Mostrando entradas con la etiqueta Autopista. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Autopista. Mostrar todas las entradas

martes, 6 de marzo de 2018

RAFAEL PADILLA: EL CLOWN CUBANO DE LA BELLE EPOQUE

RAFAEL PADILLA: EL CLOWN CUBANO DE LA BELLE EPOQUE





Una noche de primavera de 1896, el pintor Toulouse-Lautrec salió del club parisino Irish and American Bar situado en el número 33 de la rue Royale de París,y se fue directo al taller que compartía con Henri Rachou en la rue Ganneron.
El artista llevaba en el bolsillo de su chaqué, una servilleta con un bosquejo a lápiz de un joven negro bailando en medio de la pista del club que acababa de abandonar. El Irish and American Bar era por entonces un lugar de moda en los ambientes bohemios de la capital francesa, frecuentado por los artistas más conocidos de la época.
Una vez en su taller, Lautrec se dio a la tarea de dibujar con detalle el boceto que había hecho en el club. Unos días después, el 28 de marzo de 1896, el semanario francés "Le Rire" incluía en la contraportada del número 73, la litografía realizada por Toulouse-Lautrec titulada ‘Chocolat dansant dans un bar’. Era una ilustración que representaba a un chico de color bailando en un club bohemio de París.
Chocolat era el nombre artístico de Rafael Padilla, un joven artista negro de 28 años de edad, pero que ya llevaba diez dedicándose al oficio de payaso en los espectáculos más importantes de París, además de codearse con los personajes más pintorescos e influyentes de la Ciudad de la Luz, entre ellos, el gran pintor francés.
Pero el pasado de Padilla no había sido tan rutilante como el momento en que conoció a Toulouse-Lautrec. Sus padres eran dos africanos que habían sido secuestrados en el Congo y llevados a Cuba alrededor de 1880, donde fueron vendidos como esclavos a un mercader habanero, que los puso a trabajar en su servicio doméstico en una casona de la Calle del Obispo. Allí nació, no se sabe exactamente cuándo, Rafael Padilla.
Cuando apenas contaba ocho años de edad, Rafael fue separado de sus progenitores y vendido en el puerto de La Habana a un ‘indiano’ de origen vasco llamado Patricio del Castaño, que después de mirarle los dientes y cerciorarse de su buen estado de salud, se lo llevó a Vizcaya y lo puso a trabajar como esclavo para su familia.
Quizás fue esta la etapa más terrible en la vida de Rafael Padilla. De la familia Castaño, el pequeño Rafael recibió un trato vejatorio y cruel. Según consta en su biografía, en más de una ocasión intentaron ‘blanquearlo’ raspándole la piel con un cepillo para caballos, recibió innumerables palizas y castigos y constantemente era maltratado e insultado por Patricio Castaño y sus indolentes hijos.
Una madrugada Rafael decidió huir de aquel infierno y comenzar una nueva vida. Escapó de la mansión de los Castaño y se vio obligado a vagar por las calles de Bilbao cuando apenas tenía catorce años. Por fin encontró empleo de estibador en los muelles de Bilbao y pudo alquilarse una humilde pieza en una pensión de mala muerte junto al puerto.
Sin embargo, a pesar de su vida triste y terrible, Rafael tenía un sentido del humor exquisito, siempre sonreía y aunque no había aprendido euskera, solía arrancar carcajadas entre sus conocidos con su gestualidad y sus silentes gags, que poco a poco consiguió adaptar al humor vasco. Entonces decidió abandonar el trabajo en el puerto, y con 15 años comenzó a hacer pequeñas performances por las calles de Bilbao.
Y fue intentando ganarse la vida haciendo de artista callejero cuando conoció al británico Tony Grice, uno de los payasos más relevantes de la época, que por esos días estaba actuando en Bilbao.
Grice se lo encontró una mañana en la puerta de su hotel. Le impresionó ese joven payaso negro, que no sabía una palabra de francés, pero que hacía reír a todos de manera espontánea con su humor natural. Inmediatamente percibió talento y madera de artista en el muchacho cubano, y lo tomó como ayudante para sus espectáculos de clown.
La primera gira de Tony Grice con Rafael en 1886, los llevó a París, donde causaron una gran sensación, porque Rafael era el primer artista circense de color que se veía en los escenarios de Francia. Fue allí que Padilla fue bautizado como ‘Chocolat’, y recibió una interesante oferta para actuar en solitario a partir de 1888.
Rafael Padilla se convirtió en una de las grandes estrellas del circo francés y su caché como artista subió como la espuma. Pocos años más tarde, un día saliendo del Nuevo Circo de París, conoció en un café de la Rue Saint Honoré a Marie Hecquet, una mujer blanca y casada, de clase media de quien se enamoró perdidamente y con quien se casó en 1895.
Fue un escándalo para la época, pues formaban una inusual y discordante pareja mixta nada frecuente por entonces, además de que Marie se divorció de su marido para unirse a él. La familia de Marie la repudió y la desheredó, pero el amor de la francesa por el cubano era sincero, y Marie fue la esposa, secretaria, vestuarista y agente de Rafael durante los 20 años que estuvieron casados. Aquel amor solo terminaría con la muerte del artista cubano.
Por esa misma época Chocolat recibió la oferta hacer pareja artística con otro de los grandes clowns de aquellos tiempos: George Foottit. Con Foottit, Chocolat formó una pareja artística que triunfó con una serie de números basados en continuas burlas y maltratos que el payaso ‘blanco’ hacía al payaso ‘negro’.
Chocolat tenía asumido su rol dentro del espectáculo y era consciente de que el color de su piel era un contratiempo y una humillación, pero al mismo tiempo le proporcionaba un trabajo que le gustaba, con el que disfrutaba y que le daba para vivir holgadamente con su familia.
Sin embargo Chocolat también hacía con frecuencia ácidas sátiras sobre la sociedad francesa de siglo XIX, aunque no se percibían de esa manera entre los habituales a sus shows. Padilla deseaba que se le considerara como un ciudadano como cualquier otro, y no solo como un payaso sino como un verdadero actor. Pero ni el público ni la profesión parisina de entonces estaban preparados para darle ese sitio.
Todo cambió en 1910, cuando una parte de la sociedad francesa comenzó a ver como vejatorio el trato que recibía Chocolat en el escenario. Chocolat y Footit formaban ya entonces un exitoso dúo de payasos que duraba ya casi dos décadas en los escenarios franceses. Entonces estalló el caso Dreyfus, que sacudió a la sociedad francesa y politizó los temas raciales.
Repentinamente las instituciones quisieron ser tan políticamente correctas, que los empresarios dejaron de contratar a Padilla, ante el temor de ser acusados de racistas. Paradójicamente, encontrar el respeto y el reconocimiento social en la sociedad francesa, fue el motivo que acabó con la carrera de Chocolat.
Paulatinamente olvidado por los empresarios y por el público, el payaso negro volvió a los escenarios de barrio y a los espectáculos callejeros, pero también realizaba visitas a los hospitales infantiles de París para entretener a los niños ingresados allí. Entre ellos, su presencia era requerida y esperada en el hospital Hérold de París, donde ofrecía funciones gratuitas, siempre con una gran sonrisa para los niños y sin pedir nada a cambio.
Pero las cosas iban mal. Chocolat se quedó sin el escaso trabajo que tenía, se arruinó por completo, comenzó a beber desmedidamente y cayó en una profunda depresión después de la muerte prematura por tuberculosis de su hija Suzanne.
Rafael Padilla ‘Chocolat’, falleció repentinamente el 4 de noviembre de 1917 a la edad de 49 años. Murió solo en una habitación de hotel en un suburbio de Burdeos, donde se encontraba con el circo en el que se había enrolado. Padilla murió completamente olvidado, y fue enterrado como los esclavos, en una fosa común. 
Hoy la fosa está señalizada en el cementerio de Burdeos con un cartel metálico litografiado en azul y blanco como una simple señal de tráfico, si bien es verdad que, ahora fue sustituido recientemente por una tarja de obra.
Los hermanos Lumiére, también admiradores del artista cubano, asistieron muchas veces a sus funciones para filmar pequeños segmentos de sus actuaciones, y dejaron algunos registros fílmicos de Chocolat. Aunque casi todos desaparecieron, ha quedado uno para la posteridad, que incluyo en esta crónica. 
Hace pocos meses el pintor senegalés Cheikhou Ba presentó en la galeria Kalao, en Bilbao, una exposición dedicada a la memoria de Chocolat, y el actor también senegalés Mbaye Sène, interpretó el papel de Chocolat en una 'kalejira', obra teatral callejera que tuvo gran repercusión en la ciudad vasca.
Finalmente, y (por fin) en justo homenaje a la vida alucinante de este curioso personaje cubano que revolucionó la escena parisina de hace un siglo, se estrenó una película protagonizada por el popular actor francés Omar Sy, y dirigida por Roschdy Zem.
Para escribir el guión fue preciso investigar en la biografía de este hombre en los pocos registros que quedaban en La Habana, Bilbao y París, y encontrar no solo a los descendientes del personaje, sino también los familiares del colono vasco que lo compró en La Habana y lo trajo a Europa hace 130 años.
Dice la crítica que Omar Sy finalmente se ha consagrado con este personaje de un negro, cubano y payaso. Así que en buena lid, es menester que también los cubanos sepamos de la existencia de este paisano ilustre que deslumbró como clown en la Belle Epoque parisina.
Porque el primer gran actor negro de la escena francesa, fue un cubano llamado Rafael Padilla: El Gran Clown "Chocolat".
-----------------

FUENTES: "La Gran escena Francesa de la Belle Epoque" de Etienne Arnoud, "Monografías de Historia del Arte Francés" (autores varios). "Circos de París" de Francoise Rouet.

lunes, 5 de marzo de 2018

CASA KUQUINE: LA RESIDENCIA DE BATISTA QUE FIDEL CALIFICÓ DE INMORAL

CASA KUQUINE: LA RESIDENCIA DE BATISTA QUE FIDEL CALIFICÓ DE INMORAL


Casa Kuquine era la finca de recreo de Fulgencio Batista. La mansión enclavada en un terreno de 17 caballerías de extensión, está junto a la Autopista del Mediodía, entre la Carretera Central, la carretera de Cantarranas a Entronque del Guatao y la vía que va de San Pedro a Punta Brava.
Batista la compró a fines de su primer período de gobierno (1940-1944), cuando ya llevaba relaciones extramaritales con Martha Fernández Miranda y estaba a punto de divorciarse de Elisa Godínez, la mujer que lo había acompañado desde mediados de los años 20, cuando no era más que un modesto soldado, y con la que tenía tres hijos: Mirta de la Caridad, Fulgencio Rubén y Elisa Aleida.
El divorcio de Elisa, por división de gananciales, le costó a Batista 11 millones de pesos, con lo que la señora Godínez se convirtió —según los cronistas de la época—, en una de las mujeres con fortuna propia más acaudaladas de América Latina. Muy pronto, el 28 de noviembre de 1945 y en la propia capilla de la finca, Fulgencio contrajo matrimonio con Martha, una muchacha humilde de Buenavista, en Marianao, a la que doblaba la edad.
Las circunstancias en que se conocieron no están claras. Una versión sobre ese encuentro asegura que ella iba en bicicleta y fue atropellada por el automóvil presidencial que llevaba a Batista a bordo. Dicen que el Presidente se hizo cargo de los gastos de hospitalización y visitó a la muchacha en la clínica varias veces, que simpatizaron y empezaron a verse en secreto.
Martha, que en la intimidad llamaba Kuqui a Batista (de ahí Casa Kuquine) se convirtió en la dueña y señora de la finca. Decían las damas de la alta sociedad de entonces, -burguesas de cuna y enemigas solapadas de la advenediza plebeya-, que con su ambición desatada y desmedida la joven ejercía un influjo nefasto en la ejecutoria pública de su marido, y se comentaba que él tomaba muy en cuenta sus consejos según para tomar qué decisiones.
En Kuquine se gestó el golpe de Estado del 10 de marzo de 1952. De allí salió Batista ese día para el campamento militar de Columbia a tomar bajo su mando la República.
Fue en la biblioteca de Kuquine donde, el 17 de diciembre de 1958 el embajador norteamericano comunicó formalmente al dictador, que Washington le retiraba su apoyo y le pidió que saliera del país cuanto antes. Y en la propia biblioteca, ya en la noche del 31 de diciembre de 1958, tuvo lugar la última de las entrevistas entre el mandatario, que ya empezaba a dejar de serlo, y el mayor general Eulogio Cantillo, con el fin de orquestar la maniobra con la que se intentó evitar el triunfo de la revolución.
En el ambiente bucólico y tranquilo de Kuquine, entre otros muchos bustos y estatuas, había una grulla con la pata de palo sobre un pedestal. El ave fue el símbolo de los batistianos en las elecciones de 1954. El grito de «¡La grulla no morirá!» expresaba claramente la intención del general de permanecer en el poder.
El visitante que iba por primera vez a Casa Kuquine, traspasaba el portón de entrada con sus muros de cantería, caminaba unos pocos metros y encontraba un espejo de agua, y junto a él, el pequeño edificio donde antes estuvo la capilla. Más alejada se halla la casa de vivienda con sus tejas rojas y portales y terrazas con techos de maderas preciosas y columnas labradas de caoba.
El mayordomo de Fulgencio, el negro José Díaz, declaró en enero de 1959 que esa mansión no llegó a inaugurarse y que tampoco se amuebló completa. Algunos objetos originales de la casa —muy pocos—, volvieron a la residencia, pero la mayor parte se la repartió Agapito y su combo. Los empleados de Kuquine hablan de sus 12 dormitorios, todos con cuarto de baño individual, y señalan que la habitación privada de Batista y Martha era la única con balcón). Hoy está marcada con el número 8 en la puerta.
Lamentablemente ninguno de ellos puede indicar al visitante cómo los primitivos inquilinos distribuían el inmueble, aunque hablan del pasadizo subterráneo que conectaba la mansión con la casa del “cuñadísimo” Roberto Fernández Miranda, a un kilómetro aproximado de distancia dentro del perímetro de la finca, y de otro túnel que conducía a la sede del Estado Mayor Conjunto en la Ciudad Militar de Columbia. Nadie ha encontrado nunca estos túneles, y se ha llegado a decir que su existencia era mera fantasía, pero la realidad no ha trascendido.
Casa Kuquine tenía una sala de música y otra para proyecciones cinematográficas. La sala de estar estaba amueblada y decorada al estilo Luis XV. Habían muchas fotografías originales de la mansión que dio a conocer la prensa a comienzos de la Revolución y su propio “Patio de los Héroes, donde alguna vez se alzaron las estatuas de José Martí, Simón Bolívar, Máximo Gómez, Abraham Lincoln y otros próceres cubanos y foráneos. Sobre una de las estanterías de la biblioteca sobresalían los bustos de Ghandi y Churchill, Juana de Arco y Dante, Rommel y también Stalin, algo inexplicable. 
Ese patio se ubicaba entre las dos alas de la biblioteca que se utilizaba además como sala de conferencias y reuniones. Contenía una gran colección de libros donde no faltaban títulos de los poetas de la revista Orígenes y de la generación de los años 50, que tras el triunfo y previo canibaleo del combo de Agapito, fueron a parar a la Biblioteca Nacional.
En una vitrina, también en la biblioteca, Batista conservaba las condecoraciones e insignias militares de sus días de jefe del Ejército. Un estante situado tras su escritorio y bajo una foto que lo mostraba en su época de sargento, guardaba decenas de ejemplares del libro titulado “Un sargento llamado Batista”, de Edmond Chester, y de otro, “Batista y Cuba”, de Ulpiano Vega Cobielles. 

En un lugar de honor se mostraba un ejemplar de “Vie Politique et Militaire de Napoleón”, de A. V. Arnault, edición de 1822, un estuche con el telescopio que usó el Emperador en su cautiverio de Santa Elena y dos pistolas que pertenecieron al vencedor de Austerlitz.
Se cuenta que Batista admiraba a Napoleón, -Agapito hacía constantes referencias a ese “complejo” en sus discursos-, y en sus charlas íntimas se refería al 4 de septiembre como un 18 Brumario, aludiendo al golpe del 10 de marzo como un regreso de la isla de Elba.
Junto a la entrada de Casa Kuquine, existía además un cuarto refrigerado donde Martha, guardaba sus abrigos de visón y los alimentos para un año. Vivía también en los jardines de la casa el caballo blanco del presidente, 4 perros de caza y 2 automóviles antiguos, (un Ford T y el Chrysler Dorado de Roberto su cuñado). También había cuadrilátero para boxear al aire libre.
Todos los dormitorios de la familia estaban arriba, donde se podía acceder, por una escalera de mármol cerca de la entrada. Había una galería larga con grandes sillones de madera y vista al patio a través de amplios ventanales acristalados de piso a techo.

Una habitación secreta en el entresuelo de Kuquine guardaba objetos de plata y porcelana, relojes, cuchillería, vajillas y bandejas, estatuillas y objetos de arte de todos los estilos y épocas valorados en más de 300 000 dólares. Habían cinco cajas de madera que contenían 800 alhajas valoradas en dos millones de pesos; gargantillas de diamantes, crucifijos de plata, brazaletes de oro puro, relojes de las mejores marcas, algunos de ellos diseñados especialmente para Batista con incrustaciones de brillantes en las esferas, broches, relicarios y abanicos de marfil.

Una sortija de oro puro, con la efigie de un indio (el indio era el símbolo preferido por Fulgencio), apareció entre las joyas escondidas. Su cabeza estaba adornada con piedras preciosas, con los colores de la bandera del 4 de Septiembre. Joyas que, al decir de una de las sirvientes de la casa, «la Señora tenía como de menos valor porque las más valiosas las llevó a Nueva York mucho antes».
Aunque Batista se llevó unos cien millones de dólares en efectivo en el avión en que escapó de Cuba, -un extremo admitido y contrastado por su hijo mayor años después en una entrevista- nadie se explicó por qué no se llevó lo encontrado en Kuquine, ni tampoco a dónde fue parar, hasta que Alfredo Sadulé, ex jefe de la guardia personal de Martha, habló del asunto años después en Miami. Sadulé confirmó que Fidel y Ernesto Guevara se presentaron en Kuquine (que estaba fuertemente custodiada) dos días después del triunfo, y cargaron con todo en un furgón blindado.

Tras el triunfo de la revolución, Agapito declaró que la casa era “una inmoralidad” y la puso en exposición con lo que quedaba de su contenido durante varios meses, para que el pueblo viera “cómo vivía el dictador”. Después de vaciarla completamente le cambió el nombre por otro paradójico; “Libertad”, y se la asignó al Ministerio de Educación. Durante estos 56 años ha sido instituto tecnológico, escuela primaria, escuela especial y hasta eventual albergue para familias sin techo.

En los últimos años se encargó su gestión a la Dirección Provincial de Alojamiento, que la convirtió en un sitio de “recreo y esparcimiento por un precio módico” para que “los cubanos” pudieran disfrutar de sus instalaciones. A principios de esta década ya la residencia era un destrozo, sus exteriores estaban abandonados y el restaurante “para el pueblo” tenía la apariencia de una fonda. 

A fecha de escribir esta crónica, he sabido que Raúl planificaba reformarla y convertirla en un hotel de lujo. No sé si habrá llevado a cabo sus planes.