viernes, 6 de abril de 2018

EUGENIO CASIMIRO RODRÍGUEZ CARTA: LOS GUAPOS MUEREN DE PIE

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Pretendo que esta crónica humilde sea un homenaje a la guapería, al aguaje y la rutina.  Su protagonista es el guapo más guapo de La Habana, entendiendo “guapo”, no en su acepción castiza referida a la belleza física, sino guapo a la cubana, sinónimo de valor, arrojo y coraje. Y Eugenio ya era un guapo con carné, cuando el gran Yarini ni siquiera soñaba con nacer.
Eugenio Casimiro Rodríguez Carta, nacido pobre y crecido casi analfabeto, era más guapo que los guapos del guantanamero y mítico Yateras, tierra de guapos de sangre, pero que terminó quedándose sin ellos. Esa repentina “orfandad” de hombres con testículos, fue de inmediato trasladada al pentagrama patrio por los bardos del vulgo, con aquella canción que ahora no viene al caso, pero que a los cubanos nos dejó claro un hecho consumado: se acabaron los guapos en Yateras.
La sede cubana de la guapería se trasladó entonces a otro pueblo en occidente; San José de las Lajas. 
Allí nació en fecha no determinada, pero empezando el siglo, Eugenio Casimiro Rodríguez Carta (no Cartas como leo en casi todas las crónicas que lo refieren).
San José de las Lajas, Iglesia.
Dicen que Eugenio era ya guapo de chiquito, y que tenía a todo el barrio acojonado, tanto a niños como adultos. Eugenito se fajaba con malanga por la razón más paupérrima, y aprendió de chiquito a empuñar la navaja, paso previo a las pistolas que ya usaba desde los 14, apenas siendo un adolescente. A esa edad, recibió del alcalde lajero -también cagado de miedo-, su primera pistola reglamentaria.
Eugenio no entendía, se lanzaba, se mandaba y se zumbaba sin mirar la talla o edad de su oponente. Era guapo, guapo, muy guapo. Hablaba poco, dicen que porque su marca era la acción y no la palabra, pero me atrevo a suponer, sin muchas dudas, que el motivo de su actuar silencioso era su horrible y ridícula voz de falsete, un tono aflautado que no cuadraba nada con su imponente físico.
Sea como fuere, Eugenio descubrió que podía seguir siendo guapo sin abrir la boca. Su problema foniátrico no mermaba en nada su carácter de hombre valiente, sin miedo a nada.
EL CANCERBERO 
Pero de pronto a Eugenio, San José se le quedó chiquito, muy chiquito para su ego grande y su gran guapería. Ya era el matón oficial de la zona, por eso a los 10 meses de su nombramiento, y con el aval brillante de una hoja de servicios intachable, que hizo redactar y firmar al alcalde local, amenazándolo de muerte con la misma pistola reglamentaria que él le dio, fue trasladado y ascendido a Jefe de la Policía de Cienfuegos. 
Cienfuegos, Teatro Terry
Allí se estableció, ahora con el libre albedrío que su cargo le otorgaba, con plenos poderes para ejercer su profesión de matón a sueldo con permiso. Eugenio Casimiro hizo todavía más radiante su hoja de servicio, defendiendo a los cienfuegueros ricos de los que podía obtener favores de agradecimiento. Así se ganó, casi enseguida, la simpatía de políticos, burgueses y terratenientes adinerados. De pronto la clase pudiente cienfueguera tenía un entregado perro guardián que le cuidaba las espaldas. Eugenio había conseguido sacar rédito a su guapería; era la autoridad máxima; nadie podía soplarle en la oreja. O eso creía él.
Cienfuegos, cine Trianón, 1918
Eugenio estableció un régimen del terror en Cienfuegos, encarcelando, pegando y mandando al otro mundo a cualquiera que atentara contra los intereses de sus protegidos. Todo valía para cuidar a los ricos, que gustosamente le recompensaban su fidelidad. El hombre más guapo de San José se convirtió en el más celoso y reclamado guardián de los intereses de la élite cienfueguera. Hasta el día que a Eugenio, todo se le torció en La Perla del Sur.
LA CÁRCEL
Corría el año 1918 y se inauguraba con grandes fastos el hermoso y ecléctico palacio Ferrer de Cienfuegos (hoy Casa de la Cultura Benjamín Duarte) proyecto refinado del célebre arquitecto cienfueguero, Pablo Donato Carbonell, autor también de otro tesoro arquitectónico de Cienfuegos, el Chalet de Valle. 
Palacio Ferrer recién inaugurado
El palacio Ferrer le había sido encargado a Carbonell, por el comerciante y hacendado catalán José Ferrer Sirés. El magnate español le pidió a Eugenio, en calidad de jefe de la policía local, que montara un dispositivo de seguridad para garantizar el orden durante la fiesta de inauguración de su nueva morada. Asistiría lo más granado de la burguesía y la aristocracia de todo el país, y Ferrer no quería disturbios. En aquel mismo palacio se alojaría dos años después el tenor italiano Enrico Caruso, de paso por la ciudad, cuando cantó en el Teatro Terry.                            
Eugenio cumplió al pie de la letra los deseos del millonario catalán. Pero se tomó con tanto celo su trabajo, reprimiendo a viandantes y curiosos a porra limpia para despejar la zona, que recibió una reprimenda del alcalde de la localidad, por sus procedimientos abusivos. Entonces Eugenio empuñó su rifle reglamentario y le alojó un tiro en el corazón al pobre jefe del consistorio cienfueguero.
No están documentados los detalles del asesinato, e ignoro las circunstancias exactas del conflicto. Pero sí sé que fue acusado por los propios burgueses cienfuegueros de la muerte del alcalde, y que fue llevado a juicio y condenado a la pena capital. Aquellos a quienes había servido Eugenio con tanto celo, lo mandaban ahora al paredón, sin medias tintas. A Eugenio se le había acabado su suerte de guapo.
Sin embargo, siempre en los momentos que le eran adversos, Eugenio caía de pie. Gracias a su estatus de jefe policial máximo de Cienfuegos, su sentencia a muerte no fue ejecutada, y la pena capital le fue conmutada en el Tribunal Supremo por una cadena perpetua, que el Tribunal resolvió que cumpliera en una cárcel habanera.
Fortaleza de El Príncipe. Loma de Aróstegui, La Habana
Eugenio Casimiro Rodríguez Carta fue trasladado a La Habana por orden del Jefe de la Policía Nacional del gobierno del entonces presidente Alfredo Zayas. Allí en la capital cubana, fue internado en el Castillo de El Príncipe, en la legendaria Loma de Aróstegui, para cumplir su pena de por vida.
Y en la vetusta e histórica fortaleza habanera, aceptó Eugenio con resignación su sino. Dicen los cronistas que, incluso entonces, no mostró ningún signo de arrepentimiento ni flaqueza. Estaba decidido a mantener hasta el final su prestigio de guapo, que otra vez le sirvió de mucho para cambiar su negro futuro de convicto.
Eugenio consiguió en prisión, gracias a la intimidación y al chantaje a reclusos y guardias, agenciarse con un puesto de limpiador en la cárcel, que le permitía ampliar el número de horas que podía permanecer fuera de su celda. Comenzó a barrer y baldear los pasillos y otras áreas de la prisión, vetadas a los otros presos, incluida la oficina del alcalde de la penitenciaría.
AMOR ENTRE REJAS
Eran ya finales del año 1921. A la sazón, el alcalde de la Fortaleza de El Príncipe, era el capitán Ors, esposo de María Teresa Zayas Arrieta, la hija menor del recién electo presidente de la república, Alfredo Zayas Alfonso, y la niña de sus ojos.
Alfredo Zayas
Zayas era el cuarto presidente republicano desde el 20 de mayo de 1921, y lo sería hasta 1925. 
Cuando Eugenio cumplía su tercer año en prisión, Alfredo Zayas ya llevaba un año en el poder. Había sido el primer presidente constitucional que permitió la libertad de prensa sin censura, pero su gobierno desde el principio, estuvo lastrado por la corrupción, los escándalos públicos, y las oscuras operaciones financieras con las que Zayas saqueó el tesoro nacional, en beneficio propio y de su extensa familia. He podido encontrar solo una foto no muy nítida de María Teresa, fotografiada con su padre y el resto de la familia Zayas Arrieta, que aporto aquí. Está delante, a la derecha con sombrero oscuro junto a su hermana mayor, Margarita. Su madre, Doña Margarita Teresa Claudia del Carmen Arrieta y Diago, es la señora a la derecha de Alfredo Zayas (izquierda en la instantánea). No hay fotos documentadas de Eugenio, porque odiaba ser fotografiado, como todos los delincuentes, pero puede que esté en esta foto, que fue tomada en 1922 cuando ya había contraído matrimonio con María Teresa. Su imagen, por tanto, permanecerá siendo un misterio para nosotros.

Familia Zayas Arrieta al completo. María Teresa a la derecha con sombrero oscuro.
A Alfredo Zayas todo le resbalaba tanto que, por su flema y pasotismo, el vulgo habanero lo apodó, primero “El Chino” aludiendo a su asiática paciencia, y luego “El Chino de la Peseta”, por su sabida adicción al dinero.
Era su hija menor María Teresa, una joven pasional, de carácter fuerte, majadera y caprichosa, que ejercía de hija de papá y mujer del alcalde de El Príncipe con igual altivez. María Teresa visitaba con frecuencia la cárcel donde su marido era la autoridad máxima, y le gustaba acompañarlo largas horas en su lugar de trabajo.
Y allí en las oficinas de su esposo, se tropezó por vez primera con el joven reo de San José de Las Lajas. Eugenio era ya un joven apuesto y masculino, de virilidad curtida entre rejas, mirada profunda y rictus de macho peligroso, cuya hombría no mermaba ni siquiera con una escoba y un cubo en la mano. María Teresa quedó hechizada por Eugenio desde el minuto uno. La había obnubilado el físico explosivo del lajero, su negra melena rizada y revuelta, sus anchas espaldas de gladiador romano, y la mirada penetrante y seductora que clavaba en sus ojos, con los suyos color de miel. Y a la Zayas le encantaban los hombres bellos y guapos.
Incluso hasta la voz de pito de Eugenio, que hasta entonces para él había sido su peor hándicap y un gran complejo, a María Teresa se le antojó música celestial, llegando a definirla como “preciosa voz de falsete”. María Teresa se había enamorado de Eugenio como una perra, y a Eugenio, otra vez, lo había venido a ver la Virgen. Supo enseguida que la hija del presidente era su salvoconducto hacia libertad y la vida. Y a partir de entonces, se propuso utilizar esa ventaja que otra vez su buena suerte le había puesto en su camino.
Al percatarse de que no le era indiferente a la mujer de Ors, Eugenio procuró estar presente en su despacho, cada vez que María Teresa venía a visitarlo. Pronto la sedujo con miradas furtivas y estudiados detalles de galantería que rápidamente hicieron efecto en la apasionada chica. Eugenio siempre sabía qué hacer para atraer a las mujeres.
La farsa surtió un efecto inmediato; las visitas de María Teresa al presidio “para ver a su esposo” se hicieron cada vez más frecuentes y habituales; era el ardid perfecto para encontrarse con el recio matón de San José, cuya cercanía podía disfrutar en las mismas narices del capitán Ors, ajeno al idilio amoroso que estaba teniendo lugar en su propia oficina. Allí por primera vez María Teresa probó un beso furtivo de Eugenio, y allí se enamoró de él para toda la vida.
LA LIBERTAD
Cuentan que una tarde de junio de 1921, María Teresa, ya totalmente seducida por Eugenio, salió de la prisión resuelta a pedir, y casi a exigir a su padre, la amnistía de su amado. El presidente Zayas, nunca se cohibía de cumplir los deseos de su hija; se gastaba el dinero a puñados para complacerla, y ya le había celebrado una boda millonaria con el capitán Ors a cargo del erario público. Pero, aun así, esta impensable petición de María Teresa lo sorprendió muchísimo.
No solo implicaba aceptar que su hija se divorciara del hombre de bien que él había escogido para ella. Suponía, además, perdonar a un reo peligroso que había asesinado a un alcalde, y más aún, bendecir el idilio del maleante con su hija.
Pero el amor de padre y la insistencia de María Teresa, pudieron con las dudas de Alfredo Zayas. Accedió a ambas cosas “por su felicidad”, amnistiando a Eugenio, que una semana después salía en libertad de El Príncipe, y del brazo de su amada, ante los ojos atónitos del Capitán Ors.
El pobre oficial herido en su moral ante sus subalternos, y cornudo por obra y gracia de su esposa, jamás pudo recuperarse de su traición, ni de la rabia y la vergüenza pública que le produjo haber sido sustituido en su corazón y en su cama, por un delincuente convicto. La Habana entera se cebó con la anécdota, y Ors no volvió nunca más a ser el mismo. Su hijo, José Agustín Ors Almeida, sería años más tarde también capitán del ejército de Batista, herido en los trágicos sucesos del cuartel de Goicuría en abril del 59.
Pero volviendo a María Teresa, la hija de Zayas tenía en su mente llegar más lejos con su nuevo amor, ahora que ya había conseguido sacarlo libre de la cárcel. Apenas liberado Eugenio, la menor de las Zayas le comunicó a su padre que quería casarse con el ex convicto inmediatamente.
El presidente Zayas debía conocer lo suficiente a su hija menor, como para sospechar de antemano que ese iba a ser el final de la historia. Sabiendo que cuando a María Teresa se le metía algo en la cabeza, era inútil intentar quitarle la idea, había puesto en marcha un plan de contingencia, para darle un poco de lustre social a su nuevo yerno, dotándolo de algún mérito que tapara su pasado delictivo y le permitiera acompañar a su retoño al altar.
LA TUMBA VERTICAL
Así que, después de dar su consentimiento para que su hija consumara el enlace matrimonial, nombró a Eugenio Casimiro, representante del Partido Conservador en La Habana. De este modo, Eugenio volvía a recuperar la buena estrella que le dio siempre su guapería, que ahora iluminaba también su recién nacida vida política. 
La boda de María Teresa y Eugenio fue todo un acontecimiento social en La Habana, en la misma medida que motivo de cotilleos, críticas feroces y burlas venenosas. Se había puesto en evidencia el poco rigor de la justicia, manipulada por el presidente, y la baja catadura moral de la familia Zayas.
Mientras tanto. Eugenio y María Teresa se fueron a vivir a un suntuoso apartamento en el edificio América. 
Vale aclarar que éste no era el edificio art decó de Galiano, como he visto escrito alguna vez, (que no se construyó hasta 1941), sino el inmueble neoclásico de la Calle N # 408 entre 27 y Jovellar, en la recién nacida barriada de El Vedado. Ese fue el regalo de boda de Don Alfredo a los novios
A pesar de que en los sitios más encumbrados de la capital comenzó a conocerse como el Sr. Rodríguez Carta, Casimiro, no pudo dejar atrás su pasado vandálico.
Entrada del Edificio América
Durante los años posteriores al enlace, se le vinculó a multitud de amenazas, chantajes, ajustes de cuentas y homicidios. Jamás se le pudo probar nada, porque ahora además tenía el apoyo de su suegro y a su leal cuerpo policial. Pero toda Cuba sabía que aquellos crímenes llevaban su marca.
Eugenio volvió a medrar entre los guapos habaneros, ahora desde una posición acomodada. Salía a la calle como un pincel, conduciendo un flamante Chevrolet del año, con trajes de dril cien y lustrosos zapatos italianos. En público siempre se comportaba tranquilo y silencioso, pero todos sabían que seguía siendo el matón de siempre, y que así tan tranquilo, podía sacar su revólver y dispararle al pecho o a la sien, al que lo molestara por la razón más simple.
También hizo muy buen uso de la dote que venía con su mujer, incrementando de forma notable su capital a golpe de negocios turbios y chanchullos, con su revólver y su activo principal: su guapería.
Aprovechando las influencias del suegro, el habilidoso matón inició una carrera política por el Partido Conservador donde obtuvo un escaño en la Cámara de Representantes, que ocupó durante tres períodos legislativos consecutivos. El truhan más guapo de La Habana recuperaba así aquella inmunidad legal que alguna vez tuvo antes de caer preso.
El matón analfabeto de medio pelo, sin oficio ni beneficio, había vuelto a caer de pie, ahora en la más importante familia de Cuba. De frecuentar a putas y delincuentes de los peores serrallos, ahora se codeaba con lo más granado de la sociedad capitalina, como la familia Loynaz del Castillo, los Céspedes, los marqueses de Pinar del Río y los Revilla de Camargo. También conoció en persona a gran parte del personal diplomático europeo a través del tío de su mujer, el Dr. Francisco de Zayas, Embajador de Cuba en París y Bruselas, y hermano de su suegro. Eugenio parecía destinado a la gloria gracias a su rentable guapería. 
El Embajador José Francisco Zayas y Alfonso y otras personalidades cubanas, en el patio de la embajada de Cuba en Bélgica
La llegada de un delincuente al círculo presidencial, y por ende, a los más selectos ambientes de la aristocracia habanera, generó un gran malestar entre sus miembros prominentes. Pero resulta sintomático que ese mismo año, Zayas se apresurara a dictar la famosa Ley de Los Sargentos, en virtud de la cual se concedían beneficios económicos especiales al estamento militar. 
La jugada le granjeó de inmediato las simpatías del ejército, cuyos generales manifestaron públicamente su apoyo al mandatario. Entonces la incomodidad de la clase pudiente por la presencia de Eugenio entre ellos, quedó olvidada como por encanto. Otra vez el guapo de San José de Las Lajas, caía de pie.
Ya rico y poderoso, Eugenio Casimiro, dueño de un ego más grande que él, compró una parcela en el cementerio de Colón y ordenó construir en ella una capilla familiar y dentro de ella, una tumba vertical donde cupiera su recia humanidad de pie. 
Panteón de Eugenio Casimiro Rodríguez en Colón
El extraño monumento funerario había llamado la atención de proyectistas, albañiles y profanos, por la originalidad de una de sus bóvedas. Eugenio había previsto varias sepulturas horizontales para los miembros de su familia, a excepción de la que destinó para sí mismo; una concavidad vertical adosada a la pared de dos metros de altura.
Eugenio quería un sepulcro digno de su recia hombría y su gran valor, que perpetuara en mármol de Carrara su legado para toda la eternidad: su guapería sin parangón. Cuando muriera, sería enterrado como había vivido; de pie.
LA TRAICIÓN
Es sabido que todo guapo que se precie, es también un mujeriego irredento. Y  Eugenio no era la excepción; más bien era la regla.
Me habría encantado aquí poner nombre y cara a todas las mujeres que pasaron por la cama de Eugenio, o que él visitó en las suyas. Pero a pesar de que ha llegado a nuestros días su talante de macho promiscuo y rompecorazones, no trascendieron nunca las identidades de las habaneras a las que pasó por la piedra. Quizás -aventuro- porque casi todas pertenecía a la alta sociedad, y era lógico que esos idilios se mantuvieran en secreto entre Eugenio y las interesadas. Tampoco a él le venía bien airear a sus conquistas, ahora que era todo un miembro de la política nacional y yerno del presidente de la República.
De esas mujeres solo he podido saber quién fue una de ellas, que ya era bastante conocida en Cuba por otras circunstancias. 

Al fondo a la derecha el Hotel Manhattan, en cuya planta baja vivía la farmacéutica.
Se trataba de la dueña de la farmacia que había en los bajos del Hotel Manhattan, en el número 69 de la calle San Lázaro, en su intersección con Belascoaín, frente al café Vista Alegre. Allí ya vivía ella antes de 1910, fecha en que la compañía norteamericana Purdy and Herderson, derrumbó su casa de dos plantas y levantó el hotel, reservándole un sector de la planta baja para mantener su farmacia en el mismo lugar, como compensación.
Los habaneros sabían de la existencia de esta mujer, desde mucho antes, cuando Eugenio era un niño, no solo por haber sido durante mucho tiempo la única farmacéutica de la zona. También había sido noticia en la prensa nacional, cuando le regaló a otro presidente, José Miguel Gómez y Gómez “El Tiburón”, -por cierto, enemigo político de Zayas-, una hermosa silla de caoba labrada con el escudo de la República, en ocasión de la toma de posesión del polémico mandatario. Pero eso fue en 1908, cuando aún nuestro protagonista era un infante que ni pensaba salir de San José de las Lajas. Sin embargo, en los años 30s, siendo ya Eugenio un joven veinteañero, ya esta señora, que rondaba los cincuenta, cayó en sus brazos como tantas otras.
Cuando el anciano presidente Zayas, ya retirado en su palacete de El Vedado, murió el 11 de abril de 1934, su hija María Teresa, junto a sus otros cinco hermanos, heredó una buena suma de dinero, que fue a parar íntegra a los bolsillos de Eugenio.
La viuda de Zayas, Doña María de la Asunción Jaén y Planas, que no era la madre de María Teresa, puesto que Zayas se había divorciado y vuelto a contraer matrimonio, denunció un intento de extorsión de Eugenio. La atribulada mujer declaró al Diario de la Marina, que el chulo había intentado llevarse a su apartamento del edificio América, la valiosa colección de documentos que el ex presidente había ido acumulando como historiador oficial de la República desde 1913. Doña María prefirió donarla al Archivo Nacional de Cuba, antes de dejarla en manos del delincuente que controlaba la fortuna de la hija de su marido muerto.
El matrimonio de Eugenio con María Teresa, no mermó en nada el donjuanismo del hombre más guapo de La Habana. Por el contrario, Eugenio comenzó a frecuentar más mujeres, y lo que es peor, a traerlas a su propia casa aprovechando cualquier ausencia de la suya. Así fueron las cosas durante tres décadas. Pero ya cincuentón, la buena suerte de Eugenio volvió a abandonarlo, y esta vez, causando una debacle.
Quiso el destino, un día de 1952, que María Teresa regresara a casa a una hora desacostumbrada. Al abrir la puerta de su alcoba, se encontró a Eugenio desnudo fornicando con acalorada pasión, con una de las tantas prostitutas que frecuentaba en el barrio de Belén. El guapo de San José no se percató siquiera de la presencia de su esposa, hasta que escuchó el ruido seco de su cuerpo chocando contra el suelo. María Teresa se había desplomado de un infarto masivo al ver la escena. Su corazón ya maltrecho, no pudo soportar la visualización del espectáculo.
No han trascendido hasta hoy los detalles de lo que sucedió después. Solo se sabe que Eugenio intentó lavar su falta, mandando a esculpir un busto que representaba a la mujer que vivió y murió por él. Lo colocó sobre el sepulcro que había reservado para ella, dentro del panteón que había construido en la Necrópolis de Colón.
LA MUERTE DE PIE
Eugenio Casimiro Rodríguez Carta solo sobrevivió seis años a María Teresa. Las circunstancias de su muerte no están claras, pero se piensa que murió a manos de otro maleante, en uno de los tantos altercados en los que estuvo implicado, por guapo.
Murió en 1958, muy poco antes de la entrada de Fidel en La Habana, y fue enterrado como había ordenado, de pie en el mausoleo que él mismo se hizo en vida. De algún modo, su extraño deseo le aseguró la inmortalidad, porque entre los dos millones de almas que reposan en Colón a los largo y ancho de sus más de 20 km de calles interiores, es hoy en día Eugenio Casimiro, el único cadáver inhumado de pie, y armado, aunque el paso del tiempo lo haya ya reducido a un puñado de huesos en el suelo de su panteón vertical. 
Panteón de Eugenio Casimiro. Rodríguez Carta en Colón
Lo enterraron, según su última voluntad, con un billete de cien pesos en el bolsillo izquierdo del pantalón, -testimonio postrero de que nunca le faltó- y un fusil Remington en bandolera. Leo en las crónicas actuales que reproducen esta historia en Internet, que era el mismo fusil con que mató al alcalde de Cienfuegos. Es un extremo que me atrevo poner en duda, porque presumo que debe ser otra más de las tantas leyendas tejidas en torno al personaje. 
Es muy poco probable que antes de su muerte, Eugenio recuperara el arma homicida con que mandó al otro barrio al pobre jefe del consistorio de Cienfuegos, treinta años atrás, y después de haber cumplido cárcel por esa misma causa. 
Los ecos de la guapería de Eugenio, se han ido perdiendo en la implacable niebla del tiempo. De él hoy solo sabemos que en La Habana, una vez hubo un hombre que no le tenía miedo a nada, que vivió erguido, y que erguido se fue a descansar para siempre, en medio del lúgubre silencio que rodea su tumba vertical, en el más grande y hermoso cementerio de América.

Sus víctimas seguramente reclaman desde otra dimensión, que no descanse en paz. Pero seguro él también desde allí, sigue pensando igual que cuando estaba en este mundo, y decía a quienes lo frecuentaban: 
"Si he caído de pie en la vida, tengo también que caer parado en el infierno".
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Author: verified_user

Cubano de nacimiento y catalán de adopción

20 comentarios:

  1. Excelente crónica. No imagino las horas de investigación. felicitaciones.

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    1. Muchísimas mi amigo, muchísimas. Pero valen la pena. Gracias.

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  2. Como siempre. Instructivo, ameno, magistralmente escrito.

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  3. Cuando caer parao es casi un vicio! Gracias Carli

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  4. Maravilloso, me encantan estas historias que escribes, el saber de una Cuba, que nos estaba prohibido conocer, segun Agapito y su combo como cronica negra, nada importante, como castigo y dejandonos huerfanos de noticias y en la mas obscura ignorancia, satisfaciendo sus caprichos, de dejarnos sin informacion dirigida. Gracias Carlos! Elena Aviles

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  5. Carli como siempre magnífica manera de traernos la historia...un abrazo desde Miami
    Alberto Montero

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  6. Una de las mejores historias que he leido aqui. Excelente de verdad

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  7. Fascinante Charlitín...como todo lo que escribes. Aguardo la parte final de la historia de Marquitos. Un besote mi amor

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  8. Super interesante no tenia noticia de ello a pesar de ser un apasionado de ese cementerio. Tendras alguna informacion acerca de aquella tumba que pone Cecilia Valdez y que pude ver una vez en el mismo cementerio? saludos

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    1. La he visto también Ricardo, pero en su día solo pude saber que era una casualidad, por supuesto. El personaje de Cirilo es completamente ficticio, ni siquiera inspirado en una mujer real. Después vi una decena de tumbas más con ese nombre, que al fin y al cabo era y es muy común en Cuba.

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  9. Las mejores crónicas que he leido sobre Cuba, son de usted. Me declaro admirador suyo, soy adicto a la historia y creo que su trabajo es fabuloso.

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    1. Vito, le estoy francamente agradecido, muchas gracias. Pero no menoscavemos el sitio que ocupan los grandes cronistas cubanos de todos los tiempos, empezando por Martí, Renée Méndez Capote, Moreno Fraginals, Pablo Alvarez de Cañas y un largo etcétera. No me atrevo ni siquiera a comparar la mejor de mis crónicas con la peor de cualquiera de ellos o ellas. Yo solo soy un descarado aprendiz... :)

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