignorarlo. 
Como en su día Carlos Manuel de Céspedes miró hacia la anexión a los Estados Unidos como una salida posible al conflicto de la primera guerra, Martí puso su mirada en México con similares intenciones, en la segunda.
Cabe entender entonces que el verdadero objetivo de la misiva, fuera pasado sibilinamente por alto por todos los gobiernos republicanos primero, y por el castrocomunismo, después. Negociar con Porfirio, un dictador por el que siempre Martí mostró una gran antipatía, y que era todo contra lo que luchaba, significaba una contradicción perversa en su ideario político más puro, una incómoda incongruencia ideológica en su pensamiento, que los cubanos no debíamos permitirnos airear.
No hay testículos para escribir eso en ningún libro de historia del castrismo complaciente. Y tiene bemoles que después de esto, la carta de Martí a Mercado siga considerándose su testamento político. 
No voy a continuar con los detalles de su contenido, que pueden leer íntegro en la red, solo quiero hacer notar que su trascendencia es bastante más fuerte y desconcertante que cualquier veleidad sexual del poeta. 
Recomiendo leer lo que sobre este asunto escriben varios autores, entre ellos José Gabriel Berrenchea en su artículo “La carta inconclusa de Martí a Manuel Mercado”. No comulgo con algunas de sus apreciaciones, pero coincido en lo esencial con su visión de los hechos.
Pero volvamos al lío rosa, que es nuestro pan de hoy.

LA ANDROGINIA MARTIANA

Es en la “etapa mexicana” de Martí, que comienza a detectarse en su obra con más claridad, cierta compulsión por las “sexualidades heterodoxas”, incongruentes con el tradicional binarismo sexual romántico de la lírica hispana de su época. Sobre ellas deja claro un concepto: “Los talentos, para que ser eficaces, han de reunir en sí ambos sexos; el hombre, que invade; la mujer clemente” (José Martí - OC XIII, 147).
“A Martí lo seduce la idea del andrógino, que es esencial en su visión del Universo, cuando habla de sí mismo y de otros hombres que admiraba. Martí asocia lo masculino a la fuerza y la violencia y lo femenino a la compasión, la misericordia y la ternura. Por eso celebra en sus crónicas la conjunción de ambos extremos. Podría pensarse, sin embargo, que esta forma de entender la sexualidad es un subterfugio para expresar la voz lírica su deseo de homosocialidad y se da también que esta exteriorización del lado femenino en sus poemas aparece junto con una mujer demasiado viril, “aterradora”, o “traidora”, que provoca la feminización del poeta y un erotismo proyectado hacia la figura de otro hombre o simplemente de sí mismo.” (Julio Camacho, “Lecturas heterodoxas sobre un cuerpo ambiguo: aproximaciones a los textos de Martí” 2001).
La androginia martiana ha sido sistemáticamente obviada por sus biógrafos “correctos”, que consideran su estudio innecesario. Pero no tiene sentido profundizar en la creación literaria “socialmente aceptable” del poeta, si se pasan por alto las letras que les han sido incómodas a sus puristas. ¿Será que intentaban ocultar también, incómodas apetencias personales del hombre, para no manchar en su moral, al Dios?
En 1876, en México, Martí conoce y le declara su amor a la mexicana Rosario de la Peña. Pero ella lo rechaza, como hizo antes con otro hombre, el estudiante de medicina Manuel Acuña, que se suicida por eso. 
Rosario de la Peña y Llerena
(1847-1924)
Unos meses más tarde, triunfa la revolución de Porfirio Díaz, y Martí se niega a continuar viviendo en tierra azteca. Así que la abandona, pero antes, el 6 de diciembre de 1876, escribe un poema dedicado a Manuel Acuña. Es también una amarga despedida de la mujer de la que ambos sufrieron su desprecio. Dice Martí:

He visto vivir a un hombre
Con el puñal al costado,
Sin decir jamás el nombre
De aquella que lo ha matado.

Y también versea:

Si dicen que del joyero
Tome la joya mejor,
Tomo a un amigo sincero
Y pongo a un lado el amor.

Con estos versos, Martí solo confirma una máxima ética que lo acompañará su vida entera: La camaradería masculina prevalece sobre el amor de mujer. No es un dato menor en la comprensión de sus acciones posteriores, tanto en su obra como en su vida.

En México, Martí vivió cuatro pasiones amorosas y sufrió la angustia de verse rechazado en algunas de ellas. 

Fueron apasionados los sentimientos que sintió por la actriz Rosario de la Peña, la de Acuña, pero ella se negó a dar calor al amor de un joven Pepe, que solo tenía veintitrés años. También se rindió a los deseos de la actriz camagüeyana Eloísa Agüero, que estando casada lo sedujo y él se dejó arrastrar por sus deseos.
Concha Padilla
Poco después se frustró su idilio con Concha Padilla, la otra actriz que recitaba en el teatro mirándolo a los ojos en la platea, los versos que él hizo para ella. Pero Concha lo dejó cuando apareció Carmen después de machacarlo con sus celos, y tachar sus  sentimientos de “infantiles”. Martí se quejaba precisamente en esa pieza teatral, de que “nada mejor podía dar quien no tenía mujer por quien morir”. Y apareció Carmen Zayas-Bazán para satisfacerle esa carencia.
Pero aunque Pepe mandaba constantemente señales a las mujeres de las que se enamoró, de que “deseaba sentirse apresado en sus brazos”, pronto descubrió y asumió una dura verdad sobre sí mismo, que no tardó en trasladarle a Mercado primero verbalmente y luego en una una carta: “yo no he nacido para casado.” 
Carmen Zayas-Bazán
Lo que le sucedería con Carmen en su exilio en Estados Unidos, después de darle un hijo, certifica este extremo: Martí no era un hombre de una sola mujer, ni de ninguna. Amaba su propia libertad tanto como la libertad de Cuba. Y anteponía por sistema, a la Patria y a sus amistades masculinas, antes que a sus amores femeninos. Carmen Zayas-Bazán lo dejó básicamente por eso.

¿O no solo por eso?

(Continúa y termina en el Capítulo II)

sábado, 9 de junio de 2018

LA DULCE INCULTURA DEL INDEPENDENTISMO AMARILLO

LA DULCE INCULTURA DEL INDEPENDENTISMO AMARILLO

"Fuera los fascistas de la Universidad" CDR (Comités de Defensa de la República)


Joan Elías, rector de la Universidad de Barcelona, se ha convertido desde el pasado jueves en un triste exponente del magisterio politizado por la izquierda inculta, que está envenenando la vida social en Cataluña. Elías se ha dejado acojonar por un grupito tóxico de los estudiantes de su centro, asilvestrados, cortos, maleables y filo analfabetos. Y muy violentos.
Joan Elías, ordenó suspender el acto que Sociedad Civil Catalana (SCC) tenía previsto celebrar este jueves -con su consentimiento- en el Aula Magna de la Universidad de Barcelona, en homenaje a Miguel de Cervantes. Tomó la decisión ante el boicot orquestado por un grupúsculo de “indepes” dentro del campus. El rector asustado, prefirió que triunfara el motín, evitando avisar a las fuerzas del orden. La cobardía institucional es un peligroso mensaje a las hordas del secesionismo.
La dirección de la SCC le reclamó al rector la presencia de los Mossos d'Esquadra, para velar por la seguridad de los asistentes al acto, de modo que éste se pudiera desarrollar con normalidad. Pero el rector rechazó la petición, dijo, "para no pasar la línea roja de autorizar la entrada de los mossos al recinto, y que las cosas se pusieran peor". Agachó la cabeza ante la violencia. Transigió ante la subversión y el chantaje.
Dentro del Aula Magna había alrededor de 200 personas encerradas con llave, mientras fuera los concentrados gritaban consignas como «fascistas fuera de la universidad» y «el fascismo avanza si no se le combate». Finalmente, la “solución” del rectorado fue barrer para el lado amarillo, -que ya se está volviendo negro-, y silenciar a Cervantes en favor de sus detractores. No puede haber un síntoma peor de la intoxicación del independentismo en las instituciones. ¿Quiénes son los fascistas aquí?
Ante el ruido de sirenas, los gritos, los golpes y la negativa del rector a llamar a los mossos, los organizadores del acto decidieron suspenderlo y evacuar por una puerta lateral a los asistentes, muchos de ellos personas mayores, que a su salida fueron abucheados por los concentrados en un crispado ambiente de tensión.
Más tarde, en un comunicado, la CUP Capgirem Barcelona, dijo que la decisión del equipo de gobierno de la UB de alquilar el Aula Magna a la SCC para homenajear a Cervantes, “ponía en entredicho el papel de la universidad en el contexto político actual” y que esa entidad (la SCC) “no podía tener cabida en ningún espacio de nuestra sociedad, mucho menos en una institución pública que vela por los derechos y libertades”. Tiene cojones que sean ellos quienes enarbolen la libertad de expresión, después de un ejercicio tan claro de coartarla a los demás. 


El comunicado concluye con una “advertencia” infame de la CUP: “Las asambleas “responderán” si el equipo de gobierno de la universidad no está “a la altura”, una beligerante amenaza que no puede consentirse en un país donde todavía existe la libre expresión, a pesar de ellos. Reventar un acto cultural sin ninguna connotación política, es un síntoma preocupante de lo mismo que intentan acusar a los organizadores del acto: el peor de los fascismos. Es triste para Cataluña seguir invirtiendo el dinero de todos en intentar formar a unos burros que escrachan a Cervantes en el mismo lugar donde se enseña su legado literario.
Eran pocos, apenas medio centenar, pero deberían estar recogiendo setas en el Pirineo en vez de ocupar un pupitre en un centro de estudios pagado por todos los catalanes, incluidos los que se oponen a la independencia. El derecho a estudiar allí ha de estar reservado a otros jóvenes, abiertos a aprender y a pensar por sí mismos, con ideas democráticas y educados en principios de convivencia y tolerancia. Qué craso error haberlos dejado llegar hasta aquí.
 Prefiero imaginar que la idea no ha sido de ellos, porque en ese caso, el sistema educativo catalán estaría ante un problema gordo. Quiero pensar que estos pobres perejiles, solo son culpables de la manipulación de sus líderes políticos: los sindicatos secesionistas COS y SEPC, la formación juvenil radical Arran, y esa lacra que espero, desaparezca de la faz de la tierra, que se llama CUP, y cuyas tristes siglas he jurado no volver a convertir en palabras hasta que se conviertan ellos en solo un mal recuerdo para Cataluña.
Conocíamos ya las escasas luces de la mayor parte de los miembros de esta formación, que no temen incurrir en el más torpe de los contrasentidos, con tal de vociferar en todas partes sus consignas separatistas trasnochadas. Ante la orfandad de argumentos, siempre echan mano a la violencia.
Pero en Cataluña y en España, todos nos hemos quedado de piedra ante este último atentado al sentido común y a la libertad de expresión. Ha sido un mordisco sangrante y vergonzoso a la cultura universal, y un claro mensaje de intolerancia y censura draconiana de quienes estigmatizan el saber, si éste viene de lo que, para ellos, es otra cultura. No se percatan, los muy lerdos, de que es la suya propia, la nuestra, la de esa Europa a la que se mueren por pertenecer como “república independiente”; la cultura de todos los que vivimos en este planeta.
Se llama Cultura Universal.
Pero la universalidad es un concepto que el secesionismo es incapaz de ver, más allá de sus hepáticas miradas amarillas. Les ha subido la bilirrubina de la estupidez: es la dulce incultura del independentismo más cateto. Es el oscurantismo más atroz. Y es el desastre.
La CUP enseña a sus cachorros universitarios, que hay adoptar como bandera la imagen de un asesino extranjero como el Ché, apoyar a las más sangrientas dictaduras latinoamericanas, y recurrir a la extorsión, al escrache y al chantaje a los catalanes que no piensan como ellos.
Les enseña que no hay que dudar en meter la mano en el bolsillo de sus conciudadanos, para financiar sus guerras subversivas, y para alimentar y hospedar a sus líderes huidos en el extranjero.
Les enseña que no debe temblarles el pulso para aliarse con sus enemigos de la derecha más recalcitrante, con tal de conseguir la independencia, aunque esta venga de la mano de quienes han odiado desde que existen. Y también les enseña que Cervantes es un fascista peligroso.
La hipocresía de esta panda solo es superada por su propia ignorancia.
Todas las universidades e instituciones culturales del mundo, de cualquier país, cualquier cultura, cualquier signo político y cualquier lengua, celebran al más grande exponente de las letras hispanas desde hace décadas. Hay Institutos Cervantes en los cinco continentes; Cervantes es leído en todas las latitudes y celebrado en todos los idiomas, porque es parte imprescindible del patrimonio cultural mundial. Parece fácil de entender para todo el mundo, menos para el independentismo catalán obtuso.
Me imagino el desconcierto de Don Miguel, de haber podido resucitar y ver lo que pasó este jueves en una universidad europea, donde se enseña su obra y se habla su lengua, que es una de las dos lenguas oficiales.
Si en el futuro el independentismo sigue este camino de desatinos, auguro un negro porvenir a la educación catalana. Lo siguiente será extirpar de los planes de estudio a cualquier voz de las letras de España; declarar pernicioso a Quevedo, excluir a Lorca, vetar a Unamuno y desterrar a Bécquer.
Pero hay algo aún más aberrante que impedir celebrar a Cervantes, tratarlo como a un terrorista, y calificar de fascista su legado: es que quienes deben evitar esa barbarie, la compulsen. 
Lo terrible es la actitud consecuente, aquiescente y cobarde del rectorado de la UB frente a la bulla independentista de la CUP y su comparsa de descerebrados. Y también la pasividad de las fuerzas del orden, que ante los hechos, ni siquiera actuaron “de oficio”, cuando deben hacerlo incluso ante una simple y vulgar bronca callejera. 
La acción contracultural del independentismo, más que una muestra de supina incultura, es un mal signo del retroceso de la educación en Cataluña. Recuerda a los momentos más terribles de la Historia del totalitarismo intelectual, a los peores ataques al pensamiento humanista que vivió el mundo en oscuras épocas pasadas. Recuerda a las censuras literarias del estalinismo, las quemas de libros de la revolución de Mao, el holocausto cultural de Adolfo Hitler y la persecución de Fidel Castro a todo la cultura que consideró enemiga de su dictadura.
Y sorprende aún más el aplauso de supuestos “intelectuales” catalanes a esta clara muestra de intolerancia, ignorancia y censura. Abre un camino peligroso hacia la castración de otras libertades que trascienden la política y tocan de lleno el terreno de los derechos humanos, entre ellos, el derecho a la educación y formación integral de todos los ciudadanos que viven y pagan sus impuestos en Cataluña.
No pensé jamás tener que decirlo, porque ayer mismo defendía el derecho a levantar el 155 de Cataluña, y aplaudía la decisión de Pedro Sánchez de cumplir lo acordado, y restituir a la Generalitat la gestión del dinero público de sus instituciones. 
Pero ante los hechos, empiezo a sospechar que estaba equivocado. La CUP y sus acólitos no solo merecen que vuelva a instaurarse el artículo de marras, sino que se enteren de su regreso en la cárcel, bien lejos de aquí, en un sitio donde solo puedan pedir agua y comida en español. Entonces no les quedará otra que acudir a la lengua de Cervantes.

Imbéciles.

jueves, 7 de junio de 2018

UNA COJA ENTRE BURROS Y ELEFANTES

UNA COJA ENTRE BURROS Y ELEFANTES




EL CALAMBUR REAL

Entre los juegos de palabras que más me divierten de la lengua española, el calambur es mi preferido. El calambur es un malabar verbal que utiliza la homonimia, la paronimia y la polisemia, para modificar de forma irónica el significado de una palabra o una frase, agrupando sus sílabas de forma diferente, para conferirle un nuevo y distinto significado.
El calambur se usa mucho como figura literaria en multitud de acertijos infantiles, pero también ha sido un recurso muy goloso para grandes escritores y poetas que escribieron y escriben para adultos. Ellos lo han utilizado como divertimento, y para demostrar sus dotes literarias.

Francisco de Quevedo (1580-1645)

Y el más famoso calambur de la historia de la lengua española, lo firmó Don Francisco de Quevedo, un tipo capaz de hacer bromas hasta con los huesos de su madre, que no tenía paz con nadie y se reía de todo y de todos, sin importarle demasiado el qué dirán. Por eso me identifico con Don Pancho, uno de mis tres héroes de las letras hispanas, junto a Cervantes y a Jardiel Poncela.
Todos recordamos la anécdota: Francisco se había apostado con unos coleguitas, que tenía bolas suficientes para llamarle coja en su cara a la reina Isabel de Borbón, "La Deseada", sufrida esposa de Felipe IV, y sin que ello le causara un disgusto ni a él, ni a ella. La pobre soberana no era tullida, pero arrastraba una pierna al caminar, y odiaba las bromas que se hacían a su costa entre sus súbditos. 

Isabel de Borbón (1602-1644)

Trascendió entonces la leyenda, que con el tiempo se hizo un clásico, y que cuenta que Don Pancho, haciendo alarde de descaro e ingenio, aprovechó que un día la soberana visitaba una plaza pública en Madrid, y allí se presentó. Entonces se acercó a la monarca, con un clavel blanco en una mano y una rosa roja en la otra, y se los dio a elegir, previa genuflexión. Pero lo hizo con un calambur ingenioso: “Entre el clavel y la rosa, Su Majestad escoja”. 
Cuentan también que la reina, que era muy inteligente y amante de la poesía, sonrió con astucia y respondió: "Que soy coja, lo sé, y el clavel escogeré".
Pero hoy mi reflexión no va de calambures, ni de esos flecos de la historia de la lengua española que tanto me entusiasman. Va de un tema más serio y bastante menos divertido, pero que parte de aquella misma encrucijada, que con tan mala leche Quevedo le planteó a Isabel: la obligación de elegir entre dos cosas de la misma naturaleza -como son dos flores-, pero que pertenecen a especies diferentes.
Yo creo que el bipartidismo americano, es un clarísimo ejemplos de la aventura de escoger entre dos posturas políticas, sin dar otras opciones al que elige. 
Y también creo que habrá siempre una coja habitando entre ellas.

LOS ETERNOS CONTRARIOS DE AMÉRICA

Vivimos días en que la estulticia es moda. Constantemente saltan -y se aceptan- absurdas reivindicaciones idiomáticas de género por todas partes del planeta, pidiendo feminizar cuanto vocablo genérico huela a macho, aunque su sola escritura nos haga estallar las retinas. Se inventan palabrotas imposibles para acciones inéditas de índole moral, sexual o social, y se deforman los idiomas sin control para “hacer justicia de sintaxis” con las mujeres, los homosexuales, los pobres o los enfermos.
Y sin embargo, en esta era de libertinaje ortográfico y anarquía lingüística, parece absurdo que nadie se haya animado a corregir los nombres anticuados y erróneos de los los dos partidos más fuertes de los Estados Unidos. DEMÓCRATAS y REPUBLICANOS siguen llamándose como se llamaron siempre, sin que a ninguno de los dos le duelan prendas, aun cuando sus etiquetas hoy ya no los identifiquen.
¿Qué hay más antiguo y casposo que conservar un nombre que a uno no lo define, solo por “tradición”?
Ni los demócratas tienen la patente de corso de la democracia, ni los republicanos la franquicia absoluta de representar a una “república” que nominalmente ni siquiera existe. Ambos adjetivos eran en sus orígenes, extrapolables a ambas formaciones y eran partes de una misma cosa, pero llámale hoy demócrata a un republicano, o al revés, y el sujeto entrará en coma como si le hubieran recordado a su madre. Ninguno de los dos asume que, ser una u otra cosa, hace 170 años, en buena lid, lejos de denostar, ennoblecía.
Sin embargo, en el siglo XXI, las dos formaciones mantienen sus erráticas denominaciones de origen. Lo hacen, para “conservar” su esencia. Es parte del pedigrí que les confiere la antigüedad. Es la etiqueta irrenunciable que autentifica sus prestigios centenarios, y aportan credibilidad al legado histórico de sus fundadores, dicen ellos.  Pero estas son todas excusas fatuas, frívolas razones de forma que mantienen, aunque les sigan deformando el fondo.

HABÍA UNA VEZ, LA ARMONÍA…

Aunque hoy parezca imposible, tanto demócratas como republicanos, una vez fueron partes bien llevadas de un todo muy armónico. Eran una sola formación que se llamaba Partido Demócrata-Republicano de los Estados Unidos, que gobernó ininterrumpidamente desde 1801 hasta 1824. Aquellos tiempos de convivencia en paz, hoy son solo historia apolillada. El presente es la crispación.
En el año 1824, todos los norteamericanos en edad de votar -menos las mujeres y los negros-  vivieron por primera vez en un montón de estados, un sufragio popular directo para elegir al Presidente de Estados Unidos, si bien en algunos, todavía los electores eran seleccionados a dedo por las Legislaturas Estatales. 

Andrew Jackson (1767-1845)

Fue el conflictivo, pero nunca aburrido señor Andrew Jackson, -que tenía un melenón cano con un cardado muy cool- el que hizo un moonwalk diecinuevesco, sacó el serrucho y dividió en dos el flamante Partido Demócrata-Republicano, para fundar lo que con el tiempo se convertiría en el Partido Demócrata. Mr. Jackson se cargó así, 23 años de buen rollito entre ambas facciones, polarizó al país, e insufló el primer aliento de vida al gigante del bipartidismo estadounidense que conocemos hoy.
Pero Jackson perdió la elección presidencial y la Cámara eligió a su enemigo político John Quincy Adams, que era calvo desde jovencito y envidiaba la cabellera blanca platinada de su rival. Ante el fracaso, entonces Jackson y su combo iniciaron una tourné que ya habría querido Michael Jackson para sí en los tiempos de “Thriller”, y recorrieron todo el país fundando filiales del nuevo partido, sin miseria. 

John Quncy Adams(1767-1848)

Aún el partido no había adoptado un nombre definitivo, pero eso no importaba; eran una molotera de señores descontentos con un solo objetivo: arrancarle el Gobierno a Adams “el usurpador", como fuera. Utilizando la aplanadora demócrata de Nueva York, Andrews se puso al frente del primer partido "popular" de la Unión, enardeció a las masas y alebrestó a la prensa sensacionalista. Así llegó a la Casa Blanca en 1829, y mandó a Adams a sembrar geranios en su casa de Braintree, Massachusetts.

ANIMALES POLÍTICOS

En 1834, la formación del melenudo Jackson adoptó extraoficialmente el nombre de "Partido Demócrata", en el 37 los norteamericanos verían por vez primera al asno demócrata en una caricatura publicada en los periódicos, y en el 44 el nombre sería por fin oficializado formalmente por la Convención Nacional del partido de ese año. 
Sobre la temeraria adopción de un burro como símbolo político demócrata, hay mucho de leyenda, pero la cosa, resumida, fue así: 
Entre 1829 y 1837, período en que Andrew Jackson se estuvo cardando su melena frente al espejo del dormitorio presidencial de la Casa Blanca, sus adversarios políticos comenzaron a utilizar la imagen de un burro para burlarse de "su terquedad y su propensión a reaccionar de manera impetuosa", en tiempos en que Jackson se oponía a implementar la ley que serviría para aprobar la creación del Banco Nacional.
Aunque los demócratas en un principio no quisieron tener nada que ver con el burro, ya el mal estaba hecho. Los medios de comunicación más críticos se encargaron de “hacerlo viral” a través de caricaturas y viñetas satíricas en las que dibujaban a Jackson con cuerpo de asno.
Pero quien acuñó definitivamente a la noble bestia como seña de identidad del Partido Demócrata, fue Thomas Nast, viñetista de la revista Harper's Weekly y creador de la cara del Tío Sam y de la imagen actual de Santa Claus, considerado uno de los padres de la caricatura política en EEUU. La gran tirada de Harper's Weekly, y el prestigio como autor de Thomas Nast, sembraron para siempre al burro en la memoria colectiva de los norteamericanos.
Ante el hecho consumado y, estando ya el burro irremediablemente vinculado al partido, sus miembros no tuvieron más remedio que incluirlo como símbolo, aunque dándole una vuelta para aprovechar sus virtudes: su afán de trabajo, su dedicación, humildad y su burra ternura.
El propio Andrew Jackson supo sacarle partido a su supuesta testarudez, vendiéndose a sí mismo como "hombre de pueblo", que, como el burro, era también "modesto y trabajador". Así fue como los demócratas acogieron definitivamente al animalito como símbolo electoral, potenciándolo como estandarte en la lucha contra la corrupción y el elitismo.
La historia posterior demostró que no todos sus seguidores abanderaron esa batalla con igual fervor. No hay nada más perverso que un millonario elitista demócrata que aboga por la “igualdad” reclinado en su yate y con sus millones en Suiza. No es malo ser rico, pero es hipócrita ir por la vida de “progresista”, viviendo entre algodones. Y demócratas así los hay por sacos.

El voluminoso elefante republicano es menos legendario que el asno demócrata. Poco tiempo después de hacerse famoso el burro, de nuevo Thomas Nast volvió a la carga y se sentó otra vez a dibujar, con la idea de crear una versión para el partido opuesto, al que percibía inteligente pero demasiado dócil, torpe y fácil de someter. ¿Qué mejor que un elefante para representar esas características? Es curioso cómo el republicanismo de hoy, defiende a muerte al elefante, siendo en su origen conceptual, reflejo de tantas taras negativas. Pero tradición manda.
Como sucedió con el burro, el elefante pronto se consolidó como imagen de los conservadores y, como sus rivales, los recién nacidos republicanos intentaron anular sus connotaciones feas, presentándolo como “el gran mamífero de enorme templanza, prudencia, fuerza y naturaleza bondadosa". Tampoco era una imagen que se acomode mucho a algunos líderes de esa formación que hemos conocido después, y muchos menos al presidente actual, por más que sus seguidores sigan viéndolo con gafas de mirar eclipses.
Pero ambos símbolos han seguido ligados a los dos partidos dominantes de Estados Unidos desde entonces, aunque hay que decir que, en ambos bandos, algunos partidistas conscientes del dislate, han intentado quitarse de encima los estigmas caricaturescos y pasados de moda de Nast.  En Kentucky, Oklahoma y Ohio, esporádicamente los demócratas han recurrido a un gallo y los republicanos a un águila para curarse en salud. Pero ya es tarde para estilizar unos símbolos tan arraigados en el imaginario estadounidense, que muere por las tradiciones.




NACE EL REPUBLICANISMO

La polarización partidista fomentada por Jackson fue la causa de que sus detractores hicieran otro moonwalk, se replegaran hacia atrás y fundaran el Partido Whig para oponerse a los demócratas. Nacía el germen de lo que es hoy el flamante Partido Republicano de los Estados Unidos.
Pero el Partido Whig era un partido inestable en lo ideológico, porque contenía aun en su seno a gran número de demócratas nostálgicos que solo estaban allí por rencor, y porque odiaban los cardados de Jackson, sus manías de grandeza y las consecuencias de su acción separatista. Así que en 1854 desapareció el Partido Whig, y el 20 de marzo de ese mismo año, se fundó el Partido Republicano, en una minúscula escuelita de la ciudad de Ripon en Wisconsin.

El Comité Local del Partido Whig de Ripon, se convertiría en el Comité Local del nuevo Partido Republicano, en inglés Republican Party, también conocido como GOP, "Grand Old Party" o Gran Partido Viejo, que para variar sobre nombres mal puestos, era más joven que el Demócrata. Fue llamado así en honor a Thomas Jefferson, fundador del desaparecido Partido Demócrata-Republicano de los Estados Unidos, y más que nada, porque era el nombre que había dejado libre Jackson al nombrarse Demócrata a sí mismo.
El ejemplo de Ripon cundió con rapidez en otras ciudades y estados del norte, y para mediados de año pudieron celebrar sus primeras Convenciones Estatales, en las que aun no se tiraban confetis ni globitos rojos, pero se bebía alcohol con gran entusiasmo. 
Obviamente la mayoría de sus miembros lo habían sido del Partido Whig, pero también algunos eran exmiembros del Partido Demócrata, desterrados por Jackson por no saber bailar su moonwalk correctamente, y otros eran independientes o integrantes de otras formaciones, como el Partido del Suelo Libre, cuyo propio nombre ya lo destinaba al fracaso.
Cada uno de ellos era hijo de su madre y de su padre, y en lo ideológico se parecían como un huevo a una castaña, pero los unía su pertenencia al movimiento antiesclavista o abolicionista; los blancos del norte que luchaban para abolir la esclavitud de los negros del sur.
Y he aquí otro pasado histórico que los republicanos actuales utilizan constantemente como punta de lanza para “recordarles” a los demócratas su pasado oscuro, y que los demócratas constantemente “olvidan”, porque es una “mancha” en su legado que no se permiten aceptar. Ambas posturas son absurdas y denotan una supina ignorancia. Hay que ser consecuentes con la historia antigua, pero nunca aferrarse a ella para justificar la actual. Esa es una manera frívola y torpe de entenderla, que habla muy mal de la inteligencia de quienes la practican.
Igual que es aberrante y obtuso exigir a los españoles contemporáneos que pidan perdón por los desmanes que sus antecesores hicieron cinco siglos atrás durante la Conquista, es de lerdos que algunos republicanos de hoy, les recuerden a los demócratas el pasado esclavista de sus fundadores. Y más aún, resulta demencial que estos se avergüencen de ese capítulo triste de la historia de su partido, que ni les viene ni les va. Era otra época, eran OTROS PARTIDOS y eran OTROS HOMBRES, que nada tenían que ver con los de hoy. Era también un contexto histórico distinto y eran distintos los hilos e intereses que movían la política norteamericana. Asumir ese pasado como propio es una idiotez. 
El racismo, como la xenofobia, la homofobia o la misoginia, no son malformaciones mentales que se heredan como el ADN, ni se transmiten como legado histórico partidista, eso está más que probado. Son productos de la educación que ha recibido el individuo y los principios con que cada cual va formando su propia esencia. Y es tanto así, que justamente ahora es el republicanismo quien carga con el estigma de la xenofobia, la homofobia y el racismo, como “mantra” no escrito en su ideología, e injustamente “adjudicado” a sus políticas conservadoras.
Solo hay que darse una vuelta por la red para encontrar barbaridades sobre este asunto, esgrimidas tanto por los demócratas, como por los miembros del propio Partido Republicano. Las mentiras suelen convertirse en verdades a fuerza de repetirse tantas veces, y hoy hay muchos republicanos que se asumen a sí mismos como xenófobos, homófobos y racistas, solo por creer que serlo, forma parte de su disciplina partidista. Una conclusión triste, errada y dañina que se ha convertido en dogma, y ha propiciado que el Partido Republicano haya terminado sirviendo de paraguas a mucha gente que piensa así.
Cuando Jackson dejó la Presidencia, los demócratas se volvieron cada vez más conservadores, los políticos blancos sureños aumentaron su influencia dentro de la organización y la convirtieron abiertamente en defensora de la esclavitud. Los demócratas del Sur defendían las políticas esclavistas con uñas y dientes, y la mayoría de sus correligionarios del Norte no se atrevían a enfrentarse a ellos. Así que los demócratas anti-esclavistas se berrearon, y la mayoría terminó pasándose al Partido Republicano.
La defensa de la esclavitud por parte de los sectores sureños del Partido Demócrata y la pasividad de la mayoría de los demócratas norteños, permitió al partido dominar la política después del retiro de Jackson, pero llevó al país a una ruptura fratricida. O sea, fueron aquellos demócratas quienes abocaron a la nación a la Guerra Civil. Hoy sin embargo abanderan posturas pacifistas opuestas a sus contrarios republicanos, que han puesto desde entonces menos peros a los conflictos bélicos. 


Pero los presidentes demócratas que gobernaron Estados Unidos la mayor parte del período entre 1837, -el final del mandato de Jackson-, y 1861, -cuando empezó la Guerra Civil-, apoyaron la permanencia de la esclavitud, y su extensión a los nuevos estados que entrarían en la Unión. Aunque trataran de pasar por "neutrales" entre partidarios y enemigos de la esclavitud; casi siempre se inclinaban a favor de las políticas esclavistas del Sur. Además, toleraban el desafío sureño a la autoridad del Gobierno Central. Fueron presidentes débiles y entregados a intereses mezquinos.
Después vino la Guerra de Secesión, los gobiernos que se sucedieron tras ella, y muchos ejemplos más de imposturas éticas y estéticas en ambas formaciones, que respondieron en cada etapa a los vaivenes de intereses económicos, políticos y hasta religiosos de sus líderes.
La historia es pródiga con la verdad, y la verdad es que ninguno de los dos partidos ha defendido siempre las mismas cosas, y a sus seguidores no les ha quedado otra que ir cambiando con ellos.
Sus señas identitarias han dependido del momento y de las conveniencias de sus líderes. Los conservadores demócratas sureños fueron uña y carne de los republicanos en la Coalición Conservadora que fue mayoría en el Senado norteamericano durante un cuarto de siglo, de 1937 a 1961, pero de eso nadie se acuerda. Los demócratas también firmaron alianzas locales macarrónicas, como aquella fusión con el Partido Laborista Agrícola de Minnesota, de la que nació una criatura bicéfala e imposible denominada Partido Demócrata Laborista Agrícola de Minnesota, lleno de intelectuales con gafitas y de guajiros de la Minnesota profunda, que tenían muy poco que ver.
Ni los republicanos ni los demócratas de hoy se parecen a los que les precedieron. Y eso no es malo ni bueno, es solo la prueba de que los hombres de hoy somos distintos a los del siglo XIX, y lo son también los partidos políticos donde se agrupan, por más que insistan en mantener sus nombres arcaicos.
No es mi interés dar a nadie lecciones de ética política, porque yo carezco de ella, y tampoco de Historia de los Estados Unidos, porque la mayor parte de los que me leen seguramente la conocen mucho mejor. Mi intención es solo poner el foco sobre lo peligroso de las etiquetas, más si estas se cuelgan a un partido político, cualquiera que éste sea. Y peor aún resulta que se nos haga escoger entre dos de ellas, sin darnos otra opción. Eso es anquilosar el pensamiento y mantenerlo aferrado al pasado del elefante y el burro, viejos símbolos de la añeja política de un tiempo al que, por suerte, los norteamericanos ya no pertenecen.
Igual que ocurre con los nombres históricos de los partidos Demócrata y Republicano, -que al fin y al cabo son solo nombres, por fallidos que hoy suenen-, sucede con lo que a la larga han terminado siendo sus viejas marcas de fábrica, esa “pinta por la que se conoce al pájaro”, lo que caracteriza a un buen demócrata y a un buen republicano. Son clichés, que de pronto los han encorsetado a ambos en parcelas estancas de la que ya les es imposible escapar.
Hacerlo es pisar tierra de nadie, las arenas movedizas de la política independiente, y por tanto, minoritaria; el fracaso, el ostracismo y el estigma. Se está con ellos o contra ellos, no hay términos medios. Y eso sí ha sido terriblemente pernicioso para la sociedad estadounidense, porque ha acentuado la bipolaridad política de forma antinatural y absurda, abriendo una grieta irreconciliable entre ambas formaciones, y olvidando las cosas que los unen, porque es mejor dejar claro las que los separan. Nunca se pondrán de acuerdo, porque “no deben” estar de acuerdo, ni siquiera en las cosas que no dicta la política, sino el sentido común. “Si se le ha ocurrido al otro, ya no es bueno para mí”.
Hace algunos años hice referencia a ese dogma partidista de fe, que encontramos ya hecho los cubanos al llegar a los Estados Unidos, y que también ha contribuido a socavar más aún la grieta que trajimos de la Isla.
Allí era con Fidel o contra él y en USA se es demócrata o republicano. Si alguien manifiesta una idea ligeramente contraria en el seno de uno de los dos bandos, los unos lo tacharán de comunista recalcitrante, y los otros, de fascista de la peor de las derechas. El bipartidismo genera extremismos peligrosos en su seno, y eso, la democracia americana no ha podido resolverlo aún.
Es complicado ser republicano y estar en contra del uso de las armas de fuego, o ser demócrata y defensor de leyes migratorias estrictas. Ambos individuos encontrarán a sus más agresivos detractores entre sus propios correligionarios. Sigue chirriando en los norteamericanos de a pie, que un homosexual o un negro haga bandera del elefante, y siguen encontrando raro que un demócrata se manifieste en contra del aborto, existiendo demócratas racistas, antiabortistas y misóginos, y republicanos pacifistas y defensores de los derechos de las minorías. Una cosa sí es cierta: quienes defienden posturas contrarias a los dictados de su partido, no tienen futuro en él. Las cosas han de ser como siempre han sido, sin importar que tengan o no mucho sentido.
Y como esos preceptos no escritos se han convertido en leyes no dichas, pero en vigor, al final las sensibilidades diferentes se han ido “adaptando” con el tiempo a lo que “se debe ser” perdiendo en esa igualdad forzada, lo que “se es”; esas pequeñas señas de individualidad que nos hacen distintos y que nos definen como humanos.
Por naturaleza, no hay dos personas que piensen exactamente igual en todo, de modo que aglutinarnos en una misma ideología nos despoja de lo poco especial que nos identifica, nos obliga a formar parte de un ejército uniforme con el que “hay que marchar” incluso sin estar del todo de acuerdo con el relato oficial de la formación. Y cuidado con manifestar un síntoma contrario al dogma. Lapidación.
Aunque en la vida real existan mil sensibilidades políticas entre el azul añil demócrata puro, y el rojo sangre republicano furibundo, al final en las urnas el votante encontrará solo dos casillas, una para cada representante de un partido, y adiós gracias. Tendrá que comerse con patatas al que “más se parezca” a lo que quiere como gobernante, y a veces al “menos malo”, aunque deba renunciar a otras cosas que anhele, pero de las que ambos candidatos adolecen.
Si por casualidad un candidato independiente ha llegado al final del camino, sus seguidores deberán tener claro que sus votos apenas quedarán en la anécdota, e irán directo a formar parte de las estadísticas del olvido. Del lobo, apenas un par de pelos.
“El Partido Demócrata es considerado un partido liberal, aunque el término liberal tiene una connotación diferente en los Estados Unidos más cercana al progresismo”, dicen los textos oficiales. Y otra vez se ataca sin piedad el diccionario. ¿Qué es “progresismo” exactamente para los norteamericanos? ¿Es que los republicanos deben llevar consigo el estigma de su antónimo, o sea, el de ser retrógrados o inmovilistas? ¿Dónde está escrito que un republicano es un negacionista del progreso?
Tampoco los demócratas son hoy aquella cacareada centroizquierda prístina y “progresista”. Hay en su seno gente de la centroderecha más conservadora para llenar barcos, liberales clásicos, centristas puros, socio-liberales, socialdemócratas, sindicalistas, laboristas y hasta personal de extrema izquierda aplaudidoras de las “dictaduras del proletariado”. No hay que ser muy listo para entender que es complicado aglutinar con cuatro ideas, a tanta gente de tan variopinto pensamiento.
El Partido demócrata es apoyado históricamente por la población gay, lésbica, bisexual y transgénero estadounidense en un 70%, una tendencia que comenzó a ser notable en 1992, cuando Clinton recibió mayoritariamente el apoyo de la comunidad homosexual. Pero hoy -hasta donde sé- hay solo tres congresistas estadounidenses demócratas gays; Barney Frank de Massachusetts, Tammy Baldwin de Wisconsin, y Jared Polis de Colorado. Curioso.
Los negros afroamericanos son otro ejemplo de las políticas estancas que genera el bipartidismo. Representan la minoría que más abrumadoramente respaldó siempre al Partido Demócrata (entre 90 y 95%). Desde que se les dio permiso para el voto, los negros estadounidenses favorecían al Partido Republicano por su posición abolicionista y a favor de la igualdad racial, a la que se oponía entonces el Partido Demócrata. Sin embargo, desde el apoyo que dieron Roosevelt, John F. Kennedy y Lyndon B. Johnson a la lucha contra la segregación y a favor de los derechos civiles, el apoyo se invirtió, y en los 90s los afroamericanos preferirían votar a un candidato blanco demócrata que a un negro republicano.
Pero aún con el apoyo de los negros al Partido Demócrata, la población afroamericana es muy conservadora si se les habla de aborto o matrimonio homosexual. Pero -oh, contratiempos del bipartidismo- esa es una “sensibilidad republicana”, así que tienen que escoger entre dos males, el menor. Mandan las etiquetas.
Los republicanos cuecen las mismas habas, pero en otra olla. Los llamados “conservadores” han tenido que acoger en su seno a liberales económicos, federalistas, centristas, fusionistas, representantes del libertarismo, del neoconservadurismo, del conservadurismo fiscal, el paleoconservadurismo y los más recalcitrantes populismos de derecha.
La mejor democracia del mundo seguirá siendo pues, un lugar donde tras las elecciones, siempre la mitad quedará descontenta, y a veces, -como cuando Obama, o como ahora-, furibundamente inconforme.
Exceptuando a los cubanos, los hispanos estadounidenses son demócratas en su gran mayoría, si bien no tan abrumadoramente como los negros. Clinton capitalizó el 72% de los votos hispanos, Kerry el 69% y Obama el 67%.  Trump solo logró el 8% del voto negro y el 28% del hispano, y de ese 28, la gran mayoría fue voto cubano.
Parece raro que el pueblo que más se ha aprovechado de las políticas flexibles de inmigración de las administraciones demócratas, y que ha sido históricamente la comunidad más beneficiada por ellas, sea mayoritariamente republicano. Y lo es, pero simplemente porque el Partido Republicano tiene una posición anticomunista radical tradicionalmente enfrentada al castrismo. 
Esa es la razón fundamental y definitiva por la que somos mayormente republicanos en América, lo demás ha sido adaptación, propaganda, rencor mal gestionado y mucha  muela barata. Nos pudo más el odio secular a lo que nos ha jodido vivos 70 años, que la reflexión de que ser demócrata no es ser comunista. 
La mayoría de los cubanos republicanos no entienden que en ese espacio también se puede estar, sin ser un rojo asqueroso. Por eso somos la excepción de la regla, y el grano en el trasero de los latinos demócratas de América.
Hoy los cubanos republicanos marchan contra la inmigración, olvidando que ellos mismos han sido los primeros beneficiarios de ella, y que viven en los Estados Unidos en su gran mayoría, gracias a las políticas migratorias “laxas” de administraciones demócratas anteriores, y únicos beneficiarios de una ley de “Pies secos, pies mojados” implementada por un gobierno demócrata y continuada por las administraciones demócratas y republicanas posteriores. Han recibido techo, protección, comida, papeles y atención médica del erario federal, que se nutre de los impuestos de todos los norteamericanos, incluidos esos mismos latinos que no han tenido esa suerte, y que ahora repudian. 
Siento una gran vergüenza ajena de los cubanos que han hecho suya la idea de “cerrar la puerta detrás de mí, para que no entre nadie más”. Es egoísmo interesado y excluyente, y es menospreciar a todos los cubanos que han venido después, por considerarlos inferiores, cubanos de segunda, delincuentes y despojos de la revolución castrista. Es una generalización bastante imbécil que no me merece ningún respeto, pero no por pruritos políticos, sino por simple higiene mental. Me aburren las personas que no son capaces de pensar.
Hace unos días fui denunciado por un tipo despreciable en Facebook, y por su culpa suspendido en esa red social. Muchos de mis amigos en Norteamérica ya presuponían que mi denunciante era un comunista miserable de la dictadura castrista perversa, porque todos los días lucho en mi muro contra ella y varias veces he sido la diana de sus ataques. 
Pero esta vez no; mi denunciante era un republicano cubano filo nazi xenófobo y racista, quizás también porque no oculto mis nulas simpatías para con Donald Trump. Estoy entre dos fuegos permanentes, que me disparan todos los días al pecho y a matar, solo porque no comulgo con ninguno de los dos. Es el bipartidismo en su variante cibernética más hostil.
Me siento como Su Majestad Isabel de Borbón, ante el calambur de Quevedo, pero me niego a escoger entre burros y elefantes que no pueden, no quieren, o no los dejan apartarse ni un milímetro del pensamiento único, porque les han dicho siempre que deben ser especies políticas distintas, beligerantes y contrarias.
Y todos los días agradezco al Universo no tener que estar atado a ningún bando, aunque de los dos me vengan balas, porque me quité hace 30 años el corsé que me obligaba a pensar igual que la mayoría, y no pienso ponérmelo más.
Aplaudo las grandes ventajas de la democracia estadounidense, -es absurdo negarlas-, y celebro lo que ella ha aportado al progreso del resto del mundo. Pero como Isabel, la reina renqueante de aquel calambur, reivindico mi condición de coja en Tierra de Nadie. Es el pequeño espacio que nos ha dejado el bipartidismo de elefantes y burros, a los desclasados de la política correcta que rechazamos las etiquetas. Puedo pensar como un demócrata para unas cosas, como un republicano para otras, o como yo mismo, sin coincidir con ninguno de los dos.
Esa es a mi entender, la esencia de la verdadera libertad. Dejo a burros y a elefantes la incómoda postura de entrar por el aro de sus partidos. Asumo pues, la incorrección como bandera, si con ello conservo mi propia forma de entender la vida, sin que nadie me diga lo que tengo que pensar o hacer, a dónde debo ir, ni a qué velocidad.
Los cojos vamos despacito, pero a donde nos da la gana.