Fidel
necesita como el agua, combatientes iguales a Ramiro.
Por eso lo escoge entre los ocho asaltantes que selecciona para tomar
la posta principal del cuartel; la “entrada en fuego” de la operación. Y
entonces le hace la primera pregunta comprometedora de su vida, que quizás
explique la naturaleza de la relación que mantendrá con él en el futuro:
“¿Valdés, está dispuesto a mandar al grupo y entrar usted primero?”.
Fidel trataba de “usted” a todos sus subordinados, como la mayor parte
de los orientales de entonces, y solo tuteaba a las personas de su círculo
íntimo. Lo hacía un poco para establecer su jerarquía y otro para imponer
respeto. Pero cuando el pinareño respondió que sí, sin dudar, nunca más volvió a
tratar de “usted” a Ramiro.
El propio Ramiro comenta este momento, a Bohemia en agosto del año 1972, cuando
volvió a recordarlo durante una entrevista en ocasión de su 40 cumpleaños:
“Casi enseguida pensé aterrorizado, ¿qué acabo de hacer? ¡De esta no salgo!
Pero se lo dije sin pensar mucho, y también lo hice después, sin pensar mucho…”
Pocas veces se repara en esta primera y definitiva prueba de fe de
Ramiro Valdés a Fidel Castro, que más que una prueba, recordaba la obediencia ciega que deben a su líder los miembros de una secta. Castro envió a Valdés literalmente a la muerte, y éste
aceptó la encomienda totalmente consciente.
¿Cuánto habría de locura faraónica en aquella proposición suicida de
Fidel a su joven soldado? ¿Y cuánto más, en la respuesta en apariencia
irreflexiva y temeraria de éste?
No importaba ya; el abogado y el guajiro se habían flechado mutuamente
para toda la vida.
UN ASALTO ARRUINADO POR FALTA DE ENSAYOS
Ramiro cumple su cometido en el Moncada de forma impecable, y de hecho
tiene un protagonismo importante durante la acción armada.
Pero el asalto en sí, fue una absurda y disparatada sucesión de despropósitos y errores
garrafales, que culminó en un clamoroso fracaso, más propio de una comedia de situación que de un evento bélico.
El Moncada es de todas, la mayor mentira inventada por Castro, y sus detalles ocultos Ramiro los conoce bien.
En el futuro, Fidel convertirá el incidente en
todo lo contrario, dibujándolo como una ficción épica y heroica, la más grande
de la Revolución, de la que él habrá sido el líder. Su conmemoración anual será la celebración por
excelencia de la nueva Cuba comunista: el 26 de julio.
Pero Ramiro sabe bien que aquel operativo de Fidel fue un desastre; que ni
siquiera tuvo en cuenta que era Carnaval, subestimando la vigilancia del
recinto, que había sido redoblada en esas fechas. Ignoraba que en fiestas se
reforzaba el control del cuartel de 6 de la tarde a 6 de la mañana, y que se
cerraban todos sus accesos a cal y canto, excepto el de la entrada principal.
Lo sabía todo Santiago, menos ellos.

Ramiro es perfectamente consciente de que un tercio de los asaltantes
se perdió por las calles adyacentes de la ciudad y nunca llegó a entrar en combate.
Sabe que
a Ñico López, ese pobre peón del mercado, “medio comemierdón”, se le olvidó el
alicate para cortar la cerca de alambre de púas que rodeaba el cuartel de Bayamo, cuyo ataque simultáneo fue abortado por esta razón paupérrima:
“Siete hombres mirando fijamente una cerca de alambre de púas, sin saber muy
bien qué hacer con ella”, escribiría el historiador Rafael Cobos Vera al describir este
momento.
Ramiro guarda silencio sobre la historia absurda de Ernesto Tizol, al
mando de una camioneta con seis rebeldes a su cargo, que de pronto se pregunta
qué rayos hace allí, y decide abandonar a la revolución en ese mismo instante,
desertando en mitad del plan. Simplemente desaparece con sus compañeros. Más
tarde la historia revolucionaria diría que Tizol se equivocó de ruta,
confundiendo la Avenida Las Américas con la avenida Victoriano Garzón, pero
realmente el pobre, estaba desertando. Su decisión, demasiado tardía, hizo que
le saliera todo mal, porque lo apresaron como a un asaltante más, y como tal lo
condenaron. Desventajas que trae desertar a destiempo.
Ramiro Valdés puede mirar hoy a Raúl Castro de frente -me lo paso en grande imaginando esta escena-, y decirle en su cara que es MENTIRA que liderara el grupo de asalto al Palacio de Justicia, como está escrito en todos los
libros de historia de la Revolución.
De hecho, Ramiro sabe muy bien que la presencia de
Raúl en Santiago, en vísperas del ataque, fue totalmente casual, y su participación, mínima y meramente accidental. Valdés sabía por el propio Fidel, que su hermano menor estaba en la ciudad de
visita privada en casa de José Luis Tassende y su familia, no tenía ni idea
del plan que se gestaba en la Granjita, y mucho menos estaba invitado a
participar en él.
Raúl, simplemente, no sabía que su hermano atacaría el
Moncada, por extraño que pueda parecer. Da sobradas pruebas de ello el Dr. Antonio de la Cova, catedrático y profesor de historia de la Universidad de Indiana, en su revelador ensayo "Ataque al Moncada", que aconsejo.
Fidel reacciona con contrariedad al ver llegar a su hermano menor sin aviso previo a la
granjita Siboney, poco antes de la operación. Lo coloca precipitadamente en el
grupo de menor riesgo, a las órdenes de Léster Rodríguez. Es Léster y no Raúl, quien tiene la misión desde la retaguardia, de ocupar el edificio del Palacio de Justicia, al lado del
cuartel Moncada. Raúl será solo uno de sus subordinados.
Pero nadie midió antes la altura del muro que rodeaba el Palacio de
Justicia, y simplemente, el grupo de Léster con Raúl incluido, no pudo disparar
ni un solo tiro, porque no veían el blanco. Cuando Raúl fue apresado, fue
sometido a la prueba de parafina para comprobar si había disparado un arma.
Resultó negativa; no dio ni un tiro al aire en el Moncada.
El rol de Fidel durante los hechos es de un patetismo aún mayor: Pese a empuñar todo el tiempo un arma durante
el asalto (hay quien dice que una escopeta
calibre 22, y otros que una pistola Luger), tampoco apretó el gatillo ni una vez. En cambio, se tiró todo
el asalto dando vueltas en su jeep, intentando reagrupar a los asaltantes dispersos
y perdidos por los patios de las casas del reparto militar, a 10 cuadras del
conflicto. Por allí se quedó hasta el fin de la fiesta y fue lo más cerca que
estuvo del Cuartel Moncada: a 1 km.
Ya detenido y conducido a la cárcel de Boniato, Fidel es el único de
los prisioneros que se niega a que le sea practicada la prueba de la parafina,
para saber si había disparado un arma de fuego. La parafina pondría en tela de
juicio su “heroísmo”, evidenciando que no había disparado ni una bala.
Negándose a ella, evitaba su desprestigio como líder y al mismo tiempo obligaba
al tribunal a asumir que sí lo había hecho. Honor salvado.
Así que, Raúl no participa en el conato y Fidel no se expone, pero
Ramiro Valdés, junto a José Ponce y Jesús Montané, tienen una actuación
heroica, y son los últimos en abandonar el cuartel bajo los tiros. Ramiro queda
herido levemente.
La inmediata reacción de Batista y la puesta en marcha de una
investigación, culmina con la detención de Fidel y 25 de sus hombres pocos días
después. Ramiro es juzgado junto a sus compañeros por el Tribunal de Urgencia
de Santiago de Cuba, y condenado a prisión.
El 12 de octubre de 1953 el Ministro de Gobernación, Ramón Heredia,
dispone que los condenados del Moncada sean trasladados al Reclusorio Nacional
de la Isla de Pinos.
La sentencia del Tribunal ordena además que los reclusos
cumplan la pena en un recinto separado de los presos comunes.

El 14 de octubre, Fidel, Raúl, Ramiro, Almeida y el resto de los
rebeldes condenados, son trasladados bajo fuerte custodia en aviones militares
DC-3, desde Oriente hasta Isla de Pinos. Al llegar al presidio panóptico, -llamado así porque la disposición circular de sus módulos permite visuales panorámicas a las celdas-, Ramiro
y sus compañeros son enviados a una sala separada de la zona de presos comunes
por una pared de ladrillos, recién terminada de levantar para ese fin. Aún el
cemento está fresco.
Durante los dos meses siguientes, Ramiro lidera o protagoniza varias protestas,
“bullas” y acciones de resistencia contra la dirección del penal, que tienen su punto
culminante el 24 de diciembre, cuando junto a sus compañeros, se niega a
consumir la cena de Navidad, en protesta por los asesinatos cometidos por el
ejército y la guardia rural durante los sucesos del Moncada. Ramiro gritará
durante toda la noche y a todo pulmón desde su celda de castigo:
“¡Métete la
cena de Navidad por el culo, Fulgencio Batista!”.
La fuerte tensión nerviosa y el encierro, despiertan en Ramiro otra vez
a un viejo fantasma de la infancia: los ataques esquizoides. Sufre dos seguidos
en su celda, en el segundo de los cuales agrede a su compañero y también a los
guardias que intentan reducirlo. También se rompe la cabeza por varias partes.
Ramiro es trasladado entonces al hospital del penal e internado allí como
enfermo psiquiátrico. Por primera vez se le diagnostica oficialmente un
trastorno psicótico severo, y es separado del resto de los rebeldes.
El 12 de febrero de 1954, Batista en persona se presenta en el penal para
inaugurar una flamante planta eléctrica. Conocedor de la visita, Ramiro desde
su celda entona a voz en cuello la Marcha del 26 de Julio y es secundado poco a
poco por sus otros compañeros, entre ellos Fidel y Raúl.
Cuentan que Batista prestó atención a la letra visiblemente molesto, y
preguntó que quiénes cantaban. Luego abandonó rápidamente la penitenciaría de
muy mal humor. Minutos más tarde, Ramiro sería severamente escarmentado con un
interrogatorio pródigo en guantazos, junto a Fidel Castro, Israel Tápanes,
Ernesto Tizol (que al final, cayó como si no se hubiera arrepentido), y Agustín
Díaz Cartaya. Me habría encantado participar.
Ramiro Valdés es confinado entonces durante dos meses al Pabellón No. 2
reservado a los enfermos mentales, pero antes pasa 15 días en una oscura celda
de castigo de 2 x 1.5 m, donde apenas puede ponerse de pie muy encorvado.
Cuando cumple su penitencia, regresa con sus compañeros al panóptico, magullado
y flaco. Fidel lo recibe con un abrazo, que ya es de hermano, no de amigo.
EL ELEGIDO
A excepción de Sor Mercedes, la Madre Superiora del Convento habanero
de la Inmaculada que veló por el grupo de rebeldes durante los dos años de encarcelamiento, y que era el
contacto de Castro con su mujer Mirtha Díaz-Balart y su hijo
Fidelito, solo Ramiro estaba al corriente de su vida personal, e incluso de sus
amoríos con la otra mujer que ocupaba su corazón: Natalia Revuelta. Por alguna razón Fidel confió sus secretos más íntimos a un campesino desconocido.
También era Ramiro quien único sabía los planes que Castro barruntaba
para cuando saliera en libertad. Tanta confianza del Rey depositada en él sobre asuntos a los que no tenían acceso oficiales de más antigüedad y graduación,
incluido su propio hermano, permiten afirmar que en la cárcel pinera, Fidel
Castro y Ramiro Valdés sellaron una alianza poderosa (y peligrosa) que duraría toda la vida.
La de Ramiro fue quizás la única amistad del todo incondicional y
sincera que tuvo Fidel a lo largo de su existencia, y una de las más
prolongadas en el tiempo. Tanto así, que el artemiseño es la única persona que
ha osado levantarle la voz al monstruo, sin morir después. Pero aún no ha
llegado ese momento.
AMNISTÍA NO ES PERDÓN
A finales del 54 cobró fuerza en Cuba un movimiento nacional,
transversal a todas las fuerzas vivas del país, que reclamaba una amnistía
general para todos los presos políticos, que incluyese a los asaltantes del
Moncada.
El 10 de marzo de 1955, en plenas fiestas conmemorativas del tercer
aniversario del golpe de estado batistiano, se presentan dos proyectos de
amnistía general en ambas cámaras del Congreso, y son aprobadas. El 6 de mayo
Batista firma la Ley de amnistía que pone en libertad a todos los presos
políticos, incluidos los asaltantes del Moncada.
La amnistía del 55 le abre pues, las puertas a la libertad a Fidel y el
resto de los rebeldes. Se escapa así también con ellos cualquier intento de hacer verdadera justicia con la banda durante el próximo medio siglo. Pero el Ramiro eufórico de la foto que abandona
sonriente el Presidio Modelo junto a Castro, ya no es el jovencito bravucón que
llegó a Santiago tres años atrás buscando a su ídolo. Ahora es su cancerbero, su mano derecha, sus oídos y sus ojos. Es en la práctica, su verdadero
guardaespaldas. Y así será el resto de su vida.
Pero es pronto para conocer al Ramiro más temible. Se acerca ahora el ajetreado exilio mexicano, los preparativos
del Granma en tierra azteca, el desembarco, la Sierra, el triunfo y toda la
rumba posterior.
Se acerca también el Ramiro mujeriego, cabaretero e infiel, su vida
privada tras los muros de su casa, sus hijos, sus tristezas, sus grandes crímenes, sus manías,
sus placeres, sus mujeres... y sus enemigos.
Lo trillaremos todo en el próximo capítulo.